La mentira maldita

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

El gran poder que hay detrás de los medios de comunicación es que, además de informar, difundir y compartir, también forjan y configuran opiniones que moldean a la sociedad. Son una herramienta útil para acortar distancias, espacios y tiempos, transmitir mensajes, divulgar conocimiento y hasta servir como medio de entretenimiento; no obstante, al mismo tiempo, también pueden ser un hábil y taimado camino para manipular, convencer, vender, persuadir y alienar.

Una cosa es acceso a la información que incentive un pensamiento crítico y, otra, fijar una idea concreta en la mente de millones para reducir y empobrecer sus puntos de vista. Los medios como propaganda y mercadotecnia, o como instrumento para calumniar, agredir y desprestigiar en lugar de promover cultura y conocimiento; dicho de otra manera, contenido que no nos invita a pensar, sino a consumir. Esto es lo que se aborda en la película La mentira maldita (EUA, 1957), título original ‘Sweet smell of success’, dirigida por Alexander Mackendrick, escrita por Clifford Odets y Ernest Lehman, y protagonizada por Burt Lancaster, Tony Curtis, Susan Harrison y Martin Milner.

La historia se centra en Sidney Falco, un agente publicista que ansía escalar dentro de su profesión a través de una colaboración por conveniencia con el destacado, pero despiadado columnista J.J. Hunsecker, conocido periodista cuya fama y reputación son tales que su opinión es ley, simbólicamente hablando, para sus miles de seguidores. Sólo una mención en su espacio periodístico es publicidad suficiente y valiosa para los artistas e incluso personalidades, políticos u otras figuras públicas, al grado que hay gente que haría lo que fuera para recibir una remembranza.

Esto es lo que el ambicioso y oportunista Sidney persigue, afianzándose del renombre del otro: promoción para sus clientes para, en un efecto dominó, hacerlo más valioso a él dentro del medio en que se mueve, dándose a conocer más y, eventualmente, cotizándose mejor. Sin embargo, tiene que hacer méritos para conseguirlo, demostrar su valía no tanto profesional sino de capacidad manipuladora y de chantaje, incluyendo pisotear normas éticas y morales que se interpongan en su camino. 

En el medio, favor se paga con favor y Sidney acepta deshacerse de Steve, un músico en ascenso que ha iniciado una relación sentimental con Susie, la hermana menor del columnista, a cambio de que éste mencione a los clientes de Sidney de manera positiva. El problema es que el romance entre la joven pareja parece tan devoto que separarlos sólo puede lograrse por medio del desprestigio y la calumnia, esparciendo mentiras sobre su persona para que Susie no tenga otra alternativa que terminar con él y mantener su distancia. 

Si Sidney no juega limpio es porque el juego en el que participa tampoco lo es; en un escenario despiadado y cruel la gente se mueve a conveniencia, sin escrúpulos, sabiendo que afecta a terceros y aun así haciéndolo porque hay algo en la ecuación que les beneficia. El pez grande se come al pez chico, mencionan en la película. Sidney y J.J. quieren ser ambos peces grandes, imponer sus deseos, cubriendo o cumpliendo con sus vanidades, caprichos y voluntad, sin importar herir o perturbar a alguien más en el proceso. Si no comen, son comidos, así de sencillo.

Por su parte, el egocéntrico J.J. no quiere perder el control y dominio que tiene sobre su hermana, a quien ha vuelto dependiente, insegura y sumisa porque así decide sobre su vida y puede forzarla a estar cerca de él. J.J. se comporta prepotente, su fama y reconocimiento como líder dentro de su círculo social le hacen sentir poderoso, saberse una presencia de renombre para los tantos que acuden a él o lo leen, le evidencian que es influyente y consciente de que su palabra se planta en las mentes de personas que compartirán su opinión sólo porque él lo dice, lo cual hace que su ego y arrogancia crezcan. Pero esta seguridad se tambalea cuando se da cuenta que, a pesar de ser una autoridad para miles de individuos, últimamente es incapaz de imponerse sobre la única persona que puede atender su propia necesidad de afecto, apoyo y compañía; lo que en consecuencia acaba con sus delirios de grandeza.

Susie en efecto había estado acatando complacientemente, poniéndose siempre en segundo plano, en parte por su propia inseguridad, que ha aprendido por condicionamiento y, en parte, porque en esta época, mediados del siglo XX, la sociedad machista se negaba a verla, escucharla y valorarla por el simple hecho de ser mujer. En este contexto social su voz no tiene eco, consideración o peso, porque como mujer se le relega a ser la sombra del hombre más cercano a ella, situación que muestra la reprobable cotidianidad entonces socialmente aceptada.

Lo que cambia para Susie es que ya no está dispuesta a agachar la cabeza ahora que su felicidad está de por medio. Ella quiere libertad, anhela independencia, la posibilidad de enamorarse, equivocarse y tropezar, o, en esencia, vivir. J.J. la mantiene cautiva, en cambio Steve le permite encontrar su propia identidad y la invita incluso a rebelarse ante su hermano, no por el simple hecho de hacerlo, sino porque esto simbólicamente puede representar su eventual emancipación.

Sabiendo esto, J.J. no confronta las cosas de manera directa, en cambio, mañosa y cobardemente triangula y envía a Sidney a hacerse cargo, es decir, usa a la gente y consigue lo que quiere a través de terceros que hagan ‘el trabajo sucio por él’. Sidney accede porque su ambición es más grande que su consciencia y procede por medio de la negociación engañosa que abusa del poder, de sus contactos y más que nada de la influencia de los medios de comunicación, la publicidad, la mercadotecnia y el rumor. Le es fácil desprestigiar a Steve porque las noticias no difunden hechos comprobados sino habladurías y escándalos que atrapan al lector; el objetivo es que el chisme crezca y la gente reaccione, no importa cómo, haya o no veracidad detrás de lo que se dice 

Así de simple es plantar mentiras, calumnias, difamación, alboroto y controversia dentro de la sociedad, pues cada vez es más común que a la gente no le interese si hay verdad o no en la información, si se desmiente o no lo que se alega, si se comprueba o no que hay falsedad tras lo que se anuncia; más bien la mente actual, tan acostumbrada a la banalidad del chisme, se concentra en el revuelo y la polémica que se desprende de la fanfarria con que las cosas se dicen. Es decir, una vez que una mentira se hace pública, la mentira en sí ya no es importante, mucho menos la verdad, sino todo lo que le rodea, tanto previa como subsecuentemente. Si, por ejemplo, se difunde información falsa sobre una figura pública, puede haber polémica en que se defienda o desmienta los datos, pero genera más revuelo e impacto todo lo demás a su alrededor, como la reacción de la gente, la opinión que tienen otras personalidades, incluso la indignación alrededor de la controversia que ha generado la información inicial, sobre todo si resulta falsa o inventada. Es como si fuera más redituable el desprestigio que la alabanza, más llamativa la polémica que la información sana, más atractivo lo negativo y destructivo que lo solidario y positivo. Disfrutamos del caos porque así es la sociedad del espectáculo: parafernalia insustancial para entretener, desplazando conocimiento, cultura y pensamiento crítico en la información.

El plan de Sidney se sirve de esto y miente respecto a Steve para crearle mala fama y desprestigiarlo, asegurándose de mantener su nombre y el de J.J. lejos del foco de atención, para poder lavarse las manos y dejar intacta su propia reputación. La historia inventada es además publicada en la columna periodística de Leo Bartha, rival directo de J.J., lo que Sidney consigue convenciendo a una amiga, a la que promete ayudar con sus problemas y escándalos personales, si ella acepta favores sexuales de Bartha. En esencia, prostituirla sin reparos, pagando con favores en lugar de dinero, vendiendo promesas en lugar de realidades.

Lo que a Sidney le interesa es llegar a su meta, no importa sobre cuántos tenga que pasar para lograrlo ni qué tan bajo tenga que caer para conseguirlo. Y lo logra una vez que la calumnia impacta en la carrera profesional de Steve, cuando queda marcado por la deshonra y el desprestigio. El club en el que trabaja prefiere deshacerse de él antes que meter las manos, sabiendo que, de hacerlo, también saldrían salpicados por las represalias.

La prensa como vehículo para el desprestigio; la persuasión manchada por la falsedad. Un escenario que por cierto no es nada ajeno a la realidad actual, que se aprovecha de la tecnología, los medios digitales y las redes sociales para avanzar más aprisa y con mayor impacto. Noticias falsas que se esparcen cada vez con más velocidad, con el mero objetivo de desacreditar, desviar la atención o plantar ideas engañosas de algo o de alguien, muchas veces en favor de otros intereses. 

Es así como el contenido mediático moldea el criterio de la población, a la que se le dice qué creer, en qué pensar y en qué no. Como resultado se omite la libertad de pensamiento, especialmente el crítico, porque toda la información que se maneja está cuidadosamente administrada, editada o censurada, según los intereses de los pocos círculos de poder a cargo del sistema. Se difunden noticias a conveniencia, se intercambia contenido secretamente pagado, se gestiona el mejor uso del material de controversia e incluso se pactan acuerdos para no revelar cierta selectiva información. Como resultado, la ciudadanía no tiene las herramientas para sopesar lo que se le dice, porque todo lo que se hace público o está dirigido a las masas, está meticulosa y astutamente controlado, envuelto en banalidades y responde a las necesidades de la élite en el poder. Noticias enterradas porque hacen quedar mal a alguien, o verdades escondidas, a veces manipuladas, porque el objetivo es dar a entender algo completamente diferente a lo que, en esencia, realmente es.

Como publicista, Sidney se encarga de orquestar qué se dice y qué no de la gente en el centro de la noticia; sin embargo, no lo hace en favor de sus clientes, sino a partir de qué tan útil sea esto para sí mismo. Disfruta controlar el escándalo y gestionar cómo éste puede aprovecharse para conseguir popularidad o posicionamiento, porque él mismo se ha convertido en el producto que quiere colocar en la cima del éxito y ésta es la escalera más fácil que tiene a la mano para instalarse ahí.

Básicamente se guía por aquella frase que dice “no existe la mala publicidad”, que se le atribuye al empresario y artista circense P.T. Barnum. En otras palabras, la mala publicidad también es buena publicidad, al menos para aquellos que no creen negativo que se hable mal de alguien, porque lo que les importa es que se hable. Para impulsar una marca, persona, idea, proyecto o noticia, lo relevante, desde la perspectiva de la mercadotecnia, es que se esté en boca de todos, que se hable bien o mal, mientras se esté en medio de la conversación. 

Personas como J.J. y Sidney hacen mancuerna porque se necesitan el uno al otro para que eso suceda, y si bien el segundo siempre está a merced de las órdenes del primero, juntos mueven los hilos detrás de la opinión pública. Cuando están en sincronía se benefician a partir de la explotación de la información y de sus clientes, conocidos, aliados o asociados. Cuando no, la relación se vuelve inevitablemente destructiva, tanto para otros como para sí mismos.

Todo lo que filtran y cómo lo filtran, en la prensa, radio o en la web (si ajustamos a la era actual), es para dirigir el pensamiento de las masas en la dirección que ellos quieren; consiguen información a cambio de menciones o publicaciones pactadas; pagan favores con otros convenios pre-negociados y cuando se omite o promueve algo en concreto, está siempre previamente depurado en función de lo que se quiere compartir o esconder, según interese a quien tiene el control sobre esos datos. 

Se dice a la gente lo que se quiere que la gente oiga, no más y no menos; incluso cuando parece que hay libertad de expresión e información, muchas veces ésta es sólo una cortina de humo porque, a fin de cuentas, personas como Sidney y J.J. están trabajando tras bambalinas para acomodar el contenido mediático a favor de unos pocos.

En corto, se construyen narrativas alrededor de hechos que o se entierran o se usan para afectar o favorecer, según agendas políticas de poder. Medios sensacionalistas que responden al mejor postor, columnas o espacios de contenido, más que periodísticos, propagandísticos, de espectáculo y chisme, que se vuelven un arma de doble filo por su popularidad, influencia, predominio y alcance. 

Sensacionalismo e información convertidos en moneda de cambio, resultando en reputaciones, vidas y verdades destruidas por medio de la mentira, la corrupción y la inmoralidad. El periodismo como forma superficial de entretenimiento, aprovechando desinformación, escándalo y amarillismo. También conocido como ‘periodismo de cotilleo’, que se sostiene del rumor, la curiosidad y de hacer públicos detalles privados de las personalidades o celebridades del momento, una práctica que sigue tan vigente como cuando inició. Uno de sus pioneros fue precisamente Walter Winchell, periodista estadounidense en que se basa el personaje de J.J. Hunsecker.

Así que, en la cotidianidad de esta realidad, la gente no lee en los medios o plataformas impresas y digitales la verdad, sino lo que se le hace creer que es la verdad. Esto no es informar sino manipular. Personas como Sidney y J.J. lo consiguen porque apuestan por el chisme, el rumor, la duda, la traición y las habladurías; porque vende más criticar que ser objetivo, mentir que ser veraz, amañar el juego que jugar limpio. 

En un mundo así, de censura selectiva, desinformación constante, edición al instante y una facilidad para plantar falsedades dañinas que la gente usualmente cree sólo porque se difunden por figuras o medios supuestamente confiables, información es poder; pero la habilidad para tergiversarla sin que nadie se dé cuenta, eso es ser rey, uno muy maquiavélico, en un reino en el que todos los demás son, apenas, peones aprendiendo a sobrevivir.

Ficha técnica: La mentira maldita - Sweet Smell of Success 

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