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Bajo la piel

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Si un ser extraterrestre llegara a la Tierra, ¿qué es lo que vería cuando se topara con humanos? ¿Qué es lo que vería más allá de nuestra estructura corpórea? ¿Qué hay debajo de la piel? La pregunta no es forzosamente literal, no se trata de huesos y músculos, sino de lo que se esconde detrás de una careta. ¿Somos quienes decimos ser o aparentamos la mayor parte del tiempo? ¿Cómo entender sentimientos y emociones si no podemos verlos? ¿Cómo definir y responder a pensamientos y sensaciones cuando lo que se dice y lo que se hace no siempre empata? Si una sonrisa no siempre es genuina o si el llanto puede significar algo más que tristeza, ¿qué es real y qué es un espejismo donde difumina otra realidad? ¿Cómo entender qué nos hace nosotros, viéndonos desde fuera?

De este imaginario y las preguntas que propone parte la película Bajo la piel (Reino Unido-EUA-Suiza, 2013) dirigida por Jonathan Glazer, quien coescribe junto a Walter Campbell, adaptación de la novela homónima de Michel Faber. Protagonizada por Scarlett Johansson, ella interpreta a un ente extraterrestre que llega a Escocia a seducir, con el plan de engañar y atrapar, a hombres solitarios fácilmente distraídos por su físico.

El personaje actúa como un cazador acechando a su presa; se muestra vulnerable para atraer y luego engatusa, aprovecha la seducción y la convierte en trampa, mientras escanea el entorno en busca del hombre más débil y fácil de engañar. Descarta a quienes van acompañados o caminan con determinación y propósito, a quienes desconfían o cuestionan sus palabras o quienes preguntan en lugar de responder por inercia, porque el que duda, sospecha o crea una barrera de por medio no es presa fácil, sino alguien alzando un escudo de autoprotección.

Su meta es el humano inseguro, marginado, frágil o tímido, el hombre que baja las defensas en cuanto la mira, creyendo que como mujer es inofensiva o no hay fuerza en ella que no puedan superar, o que como mujer bella y atractiva, su acercamiento tiene meramente un interés sexual, donde el halago alimenta su ego de superioridad.

No hay sentimientos o emociones detrás de sus acciones; no es un ente que sienta, es uno que cumple órdenes, tiene una misión y procede; recorre las calles en busca de alguien que pueda embaucar y usa palabras y acciones de coqueteo para bajar sus defensas. Entonces los atrapa, absorbe y mata, sin remordimientos ni complicaciones.

El escenario en sí es una visión interesante y sugerente de las relaciones de poder y control entre personas, específicamente entre hombres y mujeres, sobre todo respecto a dinámicas de cortejo, en donde con enfoque misógino y machista, la mujer es vista y tratada como la víctima, la presa; sumisa y dócil ante un hombre que la busca con insistencia y acecho, a veces cazándola de una forma simbólica pues busca, más que empatía o aprecio, atención y sumisión.

En la narrativa las cosas son a la inversa, pues es la mujer quien acecha al hombre, la que busca al desprotegido porque éste se puede manipular, convencer y dominar a su antojo. Su actuar no es correcto y la cinta no lo intenta justificar ni promover, no se trata de una venganza catártica; más bien, la escena pone en perspectiva la realidad de vida que atraviesan miles de mujeres en todo el mundo todos los días, aquí revirtiendo las cosas y convirtiendo al hombre en el ‘sexo débil’. 

No se trata de decir que hombre o mujer son más o menos fuertes que su contraparte, sino entender que, en sociedades tradicionalistas, la mujer es tratada como presa y el hombre cazador. La mujer es dócil y el hombre quien dirige la situación; la mujer no es valorada ante un hombre que ha aprendido a convencer escondiendo sus verdaderas intenciones, no siempre románticas, sino más bien de obediencia y rendición. La mujer es víctima de alguien que elije sobre ella porque, al mismo tiempo, asume que ella no representa una amenaza, preocupación o mínima consideración.

En corto, una mujer subestimada, infravalorada y cosificada, constantemente en alerta dado un común y repetido intento por atraparla; un abuso que la cinta plantea reflexivamente revirtiendo los papeles, dando así fuerza a la observación que hace respecto a roles sociales, expectativas y autoridad. Derivando, en muchas ocasiones, en violencia y explotación, en donde el sufrimiento no pasa inadvertido, pero es ignorado deliberadamente con indiferencia. A este extraterrestre no le importan sus víctimas, igual que, si volviéramos a invertir los papeles, a muchos hombres tampoco les importa la opinión de las mujeres; atacan, agreden, violentan, confrontan o humillan simplemente porque pueden y quieren hacerlo, porque hay un odio de género que tiende a definir a la mujer a partir de la visión agresiva, misógina o sexista del hombre hacia ella.

Esto es aún más claro en el desenlace del relato cuando, luego de habitar por varios días en el cuerpo de una humana y entender lo que este rol representa, por ejemplo, cualidades y debilidades donde encontrar fuerza o represión, el ente extraterrestre es sexualmente acosado por un hombre que finalmente le mata al despojarla de la piel humana que recubre su existir, para luego prenderle fuego.

Ante esta imagen cruel y cruda, bien cabe preguntarse ¿qué significa ser mujer en este mundo actual? ¿Hay verdadera libertad e independencia, tanto sexual como cultural, intelectual y social? ¿O más bien la apariencia de individualidad es sólo eso, ceder al espacio limitado que la sociedad da a la mujer? 

Cómo asegurar que hay equidad cuando en la vida práctica cotidiana no es así, cuando en el fondo no deja de ser necesario para este grupo social tener que cuidarse constantemente las espaldas, cuando temen todo el tiempo por su seguridad, al toparse con recelos, baches, agresividad y obstáculos deliberadamente impuestos en su camino por un hombre (sin generalizar) que siente hacia ella celos, rencor, odio o rivalidad; una mujer finalmente viviendo a merced del egoísmo y el cuestionamiento de aquel que continúa decidiendo por ella, aunque aparenta que no lo hace. 

Es curioso cómo en la película este ente sólo lo entiende una vez que lo vive ‘en carne propia’ y el día que lo hace, muere. Habitar en el cuerpo humano, poniéndose literalmente la piel de alguien más, le permite entender de empatía, sin embargo, la pregunta es si esta cualidad en este mundo hostil se ha convertido en debilidad, pues cuando finalmente el ente se da cuenta que no todas las personas son iguales, que belleza no es un concepto estándar y que hombres y mujeres tienen vidas, relaciones, preocupaciones, prioridades, intereses y aproximaciones diferentes a conceptos como sensualidad, atracción, pertenencia, posesión, control y poder, entonces se ve convertida en presa por el simple hecho de ser mujer, atacada, juzgada, agredida y asesinada sólo por ser quien aparenta ser.

En el momento en que muere, justo después de que se le desprende la piel humana que recubre su verdadera forma, el alienígena descubre quién es. Es una escena simbólica, porque para las personas en general sucede exactamente lo mismo: entendemos quiénes somos sólo cuando nos despendemos de todo aquello que aparentamos ser. El punto aquí es que infinidad de veces la transformación sucede de forma forzada, principalmente en personas que viven a merced de lo que dicen o dictan los hombres a su alrededor. 

Tal vez la verdadera reflexión es: ¿no es esa finalmente la realidad en que viven la mayoría de las mujeres actualmente? Cosificación es explotación convertida en instrumento de control y poder, que es una situación constante en todo rincón del mundo moderno. Se hace presente en el lugar de trabajo, en el mundo del espectáculo y el entretenimiento, en el deporte, la cultura y el ocio, en el arte y en general en cualquier dinámica social. El sexo vende, dice una frase popular, no sólo porque invita a la curiosidad, el morbo o la seducción, sino porque atrae la mente, distrayéndola y alienándola, hacia un objetivo concreto. En la mercadotecnia es consumismo, en las relaciones o dinámicas sociales es jerarquía y sumisión, en cualquier caso, se usa como mercancía. 

¿Acaso no se expone y explota a las mujeres en todo lo que hacen? Lo vemos en los comerciales, películas, deportes, estructura gubernamental, leyes, literatura y hasta la procreación y preservación de la especie; todo disfrazado constantemente de igualdad de oportunidades, inclusión y progresismo.

En este sentido, la película también habla de lo que es sentir una desconexión consigo mismo. Si alguna vez alguien se ha sentido un ente extraño incluso en su propio cuerpo, es precisamente porque quien se es y quien se quiere ser son dos imágenes que tienden a ser opuestas o distantes. Estamos enajenados de nosotros mismos. Si como humanos nos sentimos solos es porque estamos acostumbrados a aislarnos, eligiendo mostrar al mundo una faceta diferente de la que somos en privado, lo que, según el contexto, puede ser más un acto de autoprotección que una negación de la identidad, aunque no son excluyentes. Hay tantas caretas en el medio social, tantas expectativas que cumplir, normas forzadas que seguir, que no sabemos ser genuinamente nosotros, ni siquiera con nosotros mismos. Cuando buscamos a otros buscamos conectividad, sea que hablemos de una relación de pareja o una dinámica de cualquier otro tipo, pero, cómo conectar con otros cuando estamos acostumbrados a la desconfianza, la rivalidad, la antipatía y las apariencias.

 ¿Quién es falso y quién es verdadero, sobre todo cuando hablamos de enmascarar, disimular o aparentar convincentemente? Si es difícil reconocer entre gente que se acerca con buena fe frente a alguien que sólo lo aparenta para acechar fingidamente, es porque hemos construido un mundo de desconfianza y engaños. En el rostro de la protagonista no hay empatía, aunque sonría, porque esto permite que el de enfrente no sospeche de ella; objetivamente, en la vida real, cuántos no hacen exactamente lo mismo; individuos que avanzan sigilosamente ante una idea clara: ellos primero y su beneficio después. Los demás no existen para fines prácticos.

¿Somos crueles por naturaleza? ¿Somos depredadores por naturaleza? ¿Nos regimos invariablemente por la ley del más fuerte o la ley de la selva? ¿Explotar al otro es parte de nuestra esencia? Ya que el humano comúnmente vive de explotar o aprovecharse de otros, ¿dónde quedan la solidaridad, la empatía y la llamada humanidad que supuestamente nos define? ¿Es posible que en el fondo tal vez sí seamos entes aislados, solitarios e individualistas, que sólo buscamos o recurrimos a otros cuando necesitamos algo de ellos y tomamos sin considerar repercusiones, afectación, daño colateral o consecuencias? 

Finalmente, todo está diseñado para explotarnos; todo tiene un precio. Pagamos por donde vivimos, por lo que comemos y hasta por el ocio y el entretenimiento; nos rendimos ante la tecnología, los inventos de la ciencia y el consumismo sin sentido y, como resultado, sólo somos espectadores del mundo que sucede a nuestro alrededor. Si viéramos al humano realmente por quien es, ¿veríamos belleza, unidad y armonía, o más bien inseguridad, aislamiento y salvajismo? Nos percibimos como la especie dominante, inteligente y avanzada, pero, ¿y si somos la especie más peligrosa, agresiva, destructora y cruel? 

Así como este ente, estamos constantemente desconectados de nuestra propia humanidad, no elegimos compasión o generosidad, sino abuso y beneficio propio. Si un ser extraterrestre llegara a la Tierra y se topara con los humanos, no estaría interesado en su estructura y forma sino en lo que hay debajo de ella, en las interacciones entre personas, tanto íntimas como sociales, en la actitud que hay entre los individuos entre sí y su capacidad de conectar con otros, entenderlos o rechazarlos; la indiferencia y superficialidad social o el individualismo frente a la unidad y la colaboración, incluso la explotación de recursos, personas y hasta la explotación sexual, cultural e intelectual que se hace en un mundo en el que todos aprenden a ser depredadores detrás de la presa más vulnerable. Se puede ser una u otra cosa, se pueden ser las dos, pero nunca ninguna. Así que si un ser extraterrestre llegara a la Tierra, probablemente moriría a manos de una especie que reacciona violenta y destructora ante aquello que desconoce, que no entiende o que no puede controlar.

Ficha técnica: Bajo la piel - Under the Skin 

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