Mesa de regalos

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Matrimonio implica compromiso, no sólo con la otra persona, también con uno mismo. Conlleva preguntarse qué se espera de la vida y de la relación, del futuro tan lejano como del cercano o de cómo crecemos a partir del otro y qué le aportamos para avanzar en sus metas y planes personales. Es construir un camino juntos sin olvidar el propio, pero es, también, entender que esto sólo es posible si hay sincronía, comunicación, compaginación, apoyo, empatía y, claro, amor.

Ese compromiso supone maduración y adaptación, pues trae consigo nuevas realidades de vida, tanto si hablamos de la dinámica en pareja como de crecimiento personal. ¿Cómo saber si estamos preparados para abordarlo y/o cómo se encuentra ese balance entre dar y recibir? La película Mesa de regalos (México-Argentina-España, 2025) es una mirada cómico-romántica respecto al tema, con algunas anotaciones sobre las relaciones interpersonales, el significado del matrimonio y lo que se necesita para cumplir metas, incluyendo el respaldo de aquellos más cercanos a nosotros.

La cinta está escrita por Juan Carlos Aparicio, Daniela Richer y Mateo Stivelberg, dirigida por Noé Santillán-López y protagonizada por Cassandra Sánchez-Navarro, José Eduardo Derbez, Verónica Bravo, Ariel López Padilla, Gustavo Egelhaaf e Irán Castillo. Antonia y Nicolás han sido mejores amigos desde la adolescencia, se conocen bien, son el confidente del otro, se han apoyado en las buenas y en las malas y conocen tan a fondo a la otra persona que no hay secretos ni mentiras en su relación. La vida avanza por inercia frente a sus ojos hasta que se dan cuenta que la mayoría de sus amigos está pasando página y entrando a otras etapas de crecimiento, de las que ellos ya no se sienten parte. 

Específicamente, sus conocidos se están casando, tienen otras prioridades y su estilo de vida se aleja del suyo, dejándoles la sensación de que se están quedando rezagados, de alguna forma insatisfechos con el punto en el que está su vida y, al mismo tiempo, inseguros de querer dar el paso a esa madurez emocional, profesional y, sobre todo, personal, que implica un matrimonio.

Antonia estudió para abogada, sólo para complacer a su papá; trabaja haciendo lo que le gusta: la literatura, aunque el empleo no sea monetariamente muy gratificante. Quiere estudiar una maestría en el extranjero y, siempre enfocada y decidida en conseguir lo que quiere, tiene la oportunidad, sin embargo, no el dinero para solventar la colegiatura. Nicolás, por su parte, es vendedor en una tienda departamental, algo que no disfruta hacer; su interés es desarrollar una aplicación (en el sentido tecnológico), pero, sin financiamiento, lleva diez años en fase creativa, convertida, más bien, en estancamiento. De paso sus compañeros de casa son tres estudiantes con pocas motivaciones que no sea jugar videojuegos, ya que su mentalidad es disfrutar el momento sin preocuparse por el futuro, algo de lo que Nicolás se está contagiando.

Estabilidad y compromiso parecen algo lejano, poco concreto y nada viable, en el sentido de que ambos enfrentan la vida como jóvenes, no como adultos, no por su edad sino por la forma como asumen las curvas de la vida: quejas en lugar de acciones. Nicolás se la pasa a la deriva, tanto en su empleo como en sus relaciones románticas, sin plan de vida; mientras que Antonia está harta de que su papá la presione para ejercer la abogacía y que su hermana Regina insista en encontrarle pareja, queriendo que así no tenga que enfrentar las adversidades sola, que es lo que su necedad por hacer todo sin ayuda, ha provocado. Tampoco es que sus sueños se estén materializando.

Es entonces que este par descubre que la mesa de regalos de una boda puede convertirse en un negocio redituable por la cantidad de recursos que acumula. Sólo hace falta aparentar ser novios, anunciar que van a casarse, organizar el festejo y recibir una sustancial suma de dinero de los obsequios que les hagan, antes de cancelar, de último minuto, y quedarse con todo el capital acumulado para usarlo como se les antoje. Antonia en sus estudios en el extranjero y Nicolás en el desarrollo de su aplicación.

Si su idea es viable es porque el matrimonio es, en muchos sentidos, una transacción financiera. Para algunos es una promesa de amor, para otros un contrato y para varios más una oportunidad de crecimiento económico. El plan inicial de Antonia y Nicolás cae en este último rubro, gracias en gran medida a la modernidad capitalista del mundo actual, que ha construido toda una industria alrededor del tema, incluyendo, por ejemplo, a organizadores de eventos, planeadores de bodas, compra de arreglos, vestimenta, comida y entretenimiento para el festejo, pasando por despedidas de solteros (as) y, sin falta, obsequios o presentes idealmente pensados para ayudar a la pareja a construir su futuro hogar. 

A principios del siglo XX, en los EUA, la dinámica de regalar presentes el día de la boda se modernizó con la creación de las llamadas ‘mesa de regalos’ (costumbre después extendida a México), en que la pareja elige las cosas que necesita para decorar y/o amueblar su vivienda una vez que se muden juntos (si ya viven en pareja es lo de menos, el acto es simbólico). Entonces, los invitados acuden a la tienda que administra la mesa de regalos y escoge entre las opciones previamente seleccionadas por los novios. Con la modernización y digitalización de la economía dejó de ser necesario hacer estas operaciones de manera física y pasaron a hacerse por medio de aplicación automatizada o en línea, a partir de listas de obsequio virtuales, derivando incluso a mesa de regalos en efectivo. 

Esto ha favorecido que se le saque provecho de distintas maneras, toda vez que la pareja puede o no canjear los productos seleccionados por sus invitados, es decir, pueden quedarse con los regalos, o bien, retirar el monto acumulado; que es exactamente lo que planean Antonia y Nicolás: usar el efectivo para sus fines personales.

En esencia las mesas de regalos se convierten en apuestas financieras. Una pareja puede elegir la cantidad de obsequios que desee, no porque los necesite, sino porque al final no importa qué elijan, sino el dinero que se junte. Técnicamente, la dinámica no representa ningún engaño, si nos basamos en la idea de que los obsequios son un soporte para que los recién casados comiencen esa nueva etapa de vida, de la forma que ellos prefieran. Desde otro punto de vista, es un negocio que poco tiene que ver con la tradición o costumbre de aportar algo solidariamente a la construcción de un hogar para los novios, ya que el dinero despersonaliza la intención y la reduce a un movimiento financiero, donde lo importante es obtener el mayor capital financiero posible.

A la pareja ahora le interesa la acumulación de recursos, no la dedicación que cada familiar o amigo pone en elegir qué les obsequia, como antiguamente era. Lo preocupante es que esto, en función de la mentalidad capitalista y consumista, se ha extendido a otros ámbitos sociales, no sólo las bodas sino también a otro tipo de celebraciones, incluyendo, por ejemplo, ‘baby showers’, XV años o cumpleaños, donde dar dinero en lugar de un objeto concreto, que se escoge pensando en el festejado, se ha vuelto la norma; en teoría porque facilita la dinámica entre las partes, pero, en el proceso, incentivando la acumulación de fondos financieros y convirtiendo el gesto solidario en una transacción económica.

Es uno de los problemas con el capital como motor de vida. Todo de alguna manera es un intercambio comercial: las relaciones románticas, las actividades de esparcimiento, la educación, el cuidado personal y hasta las necesidades básicas como alimentación y vivienda. Casamiento y vida en pareja no son la excepción y eso es de lo que se sirven Antonia y Nicolás: sacar el mayor provecho de la forma más fácil y cómoda. Aquí a través del engaño y el fraude, es decir, la falsa boda.

Ahora bien, ellos mismos lo ven como algo fácil porque también la percepción del matrimonio ha cambiado. La responsabilidad por un compromiso de vida se ha convertido en enamoramiento condicionado y pasajero, ya sea porque la decisión de casarse se toma de manera impulsiva, porque no se dimensiona con consciencia, madurez y formalidad lo que involucra un futuro en pareja, o porque la sociedad misma ha difuminado ese valor de familia como unión, corresponsabilidad y compromiso.

Cada vez es más común que el matrimonio sea entendido menos como una promesa de amor y más como un convenio sujeto a ajustes; por tanto, esa unión no tiene el mismo peso o importancia, se rompe fácilmente y carga con un menor significado personal y emocional. Para Antonia y Nicolás, en tanto se trata de una simulación, la responsabilidad que implica, para ellos como para con sus amigos y familia, es inexistente, porque no es algo que tengan que valorar ni piensan que les afectará en el futuro. 

Pero cuando la amistad se convierte en verdadero enamoramiento, entonces la posibilidad real de casarse toma otra perspectiva. Comienzan a dimensionar no sólo la mentira construida, o el engaño perpetrado en su beneficio, sino lo que representa realmente la decisión de unir sus vidas. Su futuro como pareja, su desarrollo personal y la construcción de un hogar juntos. Todo resultado de un compromiso mutuo, no de un acuerdo en papel, es decir, matrimonio como unión de vida, no como ceremonia o ritual, trámite legal o transacción a conveniencia.

Viene implícita la necesidad de adaptación, algo que también es parte importante de la vida, una lección que indirectamente el padre de Antonia ha estado intentando enseñarle. Lo hacía sin darse cuenta porque, en su alegoría de que a veces hay que ser como un calcetín y darle la vuelta a las cosas, él quería decirle a su hija que dejara de perseguir el mundo de la literatura y buscara el camino alterno, ser abogada, como él quisiera. 

Con la ayuda de Regina se da cuenta que la analogía de buscar otros caminos y perspectivas significa dar solución a lo que queremos, buscando, en efecto, rutas alternas, lo que tiene que ver con adaptación, cambio, crecimiento, maduración, análisis y valoración. Regina explica que eso es lo que de alguna forma Antonia intenta hacer, especialmente al ver que su padre es incapaz de respetar sus decisiones; recurriendo, como último recurso, a la boda falsa. 

La idea, por cierto, de darle la “vuelta al calcetín”, de mirar los retos con otros ojos y encontrar caminos nuevos para evitar estancarse, aplica para todos. En el caso del padre de Antonia, por ejemplo, es dar el espacio que necesita su hija, dejándola cometer sus propios errores y resolver sus problemas, para que aprenda cuándo pedir ayuda y cuándo enfrentar al toro por los cuernos. 

También aplica para Antonia y Nicolás, más allá del amor sincero que descubren al fingir estar enamorados. En su caso la nueva perspectiva proviene de ese compromiso que se absorbe cuando deciden casarse. Ya no van a ser las mismas personas que eran antes, su rutina será diferente, sus prioridades, sueños, intenciones y planes de vida también van a cambiar al entrar a una responsabilidad en pareja, donde ya no importa sólo el yo, sino, sobre todo, la persona amada.

Cuando alguien le pregunta a Antonia cómo es que se dio cuenta que Nicolás era el indicado, ella contesta que no hay un punto exacto, sino una constante, pues él ha estado siempre a su lado, en los buenos momentos, en los malos y en los difíciles; eso la hace sentir confiada en su apoyo, de su compromiso. Entonces se da cuenta de que realmente lo ama, porque, en efecto, él siempre ha estado para ella.

No se trata, en el fondo, del dinero que ganarían, ni es la suma de todos sus fracasos y caídas, aciertos y satisfacciones; no es tampoco qué tan dispuestos estén a participar en una estafa que les permita alcanzar lo que anhelan, ni ser conscientes que las bodas son más que nada una parafernalia para complacer.

La película de alguna forma pregunta por qué cada vez menos personas quieren casarse y menos parejas creen en el matrimonio; por qué existe una tan arraigada sensación de que conlleva perderlo todo o perderse uno mismo y, por tanto, hay que elegir entre una vida en pareja o cumplir sueños propios.

Incluso por qué no casarse y/o no tener hijos se vuelto una constante. Por qué ciertos círculos todavía critican y rechazan esta mentalidad, por algunos vista como autonomía y libertad, por otros como aislamiento y soledad. Muchos lo perciben como evidencia de la imposibilidad humana actual por comprometerse, por asumir responsabilidades.

Las expectativas sobre el matrimonio y la presión social por casarse parecen haber creado una barrera que provoca el temor al compromiso o el rechazo a los moldes tradicionales. Al final, detrás de esto, tal vez el verdadero problema no tiene que ver con las emociones sino con las expectativas y cómo el sistema termina ligando ambas al dinero. Vivir es costoso, casarse también y una vida juntos puede serlo todavía más.

Ficha técnica: Mesa de regalos 

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