La marcha de los cien días, El Siglo de Torreón
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EDITORIAL

La marcha de los cien días

Sobreaviso

RENÉ DELGADO
sábado 27 de febrero 2021, actualizada 7:45 am


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Restan cien días para ir a las urnas y, es evidente, el presidente de la República resolvió apretar el paso. Establecer con absoluta claridad adónde va el gobierno, asegurar a como dé lugar los pilares e instrumentos requeridos por su proyecto y conservar la base electoral que respalda su acción y actuación.

Así, si durante enero y febrero la febrilidad política sobrecalentó la atmósfera, de seguro, la temperatura ascenderá a niveles nunca vistos en el lapso que media entre esta fecha y el domingo 6 de junio.

El mandatario juega al límite. Cuenta a su favor no tanto el movimiento que lo encumbró en el poder, como la doblez de los contrapesos. Pero, sobre todo, la alianza opositora que no ata ni desata, agita como única bandera la resistencia y muerde cuanto anzuelo se le lanza, incapaz de elaborar un discurso con propuesta y articular su actuación de conjunto. En ese sentido, a la idea de Joseph de Maistre señalando que "el pueblo tiene el gobierno que merece", habría que añadir: "...y también la oposición".

Ante la incógnita de cómo quedará la correlación de fuerzas tras el concurso y la jornada electoral, lógicamente el Ejecutivo pretende reafirmar desde ahora su hegemonía, así se vea obligado a encarar a poderosos actores y factores allende la frontera. Hay, desde luego, quienes quieren ver en la marcha de los cien días por venir la marcha de la locura -haciendo suyos título y argumento del libro de Barbara Tuchman-, no el sprint de un político asediado por problemas, pero resuelto a jugar su resto a fin de mostrar, pese a la adversidad y la necedad, la viabilidad de su proyecto.

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Bueno para comunicar, malo para informar y peor para explicar, el presidente López Obrador no destaca algunos logros de su gestión y, absurdamente, con tal de anticipar otros, disminuye u oscurece lo conseguido. Como añadido, el mandatario confunde con frecuencia lo sustantivo y lo accesorio, lo simbólico y lo significativo, insertándose en causas y pleitos de poca monta. Ahí está el respaldo al presunto violador Félix Salgado Macedonio y el desprecio por el movimiento feminista.

El mandatario persiste en subrayar logros simbólicos que ya dejaron de rendir dividendos o, incluso, ni los reportaron. El Jetta blanco estacionado; el avión presidencial guardado; los vuelos en aerolínea comercial; la simulada desintegración del Estado Mayor Presidencial; la reunión del gabinete de seguridad; la conferencia matutina como supuesto ejercicio de rendición de cuentas; el relato histórico como tarjeta de presentación de un presunto héroe en ciernes; la puya, la amenaza o la provocación como instrumento para mantener a raya a quien lo cuestiona o a quien quiere someter o doblegar... Esos símbolos ya dieron de sí y, pese a ello, el Ejecutivo quiere fincar en ellos la diferencia con sus antecesores.

En el contraste, los logros significativos no siempre los resalta ni los deja respirar ante la opinión pública. El trabajo fiscal es destacable: obligar a grandes consorcios y empresas el pago de créditos fiscales nunca cubiertos no es una cuestión menor. El apaciguamiento del conflicto magisterial que, por años, dio cátedra de paros y plantones tampoco es despreciable, aunque falta por ver qué será de la educación después de la pandemia. El giro dado en la política laboral, sindical y salarial que cimenta prometedores cambios es reconocible. El ajuste a la cooperación con Estados Unidos en el combate al crimen sin sacrificio de principios soberanos es interesante. El intento de acabar con la subcultura de la corrupción como forma "tradicional" de relacionarnos es un esfuerzo plausible, aunque manchado a veces por la tolerancia hacia los suyos o las denuncias públicas sin consecuencia. El impulso no bien calibrado de programas sociales... en fin.

No destaca esos logros sustantivos y sí, en cambio, bajo la ilusión de que querer es poder, en estos días ha ido más lejos -en particular con la reforma a la industria eléctrica- operando ajustes que, a la postre, quizá no generen el efecto deseado y sí provoquen desencuentros con los socios comerciales del norte, así como litigios dentro y fuera del país que ponen en guardia a la inversión.

En todo caso, el mandatario está dispuesto a jugar su resto antes de la elección, a emprender la marcha de los cien días tope con lo que tope, así sea la frustración o, incluso, el riesgo de colocar al país en una situación peor a la anterior o la actual.

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El peligro de la marcha emprendida es la ausencia de alternativa.

La oposición se olvidó de la proposición y limita su oferta a ignorar los aciertos, subrayar los errores de la administración o, en el mejor de los casos, a retomar la senda anterior como si aquella no estuviera plagada de problemas y no fuera la causa por la cual la mayoría del electorado optó por darle la espalda y desplazarla del poder. Ofrece, pues, regresar al pasado inmediato, acusando al lopezobradorismo de querer regresar al pasado remoto. En esa lógica, el pasado reciente o remoto es el destino y el futuro, una ilusión.

Aliada en la amnesia, la oposición no sólo perdió la memoria sino también la imaginación y, por lo mismo, su actitud es más reactiva que proactiva, más reaccionaria que progresista, más inocente que perspicaz y muerde cuanto anzuelo se le lanza porque, quizá, sólo quiere vivir de la carnada, del cebo o, si se quiere, del conformismo disfrazado de resistencia o rebeldía.

Más revuelta que aliada, la oposición no representa una alternativa.

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La marcha de los cien días está en curso y, en rigor, arrancó con el año. Se oyen los pasos, pero no está claro adónde se dirigen, aunque presagian días convulsos.

sobreaviso12@gmail.com

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