Conexión mortal

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Es innegable que la tecnología y el internet representan oportunidades y mejoras para la civilización, gracias a ello muchos procesos se agilizan o simplifican, son apoyo importante en la vida del ser humano y permiten que las personas se comuniquen, compartan y convivan. No obstante, la otra cara de la moneda es preocupante: mecanización y automatización exageradas, desplazamiento del individuo por la máquina, gente que se aísla o es excluida, que se vuelve inútil; la valoración del ser es exclusivamente en función de su productividad y un mundo virtual que se usa como cortina de humo para desinformar, mentir, manipular, explotar, robar, destruir la intimidad, desintegrar identidades, obstruir organización social, todo ello desembocando en relaciones sociales fracturadas, pérdida de identidad personal y aumento de la acumulación de la riqueza en un grupo de élite que abusa y explota al resto de la población.

¿Cuáles son entonces las verdaderas consecuencias de la dependencia tecnológica? ¿Cuál es su efecto concreto, hoy y mañana, en el colectivo social? Y si la digitalización es la realidad cotidiana, ¿el ser humano será desechable e innecesario para la reproducción productiva, cultural o biológica? De ser así, ¿en qué momento sucederá? 

Si bien escenarios de este tipo ya no son construcciones de ciencia ficción, el género narrativo en sí mismo permite plantear reflexiones sobre el devenir humano, incluso el presente de una sociedad que se relaciona, comporta y crece a partir de los avances tecnológicos a su alrededor, pues el saber tecnocientífico se ha convertido en un componente esencial del desarrollo socioeconómico y cultural.

La película Conexión mortal (EUA, 2016) es una narración que deambula entre el terror, el suspenso y el drama, dirigido por Tod Williams, escrito por Adam Alleca y Stephen King, éste último autor del libro en que se basa la cinta, y protagonizada por John Cusack, Samuel L. Jackson e Isabelle Fuhrman. En el relato se presenta un mundo en el que el humano ha quedado completamente subsumido por sus aparatos tecnológicos, aceptados sin reproche por su funcionalidad práctica, lo que si bien tiene sus beneficios, también origina infortunios. 

La constante y bien cimentada presencia tecnológica es lo que propicia que prácticamente toda la población se vea afectada cuando un virus se esparce a través de ella, esencialmente, aquí, por medio de los teléfonos celulares, transformando a las personas en una especie de zombis, que comienzan a deambular por el mundo como seres no pensantes, que sólo siguen al de enfrente, hasta convertirse en una masa, un enjambre de gente, antes inmersa en sus dispositivos, ahora totalmente contenida, absorta, en un espacio no tangible (en la película de origen sobrenatural, pero la metáfora se refiere a la nube virtual o digital), lo que los vuelve cuerpos inertes que viven (pues respiran), pero no existen, no de manera consciente.

La premisa es una no muy sutil, quizá demasiado directa y burda pero no por eso menos relevante, analogía del mundo moderno, de la era digital y la sobrecargada tecnología que está presente en todo momento, en cada aspecto de nuestras vidas, convertida en omnipresente, capaz de sumergirnos en una nube informática, de ruido antinatural, que hace prisioneras nuestras mentes, nuestros cuerpos, relaciones sociales, dinámicas cotidianas e, inclusive, nuestra existencia o trascendencia.

La escena es clara, la narrativa concreta, no muy preocupada por su contenido como sí por sus escenas de acción y suspenso, que tampoco son muy eficientes, pero lo que se delinea es relevante y aunque la cinta lo muestra simplificado, no olvida el trasfondo detrás de la idea: humanos que han convertido sus inventos denominados “inteligentes”, como celulares, computadoras y tabletas, en extensiones de sí mismos, rebasados por sus creaciones, mismas que los han vuelto meras sombras de sí mismos. ‘Fantasmas digitales’, sustituyendo en vida a las personas, mediante realidades distorsionadas, ficticias o falsas.

Esto significa un mundo inmaterial dominante, donde las cosas, las personas y todo lo físico o tangible ha sido reemplazado por algoritmos, datos e información. El dinero ya no es de papel; las relaciones amorosas, amistosas, sociales o laborales ya no se dan en persona; la comunicación es a través de imágenes; compartimos emociones, sensaciones, ideas y pensamientos mediante publicaciones e interacciones digitales; la vida en sí se vuelve una simulación y toda experiencia es un producto que debe ser compartido en busca de clics de aprobación, porque no somos nuestro verdadero yo sino nuestra huella digital o avatar creado, ese personaje que nos muestra una versión de nosotros pasada por filtros, como queremos ser, no como somos en realidad.

El mundo terrenal se ha vuelto ‘fantasmal’ porque la gente prefiere ‘existir’ en lo virtual y digital, cambiando lo tangible por lo intangible. Ejemplos hay muchos, mundanos y cotidianos, lo que en realidad lo hace aún más preocupante. Digamos: cosas tan básicas como transacciones financieras, compras en línea, pases de abordar digitales, conferencias, convenciones y clases académicas a distancia, hasta la popularización de amigos, mascotas y terapistas digitales, que pueden ser asistentes inteligentes, personajes virtuales o chats que funcionan con inteligencia artificial.

Quizá la película sea muy obvia representando ese mundo ‘fantasmal’ en el que los humanos han dejado de ‘estar presentes’, de vivir y de poner atención al mundo real, porque se han transportado, prefiriendo esa irrealidad que los mantiene absortos, que les dice qué hacer, eliminando su capacidad de pensar, porque ahora son parte de un colectivo que se mueve en masa, en donde todos hacen lo mismo, si bien lo que hacen no les aporta nada; pero la analogía, con todo y que pueda parecer exagerada, no es incorrecta. “Ya no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube. El mundo se torna cada vez más intangible, nublado y espectral. Nada es sólido y tangible”, expresa el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro “No-cosas” (2021).

Finalmente, todos esos aparatos “inteligentes” que nos rodean intervienen en la forma como pensamos, nos relacionamos y evolucionamos, hasta, poco a poco, convertirnos en entes inertes, pasivos, incapaces de ver más allá de la pantalla, pero no porque ésta tenga mucho que decirnos, sino porque lo que nos dice nos emboba, idiotiza, dado que mucho de ese contenido es más banal que fascinante, pues su propósito principal es aturdir, atontar y apresar nuestra mente, en lugar de nutrirla, propiciando además sedentarismo y aislamiento social.

“La digitalización del mundo de la vida demuestra igualmente que el ser humano se convierte en esclavo de su propia producción. La soga digital es más asfixiante que la soga mecánica”, comenta Byung-Chul Han. “La digitalización, que nos promete más libertad, no produce, a fin de cuentas, sino una cárcel panóptica”, es otra de sus reflexiones respecto a la tecnología y la era digital, en la que toda nuestra existencia está vinculada a un algoritmo (instrucciones de procedimientos para análisis y resolución de problemas), un aparato tecnológico, una pantalla o un sistema digitalizado, dejando al humano en segundo plano.

El mayor problema es que esto impacta en nuestra identidad, roles, funciones y desarrollo, porque todo está pasado por tantos filtros que se vuelve imposible distinguir entre realidad y fantasía. Internet y las redes sociales dejan de ser un lugar para expresarnos y pasan a ser uno en el que terminamos por exhibirnos y explotarnos, en donde somos objeto de múltiples datos e información que parece interminable, nos integramos como parte de un sistema en el cual nuestra existencia está en exceso influenciada por esa maraña de algoritmos que nos rodea. 

“Corremos detrás de la información sin alcanzar un saber. Tomamos nota de todo sin obtener un conocimiento. Viajamos a todas partes sin adquirir una experiencia. Nos comunicamos continuamente sin participar en una comunidad. Almacenamos grandes cantidades de datos sin recuerdos que conservar. Acumulamos amigos y seguidores sin encontrarnos con el otro. La información crea así una forma de vida sin permanencia y duración”, reflexiona Han, también en “No-cosas”.

En esta era digital, hay tanta información, tantos canales, tantos mensajes y tantos emisores y receptores, todo sucediendo al mismo tiempo, que este exceso también es ruido, obstruyendo toda capacidad de comprensión, evaluación, reflexión y en sí mismo comunicación. Esto remite al modelo de comunicación más básico, en que el emisor envía un mensaje al receptor a través de un canal mediante un código, en espera de una respuesta o reciprocidad; a cualquier distorsión en el flujo, se le llama ruido. En esta era de hiperinformación el exceso de datos desvirtúa la comunicación y obstaculiza el conocimiento.

La sobrecarga de contenido genera, a su vez, un fenómeno conocido como infoxicación (intoxicación por información), es decir, la sobreabundancia de datos, estadísticas, fuentes de información llegan a bloquear los procesos cognitivos, fatigan la mente, confunden al cerebro, dificultan la toma de decisiones, limitan nuestras capacidades y provocan ansiedad, cansancio y estrés. “Ahora producimos y consumimos más información que cosas. Nos intoxicamos literalmente con la comunicación”, señala Byung-Chul Han, igualmente en “No-cosas”. Controlar el flujo de información y la narrativa en las redes sociales es parte de los mecanismos de control para manipular la realidad, la imagen que de ella tenemos y para inducir conductas y patrones de consumo. 

La aparición de teléfonos celulares, computadoras, tabletas, relojes inteligentes, plataformas digitales, redes sociales, transmisiones en directo, contenido circulando las 24 horas al día y la constante vigilancia e invasión a la privacidad que se produce a partir de esto, voluntaria u obligatoriamente, son causa y consecuencia directa de la digitalización del proceso productivo y de nuestra vida cotidiana. 

Un problema adicional es que la tecnología digital y la llamada inteligencia artificial ya no se limitan a transmitir información o a procesar datos estadísticamente, sino que ahora interactúan con los usuarios, aprenden sus hábitos de conducta, predicen sus reacciones emocionales y pueden determinar o frenar la adquisición de saberes y habilidades manuales e intelectuales. En esencia están programando la formación del deseo de los individuos y orientando sus conductas, provocando reacción emocional antes que análisis y aprendizaje.

En la película, todo ese ruido excesivo que altera nuestra existencia es literal; los personajes ya no oyen el mundo, a sí mismos o a la gente a su alrededor, sólo oyen ruido estático, reflejo simbólico del exceso o la sobrecarga de información. La infoxicación sucede de forma muy evidente, pues, simbólicamente, surge cuando las personas se contagian del virus que se transmite por los celulares, volviendo a la sociedad una masa no pensante, en la que todo individuo pasa a ser parte de una especie de colmena, o enjambre, como diría Byung-Chul Han.

“El enjambre digital no es ninguna masa porque no es inherente a ninguna alma, a ningún espíritu. El alma es congregadora y unificante. El enjambre digital consta de individuos aislados”, dice el filósofo en su libro “En el enjambre” (2014), donde explica cómo la vida a través de filtros y en una nube hace que todo sea inmediato, momentáneo, aislante y fugaz.  “Al enjambre digital le falta un alma o un espíritu de la masa. Los individuos que se unen en un enjambre digital no desarrollan ningún nosotros”, apunta para resaltar el efecto despolitizador y desmovilizador que provoca la dinámica social de la sociedad digitalizada.

En la narración, todas las personas afectadas, que eventualmente arrastran o infectan al resto de la población, dejan de estar conscientes tanto de sí mismas como de su existencia y sus alrededores; en cambio, se mueven en conjunto, pero no como un grupo unificado sino como seres aislados, concretamente, moviéndose en círculos, como hacen ciertas manadas de animales, uno detrás del otro, indistinta pero no conscientemente, por inercia, sin pensarlo, solo imitando.

Esa es la idea del enjambre digital: cada vez estamos más conectados pero, irónicamente, por eso mismo más aislados, porque nos perdemos entre tanta información pululante y le servimos a ella en lugar de ella a nosotros, ya que, como todo es ruido, reacciones e inmediatez, no hay espacio para la reflexión, para el análisis. Las personas ya no exploran o se expresan a través de los medios digitales, sino que son consumidas por ellos, ante, por ejemplo, la presión de hacer publicaciones breves y veloces, crear contenido constante y banal o priorizar cantidad sobre calidad. Gente que ya no trabaja por sí misma en algo, sino que la máquina o la inteligencia artificial lo hace por ellos, eliminando el proceso cognitivo, motriz, de aprendizaje y de evolución que conlleva hacer algo por cuenta propia. 

En el mundo laboral el desplazamiento del trabajo humano sucede ya en áreas profesionales como el periodismo, el cine, la medicina y sus distintas pruebas de evaluación y diagnóstico, el diseño, las ensambladoras, las tareas agrícolas y fábricas de diversos bienes industriales, por mencionar algunos, en donde las herramientas eventualmente sustituyen al humano como productor directo  de los objetos y servicios necesarios para su sobrevivencia, relegándolo más bien como un insumo adicional o instrumento operador de la maquinaria “inteligente”. 

Es la expresión plena de la enajenación en el trabajo que condena al trabajador a ser prácticamente un robot, como se observa en la película Metrópolis de Fritz Lang (1927), sólo que ahora no únicamente en un proceso productivo mecanizado, sino uno determinado por algoritmos, eliminando la autonomía del humano para plantear, analizar, resolver y ejecutar determinada acción o trabajo. En esencia, la digitalización, el internet y la inteligencia artificial captan la atención del sujeto, reorganizan su percepción del mundo y se instalan en la vida cotidiana deteriorando seriamente sus capacidades cognitivas. La ignorancia prevalece.

Por su parte, el contenido basura, vacío y absurdo, creado por la inteligencia artificial va en ascenso. La razón detrás de esto se sostiene en tres pilares: 1) Congestionar de información los canales de comunicación, bloqueando la posibilidad de recopilación sistemática individual y confundiendo con datos falsos o no verificados. 2) Con ello, aminorar la capacidad reflexiva del lector, pues mientras más contenido hueco o superficial, menos respuesta crítica, incluyendo mayor indiferencia, deshumanización y desinformación y, 3) Promover el consumo instantáneo, inmediato, superficial, para acelerar la dinámica del fujo informativo y narrativas a conveniencia que generen espacios publicitarios y mayores ganancias a las empresas que controlan el mundo digital: Amazon, Google, Apple, Microsoft o Meta, como las más significativas. 

El ‘homo digitalis’ se refiere al humano moderno, el de la era digital, para quien la tecnología es parte vital en su vida diaria, se convierte en su entorno ambiental. Esto crea una notable dependencia tecnológica, pero también hiperconectividad, sobrecarga de información y uso de interfaces virtuales y táctiles que modifican nuestra conducta y nuestra forma de interactuar, como los mensajes de voz y de texto que han sustituido a las llamadas telefónicas o la interacción cara a cara; también la forma en que decimos y expresamos las cosas, ya no con ideas complejas y argumentos, sino mediante frases cortas, memes, hastags o emojis; las videollamadas se usan ya no únicamente para conversar con otros, sino para trabajar, estudiar, planificar, organizar, comerciar, intercambiar, incluso diagnosticar, dar terapias y consultas, como hacen psicólogos, médicos y dentistas, por señalar algunas profesiones que se han ‘modernizado’ a la realidad actual.

Algunas consecuencias son: una vida dividida entre el espacio real y el digital; una identidad trastornada y fragmentada por la forma como nuestro perfil en plataformas puede ser fácilmente optimizado y modificado por medio de filtros y otras alteraciones; una existencia regida por algoritmos que determinan nuestros anhelos, sueños, ideales, consumo, relaciones afectivas, patrones de conducta, preferencias políticas o religiosas y nos condenan a vivir experiencias a través de las pantallas y a ser consumidores pasivos de actividades de otros, no actores y artífices de nuestra personal experiencia.

“El futuro <hombre sin manos que teclea>, el homo digitalis, no actúa”, detalla Han en “En el enjambre”. En el mundo virtual no hay un espacio interior, existimos sin pensar, oímos sin escuchar, porque la automatización y la ausencia de ‘tomar acción’, no permite cuestionar ni crear, la capacidad de atención se ve limitada y el ‘yo’ se eleva hasta niveles narcisistas, lo mismo que la autoexplotación y la competencia.

En el mundo digital no hay un tiempo ni un espacio definidos como los entendemos usualmente. Los conceptos son trastocados y manipulados conforme a los requerimientos de la obtención de ganancia y para multiplicar el flujo informativo: “Lo que hace posible el control total no es el aislamiento espacial y comunicativo, sino el enlace en la red y la hipercomunicación”, agrega el filósofo coreano que venimos citando. 

En el filme, los protagonistas Clay, Tom y Alice son tres de los pocos humanos que no se vieron afectados por el virus y se resisten a terminar siendo parte de ese enjambre digital que ha vuelto al mundo pasivo, repetitivo, inerte. Es una batalla sin perspectiva y que no dura mucho, ya que, como en la vida real, aquel que se resiste a participar en la digitalización o que aún reclama su derecho a la individualidad y privacidad, es tan excluido y marginado socialmente que, tarde o temprano acepta las limitantes que el sistema le impone y se une a él, o simplemente deja de existir social y, quizá, físicamente.

Si la sátira como género narrativo es irónica y exagerada, no siempre humorística, aquí encaja perfectamente, porque la cinta, a fin de cuentas, sólo busca plantar con claridad su mensaje sobre lo vulnerables que somos los humanos cuando hablamos de dependencia tecnológica. La advertencia clara es que, si las personas están tan unidas, apegadas o absortos en sus dispositivos inteligentes, inexorablemente esto los convertirá en muertos vivientes, en ‘zombis’; como alegoría, individuos que han perdido toda individualidad, su voluntad, incapaces de ejercer el libre albedrío, de pensar, porque han sido sumergidos por una esfera digital en la que no se razona ni argumenta, sólo se imita y repite, se reacciona ante lo que muestra la pantalla.

Sobrevivir en un mundo así requiere tomar consciencia de lo que sucede, frenar esa sumisión en que ha derivado la digitalización y automatización y cuestionar, dimensionando, la función, utilidad, alcance, practicidad y pertinencia de la inteligencia artificial aplicada. Si queremos evitar convertirnos en zombis de la tecnología, esclavos sometidos a las fuerzas e instrumentos creados por la misma humanidad, objetos explotados para el mercado digital destinado a acelerar el proceso de acumulación de capital y los instrumentos de reproducción ideológica de las élites en el poder político y socioeconómico, es imprescindible mantener nuestra autonomía, cultivar la capacidad de pensamiento y racionalidad, conocer y aprender la lógica que hay detrás de los algoritmos que determinan el funcionamiento de las redes digitales y los aparatos llamados inteligentes. 

Lo que está en juego es el futuro de la humanidad, la construcción de la realidad desde donde pensamos y en la cual vivimos. Hace falta hacer algo para frenar el descontrol que envuelve a la informática, la automatización, robotización, transformación digital y la inteligencia artificial. Preguntarnos: ¿Qué debemos conocer del internet, la IA y las redes sociales para poder enfrentar la fragmentación del mundo y la pérdida de identidad personal?

Ficha técnica: Conexión mortal - Cell 

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