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EDITORIAL

Los límites de la voluntad presidencial

En tres patadas

DIEGO PETERSEN FARAH
sábado 20 de julio 2019, actualizada 10:01 am


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La voluntad no basta. Generar un cambio, sea en una empresa, una institución o un país, parte siempre de una necesidad más o menos consensuada y de la voluntad de un líder dispuesto a encabezar ese cambio. Pero la voluntad no es suficiente; se requiere además un saber y una estrategia, una hoja de ruta donde quede más o menos claro cuáles son las acciones, quién es el responsable de cada una de ellas y los resultados esperados para poder evaluar y corregir el rumbo para acercarse lo más posible al objetivo.

El presidente tiene voluntad de cambio y una idea más o menos clara de adónde quiere llegar. Lo que no tiene es esa hoja de ruta y un equipo organizado para hacerlo. El gabinete, independientemente de los perfiles (hay muy buenos, regulares y malos) no funciona porque ellos mismos no saben cuál es el plan. Si los secretarios de Estado decidieran no escuchar las mañaneras para no hacerse bolas con las contradicciones y ambigüedades del jefe del Ejecutivo (la ambigüedad es siempre un privilegio del líder) y recurrieran al plan de desarrollo como una guía para entender qué es lo que les toca hacer en este proceso de cambio y cuáles son las metas por cumplir, les sería imposible. No les queda, pues, más que avanzar a tientas, tratar de interpretar la voluntad del presidente e intentar algunas acciones con la esperanza de que el día siguiente no sean exhibidos o, peor aún, que no choquen con algún otro compañero que haya emprendido una acción en sentido contrario.

Pasan los meses, la voluntad se cansa y los resultados no llegan. En campaña prometió que bajaría la inseguridad en el primer semestre; pasaron siete meses y nada. Luego a finales de abril dijo que en seis meses más habría resultados, es decir que para noviembre veremos un cambio, pero no hay ninguna evidencia de que vaya a ser así. El plan de rescate de Pemex no fue lo bien recibido que esperaba el presidente porque compromete los mismos recursos que estaban ya destinados a otras cosas: quitarle la carga fiscal a la paraestatal implica descobijar otras áreas del Gobierno. La famosa venta del avión presidencial, cuyos recursos se han comprometido para el combate a la pobreza, el plan migratorio y la Guardia Nacional, dejará a todos vestidos y alborotados porque, como se lo habían advertido expertos en la materia, su venta no dejará un peso, entre otras cosas porque lo debíamos todo, por citar solo algunos ejemplos.

¿Cuándo chocará el presidente con la realidad? Más pronto, 'más mejor', porque entre más se prolongue esta etapa de voluntarismo más talento perderá el equipo gobernante, se seguirán bajando del barco las mentes más brillantes -y por lo mismo las más críticas- y se irá quedando solo con aquellos dispuestos seguirle el juego.

El problema de un presidente que habla tanto (promedio de cuatro a cinco horas al día) no es que sature el espacio público con una sola voz, sino que no se da el tiempo necesario para escuchar: la voluntad sale por la boca; la reflexión entra por los oídos.

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