El Método

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

El Método

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 09 de julio de 2020
Cine, El método
El Método

Ganar en una competencia de cualquier tipo no significa específicamente ser ‘el mejor’, ni perder ser ‘el peor’. Muchas veces el que gana no es el más calificado o el más competente, sino quien con más habilidad y astucia desbanca al más apto. Incluso, en algunas competencias las reglas no son necesariamente claras y precisas, dejando a los participantes espacios para interpretación de lo que es, o no es, correcto hacer. Si agregamos que en muchas ocasiones se fomenta incluso el “juego sucio”, o como se hace en una guerra, recurrir al engaño, la mentira, la simulación o el espionaje, las competencias pueden terminar siendo verdaderamente despiadadas, con absoluta ausencia de comportamiento ético.

Si esto se traslada a un escenario laboral, en la competencia por un puesto en una empresa, es tan importante entender qué busca el que contrata, como demostrar qué puede ofrecer el candidato a sus potenciales empleadores. No olvidar que el mercado es un ambiente en donde cada quien busca obtener el mayor beneficio, y el mercado en el mundo del trabajo enfrenta entre sí a un gran número de buscadores de empleo ante una oferta de trabajo muy escasa; actualmente esta característica permite que los empleadores más que preocuparse por ofrecer mejores condiciones salariales y prestaciones, se orienten en buscar qué les ofrecen potencialmente quienes llegan a buscar empleo en términos de rendimiento, eficacia y productividad. La dinámica es base del argumento en El Método (España-Argentina, 2005), cinta dirigida por Marcelo Piñeyro y escrita por Mateo Gil, quien se inspira en la obra de teatro ‘El método Grönholm’ de Jordi Galcerán.

La película es protagonizada por Eduardo Noriega, Najwa Nimri, Pablo Echarri, Eduardo Fernández, Ernesto Alterio, Adriana Ozores, Natalia Verbeke y Carmelo Gómez. La historia se centra en 7 candidatos a un puesto directivo en una empresa, que son sometidos a diversas pruebas que enaltecen la competitividad entre ellos. Más importante que exponer sus habilidades académicas y profesionales, lo que las pruebas hacen es empujarlos a demostrar qué tan bien se pueden mover, desempeñar y adaptar frente a otros. Es una rivalidad de supervivencia, en la que ganar requiere saber señalar al otro, manipularlo, persuadir con discreción y demostrar que eso que pide la empresa (agallas), es parte de su ADN. Se trata de exhibir sus talentos de sobrevivencia y ansia de superación sin importar la empatía, solidaridad, generosidad y afinidad con otros, sino buscando siempre el beneficio personal (y presumiblemente, en su momento, el de la empresa), aunque para ello sea necesario mentir, engañar y manipular, en esencia, ser egoísta, indiferente y muy capaz de poner siempre el interés propio por delante. No hace falta probar por qué uno es el mejor, sino por qué los otros no lo son. ¿Cómo? Destacando las debilidades del otro, una estrategia que implica, en parte, enaltecer el ego propio, pisoteando el de los demás.

Es importante saber que este método de selección de personal (método grönholm) realmente existe y es utilizado para puestos directivos toda vez que en el mundo globalizado dominado por grandes empresas monopólicas trasnacionales, se requieren liderazgos empresariales conscientes de que su función es alcanzar la máxima ganancia posible, sin importar el grado de explotación de los trabajadores. Esto implica proceder en forma egoísta y muchas veces sin apego a principios morales. Para ser el elegido por este procedimiento, el sobreviviente debe eliminar a sus demás competidores. Las pruebas en sí mismas advierten qué tipo de perfil se busca del candidato: alguien capaz de sobrevivir, sin necesariamente ser ‘el mejor’.

El problema es que, en la narrativa cinematográfica, los presentes tardan en entender que el perfil de la compañía no se alinea forzosamente con un candidato honesto y loable, como inicialmente tanto intentan demostrar, sino que buscan a alguien que hará lo que sea por el puesto, porque esto refleja que, después, harán lo que sea por la empresa. Este escenario donde lo correcto es ser incorrecto, no hace más que descubrir la forma como la sociedad celebra y promueve un mundo así, competitivo, corrupto y plagado de injusticias; y no precisamente porque esté bien que sea así, sino porque lo es; la única forma de sobrevivir y salir adelante es alinearse con estas reglas socialmente aceptadas, sean correctas o no. La pregunta es si las personas cruzarán esa línea ética y moral a cambio de su propio beneficio, entiéndase en este caso ganar el puesto, un buen salario y por ende una ‘vida mejor’, a partir de conseguir que el otro no lo haga.

Si la empresa espera lealtad de sus empleados, ¿contrataría a alguien que no le fue leal a la última compañía para la que trabajó? Si la empresa busca a una persona capaz de competir en el mercado, en su nombre, y hacerlos destacar frente a otras ofertas que quizá tienen mejores propuestas que la suyas, ¿contrataría a alguien incapaz de destacar entre los otros candidatos?

La empresa se encuentra, además, en medio de una protesta contra el gobierno y el sistema (capitalista), que se expresa en esos momentos en las calles, frente a su edificio. Su filosofía no obstante, se alinea más con el gobierno y el manejo que está haciendo de la economía (que beneficia a los dueños de los medios de producción y afecta a la clase trabajadora) que con los protestantes (que exigen mejores derechos y oportunidades). ¿No es evidente entonces que la empresa busca a alguien que piense a su manera y acepte, promueva y apoye los mismos ideales que los suyos? Así que, si un candidato está a favor de las protestas, ¿es mejor que calle su opinión, o es mejor, en el terreno moral, apegarse a los principios y decir la verdad, incluso si esto le cuesta al candidato el puesto? ¿O es mejor no irse en contra de los protestantes, pero tampoco apoyarlos, sino mantenerse simplemente al margen? Simular para progresar o ser honesto es parte del dilema.

La dinámica pone a los 7 presentes a enfrentarse el uno contra el otro constantemente. Una vez que deben elegir un líder, por ejemplo, situación que los rivaliza unos contra otros por el poder implícito que ser elegido significa, la empresa revela, a través de un artículo periodístico que aparece en las computadoras que tienen enfrente, que la persona que eligieron denunció a la empresa para la que trabajaba anteriormente, por contaminar el medio ambiente. Ahora los demás candidatos deben decidir si, si ellos fueran representantes de la empresa para la que solicitan el puesto, contratarían a este hombre o no. Él se defiende, diciendo que intentó arreglar las cosas internamente antes de hacer el caso público, además de que la denuncia se sustenta en un bien mayor, el que hizo a la comunidad.

Su argumento puede ser bien visto por muchas personas, en el terreno ético, pero ¿cómo lo asume específicamente esta empresa en la que busca un puesto? El debate crece más allá de los lineamientos de lo moral, de si hizo lo correcto o no (denunciar contaminación ambiental), pues lo importante es, desde otro punto de vista, la confiabilidad y lealtad que potencialmente tendrá la persona para sus nuevos jefes. Los otros votan contra él, no sólo porque deben ponerse en los zapatos de la empresa que representan (¿haría lo mismo en esta empresa, si se presenta una situación similar?), sino porque con ello sacan de la jugada a uno de los rivales que lleva, en ese momento, el liderazgo en la competencia.

En otra prueba se les propone un ficticio en el que, tras una guerra, entran a un refugio con capacidad para albergar a 5 personas, pero hay 6 de ellos, así que deben votar porque uno se vaya. Cada uno debe argumentar habilidades comprobables que los hagan ganarse el derecho a quedarse en el refugio. Uno se propone como técnico electricista, pues los cursos que ha tomado se listan en su currículum y por tanto su habilidad es ‘comprobable’ (en qué nivel es algo que le debaten). Así también, otro se propone como médico, si bien sólo ha cursado algunos talleres de primeros auxilios. No es entonces lo que puedan comprobar o saber, el conocimiento y cómo puedan hacer uso de él, sino la capacidad de cada quien para convencer su valía, en términos de ‘utilidad’. ¿Es confiable realmente como médico alguien que sólo tomó unos cursos de primeros auxilios?

Cuando alguien se propone como líder para mantener un nuevo orden militar dentro del refugio, no tarda para que se le vayan encima, diciendo que quizá un régimen militar no sea la mejor forma de organización dentro del refugio, pero el debate respecto al hombre que se propone como juez y verdugo no hace tanto eco en la sala como cuando una de las candidatas sugiere que debe quedarse porque es buena cocinera. No sólo se desestima su sugerencia, sino que se le desafía cuando le dicen que eso no hay forma de comprobarlo.

Los candidatos más débiles terminan siendo ella y quien se propone para contar historias, ya que ha tomado cursos de literatura. ¿Por qué es más importante un médico y un militar, que un cocinero y un artista? ¿Por qué las prioridades sociales que se le han inculcado al hombre rayan en términos de practicidad utilitaria y no de humanidad? Ella, que termina siendo eliminada, no es desacreditada, sin embargo, por saber o no cocinar, o hacerlo bien o mal, sino porque no se le valora de la misma manera respecto a la otra candidata, que se propone ser la madre de los hijos de todos los demás. Entonces ya no se habla de habilidades comprobables o no (la mujer que se va dice que tiene un hijo, por tanto pueden estar seguros de que puede ser madre, a diferencia de la otra que, sin hijos, no puede comprobarlo). La segregación se convierte en una lucha de género, que de paso es sexista. ¿Por qué tendría que reducirse el ejercicio a hacer competir a dos mujeres por demostrar quién es más atractiva para los demás (hombres)? ¿Por qué la que se va, lo hace no sólo por ser mujer, sino por no ser mujer joven? ¿Qué tipo de complicidad o deseos se presentan entre la mujer más joven y los participantes masculinos?

¿Por qué la competitividad se reduce a complacer al otro, y más específicamente a la empresa? Sobrevive el más fuerte o el más apto, ¿pero, en qué sentido? ¿El que tiene menos escrúpulos?, ¿el que no se deja corromper?, ¿el que se adapta según las circunstancias lo requieran?, ¿el que hace que los demás no se adapten, o el que sabe, no trabajar en equipo, sino apoyarse en los demás para destacar él?

Competir es contender, contraponer, rivalizar; pero si ganar es alcanzar la meta y perder es no conseguir lo que se espera, ¿quién pierde más en este escenario de los 7 contendientes?, el que gana el puesto y se alinea con la empresa, sabiendo que en el camino pasó sobre los demás, ya sea a través de la humillación, el juego desleal o la conveniencia, o el que no lo consigue pero sabe que, al final, la prueba no logró corromperlo al cien por ciento, o lo hizo y el camino que le queda por delante es el de cambiar y mejorar. ¿Cuáles son las prioridades de cada candidato?, ¿cuáles sus valores, debilidades, metas, habilidades y cómo juegan cada una en una realidad como la que viven?; sin duda, el ambiente competitivo de la prueba es fiel reflejo del que también se vive en la cotidianeidad. Al final cada cual demuestra sus habilidades directivas y de sobrevivencia, pero también su ética, sus principios y sus valores. En teoría la empresa consigue al más funcional para sus metas, pero el “ganador” en el camino pierde calidad moral y afectos reales o potenciales. Triunfa pues el egoísmo indiferente que cultiva el sistema.

Ficha técnica: El método

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