
Más oportunidades y mayor inclusión no forzosamente significan equidad. El cambio implica un proceso y este debe traer consigo progreso, desarrollo y beneficios colectivos; sin embargo, mientras algunos avanzan de manera constante y firme, otros dan pasos más lentos, quizá estables, pero tan cortos que todavía se encuentran lejos de la meta. En cuestión de igualdad de género, este es el caso. Abrir puertas no es un favor, es un derecho, no obstante, la sociedad a veces se comporta como si dar el mismo espacio y trato a las mujeres que a los hombres fuera más una pose a conveniencia, determinada por factores socioeconómicos, políticos y culturales, en lugar de responder a inquietudes de verdadera responsabilidad social.
El deporte es un buen ejemplo de esta evidente arbitrariedad. ¿Reciben, concretamente, hombres y mujeres el mismo apoyo, respaldo, cobertura, salario, promoción, infraestructura, desarrollo, crecimiento y reconocimiento? ¿Se han superado realmente prejuicios y estereotipos? ¿Encuentran las mujeres, como atletas, el mismo trato, las mismas posibilidades, que los hombres que se dedican a algún deporte?
¿Cómo es que esos estereotipos pueden definir nuestras vidas y afectar nuestra visión del mundo, incluyendo expectativas, responsabilidades y metas? En Jugando con el destino (Reino Unido-Alemania-EUA, 2002) se ilustran varios ejemplos, algunos respecto a los cambios favorables que se van incrementando cuando hablamos de espacios para deportistas mujeres, incluso si deben exigirse en lugar de darse con objetiva naturalidad; y otros, sobre la lucha que aún persiste para las mujeres en el deporte, a veces etiquetadas, infravaloradas, ignoradas, rechazadas o descalificadas, sólo por ser mujeres.
Dirigida por Gurinder Chadha, quien coescribe junto a Guljit Bindra y Paul Mayeda Berges, la cinta está protagonizada por Parminder Nagra, Keira Knightley, Jonathan Rhys Meyers, Anupam Kher, Archie Panjabi y Juliet Stevenson. La historia se centra en Jess y Juliette, dos aficionadas al futbol que aspiran a que su pasión por el deporte que practican pueda convertirse en una carrera profesional y un futuro redituable. El problema es que, a pesar de su talento, no cuentan con el completo apoyo de sus respectivas familias; la madre de Juliette anhela que su hija cubra un rol femenino más tradicional, algo que no se aleja mucho de lo que los padres de Jess quieren para ella: que siga las costumbres y tradición de su cultura hindú. En ningún caso se prioriza preguntar qué quieren ellas, sino qué perspectivas tienen sus familias para ellas.
En otras palabras, la madre de Juliette quiere que su hija sea más femenina, algo que define según moldes conservadores y estereotípicos, por ejemplo, la quiere ver usando más vestidos y menos pantalones y le gustaría que tuviera novio en lugar de dedicar la mayor parte de su tiempo al deporte. La razón es simple: asume que la sociedad rechazará a Juliette si no cumple con estas expectativas de género y que, por ende, el cotilleo y los ojos prejuiciosos también irán dirigidos a ella, por ser su madre.
Por su parte, para la familia de Jess, las exigencias van ligadas a su religión y cultura, una que se construye en ideales moderados y conservadores, apegados a conductas y valores morales rígidos. Sus reglas son estrictas, tradicionales; por ejemplo, no ven bien que Jess se interese por un deporte que asumen ‘de hombres’; le insisten en encontrar pareja para casarse y comportarse según las normas de sus creencias espirituales, el sijismo, religión que cree firmemente en el vínculo y obediencia absoluta a su Dios, el servicio comunitario y la generosidad hacia los otros. Además, promueven el trabajo honesto para ganarse la vida y es obvio que el deporte de mujeres no es considerado un trabajo de esa naturaleza. En el contexto del filme, Pinky, la hermana de Jess, está a punto de casarse, lo cual agrava la situación familiar y podría anular el compromiso si sus futuros parientes políticos se enteran de la conducta e intereses deportivos de Jess, que, así como sus padres, por prejuicio descalificarían.
Además, el rechazo y la discriminación étnica son algo que pesa históricamente para Jess y su familia, toda vez que sus padres son inmigrantes panyabi. La marginación sufrida hace que aceptar una mentalidad diferente a la suya sea sumamente difícil; si siempre han sido excluidos, responden con rechazo a ese mundo que nunca los recibió con brazos abierto.
El juego mismo, el futbol, es algo que consideran ajeno a su cultura, más propio de los ingleses y, como efecto dominó, de la cultura occidental. En consecuencia, asumen que no le aporta nada bueno a su hija, pues su esperanza es verla casada con algún miembro de su comunidad religiosa y con hijos. Pero el futbol es sólo la punta del iceberg; en general, la familia desconfía de cualquiera que no comparta su ascendencia, porque entienden, conforme a su experiencia, que su identidad es un foco rojo, de alarma entre la sociedad y, por tanto, la sociedad británica los rechazará. Esto explica por qué no aceptan que Jess juegue en un equipo inglés y refutan que tenga sueños y expectativas por fuera de la burbuja de su tradición cultural, misma que han construido para protegerse de un mundo exterior que consideran tan ajeno como incorrecto.
Por eso, cuando ella comienza a practicar futbol, ya no como hobby entre amigos sino en un equipo femenil, es inevitable para sus padres imaginar que esto corromperá a su hija, calificando su búsqueda por más libertad como libertinaje, no porque lo sea, sino porque sus acciones van en contra del orden natural (para ellos) de las cosas. No entienden que si Jess es fan de David Beckham (conocido futbolista inglés), es porque su habilidad deportiva le inspira; que, si le anima la oportunidad de forjarse una carrera profesional en el ramo, es porque significa que al lograrlo habrá encontrado cómo forjarse un futuro propio haciendo lo que le gusta; o que, si no quiere casarse en un plazo breve, no es porque no acepte el amor dentro su corazón, sino porque primero está su propio desarrollo y crecimiento.
El punto está en que en el conjunto social otros grupos también comparten esa opinión de menosprecio a la mujer y de priorizar valores tradicionales. Por ejemplo, según Joe, su entrenador de futbol, el equipo femenil se formó porque Juliette hizo notar que no había oportunidades iguales para todos; había equipo para varones, pero no para mujeres. Ante su queja se hicieron cambios, lo que no se tradujo en aceptación ni validación, al contrario, la sexualización o el menosprecio llegan al ambiente deportivo. El filme lo ilustra en la escena cuando los conocidos de Jess van a verlas jugar, pero no lo hacen porque estén interesados en el deporte o en su habilidad deportiva, sólo asisten para verlas, para observarlas como mujeres. “¿Por qué no pueden verlas sólo como futbolistas?”, les dice alguien, tras escucharlos hablar lascivamente de su físico.
Con ello la cinta describe la actitud sexista y misógina que se presenta en los deportes, incluso en la actualidad. ¿Se promueve el futbol femenino porque hay confianza y respeto en su profesionalismo, habilidad y desempeño en la cancha? ¿Se hace para aparentar inclusión? ¿Se promueve el futbol femenino o sólo ‘se le permite’ existir, pero no crecer? ¿Ganan hombres y mujeres los mismos salarios como jugadores? ¿Tienen los mismos espacios de transmisión, mercadotecnia y publicidad? ¿Se les juzga y critica igual cuando están en el campo? ¿Se les sigue la pista por la afición al futbol o por su físico?
La película propone varias reflexiones alrededor del tema, como los estereotipos de género y la ideología machista que asume que la mujer no puede interesarse en cosas que sean catalogadas como poco femeninas, que es el caso de algunos deportes; dicho de otra forma, que la mujer debe comportarse siempre conforme a lo que el rol conservador y machista dicta para ellas. El punto, como demuestra la película, es que hombres y mujeres son mucho más complejos que los estereotipos establecidos por las sociedades tradicionalistas.
Las mujeres son mucho más que faldas y vestidos, maquillaje, saber limpiar y saber cocinar, que son cuatro características que la familia de Jess le insiste mucho en cultivar. Esta idea anticuada y aparentemente rebasada, es, no obstante, un pensamiento todavía muy presente en muchos rincones del mundo. Por el contrario, las mujeres, como refleja acertadamente el filme, son y pueden ser lo que ellas quieran ser.
Feminidad no debe ser ningún molde fijo ni responder a normas anticuadas. Juliette puede tener el cabello corto, jugar futbol, vestir tenis y pantalones y ser un ejemplo de mujer femenina, tanto como Pinky, profesionista, apegada a las tradiciones de su familia, anhelando casarse y absolutamente interesada en su arreglo personal y en pasar tiempo con su prometido. Ambas son ejemplos a seguir; son diferentes, sí, pero qué implica realmente ‘comportarse como una mujer’, sino claridad en quién soy, qué hago y qué quiero.
Un montaje en escena lo ejemplifica muy sutil y acertadamente, con la canción ‘She’s a lady” (Ella es una dama) de Tom Jones, acompañando los momentos en que el equipo de Jess y Juliette entrena. “Tiene estilo, tiene gracia, es una ganadora”, dice parte de la letra de la canción, de modo que, como mujeres, ellas no se definen por su ropa, profesión, clase social, etnia ni nada por el estilo, sino por la confianza que tienen en sí mismas, que se refiere a saber quiénes somos y entender que todo eso que nos define, nos nutre, no nos resta.
Para Jess su cultura, raíces y herencia son parte de su esencia, como también su amor por el deporte, su deseo por dedicarse al futbol profesionalmente y su decisión de desarrollar sus inquietudes por encima de complacer cánones sociales, cualesquiera que estos sean. Jess proviene de una familia de migrantes, practica una religión diferente a la común dentro de la sociedad en la que vive y le apasiona el deporte. Para algunos, Jess va a ser muy diferente a ellos, lo que no es justificante para rechazarla, más bien hay que respetarla porque para otros, su forma de ser y de pensar va a ser muy similar, coincidirán y empatizarán. Esa diversidad, convertida en aceptación, incluyendo la autoaceptación, es lo que la película más celebra.
Ni siquiera hay que estar interesados en el deporte para coincidir, elogiar y aplaudir el mensaje de que a veces, muchas veces, especialmente las mujeres, lo que quieren de verdad es ser escuchadas. Hablando de la película, mujeres vistas, valoradas o apreciadas por eso que saben hacer, sin necesidad de etiquetar su género como si fuera un añadido despectivo. Si no se nos enseña, inculca y recuerda que la mujer puede ser y lograr todo lo que quiera, sueñe y desee, entonces olvidamos que como personas lo que nos define es todo aquello que decidimos, recorremos y abrazamos respecto a nosotros mismos.
La exclusión sistemática racial existe, la discriminación por género también y se da en todos lados, incluyendo, por ejemplo, la investigación médica, los medios de comunicación, la cultura popular y, claro, el deporte. Pero si intentamos esconder eso que nos hace diferentes y únicos, nos escondemos de nuestra propia identidad.
Inclusión, integración y equidad se dan cada vez con más cotidianidad, especialmente en comparación con la realidad de la época en que el filme fue lanzado; sin embargo, un pequeño avance no implica un cambio total y/o satisfactorio, sobre todo si son aceptados sólo en ciertos círculos o realidades. Incluso, a veces parecen estar sometidos a factores como la política o la economía, abriéndose puertas a conveniencia.
Una de las escenas más entrañables de la película sucede cuando las compañeras de Jess le ayudan con su vestimenta tradicional hindú, ayudándole para que regrese a la boda de Pinky luego de participar con ellas en la final de futbol. El momento refleja muchas ideas en una: solidaridad, sororidad, aceptación, respeto, compañerismo y amistad, entre ellas. De eso se trata el futbol para personas como Jess, Juliette y, por extensión, para las muchas mujeres que se ven reflejadas en ellas en pantalla. El equipo, el deporte, el compañero en la cancha o el futbol, es un lugar al cual pertenecer. La película hace hincapié en que el deporte puede ser un espacio verdaderamente libre de prejuicios, donde las minorías sepan que no importa el color de su piel o su religión o su preferencia sexual, por mencionar algunas.
La verdadera meta no es asombrarse por las excepciones a la regla, sino lograr que cualquier ‘Jess’ o ‘Juliette’ que exista en el mundo, pueda recorrer y perseguir sus sueños sin tener que luchar a contracorriente. Sí, el futbol femenino ya no es la aguja en el pajar, pero las jugadoras todavía pelean por oportunidades equitativas, aprecio y valoración de su desempeño deportivo de forma objetiva y por reestructurar un sistema insuficiente que aún les pone barreras. La película, adecuadamente, no sólo inspira a futbolistas, también lo hace para cualquiera que, siguiendo su pasión, ayuda a construir un mundo mejor para la siguiente generación.
Ficha técnica: Jugando con el destino - Bend It Like Beckham