
Algunas películas de comedia sólo buscan reírse y, con ello, divertir, de su premisa y/o situaciones cómicas, quizá exageradas o absurdas alrededor de su concepto. La efectividad recae en su habilidad para ser graciosa con sus enredos, observaciones y crítica, tomando en cuenta que lo primordial en este género narrativo es encontrar algo divertido, irónico o sarcástico, en el relato que se presenta.
Esa es la principal intención del filme Las damas primero (EUA, 2026), una historia que simplemente pregunta: ¿qué pasaría si invirtiéramos todos los estereotipos de género que existen? El concepto es simple, no lo suficientemente mordaz como para ser una sátira social perspicaz, pero sí una farsa capaz de envolver reflexiones sobre realidades sexistas, misóginas, inequitativas y plagadas de prejuicios y clichés que todavía subsisten en la actualidad.
La narrativa, en gran medida, parte de ideas conservadoras y tradicionalistas, pero ese es el punto aquí, es decir, la cinta no pretende ahondar con profundidad crítica para aleccionar sobre equidad, cambio y consciencia social, sino que, al burlarse de la realidad con una burda inversión de los estereotipos más anticuados, propone, gracias a su cínico sarcasmo, extraer y revelar precisamente cuáles son y cómo se dan aquellas cotidianidades sexistas, misóginas y patriarcales cargadas de prejuicios y discriminación
Dirigida por Thea Sharrock y escrita por Natalie Krinsky, Cinco Paul y Katie Silberman, a partir de su homónima francesa titulada ‘No soy un hombre fácil’ lanzada en 2018, la cinta está protagonizada por Sacha Baron Cohen, Rosamund Pike, Kathryn Hunter, Charles Dance, Emily Mortimer, Richard E. Grant, Fiona Shaw y Weruche Opia. En el filme, Damien es un ejecutivo de mercadotecnia que se aprovecha de las ventajas del patriarcado y la discriminación sistémica de género que prevalece a su alrededor, sobre todo en su lugar de trabajo, donde se promueve el machismo y la inequidad. Además, se mira a sí mismo como superior y más capaz que las mujeres, a las que, por tanto, considera están para complacer sus intereses, obedecer sus órdenes, servirle y venerarle.
La sociedad misma en la que vive lo promueve y lo ha convertido en algo tan natural que gente como él se queja cuando el mundo, en medio de un proceso cambiante y cada vez más consciente de estas problemáticas sociales, exige igualdad de oportunidades para hombres y mujeres.
Según Damien, misógino empedernido, la inclusión es más forzada que merecida, lo que en realidad no le consta ya que nunca ha permitido a nadie demostrar cómo es que se equivoca. Sin embargo, para evitar una sanción y no perder a un cliente importante, miente sobre haber ascendido recientemente a una mujer a un puesto ejecutivo.
Escoge al azar a una trabajadora para el ascenso, con el fin de cubrir las apariencias, pero, deja muy claro a sus subordinados, que sólo lo ha hecho para aparentar una política de equidad. Alex, la elegida, una empleada capaz y eficiente que ha sido profesionalmente ignorada por ser mujer, renuncia en cuanto descubre la verdad, harta de ser siempre desplazada y a la sombra de gente como Damien, reconocido y escuchado por el simple hecho de ser hombre, producto de un orden social que repetidamente abre puertas y reconoce al género masculino, a expensas de cerrárselas a la otra mitad.
Cuando Damien la sigue para victimizarse, accidentalmente se golpea la cabeza y es transportado a una realidad alterna, donde los roles se invierten. Ahora bien, tomando en cuenta que feminismo es sinónimo de equidad, hay que notar que la película no está diciendo al espectador ‘qué mejor sería el mundo si la mujer estuviera por arriba del hombre’, más bien, está recalcando lo absurdo que resulta una sociedad cuando un grupo social, sean hombres o mujeres, se encuentran por encima del otro género.
En esta realidad alterna, por ejemplo, el Papa es mujer, Da Vinci y Van Gogh también, sus musas son hombres; en lugar de una hamburguesería ‘Burguer King’ tenemos ‘Burguer Queen’ y un asistente inteligente se llama Alexo y no Alexa.
Por supuesto todo lo que se presenta en pantalla es simplista, está sobre-exagerado y no deja de ser sexista, pero, en este caso, ello es más una virtud que una crítica. Es decir, la película no intenta ser políticamente correcta, sino incisiva. Plantea un: ¿qué pasaría si los roles predominantemente denominados ‘del hombre’ los trasladáramos hacia las mujeres y viceversa?; al hacerlo, esto nos permite darnos cuenta de qué tan imparcial es la realidad en que vivimos.
Además, para que tome forma, la cinta tiene que caer en los estereotipos más tradicionales; sólo así puede reírse de una realidad que, penosamente, está muy vigente en muchas partes del mundo, en sociedades donde la mujer todavía es tratada como inferior, como objeto o relegada a las tareas domésticas, porque se piensa que su función es tener hijos y cuidar de su casa y de su esposo.
Si bien narrativamente hablando los arquetipos que se presentan son básicos y, socialmente hablando, pueden estar rebasados en algunas sociedades, haciendo que el relato parezca caduco, es importante recordar que estos patrones generalizados, universales, entendibles y fácilmente reconocibles, sirven para hacer evidente y reforzar el mensaje.
Entonces aquí las mujeres les lanzan piropos a los hombres en la calle, el consejo constante que se les da a ellos es que se arreglen y sonrían más para ser tomados en serio, el hombre es quien se dedica a cuidar de sus hijos porque su pareja vive inmersa en el trabajo y los hijos varones adoptan conductas sumisas porque así es como se espera que se comporten ellos y sus padres.
De la misma manera, que ‘King’s Cross’ se llame ‘Queen’s Cross’ es gracioso, porque al cambiar ‘rey’ por ‘reina’ es sencillo notar cómo las pequeñas cosas pueden tener grandes significados escondidos (en las monarquías tradicionales el rey está por encima de la reina gracias a que tanto normas como estructura están pensadas para favorecerle); o cómo pequeñas diferencias sociohistórico-político-culturales pueden eventualmente convertirse en influencias (negativas) más preocupantes.
Todo esto ayuda a que sea más fácil darse cuenta de dos cosas: una, que estos escenarios tradicionalistas, por mucho que como sociedad hayamos avanzado en equidad, respeto e inclusión, todavía están muy presentes. Y dos, que sistemáticamente esa inequidad se impulsa y promueve de maneras variadas y múltiples, ya no tan evidentes, ni tan estereotípicas.
Para dimensionarlo con un ejemplo, la NFL levantó controversia cuando comenzó a aceptar hombres en sus grupos de porristas, por el simple hecho de que la imagen clásica de las animadoras, especialmente en este deporte, aunque no el único, es femenina y, sí, también sexista. Lo que algunos olvidan es que la verdadera reflexión no viene de exigir o no que haya o no grupos inclusivos y mixtos, ni siquiera que haya igual cantidad de hombres y mujeres en un mismo grupo (ampliando al panorama cotidiano, aplica en un empleo, empresa, gobierno o junta administrativa, etcétera), o que exista igual cantidad de deportes y actividades para hombres y mujeres. El punto que importa es la razón por la que esas mujeres (y los hombres que se agregan) hacen lo que hacen: exhibirse para entretener; independientemente de la libertad que tienen sobre su cuerpo y sus decisiones.
Para valorarlo a partir de otro ejemplo: ¿para qué existen los concursos de belleza y por qué son nichos en que se expone, según ellos ‘evalúa’, principalmente a las mujeres? Notando que los concursos de este tipo relacionados con hombres son menos conocidos.
En general, estos argumentos parten de moldes conservadores y tradicionales, pero no por eso no vigentes. Se puede argumentar que la publicidad y mercadotecnia, nido de imágenes de cosificación sexual, es cada vez más incluyente y variada (con toda la crítica que pueda haber a que la respuesta a la inequidad sea ahora explotar el cuerpo de todos por igual), lo que no diluye la excesiva manipulación que aún se sirve de la imagen femenina como producto para monetizar; siempre mayor que de la imagen masculina, aunque también se da. Sucede en las campañas publicitarias, los deportes, las películas, las entrevistas y las narraciones de todo tipo. Después, esto se traslada a la vida diaria y se repite en la calle, oficinas, hogares, escuelas, fábricas, gobierno, medios de comunicación y en redes sociales.
¿Es siempre así en todos lados? No. ¿Acaso no hemos avanzados en temas de integración, aceptación, diversidad, respeto, participación, apertura y consciencia social? Sí. Lo que no siempre se tiene presente es que la lucha social es una constante, no acaba. En consecuencia, mientras algunos califican el reclamo como una reacción sobredramática y sin justificación, otros saben, y/o lo viven, que es el pan nuestro de cada día y que la protesta social enarbola consignas como: ‘mi cuerpo, mi decisión’; ‘igual trabajo, igual salario’; ‘ni una menos’; ‘metoo’; ‘love is love’ o ‘no estás sola’, justo porque el problema subsiste y se reproduce.
La película invita a la concientización riéndose, a propósito, de este mundo disímbolo. El guiño a ‘mi cuerpo, mi decisión’, por ejemplo, se presenta como ‘mi esperma, mi decisión’ y sí, es una burla, es caricaturizar el asunto, precisamente porque al exagerarlo sarcásticamente ilustra cuál es el punto detrás de esta causa ‘real’.
En la misma lógica, Damien intenta escalar laboralmente intercambiando favores sexuales con su jefa, creyendo que así regresará a su mundo, replicando alcanzar la cima, tal como se encontraba en aquella otra vida. Este escenario es un espejo que refleja el lamentable ambiente presente en múltiples ámbitos y rincones del planeta. Es trágico ver que Damien tenga que pasar por esto y más que crea que esa es la única forma de escalar o ser reconocido; pero es más que deplorable saber que este tipo de acoso sexual y abuso de poder no es un chiste sino una realidad que se vive y persiste en más lugares de los que debería.
Incluso si las cosas no llegan a tal extremo, las microagresiones, discriminación, elitismo y marginación por cuestión de género siguen dándose con relativa regularidad. Damien se lo hace a Alex cuando la incluye en una junta de trabajo, luego de ascenderla de puesto. El producto a publicitar va dirigido hacia las mujeres, pero las ideas de Alex nunca son tomadas en cuenta, mientras las propuestas de Damien son ampliamente sexistas y ofensivas.
En cuanto él llega al mundo alterno, se presenta una escena idéntica que repite esta junta, ahora a la inversa: el producto va dirigido a los hombres, pero el único hombre presente es totalmente ignorado. Damien eventualmente se da cuenta que eso de no sentirse escuchado, un sentimiento frustrante y denigrante, para él tiene fácilmente remedio: sólo necesita regresar al mundo que le conviene; en cambio, para las mujeres en ese mundo real es una constante latente y recurrente, que no se resuelve por arte de magia, ni con sólo desearlo o darle un giro de tuerca a las cosas.
Lo interesante es que, aunque parece que el máximo castigo que un hombre puede recibir es vivir en un mundo dominado por mujeres, en realidad, lo que la cinta esboza es un hombre enviado a una realidad alterna en donde las mujeres actúan y se comportan tal y como hacen los hombres. Así que, al cambiar los papeles, Damien básicamente experimenta cómo es la cotidianidad para una mujer viviendo en un mundo ‘de hombres’.
Si no hay respuestas concretas es porque la cinta no pretende presentar un estudio profundo sobre igualdad ni un escenario objetivo en donde la mujer es la que está a cargo -y es que, si el mundo realmente estuviera dominado por mujeres, ellas no se comportarían igual que los hombres-. Agregando, a manera de pie de página que, si el poder corrompe y hace a las personas despiadadas, la cuestión de género no tiene nada que ver en la ecuación. Más bien, el relato se limita a mostrar la desventaja en que usualmente se encuentra la mujer, mediante una narrativa en la que el hombre es quien vive y experimenta opresión y marginación.
La comparativa no llega muy lejos, pues la comedia se reduce a cambiar un patriarcado absoluto por un matriarcado igual de radical. Lo que sí logra es dejar sobre la mesa algunas observaciones sutiles sobre el doble estándar y el arma de doble filo que hay detrás del principio ‘las damas primero’. Por un lado, es ejemplo de caballerosidad, que deriva en una gentil consideración y respeto del hombre hacia la mujer. Por el otro, y conscientes de que no podemos generalizar, es el pretexto perfecto que el hombre aprovecha para exponer a la mujer, metafórica pero también literalmente hablando, para observarla, para analizarla detalladamente, que no es lo mismo que apreciarla ni que valorarla.
La respuesta entonces no es que el varón sea más amable y considerado con la mujer; es decir, importa tanto como es imperativo, pero no resuelve nada de fondo si no hay un flujo honesto de reciprocidad con empatía. Una mejor solución sería que los humanos simplemente fueran más considerados entre sí, sin distinción, en aras de resolver el patriarcado con igualdad absoluta, más que sustituyéndolo con matriarcado. Aclarando que (según la definición académica, que no siempre es el ejemplo común que vemos a nuestro alrededor), en el primero el hombre domina directa e intransigentemente, mientras que en el segundo la mujer ocupa un rol de liderazgo o autoridad, si bien decide, valora y vela con equidad por los intereses del grupo.
Por cierto, el antónimo de misoginia es misandria (odio a los hombres) y de machismo es hembrismo (la superioridad de la mujer sobre el hombre), más no feminismo, que defiende algo muy diferente, honorable, claro y concreto: igualdad de derechos y oportunidades.
Ficha técnica: Las damas primero - Ladies First