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Eternidad

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Felicidad, plenitud y realización están más relacionados con vivir el presente que con construir un mañana, porque no se trata de una meta lejana y distante sino del hoy y el ahora, de vivir el momento y crecer, alimentarse y disfrutar de él y con él. Asimismo, la eternidad mucho tiene que ver con un punto concluyente y definitivo, lo que puede parecer absoluto o terminante, algo atascado en el mañana y un futuro perpetuo y por eso alejado del presente. ¿Es posible elegir qué nos hará felices para siempre? ¿Es posible elegir una eternidad perfecta o ideal? ¿Y por qué hay tanta fijación en el perfecto mañana, al grado que olvidamos vivir en plenitud el presente?

La película Eternidad (EUA, 2025) plantea reflexivamente lo que implica trazarse una vida soñada y el contraste que conlleva vivirla a partir de los cambios e imprevistos propios de la existencia humana, pues, así como nos transformamos y evolucionamos día a día, al mismo tiempo lo que somos, queremos, nos interesa, emociona o afecta, igual se va adaptando a las nuevas circunstancias, momentos y realidades. Todo aquí envuelto en un romance clásico, una historia de amor, un triángulo amoroso que propone también reflexionar lo que significa amor verdadero, felicidad absoluta y vida feliz.

Dirigida por David Freyne, quien coescribe junto a Pat Cunnane, la cinta está protagonizada por Elizabeth Olsen, Miles Teller, Callum Turner, Da'Vine Joy Randolph y John Early. La narración se desarrolla en ‘el más allá’, un punto de paso al que llegan las personas después de morir y donde tienen una semana para elegir en dónde quieren pasar la eternidad, con opciones que van desde la playa o las montañas, al mundo de los museos o el espacio exterior. La decisión no es sencilla, ya que el lugar que escoja cada persona no podrá cambiarse, haciéndolo algo muy conclusivo e irrevocable. En la historia el tema es particularmente complicado para Joan, quien, al llegar ahí, se reencuentra con Larry, su recién fallecido esposo, con quien llevaba casada más de 60 años, y con Luke, su primer esposo, que murió en la guerra de Corea y quien lleva todos estos años esperándola en esta especie de estación intermedia, con la esperanza de reunirse con ella para vivir la eternidad juntos. 

Tras la muerte de Luke, la vida para Joan tuvo que seguir adelante; eventualmente se volvió a enamorar, se casó, inició una familia al lado de Larry y vivieron juntos hasta que la muerte los separó. Sabiendo que Joan padecía cáncer terminal, Larry asume que su llegada al más allá sucederá pronto y su plan, por inercia más que nada, es asumir que ella elegirá pasar la eternidad junto a él. Sin embargo las cosas no son tan sencillas, dado que una eternidad implica mucho más; no son, por ejemplo, unas vacaciones temporales o un instante con fecha de caducidad. Elegir dónde y con quien pasar ese futuro categórico y absoluto es también sopesar qué quiere, qué le hace feliz y al mismo tiempo qué no quiere y qué no le hace feliz.

En su momento Joan tiene que tomar en consideración todo lo que rodea a este compromiso inquebrantable, lo que toma fuerza al tener frente a sí a dos hombres muy diferentes que le profesan su amor y que esperan que los elija a ellos. Luke implica una segunda oportunidad, retomar una historia de vida y de amor que quedó truncada por su prematura muerte. Larry a su vez es sinónimo de un lugar seguro, una estabilidad y dinámica que ella entiende, atesora y sabe que funciona porque ha sido protagonista de ella los últimos sesenta y tantos años.

Luke, de alguna forma, representa regresar al pasado, retomar una línea temporal que fue frenada, recuperar un amor pasional de juventud. Es la añoranza de un imaginario, el ‘qué hubiera pasado si’ su primer esposo no hubiera muerto. En esencia también significa que no es algo concreto, es un hipotético, porque no saben realmente cómo sería una vida en compañía del otro. Elegirlo se basaría en expectativas e ilusión. Todo lo contrario que representa Larry, quien es rutina y familiaridad, que se traduce en estabilidad y confianza; un amor maduro en que significa elegir su amor, su tiempo juntos y la vida, con sus recuerdos y vivencias, que han venido entretejiendo desde que se enamoraron por primera vez.

Joan enfrenta entonces la necesidad de reflexionar sus decisiones, tanto pasadas como presentes. ¿Hay arrepentimiento en lo que hizo o no hizo? ¿Habría hecho algo diferente? ¿De haberlo hecho, sería ella una persona diferente? Y qué significa un amor para la eternidad sino un compromiso con alguien. Joan también tiene que sopesar qué quiere ella, no ellos. Erróneamente, tanto Luke como Larry asumen que su felicidad está ligada a un hombre y específicamente a un futuro como pareja de aquel a su lado. Pero si bien la felicidad de Joan puede darse o estar muy relacionada con un amor, no está determinada por él ni por quién es ese hombre con quien ella elija pasar la eternidad. 

Se le pide que señale a su amor verdadero, pero esto es imposible porque la respuesta no es ni Luke ni Larry, sino todos esos momentos, recuerdos e instantes que le trajeron plenitud a lo largo de toda su vida. Si vivió feliz, ese es su amor verdadero, ella misma y todas las experiencias acumuladas: un baile con Luke, una plática con Larry, una tarde cuidando de sus hijos o una fiesta familiar rodeada de sus nietos. No se trata pues, de tener que escoger entre Larry y Luke o lo que ellos quieren, más bien se trata de qué necesita y qué quiere Joan, antes y por encima de quién es la persona con quien quiere pasar el resto de sus días.

¿Cómo definimos el amor o la felicidad? El tiempo y los recuerdos son factores determinantes en esta situación. ¿Qué hubiera pasado si Luke no hubiera muerto o si no la hubiera esperado todos estos años en el más allá? La decisión que se les pide tomar a todos estos personajes resuena precisamente porque es definitiva. “La eternidad es eterna”, reiteran; aquel lugar que escojan será definitivo, no pueden cambiar de eternidad, ni salir y entrar a otros mundos u otras eternidades. Si Joan elige a Larry, no podrá volver a ver a Luke y viceversa; del mismo modo que si no escoge a ninguno, se despedirá de ambos para siempre. 

“Recomendamos escoger por y para ti”, les dicen a los recién llegados al más allá, porque el punto de una elección definitiva es pensar en uno mismo, sin querer complacer a los demás o elegir algo sólo para cubrir las expectativas o deseos de otros, que sólo resulten en la felicidad de alguien más, no la propia. La felicidad de Joan depende de lo que ella quiera, como la de Larry y Luke o cualquiera en el más allá y, por extensión, reflexionando el mensaje de la película para cualquier persona en este mundo, está en sus manos, determinada por aquello que valoran y aprecian. Las decisiones definen nuestras vidas, pero tenemos que decidir pensando en nosotros; nunca ajenos a la presencia de aquellos que nos rodean, pero preguntándonos qué queremos, por qué y para qué.

“El amor no es un momento feliz, son millones”, reflexiona Joan, entendiendo que elegir una eternidad, cualquiera que esta sea, no implica plenitud instantánea, sino el primer paso hacia un mañana feliz, alegre, que se irá construyendo día a día, momento a momento. Esto se expone con mayor perspectiva cuando se le permite a Joan pasar un día con Luke y un día con Larry, a fin de experimentar cómo sería el futuro o la eternidad con cada uno y así determinar cuál de los dos escenarios prefiere.

Pronto se descubre recordando tanto la vida que tuvo con Luke cuando eran jóvenes como la vida que tuvo con Larry al crecer juntos hasta envejecer, y se da cuenta que no puede deslindarse de su pasado, ni con uno ni con otro, porque todo conforma su memoria, sus recuerdos. Construye en el presente su futuro, pero la persona que es se ha formado de lo que ha vivido con el paso de los años. No puede cerrarse por completo a ninguno porque ambos fueron y son parte de su esencia; eso la hace ser quien es.

“Todo lo que somos es un conjunto de recuerdos”, expresa acertadamente uno de los personajes. Para Joan eventualmente esto queda claro cuando concientiza que lo que vivió con Luke es algo lejano, simbólico, imposible de recrear, visto y vivido de una forma totalmente diferente ahora, porque aunque intente regresar a esa versión de sí misma, ella ya no es la joven que era cuando se enamoró de él. Todo aquello que no sucedió, ya se fue y, aunque lo añore, ya no va a suceder, porque ese tiempo quedó atrás. Así que no puede retomar en su presente todo lo que pudo haber vivido con Luke, porque ambos ya no son las personas que fueron décadas atrás. Sus vidas han cambiado, su personalidad, intereses, anhelos, motivaciones, objetivos e ilusiones. Todo esto cambia porque la vida es una sucesión de cambios.

Solemos recordar lo bueno y alegre que nos ha pasado, pero los sinsabores y caídas también son parte vital de nuestra identidad. No podemos aferrarnos o sostenernos de los imaginarios ni del ‘qué hubiera pasado si’, porque nunca existió. Tampoco podemos esperar a que la vida sea perfecta, feliz o plena algún día, en un mañana lejano; más bien hay que disfrutar el presente y construir ese mañana feliz. La eternidad no empieza después, lo hace ahora. El momento ideal no llegará algún día, hay que tomar las riendas hoy. Lo que se tiene hay que disfrutarlo en este momento, sobre todo cuando hablamos de los seres queridos, porque no sabemos qué es lo que nos depara el futuro. 

“Quizá la belleza de la vida radica en que se acaba”, analiza Joan y esa es una de las reflexiones más relevantes de la película: amamos, vivimos, nos preocupamos o nos entusiasmamos, conscientes de nuestra mortalidad.  Si nada es eterno, todo instante importa aún más. El pasado se vuelve un tesoro mientras el futuro es una esperanza, pero es el presente, y no lo que pudo o podría ser, lo más valioso.

El querer que algo sea ‘para siempre’ puede llegar a ser muy ambiguo, porque nada puede ser totalmente absoluto y definitivo. Reflexionándolo desde el enfoque que aborda la película, no se elige amar a alguien para toda la eternidad, se elige amar a alguien día a día, momento a momento, decisión tras decisión; eso es lo que trae felicidad a nuestras vidas: la colección de recuerdos que conforman nuestra existencia.

Una vez que Joan decide no escoger ni a Luke ni a Larry sino irse a vivir con una amiga cercana también recién fallecida, Larry resuelve sacrificarse creyendo que lo hace para que ella pueda vivir una felicidad anhelada, una al lado de Luke. No tarda en que Joan se percate que esto no la hará feliz porque ya no es la Joan que se casó con Luke hace más de 60 años atrás. Aunque físicamente luce joven (en este más allá las personas adoptan el físico que tenían durante la edad en la que se sintieron más felices), su naturaleza no es la misma; querer retomar algo que no fue entra en conflicto con lo que sí sucedió.

La conclusión aquí es que felicidad no es vivir al límite ni en aquel escenario que se considera o pareciera ideal; el mundo perfecto no existe. La vida toma significado y valor cuando se vive; esto incluye éxitos y caídas, sacrificios y decisiones. El camino que finalmente Joan toma no tiene que ver con la persona con la quiere pasar la eternidad o con el acto desinteresado y solidario de Larry (notando que su sacrificio para verla feliz es significativo, si bien dice más de él que de ella), sino con la forma como ella quiere vivir la vida y, en otras palabras, vivir la eternidad, lo que es una lección importante a considerar: ¿por qué esperar a que mañana sea perfecto, por qué no hacer que suceda hoy?

Ficha técnica: Eternidad - Eternity 

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