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Cultura

A morir a los desiertos: espina de un dolor cantado

El documental de Marta Ferrer retrató el canto cardenche

SAÚL RODRÍGUEZ/ EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, lunes 23 de septiembre 2019, actualizada 12:26 pm

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Una voz surge en las orillas del río Nazas, el oasis que atraviesa la piel polvorienta del desierto. Es el susurro desgarrado del viento que golpea en los troncos de mezquites y en los campos de algodón, esos cultivos donde los peones laguneros del siglo XIX inventaron un canto que rasga la tela del alma.

El canto cardenche es una tradición que lucha por sobrevivir en el inhóspito desierto. Su hogar se edifica en la memoria del pueblo de Sapioriz, en Durango. Allí, ha permanecido empapado de sotol, en las gargantas de don Guadalupe Salazar, don Fidel Elizalde, don Antonio Valles y, en su momento, de don Genaro Chavarría.

Su nombre proviene del cardenche, una cactácea originaria de la región, cuya espina provoca un dolor intenso al encajarse en la carne. Es un canto hondo, rasposo, cantado a tres o cuatro voces, cuyo sonido emana de los pesares más intensos.

Herencia de sus antepasados, cantar es un legado invaluable para los campesinos. Por eso la muerte de don Genaro en 2018, voz que mermó su brillo a causa de la diabetes, volvió a prender las alarmas para los devotos de una tradición que se niega a callar.

Esta supervivencia es precisamente la que la directora catalana Marta Ferrer capturó a través de su lente, en su documental A morir a los desiertos (2017), el retrato de un canto que es bálsamo para el dolor moderno.

EL DOCUMENTAL

Marta Ferrer conoció el canto cardenche en 2012, a través de un video. La sonoridad la conmovió bajo el techo nocturno. Recuerda que aquella noche soñó con los cardencheros; unas bocas le cantaron al oído. Con la emoción latente, despertó con la idea de realizar un documental.

"Todo surgió de la conmoción y de la emoción que me causó el canto (…) Fue una especie de nostalgia muy fuerte, algo que sale de las entrañas".

Para Ferrer, la belleza del canto cardenche reside en la sencillez y la imperfección. Eso la trajo a La Laguna, donde comenzó a investigar sobre el tema. Una experiencia que, afirma, marcó su vida, pues hacer documentales es descubrir el mundo a medida que se reinterpreta.

El documental se rodó durante un mes en locaciones de Sapioriz, La Loma y la Flor de Jimulco. Además de retratar las imágenes sonoras del canto cardenche, presenta analogías entre el pasado y el presente cultural de la región.

"Mi interés era hacer esta analogía con el pasado y el presente: el pasado de los peones en las haciendas algodoneras y el presente de los trabajadores en las maquilas, que para mí son los esclavos modernos. Ahora ha cambiado el contexto, la gente de estas comunidades ya no vive recluida, está más abierta al mundo. Pero para mí siguen siendo esclavos de estas grandes empresas".

También se centra en las nuevas expresiones musicales que han surgido en el área rural de la Comarca Lagunera. Marta Ferrer indica que las personas siguen siendo esclavas de la modernidad y, por ende, mantienen una necesidad de expresarse.

LA MUJER CARDENCHE

La película reafirma su importancia como documento histórico al filmar el canto de doña Mariana y doña Otila, dos de las últimas mujeres cardencheras de Sapioriz, quienes lamentablemente ya fallecieron.

"Ellas todavía cantaban de esa manera como se cantaba en el pasado; un canto con muchas más pausas, donde podían ponerse a platicar entre verso y verso. Es una manera muy desgarradora de cantar. Eran unas apasionadas del canto".

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