
Ganancia, acumulación, explotación, beneficio, privilegio y estatus, todo está relacionado al capitalismo y a la lucha de clases, bajo una estructura integral y dinámica que le permite funcionar, en donde, ni todos ganan ni todos tienen las mismas posibilidades u oportunidades, porque el mayor problema es quién se afianza al poder, cómo lo consigue, el dominio que ejerce sobre bienes y personas para, sometiendo y abusando de otros, quedarse instalado en la cima.
En un mundo así, en donde se incentiva y premia ambición, inequidad, competitividad e individualismo, ¿cómo escapar del consumismo, el elitismo y la avaricia? Si gana quien es más cruel y despiadado es porque la libre competencia, el libre mercado son un mito, no existe, lo que hay es un sistema de competencia controlado y dirigido por quienes acumulan más riqueza, mayor capital.
El egoísmo es la base del capitalismo y la apropiación del excedente social con respaldo del estado es una constante que permite la formación de monopolios que dominan el mercado. La acumulación de capital y la sobreexplotación del trabajador asalariado son dos caras de la misma moneda. La que permite que el sistema funcione sometiendo a la mayoría de la población a un obsesivo consumismo sobre la base de un sistema legal que protege a la propiedad privada. En paralelo, el sistema proyecta la imagen que la mejor forma de demostrar éxito y felicidad es estar a la vanguardia del consumo de artículos de lujo y vivir sin realmente trabajar.
Esta palpable realidad está satíricamente expuesta en la película Jugada maestra (Reino Unido-Francia, 2026), escrita y dirigida por John Patton Ford, tomando como inspiración la película británica Ocho sentencias de muerte, de 1949. Protagonizada por Glen Powell, Margaret Qualley, Jessica Henwick, Bill Camp, Zach Woods, Topher Grace y Ed Harris, la narrativa se centra en Becket Redfellow, un joven criado por su madre soltera tras haber sido rechazada y desheredada por su adinerada familia, al elegir construir una vida al lado del padre de su hijo, un músico sin ambiciones, dinero o buena posición social, con lo que, según la misma familia, no tenía nada que ofrecer; irónicamente, el padre muere cuando ella da a luz, dejándolos, en efecto, sin nada.
La madre de Becket le insistió en su lecho de muerte que luche por alcanzar ‘la vida que merece’, al formar parte, por lazos de sangre, de un legado bien posicionado, lo suficiente para que se traduzca en mejor educación, mejores oportunidades, lujos, facilidades y cualquier tipo de ventaja que se pueda arreglar o comprar. Con los años y sin verdadera opción de reclamar su lugar entre los Redfellow, Becket se adaptó a una sencilla vida modesta, sin muchas aspiraciones, resignado y sin medios para cambiar su realidad. En esencia, hizo lo que pudo con lo que tuvo a la mano y eso fue suficiente, hasta que dejó de serlo, lo que sucede al reencontrarse con Julia, una amiga, y su amor de la infancia, quien acaba de casarse con alguien que, como ella, es parte de la alta sociedad neoyorkina.
Presionado a aspirar a más y, por ende, a tomar lo que cree suyo, convencido de tener derecho por herencia a la riqueza de sus antecesores, Becket sabe que la fortuna de los Redfellow pasará de heredero en heredero siguiendo el árbol genealógico, es decir, cuando Whitelaw, el patriarca, muera, le dejará todo a su hijo mayor, éste le pasará todo a su propio hijo o, si fuera el caso, a sus hermanos y descendientes directos. En la línea sucesoria de la familia, Becket ocupa el octavo y último lugar en ese momento. Por eso consideraba que eventualmente la herencia recaería en él, con sólo vivir más que los demás. Sin embargo, en algún momento, motivado por circunstancias fortuitas e incentivado por obtener en lujos, facilidades y privilegios, decide que un camino fácil consiste en asesinar a quienes le anteceden en la sucesión.
Su plan resulta tan descabellado como inquietante, pero de eso se trata la comedia negra, de recalcar los absurdos que se producen y las líneas éticas que se rebasan en medio de la desesperación, inequidad, miedo y codicia que provocan las realidades extremas, injustas, desiguales y arbitrarias del mundo en que vivimos. Becket no tiene nada que perder, pero sí mucho que ganar y opta por el camino oportunista, en el que consigue más esforzándose lo menos. Lo decide cuando es relegado a un puesto menor porque el dueño de la sastrería en que trabaja quiere darle a su hijo el lugar de Becket, quien, hasta entonces, y pese a todo, había demostrado profesionalismo y buen desempeño.
En ese momento Becket cae en la cuenta de que, en el mundo injusto y discriminador en que vive, esforzarse por algo no siempre va a significar conseguir los mejores resultados. Así que no importa qué tanto haga por ganarse un lugar en la élite burguesa, ésta nunca lo aceptará mientras no cubra sus estándares exclusivos y selectos de cierto estrato social. Significa que los de arriba siempre explotan a los de abajo y por eso cierran herméticamente sus filas, para evitar relacionarse con cualquiera que no esté a la par de su poder económico, político y social.
En un universo idílico, quien demuestra capacidad y profesionalismo avanza, consigue éxitos y quien triunfa es quien se compromete con la gente, consigo mismo y con su función, rol o aporte a la sociedad; idealmente, seríamos reconocidos y retribuidos por todo esfuerzo y sacrificio al hacer el bien. Pero las cosas no siempre son como deberían; a veces, muchas veces, quien está en la cima, engaña, quien progresa es quien manipula y quien gana es el que quita a otros en forma injusta, traicionera y vil, aunque aparezca revestida de colaboración o seducción.
Es el escenario en el que Becket vive; la sátira simplemente refleja tales verdades, por demás presentes en nuestro contexto actual, altamente clasista, excluyente, materialista y propenso a relacionar felicidad, estabilidad y éxito con dinero. Quien no lo tiene lo desea y quien lo tiene lo da por sentado; en consecuencia, esto limita su visión de la realidad e imposibilita tomar consciencia sobre la desigualdad de clases y el privilegio selectivo de una sociedad discriminatoria.
La mayoría de los Redfellow son narcisistas, egocéntricos, pretenciosos e indiferentes; ignorantes de cómo viven los millones de personas que no son parte del 1%. El dinero les abre puertas y les permite una vida cómoda. La pregunta es si se lo han ganado y, más importante, qué es lo que hacen con esa posición privilegiada, toda vez que ha llegado con tanta facilidad a sus manos. Curiosamente los ha vuelto engreídos, petulantes, soberbios y mezquinos; no son personas ejemplares, más bien son desagradables, se burlan de aquellos que tienen menos, se jactan de su incompetencia laboral pero ventaja socioeconómica, alimentan su ego y vanidad creando un círculo de adulación que sostienen con una parafernalia que subsidian, y aparentan caridad o buenas intenciones, pero no para ayudar a otros sino para vanagloriarse ellos mismos.
“Da miedo tener sueños modestos. Nadie nos enseña a hacer eso”, señala uno de los personajes, en una reflexión que funge como respuesta directa a la frase popular que nos dice que debemos soñar en grande. Ahora bien, lo que la cinta señala es que no tiene nada de malo mantener las expectativas en el terreno realista y alcanzable. Soñar en grande comúnmente se relaciona con aspirar a grandes cosas y trabajar por la gloria.
Sí, es bueno mantener el ánimo y hacer el esfuerzo por llegar lejos, el punto es que: a) no todos pueden ser siempre y todo el tiempo los mejores; b) no serlo no forzosamente significa fracaso y; c) cualquier actividad y estilo de vida puede ser digna y satisfactoria si se realiza con honestidad y cubre expectativas personales, no necesariamente acumulativas y consumistas.
Por otra parte, si realmente creemos que ‘el dinero hace la felicidad’, no es porque tener solvencia económica pueda o no hacernos felices, es porque vivimos en un mundo tan determinado por transacciones y capital, que casi no podemos hacer nada en que no esté relacionado al dinero; por tanto, solvencia económica se traduce en una vida más cómoda y placentera en muchos sentidos, incluyendo salud, seguridad, educación, cultura, entretenimiento, etcétera. Sin embargo, incluso entonces, hay mucho que nos puede hacer felices que no está primordialmente determinado por el flujo del capital, sino por afectos, sentimientos, ideas, y convivencia. Una plática, un abrazo, un paseo, observar la naturaleza, enseñar o aprender con alguien, son ejemplo de ello.
El asunto no es que Becket merezca o no la mejor vida, porque en ese sentido cualquier humano merece lo mejor. La reflexión aquí es que Becket no hace muchos méritos para ganársela o contribuir a ella; la quiere fácil, sin esfuerzo, porque su vanidad y ego le convencen que se la merece por el simple hecho de que su madre formaba parte de la alta sociedad; en consecuencia, se asume a la par por asociación. Que esto realmente lo haga feliz, esa es otra historia, porque, en esencia, lo que Becket persigue no es felicidad, sino venganza y capricho y hará lo que sea con tal de conseguirlo.
No toma en cuenta que merecer lo mejor tiene también que ver con esfuerzo, dedicación y humildad. Si cada uno ‘siembra lo que cosecha’, qué se merece alguien como Becket, rechazado por la familia de su madre y que actúa persiguiendo venganza, aunque para alcanzarla tenga que mentir, manipular, engañar, traicionar y asesinar. Desea venganza y ambiciona estar en la cima social, pero ¿eso será suficiente para ser feliz?
Tomar consciencia no tiene que ver ni con privilegios ni con dinero; tiene que ver con valores y moral. Un ejemplo interesante es el personaje de Warren, el hijo mayor de Whitelaw. Una vez que Becket mata a su hijo y se le acerca por oportunidad, luego conveniencia, Warren se confiesa arrepentido de no haber ayudado a la madre de Becket y le ofrece un trabajo en su empresa, una firma de inversión financiera.
Este ambiente que se sirve de la persuasión, la especulación, el engaño y las dobles caras se convierte en el lugar perfecto para Becket, quien, a pesar del bien marcado nepotismo en curso, destaca porque encaja justo en el lugar en que sus habilidades sirven para el trabajo en cuestión. En la convivencia se da cuenta que su tío no es como los otros Redfellow. Warren es honorable y respetuoso, lo acepta con los brazos abiertos, le ofrece un empleo donde puede escalar y toma decisiones en su empresa a partir de un respeto y lealtad para con sus clientes, sin pavonearse en la banalidad y superficialidad de su apellido, como hacen los demás en su familia.
Becket se ve incapaz de hacerle daño y sacarlo de la jugada, pues gracias a su apoyo ahora se ve a sí mismo cómodo y feliz, realizado, contento y sin preocupaciones mayores, tanto en lo personal y laboral, como emocional y sentimental. En este punto tiene todo lo que necesita para sentirse complacido: un empleo redituable, un salario bien pagado, un departamento de lujo y una relación estable con su novia Ruth, que lo aprecia por ser quien es, no por quien podría ser, porque ella misma valora la vida por lo que tiene y ha conseguido con su propio esfuerzo.
La ironía, cuando Warren fallece de un infarto, con el que Becket nada tuvo que ver, es que él finalmente comenzaba a plantearse si necesitaba de una fortuna para ser feliz. El camino hacia la cima es solitario, porque implica quitar a todos del camino, muchas veces de una manera deshonesta y ruin. En la vida real no muchos serían capaces de llegar a tanto, pero también son pocos los que están en una posición así. Más importante aún, no todos quieren ser parte de una élite indiferente y superficial que vive de un dinero que consigue quitándoselo a alguien más.
Una de las formas como el gandalla piensa, es que, si no está ahí para aprovecharse de lo que sucede, otro más lo hará en su lugar. Si alguien ha de explotar la situación a su favor, por qué no él, ¿por qué permitir que alguien más se beneficie de algo que bien podría inclinarse en su dirección? Si hay tantos Redfellow que nunca se han esforzado por nada y aun así podrían quedarse con todo, por qué no que sea él.
Lo ironía más grande es que pese a que sus acciones no tienen consecuencias y sus crímenes quedan impunes, tal vez por incompetencia judicial, ignorancia e indiferencia humana, o porque a veces así es la vida, extraña e injusta, Becket está a punto de caer por el único crimen que no cometió y se salva sólo cuando elige la vida que siempre ambicionó. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. De eso trata esta sátira, de los peligros de tener, acumular, envidiar y codiciar; de qué tan lejos llegaría alguien con tal de adquirir dinero y poder; o qué tan fácilmente esto corrompe a la gente y como el sistema es indiferente al deterioro de principios morales.
Ficha técnica: Jugada Maestra - How to Make a Killing