
Los estereotipos son, en cierta parte, responsables de los prejuicios. Nos acercamos a la gente con ideas generales que se nos imponen sobre personas, personalidades y comportamientos y les tratamos a partir de algo que creemos o asumimos que es. Aunado a eso, muchas veces esas etiquetas son utilizadas para manipular; sucede, por ejemplo, en los medios de comunicación pero también socialmente, en las relaciones interpersonales y dinámicas de todo tipo: laborales, románticas y familiares.
A raíz de ello se orilla a otros a cumplir ciertos roles o estándares, a ser presa de ideas predeterminadas, resultando en discriminación, insatisfacción, rechazo e incomprensión. La única forma de conocer realmente a alguien es ver más allá de la fachada y la única forma de comprender completamente algo es adentrarse en lo que hay atrás de lo que se dice; sólo entonces se distingue la verdad de la mentira; lo cual aplica a personas, relatos, información, etcétera.
Aquel que manipula sabe que hay un poco de verdad en cada mentira y los estereotipos son útiles para controlar relaciones, que es uno de los temas de los que habla la película Cómo perder a un hombre en 10 días (EUA-Alemania, 2003), dirigida por Donald Petrie, escrita por Kristen Buckley, Brian Regan y Burr Steers y protagonizada por Kate Hudson, Matthew McConaughey, Adam Goldberg, Bebe Neuwirth, Michael Michele, Shalom Harlow, Robert Klein, Kathryn Hahn y Annie Parisse. El relato se centra en Andie, escritora en una revista de variedades y actualidad, y Benjamin, ejecutivo de mercadotecnia, quienes inician una relación romántica por motivos completamente ajenos al romance. Más bien tienen sus propias agendas bajo el brazo porque encontrar su propio beneficio es lo que los conduce a acercarse al otro con clara intención de manipular sus sentimientos.
Andie está atascada en un empleo que no la satisface; escribe y eso la hace feliz, pero en un contenido que no le interesa; su meta es dedicarse a un periodismo sustancial, de política y crítica social, en cambio, está asignada a una columna de esparcimiento, cuyo enfoque puede resultar demasiado banal. La revista, si bien dirigida a todo público, está inclinadamente enfocada a los llamados intereses femeninos: habla de moda, relaciones sentimentales, cuidado personal y belleza, pensada sí, primordialmente para las mujeres, pero, no sobra decir, ocasionalmente abusando de ello. No es que este tipo de contenido no tenga valor, es que Andy se ha preparado profesionalmente para otros intereses periodísticos, unos que la revista en cuestión no puede cubrir.
Intentando ayudar a una amiga que acaba de terminar una relación sentimental, Andie propone hacerse cargo del tema cuando su editora pide que alguien escriba sobre la experiencia. La idea es repasar todos los estereotipos que los hombres supuestamente detestan en las relaciones de pareja, o visto de otra manera, hacer todo lo que popularmente se dice que no se debe hacer en una relación y, así, relatar a sus lectoras ‘cómo perder a un hombre en 10 días’. Ante este ‘qué acciones no funcionan y provocarán que el romance se apague’, Andie tiene planeado hacer todo para que la persona con quien comience a salir, eventualmente, lo más pronto posible, termine la relación; ser caprichosa, mimada, dependiente, controladora, metiche, exagerada y sobredramática, entre otras cosas.
Es aquí donde entra Benjamin, quien en realidad no cruza camino con ella por casualidad. Él quiere ganarles a sus compañeras de trabajo un contrato de ventas con un importante cliente y ambos equipos de mercadotecnia llegan a un acuerdo con su jefe cuando Benjamin plantea que vender diamantes (el producto en cuestión) es lo mismo que enamorar a una mujer. El acuerdo consiste en que, si él consigue que alguien se enamore perdidamente de él en 10 días, ganará la apuesta y, por ende, el contrato. “Un diamante no es una aventura de una noche. Un diamante es un compromiso a largo plazo”, le dice más tarde a Andie, retomando la idea e intentando conquistarla.
A partir de su arrogante propuesta, que compara enamorar con convencer, estratégica y persuasivamente, convirtiendo el verdadero amor en sólo una ilusión, el equipo contrario elige a propósito a Andie, sabiendo de antemano de qué va el artículo en el que ella trabaja, lo que provoca un choque inevitable: Andie reproducirá cualquier estereotipo posible para ahuyentar a su pareja, mientras Benjamin soportará todo en la relación, incluso aquello que normalmente le haría terminarla, con tal de enamorar o, convincentemente, aparentarlo.
El relato se convierte en una comedia romántica estándar a partir de lo divertido que resultar ver cómo Andie hace hasta lo imposible por arruinar la relación, en tanto Benjamin soporta todo por conseguir lo contrario. Con ello la narrativa muestra cómo la sociedad explota estereotipos. Andie se convierte en la imagen demonizada y despreciada de la ‘novia exagerada’, insufrible, como si ser apasionada, leal, romántica, devota y enamorada fuera algo negativo. Quizá no a todas las personas les atrae esto, pero hay muchos que lo consideran no un defecto sino todo lo contrario y valoran estas características como sinónimo de pasión y entrega. Además, las personas no deberían esconder quiénes son con tal de agradar a su pareja, porque una vez que su verdadero yo sale a la luz, el resultado puede ir de la incompatibilidad al rechazo.
Si bien Andie se excede para probar su teoría, a su vez evidencia todas las connotaciones negativas ligadas a actitudes naturales y humanas, específicamente en las mujeres, respecto a su actuar en una relación de pareja. Profesar su amor de manera incondicional, imaginar un futuro y plantearlo abiertamente, sentir inseguridad, mostrar vulnerabilidad o ser impulsiva; todas acciones que, siguiendo cánones sociales, no son bienvenidas. El punto es que se califican como equivocadas o no deseadas porque este es el prejuicio.
Las relaciones son complicadas y las personas también, sobre todo cuando hay tantos cánones y reglas sociales que no permiten a las personas ser auténticas, porque tienen que preocuparse por ser políticamente correctas. Además, no se debería generalizar y, sin embargo, la sociedad lo hace una y otra vez en la cotidianidad. Si alguien se viste de una manera, expresa ciertos gustos e intereses, si se dedica a tal o cual cosa, o piensa de forma distinta, se le encasilla con etiqueta excluyente, sin entender que como humanos hay muchos matices alrededor de nuestras ideas, convicciones, pensamientos y comportamientos. Entonces, el estereotipo se toma como medio de control o manipulación; se aliena a la sociedad a partir de su propio orden y estructura, a partir de arquetipos que ella misma construye y propaga.
Sucede en la película cuando Benjamin plantea que sería fácilmente capaz de hacer que alguien se enamore de él, no porque crea en el amor, la conexión humana o el destino, sino porque sabe que puede aprovechar el molde de hombre enamorado para empujar a alguien más a actuar de la forma que a él le conviene. Juega con los sentimientos de los demás, en este caso de Andie, haciendo todo lo que cree que una mujer busca en una pareja.
Como relato de comedia romántica, optimista y amena, evidentemente en el proceso los protagonistas se enamoran, dado que poco a poco dejan ver su verdadera personalidad, pero lo interesante de fondo es notar cómo se afianzan de los roles tradicionales socialmente aceptados para amañar la situación una vez que olvidan su atracción natural y se centran en su misión engañosa. Benjamin se presenta como ‘el hombre perfecto’ mientras Andie hace todo lo contrario, pero, ¿qué es lo que realmente lo haría a él perfecto y a ella imperfecta? Especialmente considerando que todas las personas son diferentes y, por tanto, buscan algo distinto en su pareja.
Hay ideas generales de aquello que atrae y enamora, pero hablar del novio o la novia ideal es un imposible. Tal cosa no existe porque no se puede pluralizar, por mucho que se nos haga creer que sí. Lo que una persona necesita en la relación de pareja no va a ser igual para todos; lamentablemente, la sociedad está muy inclinada a etiquetar, en específico en aquellos que anhelan afecto, apoyo o comunicación. Si una mujer busca por decisión propia a un hombre, ¿apreciamos su iniciativa o descalificamos su ímpetu? Si una persona se esmera por construir una conexión emocional, ¿aplaudimos su sensibilidad o denigramos su impulso natural por establecer relaciones honestas y profundas?
Pasa lo mismo con todas las personas cuando hablamos de relaciones de pareja, romance o enamoramiento. Rechazamos aquello que no empata con lo que queremos, en lugar de respetarlo y entenderlo. Si alguien busca apoyo emocional de su pareja es por algo; si alguien teme al compromiso también tiene su razón o explicación; si alguien mantiene su distancia y le cuesta establecer una cercanía emocional, seguro tiene sus motivos; pero estamos tan acostumbrados a preocuparnos por nuestros propios deseos que olvidamos que cada quien tiene los suyos, tan válidos como los nuestros.
Aceptar ese equilibrio no es algo sencillo, sobre todo cuando vulnerabilidad es tomado como debilidad. Sin embargo, construir barreras como instinto de autoprotección corre el riesgo de dejarnos asilados y solitarios. Andie y Benjamin se enamoran cuando bajan esa barrera y su yo auténtico encuentra una conexión genuina con el otro, pasando de la atracción a la verdadera conectividad. El problema es que, a raíz de sus agendas personales, la barrera vuelve a su sitio cuando retoman el juego de manipulación y falsedad.
No hay una fórmula para atraer el amor y tampoco para alejarlo. Una relación de pareja implica compromiso, lo que puede ser un reto cuando, cultural y socialmente, se nos propone que es más sencillo acomodarse a las expectativas que cambiarlas. Por otra parte, contenido mediático como el que Andie escribe, que usualmente alimenta estas ideas, no forzosamente porque las crea sino porque son fácilmente consumibles, suele ser una fuente de distracción inofensiva y pasajera, hasta que se convierte en un producto diseñado para vender, que se aprovecha de las inseguridades, incertidumbre, prejuicio y controversia. ¿Es que hay que sacrificarlo todo, incluso nuestra identidad, con tal de atraer a quien nos interesa? En términos generales, ¿debemos ser sumisos con tal de lograr aquello que queremos? Porque eso es lo que exige su editora a Andie, especialmente en este artículo que explota la desdicha de desamor sufrida por una de sus amigas, quien, por su parte, reclama verse obligada a hacer pública su vida privada para entretenimiento de las masas.
También haría falta preguntar si en la vida real, una persona cualquiera reaccionaría de la misma manera que Andie y Benjamin ante la revelación del engaño, edificado a partir de acciones tan poco éticas como manipuladoras. Aquí la resolución es más románticamente idílica que realista, porque al parecer su amor es verdadero y, por ende, terminan juntos; así que el egocéntrico Benjamin aprende de paciencia y consideración, al tiempo que la obstinada Andie finalmente se arriesga a abrir su corazón, seguir su verdadera voz y perseguir sus intereses. La lección que se desprende de ello, no obstante, evidencia algo muy importante: ambos han caído presa de los estereotipos en sus propias vidas.
Bejamin estaba encasillado en la mercadotecnia de un nicho específicamente planteado para él: cerveza y deportes; ávido por demostrar su capacidad para vender algo más que el estereotipo en el que se la ha colocado, al menos laboralmente hablando, aunque también en lo personal. Y Andie entiende que, si quiere escribir de política y eventos actuales, no va a poder hacerlo en una publicación que se alimenta también, y tan bien, del estereotipo femenino. A las mujeres les interesan esos temas, sí, pero la revista no los abordará porque se centra en un tipo de contenido específico planeado para atraer la atención de un molde concreto de consumo.
En esencia, el mundo le dice a Benjamin que como hombre sólo puede enfocarse en campañas mercadotécnicas para hombres y Andie, como mujer, sólo puede escribir de temas que socialmente, se asume, les interesan a las mujeres. Pero, ¿por qué Bejamin no puede estar a cargo de campañas publicitarias pensadas para un público-meta femenino? ¿Y por qué Andie no puede escribir de temas de interés general? (hay que hacer notar que no son ‘de hombres’, aunque generalmente se asuma que sí).
La idea, evidentemente, es romper el molde, el estereotipo, lo que la película consigue precisamente riéndose de ellos, o presentándolos de forma divertida. A pesar de sus clichés, que a veces terminan por caer en lo mismo que critican, lo que la cinta reflexiona sigue siendo tan relevante como actual. ¿Por qué se descalifica a la mujer que tiene claro lo que quiere? A propósito del 20 aniversario de su lanzamiento, Kate Hudson habló con la revista Vanity Fair y dijo: “De hecho, es una película bastante feminista y creo que eso resuena con las jóvenes: el concepto de que las mujeres controlan su propio destino, su propia vida y su propio propósito; y el hecho de que Andie sea una periodista que trabaja en un trabajo que no es realmente lo que quiere hacer y elige perseguir su sueño”. El nuevo canon se vuelve la norma hasta que el viejo se derriba.
Ficha técnica: Cómo perder a un hombre en 10 días - How to Lose a Guy in 10 Days