“Quien lucha con monstruos debe cuidar de no convertirse en uno de ellos.”
Nietzche
Cuando Silvio Rodríguez declara que quiere un fusil AKM para defender a Cuba y el propio Miguel Díaz-Canel se lo entrega en un acto oficial, el gesto es "revelador". Habla de una postura del artista a lado de la dictadura, que ya no sorprende.
El movimiento de la Nueva Trova Cubana surge a finales de la década de 1960, particularmente alrededor de 1967–1968, en los primeros años posteriores a la Revolución Cubana de 1959.
Nace como una evolución de la trova tradicional cubana, pero incorporando una fuerte carga política, social y poética, alineada en gran medida con los ideales de la revolución. Sus figuras más representativas incluyen a Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, entre otros. Más que un género musical, fue un fenómeno cultural que buscó acompañar y dar voz —desde la canción— al proyecto político y social de la isla.
El movimiento tuvo un impacto cultural enorme, no sólo en la isla sino en toda América Latina. Fue banda sonora de una época, formó sensibilidad política y consolidó imaginarios de justicia social profundamente vinculados a las ideologías de izquierda. Pero también funcionó —consciente o inconscientemente— como una herramienta de promoción del régimen cubano, envolviendo el discurso político en poesía, épica y emoción. La canción se volvió relato oficial, y la crítica quedó muchas veces subordinada a la causa.
Si se quiere hablar de “abrazar las armas” en la historia de Cuba, la comparación inevitable es con José Martí. Pero ahí está precisamente la diferencia fundamental: Martí no romantizó la violencia ni la convirtió en símbolo de poder; la asumió como un último recurso, casi como una tragedia necesaria ante la imposibilidad absoluta de la vía política.
Martí no fue un hombre de fusil por vocación, sino un intelectual que agotó primero la palabra, el exilio, la organización civil y el pensamiento. Su decisión de incorporarse a la lucha armada —que culmina en su muerte durante la Batalla de Dos Ríos— no fue celebratoria ni ceremonial, mucho menos legitimada por un aparato de poder. Fue, por el contrario, un acto de coherencia personal frente a una causa de liberación nacional contra un dominio colonial.
Silvio termina, con su AKM, convertido en vehículo de legitimación del mismo aparato que debería cuestionar. Pedir un arma desde la cercanía del poder no es resistencia: es adhesión.
En contraste, Pablo Milanés tomó distancia. Su ruptura con Silvio no fue sólo artística, sino política y ética. Milanés, con los años, decidió cuestionar abiertamente al sistema, denunciar la falta de libertades y expresar su desencanto con el rumbo del país. Esa separación marcó una línea clara: mientras uno permanecía cercano al poder, el otro optaba por la incomodidad de la crítica. Fue, en el fondo, la diferencia entre sostener un discurso heredado y atreverse a revisarlo.
Y es ahí donde la contradicción de Silvio Rodríguez se vuelve más evidente, porque basta volver a sus propias canciones para encontrar una tensión difícil de justificar. En Ojalá late un deseo de liberarse de presencias asfixiantes; en Sueño con serpientes la lucha es contra monstruos que mutan y se reinventan —como si advirtiera sobre los rostros cambiantes del poder—; y en Playa Girón se reconoce el dolor humano concreto, el de las pérdidas que deja cualquier conflicto. Lo que antes parecía una poética de sospecha frente a la opresión, hoy convive con una defensa explícita del poder establecido.
Silvio, si me permites hablarte de tu…. vete a la mierda…