
Para que alguien alcance todo su potencial primero tiene que saber qué clase de persona quiere ser. Entran en juego talento, pasión, convicciones y disciplina. ¿Elegimos aquello para lo que somos buenos, en lo que podemos mejorar, lo que nos hace felices o lo que cubre las suficientes expectativas? Si la mejor versión de nosotros mismos nos tiene que hacer sentir bien, entonces límites e insuficiencias son parámetros que están bajo nuestro control, es decir, llegamos tan lejos como precisemos objetivos y rumbo. ¿Hasta dónde y a dónde llegar?
Esta lección de vida es lo que en parte descubren los personajes de la película Camino a la fama (EUA, 2000), escrita por Carol Heikkinen, dirigida por Nicholas Hytner y protagonizada por Amanda Schull, Zoe Saldaña, Ethan Stiefel, Sascha Radetsky, Susan May Pratt, Peter Gallagher, Donna Murphy y Debra Monk. La historia se centra en estudiantes de una academia (ficticia) de ballet en Nueva York para quienes las clases significan preparación, confianza, mejora y pulido de su técnica, con énfasis en danza clásica, que preparan una presentación para final de año, que se volverá determinante para el futuro profesional al que puedan aspirar. Si logran sobresalir, las compañías de ballet de todo Estados Unidos, pero más que nada la reconocida Compañía de Ballet Americano, podría ofrecerles lugar en sus filas, una oportunidad profesional única, de modo que ‘ser el mejor’ se convierte en el principal motor de cada uno, lo que conlleva estrés, tensión y la presión por destacar.
Jody, Eva y Maureen enfrentan retos muy diferentes. La primera tiene claro que bailar profesionalmente es su más grande sueño, pero su técnica no es la mejor y, por más que lo intenta, parece quedarse atrás de sus compañeros. Eva, por su parte, tiene todo para destacar, ama lo que hace y es buena bailarina, pero su actitud desafiante no la deja aceptar críticas constructivas, lo que la pone en conflicto con sus profesores y al mismo tiempo no le permite perfeccionar sus movimientos. Finalmente, Maureen demuestra una gran habilidad, en esencia porque ha dedicado, bajo las instrucciones y cuidado de su madre, la mayor parte de su vida al ballet, pero esta devoción impuesta no le ha permitido identificar su pasión y, por el contrario, la ha llevado a una serie de sacrificios dañinos para su salud, entre ellos un desorden alimenticio que asume, también por influencia de su madre, como necesario y natural.
“Si se esfuerzan como nunca jamás se han esforzado, esta escuela los convertirá en el mejor bailarín posible. Eso puede ser o no el tipo de bailarín que necesito en la compañía”, les dice Jonathan, el director de la academia de ballet, que en esencia expone que clases, profesores, lecciones e instrucciones sirven para que los estudiantes mejoren; depende de ellos escuchar, adaptarse y perfeccionar sus aptitudes, lo que no significa que eso sea lo que ellos o cualquier otra compañía de baile estén buscando, es decir, los estudiantes alcanzarán su potencial y luego tienen que encontrar qué hacer con esas habilidades.
En un mar de personas que son las mejores en lo que hacen, ¿cómo despuntar? En este mundo competitivo siempre habrá alguien mejor; el reto, para muchas personas, es enfrentar esta realidad, sobre todo porque en lo cotidiano la competencia siempre está presente. Cada estudiante es empujado a demostrar su valía a través de su talento, demostrar que es un buen bailarín en relación con los demás. Así es la vida misma, por mucho que parezca injusto: una selección natural en la que destaca quien es bueno en lo que hace, pero que además conoce claramente sus habilidades y limitaciones y lo explota a su favor aprovechando de las oportunidades que se presentan.
Por ejemplo, Jody, quien se esfuerza sin resultados por convertirse en la estudiante con la mejor técnica, algo que nunca podrá lograr. La infructuosa repetición del mismo ciclo, esforzarse sin mejorar, poco a poco va haciendo que pierda el gusto por el baile. Una decisión espontánea de tomar una clase libre en una academia diferente, le hace entender que hay otros caminos que la podrían llevar a lo que quiere. Lo obtiene cuando Cooper, un bailarín profesional propone una puesta en escena alternativa para el taller de la academia, una que él coreografíe y que se aleje del ballet clásico para, en su lugar, tomarlo como base y combinarlo con otros ritmos.
Cooper elige a Jody, independientemente de su relación sentimental, porque nota su potencial para cargar con un rol protagónico en el escenario, al menos en un baile en el que la técnica queda en segundo plano, algo que en el ballet tradicional no puede suceder, pero esta puesta en escena no es clásica sino libre, moderna, teatral y más escenográfica que académica.
¿Qué importa más, talento, disciplina o pasión? ¿Quién destaca más, quien lo hace perfecto o quien lo hace con sentimiento? En las artes este punto siempre es debatido; el artista tiene que entender su oficio, pero también tiene que sentirlo. De ahí que para Maureen el recorrido se vuelva un viaje de autodescubrimiento. Conoce cada movimiento de baile, su cuerpo está entrenado hasta el más mínimo detalle para hacerlo a la perfección, hay control absoluto de su técnica, pero no le apasiona, no lo siente y, al hacerlo todo mecánico, esa chispa con la que el arte se expresa, falla.
Su madre tiene absolutamente todo planeado, hasta que Maureen se da cuenta que está viviendo el sueño de ella, no el suyo propio; lo que la está afectando en más de una forma, su salud física y mental. Todo lo que ha vivido y respirado a lo largo de su vida es ballet; el problema es que éste no la hace feliz. No come lo que quiere, no hace lo que desea, no cultiva amistades que necesita, porque está aleccionada para cubrir un molde estricto que se basa en el estereotipo de lo que significa ser una buena bailarina.
“Eso sería el ballet para mí. Una vida deseando encontrar algo que realmente me encantara, en vez de algo que por casualidad se me da bien”, reclama eventualmente Maureen a su madre, en una reflexión importante sobre hacer lo que nos apasiona frente a lo que creemos que debemos hacer.
“No bailaré más para ellos. Bailaré para mí”, son a su vez las palabras de Eva al reflexionar que no importa tanto lo que los otros piensen de ella o si es o no buena bailarina, lo realmente relevante es que disfrute lo que esté haciendo y sepa que lo está haciendo lo mejor que puede, porque una vez que le apasiona el baile, esa pasión se vuelve el brillo que hace única su interpretación. En el proceso también entiende que su actitud rebelde no le beneficia si sólo lo hace por desafiar el sistema. Su sarcasmo, convertido en arrogancia, le está quitando la oportunidad de aprender de los demás, de absorber las lecciones que comparten sus profesores y, con ello, de demostrar que sí tiene capacidad de evolución y de grandeza. Si se le exige es porque se quiere que aprenda, mejore, porque demuestra talento y potencial, no porque haya algo en contra de ella.
“Obstinado, egoísta, inflexible. Arrogante como el diablo. Será muy difícil que encuentres un coreógrafo o director de compañía que no sea así. Los bailarines necios los culpan. "Yo no le caía bien". "Ella fue injusta". "Ese papel debía ser mío". Los inteligentes saben dónde mirar cuando las cosas se ponen feas”, le dice a Eva una de sus profesoras y, sobre a dónde mirar, se refiere a no hacerlo hacia afuera, no acusar a otros o señalarlos responsables de nuestras fallas, sino mirar hacia nosotros mismos y saber qué podemos hacer para mejorar.
A Eva específicamente le indican que deje de ver a los demás como la razón por la que no ha obtenido atenciones, elogios o un papel principal y que, en cambio, comience a demostrarse a sí misma, no a otros, su potencial en el escenario. Si toda la energía que invierte quejándose de los demás la usara para trabajar en sus habilidades como bailarina, las cosas probablemente cambiarían. Cuando su profesora le dice hacia dónde mirar, le señala la barra de ballet, porque habla del baile en sí. Para un pianista, por ejemplo, sería su piano, para un escritor la pluma y el papel, para un pintor sus pinceles y así sucesivamente.
Otra importante realidad a considerar es que no todos pueden ser protagonistas; hay decenas de bailarines y sólo un papel principal. La competitividad es enorme; disciplina, sacrificio, entrega, dedicación, cada detalle entra en juego. Es dar todo y estar conscientes de que lo que se hace no se hace por obligación. Si estar ahí no es por convicción, si al menos una sola cosa no empata con lo que realmente quieren, entonces el resultado será desdicha y fracaso. Maureen eventualmente renuncia porque sabe que éste no es su sueño ni la vida que quiere llevar.
En contraste Jody busca alternativas para conseguir el anhelado éxito, aun sabiendo que su técnica artística no es la mejor. Lo encuentra en el baile alternativo que coreografía Cooper, cuya propuesta, más teatral y escénica que el ballet clásico, es una mirada libre que no se construye a partir del ballet sino de movimientos de baile en general, sin exigir de sus intérpretes habilidad a la perfección, lo que le viene a Jody como anillo al dedo. A ella le gusta bailar y se nota, lo transmite y eso importa; una situación que también aplica para los bailarines que destacan y que puede poner en práctica cualquier persona. A Jody el baile le apasiona y eso hace que otros también lo sientan al verla bailar. Tener talento y hacerlo bien no es suficiente, se requiere pasión y disciplina, que es en esencia lo que ya le ha dicho su profesora a Eva: ‘aprende a jugar el juego’.
La nueva puesta en escena propone además una pregunta interesante sobre nuevas ideas frente a cánones tradicionales y, en el arte, el debate deja varias reflexiones. La danza es creatividad, pero también técnica, es un medio de expresión y comunicación, pero también de entretenimiento y cultura. Cooper quiere hacer ‘ballet para la gente’, dicen algunos personajes, en el sentido de una representación artística con expresión emocional, sí, pero más accesible al público general, el que busca distracción o divertimento más que una apreciación sobre la belleza que hay en ritmo, movimiento y música. Así, la propuesta de Cooper es en sí una contrapropuesta al sistema, una que será incapaz de desplazar al ballet clásico, que es muy específico respecto al método, técnica y físico del bailarín, pero que pretende traer sobre la mesa una visión alterna, tanto para el profesional como para el espectador.
Y aunque lo viejo y lo nuevo no tienen por qué entrar en conflicto, es importante notar que lo que Cooper propone es una oferta más ligera y menos formal, construida a partir de música popular y movimientos de baile más libres, lo que significa que es más un espectáculo de entretenimiento moderno, que la formalidad que define a la danza y lo que ésta transmite. En el fondo esto no es malo, el público al que se dirige es diferente y lo que requiere, o se exige del bailarín, también. Lo cual no lo hace menos grandioso o sorprendente, porque quien se para en el escenario tiene que tener habilidad, quien coreografía tiene que tener visión y el trabajo delante y atrás de bambalinas sigue siendo arduo y creativo, con dedicación, intención y valor, porque mezcla con éxito lo antiguo y lo contemporáneo, en una infinidad de intentos fallidos por conseguirlo.
Al final lo destacable es que, en cualquier caso, baile clásico o más urbano, los estándares son altos y hay que aprender a trabajar con otros: directivos, coreógrafos y compañeros, con los que se compite pero con quienes, al mismo tiempo, se convive y colabora a diario, dado que la vida en el escenario es compartir con otros, en armonía y sincronía.
Bailar es una profesión demandante, que exige demasiado esfuerzo, en la que hay que comprometerse con el corazón, no por ambición u obligación, ni para complacer a otros; lo que puede por cierto aplicar para cualquier otra actividad, no sólo el ballet. Así que el punto no es hacerlo por los demás, sino disfrutarlo, vivir, sentir y absorber cada instante con emoción.
Talento, habilidad, determinación, carisma, belleza, adaptación, iniciativa, método, disciplina; ¿qué es lo que necesita para ser el mejor? ¿Se nace o se hace? ¿Qué tan lejos estamos dispuestos a llegar para alcanzar la excelencia? Y si realmente lo queremos, ¿las dificultades del camino son sacrificio o requisito? La preparación nos ayuda a convertirnos en la mejor versión de lo que queremos ser y esa es la base para ser lo que queremos ser; llegar hasta ahí depende de nosotros, la pregunta es, hasta dónde queremos llegar.
Ficha técnica: Camino a la fama - Center Stage