Cómo entrenar a tu dragón

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Si las reglas están para romperse, es porque lineamientos y directrices no pueden permanecer estáticos, inertes o fijos. A veces eso de lo que el mundo está tan seguro y lo toma como infalible, es incorrecto. A veces, lo que dicta la norma establecida tiene que cambiarse. La única forma de corregir errores, esclarecer ideas o actualizar conocimiento es preguntando; indagar, deducir y experimentar es básico para la construcción de cualquier sociedad, lo mismo que en la formación del carácter, personalidad y convicciones de las personas.

Qué tanto realmente somos quienes queremos ser, cómo encajamos en el estatus quo y qué podemos hacer a favor del mundo, incluso si creemos que no somos más que un pequeño grano de arena, son algunas de las preguntas que reflexiona la película Cómo entrenar a tu dragón (EUA, 2010), dirigida por Chris Sanders y Dean DeBlois, escrita por William Davies, Sanders y DeBlois, a partir de la saga de libros del mismo nombre de Cressida Cowell. La cinta asimismo recibió una nominación al premio Oscar como mejor película animada.

El relato se centra en Hipo, un joven vikingo marginado por su falta de valentía, miembro de una tribu en la que el coraje define y otorga estatus. Estos vikingos son declarados enemigos de los dragones, a los que ven como una plaga que debe ser exterminada; en consecuencia, todos son por naturaleza guerreros, entrenados para pelear, destruir y matar. Excepto Hipo, que es aprendiz de herrero, una elección tomada por el líder, su padre, para evitar que salga al campo de batalla, ante la percepción de que su físico y personalidad no son ejemplo de fuerza, al menos no dentro de los estándares de la tribu, que la relacionan con rudeza, tanto interna como externa.

Aunque esto lo aparta del grupo, lo que Hipo aprende como herrero, en el trabajo manual, la elaboración de herramientas, la planeación de diseños y la manipulación del metal, le otorga un ingenio que sus compañeros no poseen y, a diferencia de ellos, busca solución a sus problemas, incluyendo la constante intrusión de los dragones a su aldea, no en la fuerza bruta sino de una forma más racional, práctica y astuta, hecha efectiva en los inventos que crea y construye; algo que hasta ahora no ha resultado fructífero, pero que cambia cuando, gracias a uno de ellos, atrapa un dragón de la legendaria especie denominada ‘Furia Nocturna’, catalogada como en extremo peligrosa y de la que poco se conoce.

Desesperado por demostrar su valía y sobre todo para enorgullecer a su padre, Hipo planea matar al pequeño dragón, sin embargo, es incapaz de hacerlo al verse reflejado en él: asustado, confundido y luchando por sobrevivir en un ambiente que parece estar en su contra - el animal se lastimó la cola al ser derribado por Hipo y ahora no puede huir porque no puede emprender el vuelo -. 

Ante esta situación, en la que ve un paralelismo evidente consigo mismo: dos seres pequeños, indefensos, luchando por resistir a contracorriente, en lugar de matar al dragón decide ayudarlo, porque eso es lo que a Hipo le gustaría recibir de sus compañeros, aquellos de su misma edad y en la misma etapa de formación que él.  Un poco de empatía y solidaridad, sobre todo, ahora que todos los jóvenes han comenzado su entrenamiento como guerreros, algo que el resto ansía pero Hipo teme, consciente del prejuicio en su contra y las expectativas imposibles de su padre, que él siente nunca podrá cubrir.

Antes de hacerse amigo del dragón, Hipo planeaba llenarse de aplausos y hacerse del respeto de sus compañeros al capturar y matar al misterioso ‘Furia Nocturna’; en cambio, elige humanidad y compasión hacia un ser que parece más incomprendido que aterrador. Lo hace consciente de que le está dando la espalda al, hasta entonces, orden natural de las cosas. Por ende, se pregunta por qué atacar a un animal que no le ha hecho nada, por qué no ayudar a un ser vivo que lo necesita y por qué no intentar convivir en lugar de enemistarse con un dragón que no está haciendo más que sobrevivir.

Al igual que cualquiera de su clan, su formación y experiencias moldean quién es y cómo enfrenta retos, dificultades u obstáculos. Es por eso que, al ser diferente del resto, herrero antes que guerrero, Hipo trae a la mesa una visión distinta al promedio, una que se atreve a cuestionar qué tanto hay que cambiar métodos establecidos para obtener diferentes resultados y cómo estrategia y planeación juegan un papel importante en el recorrido. Esto es algo con lo que, por cierto, es sencillo empatizar, sobre todo alrededor de esa edad, la adolescencia, la juventud y/o el principio de la adultez, en donde, durante el proceso de maduración es necesario cuestionar cuánto y en qué momento desafiar y desobedecer órdenes, la importancia de encontrar nuestro propio lugar en el mundo y el ineludible deseo por plantear nuevas soluciones a ideas antiguas aplicadas a problemas presentes.

En este caso, esto tiene que ver con qué tanto y qué tan bien los vikingos conocen realmente a los dragones. ¿Son de verdad el enemigo?, ¿es posible pasar de enemigo a amigo?, ¿hay forma de dejar de luchar y empezar a colaborar? y, ¿qué tan necesario es modificar la maniobra para lograr finalmente llegar a la meta?

Para Hipo la perspectiva se reescribe una vez que convive de forma constante, solidaria y afín con el dragón al que apoda ‘Chimuelo’. Se hacen amigos, él construye al dragón una prótesis para la cola para que pueda volar y, al entender que si estos animales atacan es sólo porque se están defendiendo de las propias agresiones de los vikingos, Hipo aprende muchas cosas que hasta ahora sus antepasados, maestros y líderes desconocen, incluso que contradicen lo que su tribu asegura y repite aferradamente sobre estos seres, concluyendo que no son terroríficos y violentos como se les pinta, sino inteligentes y muy capaces.

Los vikingos asumen su letal poder de ataque como muestra del peligro que creen que representan, pero este razonamiento sólo refleja un rasgo humano peligroso y latente, la violencia como parte de la esencia de la sociedad, porque aquí los problemas se resuelven con fuerza bruta en lugar de táctica y planificación. Ven a un ser amenazante y atacan, sin analizar si la amenaza es real, si va dirigida hacia otro objetivo o qué la provoca. Lo que los humanos han aprendido hasta ahora es, por inercia, la supervivencia del más fuerte, una enseñanza que ha pasado de generación en generación, sin ser cuestionada, analizada o adaptada a las circunstancias. Por tanto, la orden directa que se da a los jóvenes guerreros durante su entrenamiento es golpear, derrotar, sobrevivir.

Para su mala, o quizá buena suerte, Hipo no es muy hábil con las armas, pero sí es muy diestro observando los pequeños detalles que suelen pasar desapercibidos y nota, en Chimuelo, características y peculiaridades propias de los dragones que luego pone en práctica cuando es lanzado al ruedo durante un ejercicio de entrenamiento, donde somete a estos animales pero sin violencia, más bien aprovechando con bastante pericia e inteligencia la información a la mano, por ejemplo, si a Chimuelo no le gustan las anguilas, las usa para alejar a los dragones ante un aparente e inminente ataque.

De esta forma Hipo descubre algo hasta entonces impensable: los dragones no son el enemigo. Por tanto, por qué odiar algo que realmente no conocemos. Su estrategia sorprende, sin embargo, pocos comparten su inclinación por la colaboración; la primera reacción es más bien aprender a usar este conocimiento para explotarlo, girando esa ventaja a su favor y en contra de los dragones. Hipo se da cuenta así que las cosas evidentemente no han cambiado, que como humanos nuestra primera reacción parece ser siempre el oportunismo y la violencia. 

El entrenamiento acertadamente los lanza a aprender a resolver problemas bajo presión; de cierta forma esto los empuja a verse obligados a sobrevivir solos y no dependiendo de otros, con agilidad e ingenio para encontrar soluciones. Lamentablemente, lo que el entrenamiento no ha considerado es analizar cuál es la planeación y metodología que necesitan para llegar a ese punto, es decir, es importante arrojarse al ensayo y error, pero quizá más importante es incentivar las mentes a pensar antes de actuar.

Este proceso, que muestra un pensamiento crítico y resolución de problemas basándose en la lógica analítica, es lo que hace diferente a Hipo de los demás. El problema es que su mente lucha a contracorriente, especialmente por las altas expectativas, sobre todo de su padre, respecto a su futuro y habilidades que, aquel espera, estén más alineadas con energía y garra que con observación y análisis. Hipo sabe que, como hijo del líder del clan, la gente, y sobre todo su padre, espera un guerrero ejemplar que siga los pasos de su antecesor. Hipo no ha llenado con éxito esos zapatos y probablemente nunca lo haga, lo que no significa que no pueda ser un héroe, más bien quiere decir que va a ser el héroe que puede y quiere ser, no el que su padre, o el canon social, quieren que sea.

Al negarse a la prueba final, que consiste en matar a uno de los dragones, Hipo rechaza las costumbres y tradiciones establecidas, lo que en sí mismo conlleva ya un coraje enorme implícito, pues, aunque no es sinónimo de fuerza física, sí implica carácter y determinación. Ahora, tiene que pedir a los demás ver más allá del prejuicio, pero, sobre todo, de las creencias e información errónea repetida y esparcida, de la cual los más conservadores y tradicionalistas no quieren desprenderse.

Es difícil aceptar que todo aquello en lo que se cree, lo que en su momento se aseguró como verdadero, formó personas y fue la base en la construcción de una sociedad y de generaciones enteras, ahora sea considerado erróneo, caduco o desactualizado. No significa que todo el pasado está equivocado, es  que el futuro requiere una mentalidad abierta, dispuesta a aceptar que también hay otros caminos para llegar a los mismos o mejores resultados.

El problema es cuando esos caminos contradicen los anteriores, pues tiende a ser difícil aceptar los errores del pasado, sobre todo si como sociedad nos acostumbramos a verlos como la única respuesta correcta, al grado que es entendible, si bien no justificable, que la gente esté reacia a cambiar.

El odio hacia la otra especie, la lucha constante contra el de enfrente, la convicción de que el incomprendido, el diferente o el rechazado es inequívocamente el problema y no parte de la solución, han desembocado en una cultura de odio, violencia y confrontación; una realidad que en la película se demuestra a través de la relación humanos-dragones, pero que en el mundo real se hace cotidianamente presente entre personas e, incluso, entre sociedades.

Los dragones no son monstruos ni criaturas temibles que tienen que ser desplazadas o exterminadas, más bien, son seres con muchas virtudes, de los que se puede aprender y con los que se puede cohabitar, si hay interés en coexistir y colaborar. El mejor ejemplo es la relación entre Hipo y Chimuelo; se comunican, se entienden y se ayudan, lo que les permite trabajar en equipo, protegerse mutuamente y desarrollarse en lo individual.

Así que el enemigo no siempre es realmente el enemigo, sobre todo cuando con nuestras acciones hostiles, es así como ellos nos ven también a nosotros. Es decir, no todo ser por más aterrador que parezca, es necesariamente malo, en el fondo puede ser bueno y amable. En todo caso, lo que la película sugiere es que, antes de decidir, primero hay que sopesar, conocer la historia y sus variables.

Finalmente, la película también propone que un acto de amabilidad y humanidad puede llevarnos muy lejos. A veces, es mejor escuchar que hablar, entender que exigir, construir mejor que destruir, abrir puertas en lugar de cerrarlas. No forzosamente hay que ser grandes para hacer grandes cosas. O como bien apunta uno de los personajes: “Deja de esforzarte tanto por ser algo que no eres”.

Ficha técnica: Cómo entrenar a tu dragón - How to Train Your Dragon 

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