Faces of Death

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

En 1978 se estrenó la película, eventualmente de culto, conocida como ‘Faces of Death’, en español ‘Caras de la muerte’, un falso documental que consiste en una colección de secuencias violentas y explícitas que muestran diferentes muertes. En su momento se dijo que eran reales y si bien algunos segmentos, como momentos históricos o escenas de animales atacados o sacrificados, son auténticos, con el tiempo se reveló que gran parte del metraje es actuado, es decir, todo lo que sucedía es fingido o simulado. 

Esa combinación entre hechos reales y montaje orquestado, más la creencia prolongada de que todo era verídico, le ganó la censura en muchos países, lo que a la larga le atraería más audiencia en lugar de alejarla. La curiosidad y la controversia trajeron el éxito y ello dio paso a una serie de videos trabajados bajo la misma modalidad, es decir, que se sostienen en explotar el sensacionalismo morboso con secuencias supuestamente verídicas pero provocativas y perturbadoras. Este recurso especulativo no se limita al cine, también hay ejemplos, y muchos, en noticias, contenido mediático y redes sociales: material llamativo, morboso, explícito, insano, que provoca escándalos o contradice normas morales, por lo que que causa polémica y debate, aumentando así su popularidad y demanda. 

Es la fascinación humana por la violencia como entretenimiento, la censura como incentivo, la fama efímera, banal y momentánea, y el morbo como elemento adictivo y alienante, todo lo que por cierto se ha disparado en el contexto de la era digital, por el anonimato que proporciona la web y el interés por promover material de este tipo para responder a intereses económicos, políticos, de consumo y enajenantes.

Esos son los temas que explora una nueva interpretación de la cinta, que ‘reimagina’ el relato en el sentido de que lo replantea en lugar de sólo ser una copia del original o una continuación de éste. Esta versión fílmica de Faces of Death (EUA, 2026) está dirigida por Daniel Goldhaber, quien coescribe con Isa Mazzei, y es protagonizada por Barbie Ferreira, Dacre Montgomery, Josie Totah y Jermaine Fowler. Aquí, Margot es una moderadora de contenido en una aplicación y red social similar a Tik-Tok, donde se comparten videos subidos por internautas. Su labor es un trabajo que existe realmente, cuya función es evaluar, filtrar y, en esencia, administrar el contenido generado por los usuarios de diversas plataformas, foros, aplicaciones y redes sociales.

La intención es proteger a la comunidad virtual revisando publicaciones, comentarios, imágenes, videos y demás material multimedia a fin de eliminar todo aquello que infrinja normas o ponga en peligro la privacidad y seguridad de las personas, es decir, contenido catalogado por los propietarios de la tecnología como ilegal, inapropiado, obsceno, explícito, violento, peligroso o cargado de discursos problemáticos y radicales, por ejemplo, de odio o racismo.

Los parámetros, claro, pueden llegar a ser ambiguos. ¿Quién modera al moderador? En este caso, las políticas de la empresa traen implícitas normas sociales y leyes gubernamentales, pero también tendencias virales e intereses comerciales. Margot, por ejemplo, siguiendo los estándares de evaluación que impone su lugar de trabajo, da pase libre a videos de accidentes o agresiones y marca como contenido sujeto a discreción imágenes semieróticas o sensualmente sugerentes, pero censura tutoriales o explicaciones informativas relacionadas al uso de drogas y narcóticos. ¿Qué hace realmente más problemático un video que otro? ¿Acaso no todos pueden causar por igual el mismo grado de trastorno, trauma o perturbación?

Margot se lo cuestiona una vez que se cruza con un video que, ella piensa, simula una decapitación. La filmación y edición se las ingenian para parecer un trabajo artístico o amateur, una elección hecha adrede para así librar los parámetros de censura. Sin embargo, cuando Margot nota un patrón al toparse con otro clip similar, éste mostrando a una persona muriendo en la silla eléctrica, no puede sino desconfiar del contenido que se comparte y permite circular en internet, especialmente cuando ella es la encargada de filtrarlo para el público.

A pesar de su inquietud, su jefe la insta a permitir el video, alegando que este tipo de clips, filmaciones caseras de horror, están en auge y lo que es tendencia es conveniente para ellos, pues, al existir demanda de material de esta naturaleza hay mayor tráfico en la plataforma. La decisión, sobra decir, está basada en el beneficio empresarial más que en la responsabilidad moral. “Dale a la gente lo que quiere”, es una frase que se repite constantemente en la película, pero criticándola al dimensionar lo peligroso y nocivo que puede llegar a ser esta forma de pensar en ciertas circunstancias, como ésta, en donde no se habla de escuchar las necesidades del consumidor, sino de complacer y alimentar violencia, amarillismo y explotación, entre otras cosas. Que es, básicamente, lo que incentiva al asesino detrás de estos videos: malinterpretar la idea de dar a la gente lo que quiere, asumiendo que busca muerte y violencia. 

Que algo sea popular no significa que sea correcto o moralmente válido, pero además, cumplir o ceder a tales caprichos del mercado sólo porque alimentan tanto al algoritmo como al capital (según el asesino, hasta el gobierno, vendedores de armas y activistas políticos se benefician de una manera u otra con videos polémicos y actos violentos como los que él realiza), implica ignorar o relegar principios y valores sostenidos en la ética. Como resultado se crea, genera, promueve e incentiva contenido alienante, escandaloso, sensacionalista y vacío, que persigue clics a partir de la controversia. Si lo viral es banal, hablado de redes sociales e internet en general, es porque ataca emociones y sensaciones, lo que significa material explícito y provocativo, cuya naturaleza es adictiva, morbosa, tendenciosa y provocadora, además de deshumanizante, pues insensibiliza a las personas sobre lo que se exhibe.

Ahora: ¿cómo saber que una información es cierta o inventada? Especialmente en esta era de la desinformación, de la inteligencia artificial que hace posible creaciones o ediciones manipuladas, por ejemplo, los ‘deepfakes’, videos o audios falsos de noticias o hechos con montajes que hacen posible parecer verdaderos, precisamente porque pretenden con el engaño generar atracción (popularidad convertida en clics). La línea entre realidad y fantasía, entre veracidad y falsedad, se pierde cada vez con más facilidad y rapidez.

La propia Margot asume, inicialmente, que el video en cuestión es falso, filmado de una forma realista para atraer al espectador, con un diseño estilizado pensado para saltarse los parámetros de censura. Esta es otra realidad tan presente como preocupante en las redes sociales, donde el contenido no sólo busca ser atractivo, atrayente y llamativo, sino sobre todo destacar entre el vasto mar de productos similares. La forma de hacerlo es evadir las limitantes, buscando algún hueco o error en el sistema y sus normas de regulación, para usarlo a su favor; algo que se consigue con facilidad, tomando en cuenta que la tecnología avanza mucho más rápido que las leyes planteadas para regularla.

Erróneamente se cree que el internet significa transparencia y verdad, porque todo está expuesto y a la mano de forma inmediata, concreta y aparentemente verificable. La ironía está en que entre más información se hace disponible, más expuestas quedan las personas y más fácil es esconder mentiras y engaños entre las ranuras de la desinformación. Así, creer ciegamente en todo lo que vemos (leemos, escuchamos, compartimos y recibimos a través de la red) o dudar de todo lo que encontramos, percibimos y absorbemos, es igual de malo. ¿Qué es verdad y qué es mentira cuando el uso de tantos filtros hace que la realidad deje de estar clara y la simulación fácilmente pase como verdad?

Es entonces que dudamos de quien dice la verdad y creemos a quien cuenta sus mentiras de manera convincente. Esto es lo que hace titubear a Margot cuando se topa con los videos compartidos por un asesino serial que están copiando escenas de la cinta original de ‘Faces of Death’, la de 1978; inspirándose en ella, tomando sus ideas pero tergiversándolas. Al cuestionar, indaga, y al dudar, investiga, lo que la lleva a descubrir que las muertes en pantalla no son actuadas sino crímenes reales que deambulan en internet como si nada, porque, por un lado, nadie creería que un criminal tendría la osadía e insensibilidad de compartir sus actos en un foro tan público como una red social; por el otro, porque pocos descubren que detrás de todo esto también hay otros fines e intereses, por ejemplo, el miedo y la psicosis como medidas de control social. 

Sus actos delictivos no sólo quedan impunes por la falta de capacidad y conocimiento de la autoridad para abordar situaciones así, sino porque la violencia de tal magnitud se ha vuelto tan común que se ha trivializado y el ser mismo se ha deshumanizado, respondiendo indiferente ante ella, más maravillado y fascinado por videos de este tipo, que indignado y ofendido por lo que ve.

Lo que el asesino en la película quiere es popularidad, reconocimiento, aplausos y admiración por lo que hace; matar alimenta su ego, pero, sobre todo, nutre la fijación que hay en este mundo para monetizar con narrativas de agresión y violencia, y él lo aprovecha. La gente quizá no aplauda sus crímenes, pero sí celebra la forma como explota, promueve y escandaliza con eso que hace. Historias de este tipo, de personas reales o inventadas que se enriquecen abusando, robando, mintiendo, engañando y explotando a otros son cada vez más frecuentes en series de televisión y películas. Sus ideas inducen acciones, promueven conductas igual de inmorales, ideas manchadas de odio, corrupción y miseria humana. La escena del crimen ya no sólo es física, también es virtual.

Si de paso las personas no cuestionan la autenticidad o fiabilidad de aquello que ven en pantalla y sólo consumen y absorben porque se les presenta como diversión, entretenimiento o distracción, las consecuencias, como menor empatía, mayor agresividad, ansiedad y el aumento de emociones como furia, venganza, crueldad e intolerancia, pasan desapercibidas.

Para Margot está claro que el internet es un arma de doble filo. Ella misma lo ha vivido, víctima del trauma y el amarillismo, pues su hermana murió realizando un reto viral peligroso, clip que la policía luego filtró y se popularizó en diversas plataformas. Ahora, como moderadora de contenido, ella cree que puede hacer algo positivo y, en sus palabras, ‘’limpiar internet’’ de todo contenido dañino, tóxico y malsano, a veces hasta difundido por terceros, como en su caso. 

El sueño le dura poco, la respuesta de su jefe sobre por qué videos así son convenientes para la empresa, a pesar de su discurso problemático, es una cosa; hay que sumarle su fallido intento de denunciar a las autoridades al asesino porque, por su pasado, no le creen. Su participación en la muerte de su hermana la ha estigmatizado; y mientras más investiga en busca de evidencia, más atención atrae hacia los videos, el asesino y las victimas, haciéndolos más populares, aumentando su circulación en la red, con los consiguientes efectos contaminantes y dañinos para la sociedad.

En consecuencia, algunos se ríen de lo que sucede, pensando que el autor se enfoca en copiar o reproducir su versión artística e inocente de la cinta original. Esto deriva en sus propios imitadores que se burlan arremedando en forma burda y sarcástica, sustituyendo, por ejemplo, con muñecos o comida a las personas sometidas a los castigos, restando importancia al nivel de violencia y al crimen mismo. El público no se lo toma en serio y no siente ninguna responsabilidad con el prójimo. 

Esa copia de la copia de la copia, en donde todos repiten un mismo modelo buscando la forma de ser más vistosos, desafiantes y estridentes que otros, funge como base para la ‘economía de la atención’, que significa la competencia por atraer, retener y monetizar el tiempo y la atención del usuario. Para lograrlo, se juega con la sobrecarga de información y el contenido llamativo, invasivo, y constante, aunque también hay otras herramientas de apoyo, como el contenido personalizado o la reproducción automática de publicidad. 

La idea es abrirse camino entre plataformas y redes sociales a fin de convertirse en el contenido que el usuario más mira y consume. Por cierto, esa ‘atención humana’ después se vuelve un recurso que se analiza, segmenta, cataloga y luego se vende, tras recolectar masivamente información personal (nombre, ubicación, edad, número telefónico y nivel socioeconómico), así como patrones de conducta (gustos, preferencias, intereses, hábitos de compra, inclinación política y demás).

La web, las redes sociales, la tecnología, el algoritmo y la inteligencia artificial pueden ser muy útiles. Permiten a Margot, por ejemplo, dar con la identidad del asesino, conectar denuncias de desapariciones recientes con las muertes perpetradas e incluso, conectarse con otros para descubrir verdades enterradas sobre el caso, para, a su vez, revelar realidades que no son vistas ni escuchadas.

Pero la otra cara de la moneda implica privacidad expuesta, publicaciones antiguas utilizadas en contra del autor, riesgo a ser blanco de cualquiera porque todo está disponible en Google, o porque toda información personal está encapsulada en bases de datos supuestamente bien resguardadas, pero en realidad fáciles de piratear, comprar o simplemente consultar. Cuántas no hay allá afuera, entre empresariales, gubernamentales, bancarias, públicas y privadas, a las que miles pueden ingresar con cierta facilidad. En la película, por ejemplo, el asesino trabaja en una compañía de telefonía celular que forma parte de una red entre distintos operadores, donde están almacenados los expedientes de todos sus usuarios.

Una vez que lo privado se hace público, recalcando que a veces se nos obliga a entregar nuestros datos de identidad, dónde quedan los límites del derecho a la privacidad, o del uso correcto, ético, de la información. Cuando un video, un meme, un audio o una referencia se hace viral, esa fama momentánea olvida que aquellos que aparecen en las imágenes son personas reales, abusadas, violentadas y explotadas. 

La fama mediática hoy en día se consigue con narrativa en tendencia y tendenciosa, de la cual la violencia forma parte cada vez más intrínseca. Nuestra atención se dirige hacia lo perturbador y esto se explota porque es lo que a plataformas y redes sociales les interesa: la atención del usuario. La película no sólo cuestiona nuestra relación con el contenido digital polémico e inquietante, sino el efecto que tiene en la sociedad, cada vez más insensible al dolor humano, porque éste se ha convertido tanto en moneda de cambio como en producto de consumo. 

Ya no distinguimos entre real e imaginario porque parece que cada vez importa menos. ¿Qué tanto nos detenemos a pensar en lo que vemos en pantalla? ¿En lo mucho o poco que hay de verdad en ello?  ¿Qué dice de nosotros y de nuestra sociedad esa fijación con lo explícito, mórbido, enfermizo y macabro? ¿Y cómo esta realidad simulada crece y prospera en la era digital, tan ávida por ganar dinero, seguidores o placer a partir de lo ‘prohibido’?

Ficha técnica: Faces of Death 

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