
El problema con un mundo tan material-consumista como el actual es que todo tiene un precio; no sólo las cosas u objetos, también las acciones, las personas y hasta emociones y conceptos inmateriales, como justicia, política, felicidad, belleza y, por supuesto, el amor. Entonces afecto, aprecio, conectividad, vínculo o enamoramiento, todo lo que tiene que ver con cortejo y romance se aprecia en función de un valor siempre ligado al dinero.
En una relación de pareja, por ejemplo, debe haber atracción, pero ésta puede verse afectada por lo que las normas sociales determinan como bello, que a su vez está influido por estándares calculadamente manipulados por la mercadotecnia y el consumismo. Lo mismo sucede con otros aspectos de las dinámicas románticas. ¿Acaso no es común medir estabilidad, aprecio, afinidad, pasión, comunicación o armonía en números? ¿Cuántos obsequios?, ¿cuánto salario?, ¿cuántos hijos?, ¿cuántas llamadas telefónicas?, ¿cuántas fotografías publicadas en redes?, ¿cuántas cenas fuera de casa?, ¿cuántas casas? Etcétera.
“No me gustas porque eres rico. Es porque me haces sentir valiosa”, dice uno de los personajes de la película Amores Materialistas (EUA, 2025), escrita y dirigida por Celine Song y protagonizada por Dakota Johnson, Chris Evans, Pedro Pascal y Zoë Winters. La historia se centra en Lucy, una casamentera que se gana la vida encontrando pareja para sus clientes en una agencia matrimonial llamada Adore. La frase, que ella misma pronuncia, revela su forma de pensar sobre el amor y el matrimonio: es una transacción y lo que importa es como ésta nos beneficia en relación con lo que damos y recibimos a cambio.
Al momento en que la dice, su novio Harry, un millonario bien parecido, es el candidato ideal, precisamente por todos aquellos atributos cuantificables que ella valora y a él enaltecen: la vasta cantidad de dinero que hay en su cuenta bancaria, el elevado costo del departamento en que vive, los muchos lugares de lujo a los que puede llevarla a cenar y, más que nada, cómo esto la hace sentir y verse a sí misma; porque, si él es miembro de una élite social, ella, al ser su pareja, por asociación también lo será. Y en un mundo como éste, esto importa, por estatus y nivel económico.
El por qué es importante tiene que ver con división de clases sociales y sobre todo con la idea que se nos inculca, repite y vende hasta el cansancio: entre más exclusivo, mejor; noción establecida a partir de estándares consumistas y de acumulación. “Después de un corte de 400 dólares no puedes volver a uno barato”, menciona en algún momento Harry y, básicamente, eso lo resume todo: no es que no se pueda vivir o sobrevivir si no se es rico, es que se quiere ser rico para tener, disfrutar, presumir y no envidiar esa jerarquía socioeconómica.
Lucy es parte de la clase media baja, tiene empleo pero acumula deudas, no atraviesa dificultades financieras particulares pero tampoco vive completamente despreocupada del dinero, sin reproches con lo que tiene; por eso, cuando se pregunta sobre su pareja ideal, siempre piensa en alguien como Harry, alguien que físicamente le atrae y muestra interés en ella, sí, pero sobre todo, alguien con el suficiente dinero como para disfrutar de lujos y privilegios, que es el tipo de futuro al que Lucy aspira, incluso si inicialmente alega que prefiere la soltería consciente de que nunca habrá alguien a la altura de sus necesidades, ambiciones o pretensiones, pues, en el fondo, no deja de ser una romántica que lo anhela todo: un hombre que la enamore, pero también que sea rico.
Prioriza comodidad y esto no es particularmente malo, es decir, su actitud respecto al amor y el enamoramiento tiene clara intención y objetivo, sabe lo que quiere y el tipo de persona que busca, no obstante, lo que con el tiempo comienza a cuestionarse, es si esta postura puede realmente catalogarse como romántica. Valora a la pareja por sus bienes materiales, solvencia económica, atractivo y presencia física, intelectual y social, incluso siendo incierto cómo ello puede reflejar conexión sentimental. Harry es lo que ella quiere si nos limitamos a sus exigencias por escrito, pero, persona a persona, ¿esto se traduce en la posibilidad de amar y ser amado?
A raíz de su labor en Adore, Lucy ha aprendido a abordar las dinámicas de pareja en función a practicidad y beneficio muto; no se guía por sensaciones y emociones sino por lógica y patrones estadísticos. Les pregunta a sus clientes qué tipo de persona buscan y luego recorre la base de datos de la empresa para encontrar a ese alguien que más se acerque a la mayoría de tales requisitos. Desde este punto de vista, las parejas que conforma son compatibles, pero no afectiva o sentimentalmente; no hay emociones genuinas sino ficciones construidas. Eso no asegura que serán felices o infelices, pero hay que tener claro que se trata de un acuerdo por interés, incluso conveniencia, a veces hasta capricho. Esto crea expectativas, unas que serán difíciles de cumplir precisamente porque se construyen a partir de un molde idealizado, no realista, ni viable y en función exclusivamente de particularidades materiales y cuantificables.
En otras palabras, somos mercancía y ‘valemos más’ según ciertos atributos considerados como valiosos. Asimismo, las expectativas que nos hacemos no son sino ideales impuestos por una sociedad, sí, materialista, que reduce el amor a una lista de cosas; no obstante, los números (edad, salario, peso, altura) no nos dicen quién es realmente esa otra persona.
Cuando una de las clientes de Lucy que está a punto de casarse externa dudas, planteando que sólo aceptó al joven y su propuesta de matrimonio por cómo la hace sentir en función a terceros, -disfruta que la envidien por el tipo de hombre que está a su lado -, Lucy le insiste que si esto la hace feliz, cuál es el problema. Evidentemente, el interés de Lucy es que la otra se case para que sus estadísticas de desempeño y productividad en Adore sean altas, sin embargo, hay algo relevante en sus palabras: a veces el amor no está en primer sino en último plano, lo que no hace más o menos válida la decisión que se toma con relación al matrimonio, mientras se tenga claro por qué se toma.
Se ha romantizado tanto la búsqueda por el emparejamiento perfecto que se ha convertido en un pedestal imposible de alcanzar. ¿Qué significa realmente estar enamorado? ¿Qué se busca en una pareja? ¿Qué sopesamos y priorizamos y por qué: emociones y sensaciones o evaluación de variables? Después de todo, romance y amor no son una lista que cumplir; las personas son mucho más complejas que esto.
Lucy busca a alguien que le ofrezca el mejor estilo de vida y Harry se convierte en ese alguien cuando además de atracción y seducción también demuestra que puede proveer todo aquello que ella siempre soñó. Es entonces cuando Lucy duda; aparentemente ha encontrado a la persona indicada, pero esto no la hace sentir completa, sobre todo porque para entonces un viejo amor ha reentrado a su vida: John.
John es todo lo opuesto a Harry; un aspirante a actor que vive al día, comparte departamento para dividir gastos, acepta empleos menores y sin futuro porque carece de ambición, se conforma con nada y vive sin aspiraciones, indiferente al futuro. Cuando John y Lucy finalizaron su relación fue precisamente porque esa actitud le parecía a ella chocante, al grado de decepcionarla. Lucy estaba enamorada, pero rechazaba el tipo de futuro que vislumbraba juntos, plagados de deudas, limitándose por falta de dinero, ni siquiera ansiando lujos sino aspirando al menos a no sufrir carencias extremas; resultado: en una vida infeliz, donde su amor no resuelve su pobreza.
Pero cuando Lucy vuelve a ver a John los sentimientos que tiene hacia él también regresan. Hay una conexión especial, un pasado compartido, una sincronía de ideas e impulsos; hay amor, aunque la lógica diga que una vida juntos significa sacrificio constante. Lo curioso es que, en tanto ella se debate entre el amor (verdadero) y el beneficio (propio), es decir entre John y Harry, al mismo tiempo les dice a sus clientes que elijan en función de una lista de requerimientos que asume como la fórmula para la felicidad, o al menos, la satisfacción personal.
Toma tiempo para que Lucy entienda que cubrir todas las características deseadas no forzosamente se traduce en felicidad, o que no cubrirlas tenga el efecto contrario, especialmente cuando es tan fácil recurrir a máscaras. La dura realidad toca a su puerta cuando Sophie, una cliente en busca de alguien que la haga sentir apreciada y amada, es agredida durante una cita porque el hombre con quien Lucy la emparejó resultó ser alguien muy diferente a quien decía ser, porque el formulario que la agencia requisita proporciona datos, no revela ni profundiza en quiénes son como personas.
Mientras Sophie se decepciona de Adore, cayendo en cuenta que no es más que una empresa que lucra con su necesidad de afecto, Lucy también se desencanta de Harry al entender que su dinero no es medida verdadera de compatibilidad. Harry le propone viajes, le hace obsequios caros, la lleva a restaurantes exclusivos, todo lo cual cubre un deseo: alcanzar un estatus que se nos convence es reflejo de una vida ideal, al menos dentro de los parámetros del consumismo, capitalismo y materialismo, que es finalmente el mundo en el que vive.
Harry busca una compañera, alguien que se conforme con hacerle compañía a cambio de un beneficio (material), mientras Lucy anhela sentimientos amorosos y apasionados, que la sigan emocionando mañana, tanto como hoy. Quien la hace sentir así es John; el problema es que él no tiene nada que ofrecer más que su amor; la pregunta es si esto es suficiente. Después de todo, se nos venden cuentos de hadas con finales perfectos para hacernos perseguir algo inalcanzable y, en el proceso, invertirlo todo por alcanzarlo, desde contratar casamenteras como Lucy, hasta gastar en productos que mejoren nuestra imagen, pasando por asesores de estilo, grupos de autoayuda, inversión en vestido y maquillaje, entre otros ejemplos.
Al final Lucy decide que un futuro al lado de Harry no la va a hacer sentir realizada, porque no son compatibles más allá de la superficialidad material, lo que para algunos es suficiente y para otros no. Casi irónicamente, ella teme que un futuro con John sea igual de agrietado, ya que él no puede ofrecer lo que Harry sí. Lo curioso, por cierto, es que la película nunca se pregunta por qué ella tiene que elegir entre uno y otro, si ya está establecido que el amor no puede escapar de ser una transacción a conveniencia, que puede o no convertirse en felicidad.
Si se inclina por John, se supone, es porque prioriza lo que siente, pero, aunque parece una decisión progresiva - ‘yo puedo cuidar de mí misma’, le dice, refiriéndose a que no necesita que él se haga cargo de ella - lo cierto es que conserva un rasgo tradicionalista, en donde Lucy no logra eliminar su preocupación por lo material y el consumo.
¿Es posible, objetivamente, vivir sin esa preocupación y ocupación para obtener bienes de subsistencia? Y, ¿cuál es el mínimo de consumo necesario para no ser descalificado como materialista?
La decisión es aparentemente romántica, en cierto sentido lo es, para fines prácticos también celebra la independencia y autonomía de una mujer que no necesita que un hombre le resuelva las cosas, ella puede sola. No obstante, habría que mirar el futuro más allá de cuando ruedan los créditos. Cómo pinta objetivamente el mañana para los dos. Es posible que sigan siendo felices, adaptándose, acompañándose y sacando adelante las dificultades, incluyendo las financieras. Enamorados a pesar de las carencias.
También es posible que en lugar de equidad, señal de una relación de pareja sana, los papeles simplemente se inviertan. John promete mudarse, buscar otro empleo y aumentar sus actividades laborales para incrementar sus ingresos, aparentemente reflejando una actitud más madura y comprometida con lo que significa ser un adulto con responsabilidades. Pero, y pese a ello, ¿qué le aporta John a Lucy, como pareja, como hombre y como persona? ¿Acaso no es Lucy quien, al finalizar la historia, está creciendo laboralmente, progresado personalmente y ha madurado emocionalmente? Puede cuidar de sí misma, evidentemente, pero, ¿qué tan alta es la posibilidad de que también termine cuidando de él? Números, siempre números.
Si la perspectiva no parece optimista es porque, en verdad, no lo es, para nadie. Lucy regresa a su empleo y recibe un ascenso, manteniendo exactamente la misma dinámica que hasta ahora: beneficiarse del vacío afectivo de otros. Harry continúa buscando pareja para satisfacer sus necesidades, siempre por encima de las de la otra parte. Sophie no deja de ser cliente de Lucy, aun anhelando el amor correspondido, con varias lecciones aprendidas sobre privacidad, precaución y autoprotección, pero todavía a merced de ser percibida y aceptada, o rechazada, a partir de un formulario impersonal que no dice quién es ella, sino qué atributos la respaldan.
El amor es difícil y las citas románticas, también, porque las interacciones persona a persona se han vuelto cada vez más accidentadas, toda vez que se han vuelto un juego de cálculos numéricos y algorítmicos. Sitios como Adore existen porque la conectividad humana se está perdiendo y el sistema no deja de dictar cómo son y suceden las relaciones interpersonales, o cómo definimos felicidad y amor en función de variables económicas.
¿Casarse por amor, dinero, compromiso, obligación, soledad o por cumplir ilusiones y expectativas? Ninguna respuesta es equivocada. Claro que, si seguridad económica y plenitud emocional parecen ser contradictorias o, al menos, difíciles de compaginar, ¿qué nos dice esto de la sociedad? Después de todo, si el dinero no hace la felicidad, por qué no deja de ser un factor tan determinante.
Quizá, a fin de cuentas, el mundo no es tan literal ni tan blanco y negro como la película propone; lo que ocurre porque no decide si criticar irónicamente las relaciones románticas de la era posmoderna o alimentar los clichés, de los que en algún momento reniega, alrededor del llamado ‘amor verdadero’, ese que se siente, pero no se mide, porque no es racional ni tiene lógica o explicación. Tal vez, el verdadero punto es que el amor nunca deja de ser una fantasía. Algunos sueñan con romance, otros con estabilidad económica; de cualquier forma, ninguno se salva de luchar por sobrevivir a las presiones económicas, tan propias del capitalismo actual.
Ficha técnica: Amores Materialistas - Materialists