El diablo viste a la moda 2

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Las reglas del juego cambian, tienen que cambiar, no pueden siempre ser las mismas, de manera que tenemos que adaptarnos, crecer y evolucionar conforme a las nuevas reglas, entendiendo el proceso como madurar. No somos los mismos de hace 20 años, ni lo seremos en 20 más; entonces, ¿tropezamos con la misma piedra o somos capaces de evitarla, brincarla o patearla? ¿Cuál de las opciones nos ayuda realmente a superar errores y evitar la caída?

La película El diablo viste a la moda 2 (EUA, 2026) lo pone en perspectiva, como secuela de un relato que en 2006 habló de realización, esfuerzo, ambición, sacrificio, identidad, dinámicas de poder, crecimiento, maduración, valores, convicciones y autenticidad. La continuación de la historia retoma tales elementos clave, pero los explora muy ad hoc al mundo actual, con la digitalización y la consumación de la era tecnológica, el periodismo presionado por la inmediatez de las redes sociales, cómo esto afecta verdad, rumor, comercialización, explotación, información y consumismo o la inevitable modernización de los procesos que se adaptan a la oferta-demanda según las necesidades del consumidor, del cliente, pero, mayoritariamente a los intereses de los dueños del capital y los medios de producción.

La cinta fue escrita por Aline Brosh McKenna, dirigida por David Frankel y protagonizada por Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci, Justin Theroux, Lucy Liu, Simone Ashley, B. J. Novak y Kenneth Branagh. Retoma la historia de Andy Sachs, quien lleva varios años trabajando como periodista, alejada del mundo de la moda en el que alguna vez trabajó, ahora inmersa en la fuerza, valor y poder que tiene la palabra escrita. Sin embargo, los recortes de presupuesto del grupo editorial al que pertenece su periódico la dejan a ella y todos sus compañeros de trabajo sin empleo de la noche a la mañana. En respuesta llama a hacer consciencia del camino al que se dirige el periodismo y por extensión la sociedad, ahora visto por muchos como un medio de entretenimiento más que informativo, por tanto, banal, insignificante y fácilmente reemplazable.

En la idea de que cualquiera puede escribir, filmar y publicar contenido, porque gracias a la tecnología y los medios digitales esto se ha facilitado, se asume, equivocadamente, que quien sea puede convertirse en ‘creador de contenido’, lo que hace prescindibles a todos aquellos que se dedican a ello profesionalmente. El problema es que esa simplificación trivializa la labor periodística, resta importancia y significado al proceso de comunicar, compartir y divulgar información verídica, constatada, documentada, bien articulada y apropiadamente estructurada, que, como resultado, se pierde en el vasto algoritmo sin espacio-tiempo (la web), plagado de material indistinto, desechable arbitrario, banal y frívolo, pensado para distraer la mente, empobrecer conocimiento, eliminar pensamiento crítico y perspectiva, para promover desinformación, fatiga mental, apatía, adicción, explotación y sobrecarga.

No sólo personas como Andy pierden sus empleos, muchas otras áreas de trabajo comienzan a ser vistas como innecesarias, olvidando que, en su caso como periodista, su labor es importante porque hay detrás un proceso que conlleva, entre otras cosas, investigación, corroboración, coordinación, expresión, comunicación y retroalimentación, al evaluar, discernir, sopesar y analizar; procesos que las redes sociales no cubren, al estar más interesadas en transmitir datos de forma inmediata y concisa, que reflexionados y explicados; o que la inteligencia artificial, con que se intenta desplazar a periodistas, editores, escritores, artistas y maestros, entre otros múltiples ejemplos, no puede abordar con la sensibilidad, creatividad y curiosidad propiamente humana.
 
La oportunidad de enfrentar esta situación llega cuando a Andy se le ofrece un empleo como responsable editorial en la revista Runway, aquella donde trabajó como asistente de Miranda Priestly, quien todavía desempeña el rol de directora creativa, si bien forzada a adecuarse a las cambiantes dinámicas de poder, liderazgo, exigencias del mercado y normas o reglas socialmente aceptadas. 

En ese momento, Runway necesita redireccionar la percepción de la gente y dar un giro a su óptica, luego de un escándalo que afectó su imagen al haberse asociado con una firma de moda acusada de explotación laboral, lo que le ha ganado a la revista su propia polémica, resultado del error de juicio acrecentado por la cultura de la cancelación (fenómeno social que consiste en una especie de linchamiento digital o en medios impresos para descalificar e injuriar a personas y movimientos sociales por dichos o hechos pasados).

Miranda espera que sus lectores tengan poca memoria y que esa inercia de pasar de un tema a otro indiscriminadamente, fascinados por la polémica y la inmediatez, entierre el asunto. Irv Ravitz, el directivo al frente de Elias-Clark, el conglomerado dueño del grupo editorial al que pertenece Runway, tiene otro plan en marcha, uno pensado más bien para limpiar la imagen de la revista, reconstruir su reputación y, más que nada, devolver a la publicación credibilidad.

Andy es contratada para dar veracidad y validación a Runway; la pregunta es: ¿tienen Andy y la revista algo no sólo relevante sino resonante que decir en un mundo lleno de contenido insustancial, intrascendente y trivial? Tomando en cuenta, además, que la industria de la moda se ha reducido al vaivén de elementos de carácter superficial, pasajero e irrelevante; algo que crece con la llegada de la digitalización y las redes sociales, en donde la imagen artificial tiende a tener mucho más peso que la palabra escrita y la calidad pierde terreno frente a la cantidad, llevándonos a preguntar qué tan necesarias, relevantes o prevalecientes son aún las revistas de moda dentro de esta industria. ¿Siguen siendo vitales, cuando en la era digital hay muchos otros canales de comercialización, publicidad, promoción y mercadotecnia? Entre ellos influencers, bloggers, tendencias, buscadores (o motores de búsqueda, como Google), social media engagement (vinculación con seguidores, consumidores, colaboradores y fans), etcétera.

Cuando todo esto entra en juego y una marca o una empresa se juega con ello su huella y presencia digital, el deterioro del contenido, creación y consumidor es cíclico. Es decir, el medio (y esto no sólo aplica en la vida real a revistas de moda como Runway, sino a toda publicación, página web, plataforma o editorial) tiende a caer en lo superfluo por cuestiones de oferta y demanda. Se hace necesario preguntar: ¿Qué quiere la gente, a qué le da clic y qué tipo de contenido tiene que producir un creador para conseguir esos clics de aceptación?

Con la digitalización del mundo de la comunicación y del proceso de producción e intercambio, en donde prevalece el consumo instantáneo, la obsolescencia acelerada y lo desechable, las personas dejan de interesarse en material reflexivo, educativo, analítico o crítico, para preferir contenido simple, pasajero y llamativo. Esto sucede, asimismo, porque el vasto mundo digital ofrece tanto material, tan constante e invasivo, que lo más escandaloso, exagerado, sensacionalista o provocador es lo que más llama la atención, convirtiéndose en lo que eventualmente más se busca y consume en la red. 

Las historias de investigación, los escritos de opinión informativa, las entrevistas que expresan proyectos y vías para la transformación radical del entorno, los trabajos artísticos respaldados con producción de calidad, entre otros ejemplos, pasan a segundo plano, hasta caer en peligro de extinción, sustituidos por el opuesto a lo que son y representan, o sea, por imágenes rápidas y fragmentadas, frases cortas, datos sin contexto ni explicación, tema o debate, sino sólo ideas masticadas, diseñadas para vender, convencer o embobar, pero no para pensar.

En este contexto, Runway también ha sido víctima de la conversión digital; ha dejado atrás el papel impreso multicolor para pasar al algoritmo y la imagen en la nube; el presupuesto es mínimo porque la política es invertir menos y generar más, o invertir únicamente en aquello que reditúa más, lo que las revistas digitales como éstas no consiguen en comparación con otro tipo de material trivial que se concentra en distraer.

Si el escándalo inicial que propicia la contratación de Andy ya había puesto a la revista en la cuerda floja, la competitividad de la era digital la mantiene ahí, en la búsqueda por mantenerse relevante en una esfera plagada de superficialidad pululante, hueca e intrascendente. ¿Hay material de calidad en la red? Sí. ¿Es ese material producido, consumido y compartido de la misma forma y en el mismo nivel que su antónimo? No.

Sobrevivir en esa ‘nube’ inmaterial, implica hacer mucho más que validar o dar integridad a través de la labor de Andy y su equipo; también significa entender el mercado, ser redituables para los dueños y cubrir un nicho, ya que, ante todo, lo que más importa es vender. En el mundo editorial y el de la moda, esto quiere decir que hay dos cosas trascendentales que van de la mano: la primera es atraer miradas, traducidas en clics; la segunda es obtener suficiente dinero a través de patrocinadores, promotores y marcas de respaldo, para quienes imagen y reputación lo es todo.

Andy está ahí para dar un aval periodístico, literario y editorial a la revista y sí, esto le gana confiabilidad y veracidad, pero su esfuerzo sólo toma forma cuando se traduce en alcanzar al mayor público posible, lo que consigue cuando acuerda una entrevista con una reconocida personalidad pública, algo espectacular por la exclusividad (curiosidad y morbosidad inmersas) que representa, lo que, por cierto, Andy se niega a explotar, apelando a la integridad periodística. 

Si hablamos de contenido publicitario, la dinámica es casi lo misma, como bien expone Emily, ex asistente de Miranda y ex compañera de Andy, quien ahora trabaja para la firma de moda Dior. Dado que revistas como Runway construyen ideas, ilusiones y fantasías, Emily plantea la importancia y necesidad de que ambas marcas colaboren, especialmente en una economía capitalista como la actual. Un perfume, un bolso o una prenda que Dior promociona en Runway es mucho más que una simple campaña publicitaria, pues la marca en sí barajea un estatus social, una categoría de élite y prestigio, que se promueve en una plataforma web en espera de que tenga su mismo nivel de reconocimiento.

Ahora bien, como Emily sutilmente lo explica, en la nueva era de los medios digitales y las redes sociales, Runway necesita más a Dior que viceversa. “Las ventas de lujo son el único sector de la industria de la moda que aún genera beneficios. Hace 20 años, un bolso de 100 dólares era un capricho. Las marcas cambiaron eso. Usamos logos porque todo el mundo entiende que tu bolso, tu bufanda, tu perfume, tu paraguas, le dicen al mundo quién eres, qué te importa. Y ahora, hay amas de casa provincianas que jamás saldrían sin un bolso de 3,000 dólares”. Cuando Andy concluye que esta fantasía sólo es accesible para quien tiene esa cantidad de dinero, lo que Emily plantea es que así funciona la economía: cualquiera puede soñar con conseguir ese dinero (y esforzarse por conseguirlo). 

Dior vende el producto, Runway construye la ilusión alrededor de ese producto y el individuo, no importa de quién se trate, compra el producto para alcanzar esa imagen de éxito y superación. Da igual quién sea el comprador, el precio será exactamente el mismo para todos, sea alguien adinerado para quien 3 mil dólares no son nada, o alguien menos privilegiado quien hace todo lo imaginable por reunir esa cantidad. Además, existe el hecho de que el capital encuentra (lo ha encontrado siempre hasta la fecha) su forma de mantener la rueda de oferta-demanda en movimiento, acoplándose a mercados, estratos sociales, intereses y deseos o aspiraciones, de ahí la existencia de los outlets, descuentos, rebajas, tiendas de liquidación o la moda rápida (también conocida como fast fashion). 

Revistas (webs o plataformas) como Runway existen, no porque su consumidor o lector promedio pueda fácilmente permitirse ese estilo de vida exclusivo que presenta, sino porque, dado que no lo tiene, lo admira y anhela. En este mundo altamente capitalista, consumista y materialista, se espera que los resultados consigan mucho, gastando poco, especialmente cuando la perspectiva empresarial, acumulativa, comercial y de negocios se concentra en el dinero, en la ganancia y no en aquello que lo está generando. 

Para personas como Irv o como Miranda, Runway importa por el legado histórico, cultural, social y editorial que representa, como pilar de muchas esferas vitales, incluyendo la moda, el periodismo, el arte, la industria del vestido y hasta la del espectáculo de todo tipo (deportivo, artístico, de esparcimiento o político). Para personas como Emily o Jay, el hijo de Irv, se trata en cambio de una perspectiva más centrada en la ganancia, posesión, ambición, utilidad y costo-beneficio.

Por eso, cuando Irv fallece, deja en entredicho el futuro de Miranda y con ello el de Runway. Jay no está interesado en el producto, no sólo hablando de la moda sino también de la publicación como parte de un conglomerado editorial. Sin ninguna lealtad o valoración hacia una empresa que no le interesa ni entiende, está dispuesto a cederla al mejor postor, alguien con esa misma mentalidad que se plantea ganancias por encima de calidad y comunicación, o explotación y acumulación en lugar de pensar en creatividad y formas de expresión o información. 

La oportunidad para Jay se presenta cuando Benji, el actual novio de Emily, se interesa en comprar la revista para complacer a su pareja, designándola como directora y encargada de dirigir Runway, adentrándose así al mundo de la industria editorial y de medios de comunicación si estar bien informado en ello ni cómo funciona.

La partida de Irv y el intento por reemplazar a Miranda también implican un relevo generacional, que a su vez significa uno ideológico. La revista entendida como una publicación editorial, no como una plataforma para vender, manipular y alienar, no es lo que Jay, Emily y Benji tienen en mente. Su lógica es práctica, no artística; no les preocupa que el contenido diga algo, mientras haya contenido, porque a mayor cantidad más flujo de tráfico, más clics, mejores ventas. Ellos no ven lo que la revista significa o su trayectoria en el medio, sino dónde y qué tanto se puede ganar a través de ella. Por tanto, van a preguntarse para qué tienen periodistas, artistas, diseñadores, productores, modelos o patrocinadores, si todo su trabajo se puede remplazar mediante acciones mecánicas y algorítmicas realizadas por inteligencia artificial.

Los que defienden esta ideología se dicen a sí mismos que la máquina, la tecnología o el programa de software sustituye al individuo para darle a éste la oportunidad de concentrarse en otras actividades. Los que están en contra entienden que el humano no puede ser sustituido, que el contenido generado por la IA es sintético, sin alma, sin intención expresiva, creativa o pensamiento e ideas propias. Es el contenido banal, falso y vacío, muchas veces convertido en basura digital, especialmente cuando es creado por bots, incluyendo por cierto los ‘deepfakes’ (manipulación de imagen y voz).

El uso excesivo, sin control, de tecnología digital y la llamada inteligencia artificial con la integración de múltiples bases de datos, no siempre confiables y posiblemente manipulados con intereses ideológicos, está afectando con profundidad a los medios de comunicación masiva, al diseño, el periodismo, la literatura, la producción audiovisual, las artes y muchas otras industrias afines. Miranda y Andy saben que pelear a favor de la revista no sólo tiene que ver con mantener o salvar sus empleos, significa más bien luchar en favor de la humanidad, de su existencia en ambientes humanamente construidos sobre principios éticos y convivencia cara a cara, en donde el contenido editorial y periodístico que tiene algo que decir, el diseñador que se expresa por medio de su trabajo o la campaña publicitaria que comunica una idea y no un vacío, son componentes de una sociedad que promueve y acepta el diálogo, la diversidad, el intercambio cultural y busca mejorar las relaciones de trato con los demás, por encima de la tecnología que todo lo reduce a números y  sistemas homogéneos.

Adaptarse es sobrevivir, y si el juego cambia, hay que cambiar con él, de lo contrario, se termina por ceder (en algunos casos ‘venderse’, coloquialmente hablando), con todo lo bueno o malo que esto pueda traer consigo. “Todo se recorta, todo se fusiona”, reclama Andy, hablando de cómo estos cambios responden al capital y su tecnología, ejemplo claro de la concentración y centralización de la riqueza con que destruyen y, a veces, reconstruyen negocios y fortunas.

La dinámica empresarial y la obsesión por la innovación y el relevo tecnológico en algunas ocasiones generan cosas nuevas, interesantes, propositivas y positivas, como el novio de Andy, Peter, contratista inmobiliario, ejemplifica, usando un edificio remodelado a forma de analogía. Otras, no obstante, la misma analogía también dimensiona cómo el mercado y el afán de acumulación reprograman todo, incluyendo hábitos de consumo, dinámicas de poder, de organización, de trabajo y de ejecución. 

Si para dar paso a algo nuevo hay que derribar lo viejo, el problema surge cuando eso que queda enterrado es vital para la estructura social y no se prevé la forma idónea de substitución. Los medios, la industria editorial y el periodismo están siendo reconfigurados y restructurados por el algoritmo, la ambición y la competitividad corporativa. Lo preocupante es que constituyen una pieza fundamental dentro de la estructura del sistema de comunicación humana, siendo la comunicación un componente esencial para la convivencia, para el crecimiento y para la comprensión del otro; de tal manera que si no podemos visualizar los efectos destructivos de la saturación de información, de la información falsa y engañosa, de la desaparición del mundo de la letra impresa y del deterioro ético que conlleva la incesante conducta egoísta por alcanzar siempre la máxima ganancia, la sociedad está en riesgo de colapsar, incluso desaparecer.

Ficha técnica: El diablo viste a la moda 2 - The Devil Wears Prada 2 

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