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Columnas la Laguna

ANÉCDOTAS

Ruta sur

HIGINIO ESPARZA RAMÍREZ
jueves 10 de octubre 2019, actualizada 8:20 am


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Noche a noche el restaurante bar animaba con sus luces de gas neón el bulevar Alemán. Puertas abiertas y bancos de respaldo alto ante la barra de servicio. Los ocupaban tarde y noche los adictos del rumbo y locaciones cercanas.

Abría al mediodía y cerraba a las dos de la madrugada o antes, según la época y la densidad clientelar. Algunos parroquianos tomaban moderadamente, otros lo hacían con exceso confiados en la cercanía de sus domicilios, ubicados entre el bar y las cuatro colonias que formaban el entorno, arteria de por medio. Estos últimos cruzaban la calle a pie y en la misma forma retornaban a sus casas- En el cruce de la avenida y la calle Trujano, se instaló una zona escolar para proteger a niños y niñas que acudían de día a la escuela primaria federal del rumbo.

A media calle, en la parte central, la autoridad vial colocó una figura de lámina que simbolizaba a un agente de tránsito con la mano derecha en alto y un silbato en la boca para frenar a los conductores amantes de la velocidad. Una base metálica lo mantenía erecto y cumplía sus labores de vigilante con gran celo y serio semblante. Protegía a niñas y niños en el día y de noche a los adultos; prevenía choques entre los conductores que no respetaban los límites de velocidad en un tramo escolar, figuradamente hablando.

Regularmente Erasmo, uno de los clientes asiduos, abandonaba el refugio cantineril entre la una y las dos de la madrugada, con el cerebro alucinante por tanta cerveza consumida, un estómago abultado por las carnitas y chicharrones de puerco que servía con generosidad Miguel Martínez, el propietario, y un caminar torpe; tropezaba con los cordones del bulevar apenas visibles entre la luz disminuida de los arbotantes.

En una de esas jornadas etílicas, de pronto miró sorprendido a la silueta de lámina cobrar vida y dirigirse al centro de la intersección y marcarle el alto a un automóvil para que él pudiera ganar la otra banqueta sin riesgo alguno. Mientras pasaba a pie, la figura sostenía en lo alto la señal restrictiva y giraba a cada momento como robot para cumplir funciones similares hacia la otra cara del crucero, pero no desprotegía al viandante.

Fueron repetidos los encuentros con el guardián laminado y giratorio, pero solo Erasmo hablaba y el servidor público permanecía mudo, hermético Esa noche del increíble suceso, con una mirada dura comenzó a censurar la embriaguez consuetudinaria del caminante, quien entre tumbos y bamboleos en un pavimento húmedo, caía de cara a los pies de la efigie metálica con la dignidad por los suelos pero aún con aliento para agradecer su solidaridad y comprensión. Los raspones en los cachetes, manos y codos causados por el asfalto, los equiparaba a los que sufren los peregrinos que van al Tepeyac y eso aliviaba su conciencia. -Soy un peregrino visionario, presumía.

Una noche oscura -negras nubes ocultaban la luna y las farolas del bulevar y sus arreglos navideños se hallaban extrañamente apagados- Erasmo caminó hacia el sur y se detuvo ante la alegoría que cobró aliento. Entre un halo fulgurante ésta bajó la mano derecha con la que señalizaba el alto, con parsimonia guardó el silbato en el bolsillo de la chaqueta color café, destrabó los labios repujados en la cara de lámina retorcida por el enojo y con un chasquido de oxidada voz (había llovido toda la noche) dijo con seriedad aplastante: -Amigo ya no tomes...

-Desde entonces raza, -se jactó Erasmo ante sus compañeros de barra- ¡cambié de ruta!…

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