
La obsesión es, en esencia, un impulso inadecuado, pues se refiere a una manía o fijación; un pensamiento intrusivo y repetitivo que perturba el orden, porque nos aferramos a algo a lo que no tendríamos por qué hacerlo. Es, por ende, un concepto totalmente contrario a la libertad, específicamente si hablamos de individuos, pues ansiar cumplir un deseo que no forzosamente se alinea con lo que quiere otra persona y hacer que suceda, podría implicar manipulación y control, pérdida de autonomía o de derechos, o aprisionamiento y coacción.
Asimismo, desear y querer algo no es lo mismo. El primero se sostiene en el pensamiento mágico, en conseguir un resultado sin esfuerzo; mientras que el segundo habla de hacer méritos para llegar a la meta buscada. Entonces, ¿por qué pedimos o hacemos deseos? ¿Por qué ansiamos aquello que no tenemos? ¿Qué tan relacionada está la obsesión con la búsqueda por tener el control de, o sobre, algo? ¿Y, cómo entran en juego otras emociones como ansiedad, inseguridad, insatisfacción, aprensión, ambición o terquedad?
En la película Obsesión (EUA, 2026), escrita y dirigida por Curry Barker y protagonizada por Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson y Megan Lawless, Bear está perdidamente enamorado de Nikki, su compañera de trabajo; sin embargo, su sentimiento no es correspondido, por mucho que él quiera convencerse de que es posible. Incapaz de declarar lo que siente, aceptar la realidad, preguntarle a Nikki lo que piensa o al menos invitarla a salir para abrir la puerta hacia algo más que amistad, Bear sueña con algo improbable que espera algún día se convierta en viable. Lo consigue cuando por causalidad obtiene un ‘sauce de un deseo’, un objeto mágico que en esencia le concederá cualquier cosa que pida; en este caso: que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo.
El relato es mucho más que un ejemplo ilustrativo de la frase ‘ten cuidado con lo que deseas’, una advertencia sobre las consecuencias imprevistas detrás de aquello que quisiéramos (o deseamos) que suceda. Soñar no cuesta nada, porque es una ilusión y como tal parece idónea y perfecta, libre de problemas, errores, contratiempos o inconvenientes. El reto es, una vez que ya no son sueños sino hechos, enfrentar los resultados, incluso si son tristes, negativos o desagradables, o simplemente diferentes de lo esperado. Un compromiso al que Bear nunca hace frente, porque nunca ve más allá de la impulsividad tras su deseo o la irracionalidad con que lo formula; no se pregunta qué significa que Nikki ‘lo ame más que a nadie en el mundo’, ni qué tiene que ocurrir para que esto se concrete.
¿Qué pasa si, al hacer un deseo realidad, las consecuencias van más allá de nuestra capacidad para lidiar con ellas? ¿Qué hacer si eso que tanto anhelamos no es precisamente lo más correcto o adecuado? ¿Cómo actuar si nuestro deseo daña a otros? ¿Aceptamos nuestra responsabilidad y buscamos soluciones o volteamos la mirada para evadir, escapar o culpar a alguien más?
La película explora esas posibles vertientes, destructivas y dañinas, que a veces provocamos nosotros mismos por nuestra ignorancia, desidia o irresponsabilidad. Bear, por ejemplo, quiere que Nikki sienta lo mismo que él y deposita su fe en una magia sobrenatural, viendo el acto como un desahogo para sentirse bien, sin pensar conscientemente en lo que dice y, eventualmente, sin responsabilizarse de sus actos, una vez que su deseo se pone en marcha.
El actuar de Bear, en apariencia, es ingenuo e inocente, asumiendo la ‘magia’ como una ilusión, imposible e inofensiva. No obstante, querer que su deseo se vuelva realidad conlleva, en su trasfondo, imponer su voluntad, ya que ansiar que Nikki corresponda su amor, además, de una manera incondicional, servicial y devota, no es respetar ni pensar en Nikki, sino en cómo Bear quisiera que ella se comporte, lo que implica y presupone control, dependencia y dominio.
Así que no es que Nikki de pronto se enamore, sino que está siendo obligada a actuar como si fuera así, sin elección propia, porque su identidad, personalidad y conciencia quedan suprimidas, para que una versión manipulada y falsa de sí misma, una completamente enganchada a Bear, tome su lugar, dejando a la verdadera Nikki atrapada dentro de su cabeza y sin poder de decisión sobre sus acciones.
Esto conlleva, de una manera u otra, desear que Nikki sea diferente de sí misma; que sea otra: maleable, complaciente, sumisa y atenta a las necesidades e intereses de Bear, quien, más tarde, lo aprovecha y explota en su beneficio.
Es el clásico caso de control, pérdida de autonomía y sumisión que convierten a una relación en tóxica, sobre todo porque Bear, irresponsable e insensatamente, niega su participación en la dinámica que retiene a Nikki contra su voluntad y luego la obliga a algo que ella no quiere. Se convence de que el afecto es real porque lo anhela, pero se autoengaña, porque prefiere pensar que los sentimientos de Nikki cambiaron en lugar de aceptar que la magia la ha llevado a un estado de indefensión, al arbitrio de sus órdenes. Confunde amistad y cordialidad con amor y entrega, temeroso del rechazo y por ende de la soledad.
No es que no note las señales de que Nikki está sufriendo las consecuencias de un deseo egoísta y visceral, sino que decide pasar por alto la evidencia de que el vínculo no es conectividad auténtica y natural, sino forzada y artificial, ya que no son emociones ni sentimientos genuinos sino impuestos.
Más que amar a Nikki, Bear ama la idea que se ha hecho de ella; la idealiza tanto que no la valora por quien es, sino por quiere que sea. Así pues, Nikki está atrapada en la fantasía de alguien más, cuya idea de amor no está clara porque Bear mismo no lo entiende. ¿Qué significa para él amar y ser amado? Si la Nikki controlada por la magia se comporta irracional y compulsiva, es porque así ve Bear el amor, absoluto y adictivo, lejos de un sentimiento recíproco sino más bien posesivo.
Por otra parte, Bear esconde sus intenciones al presentarse como un amigo, cuando en el fondo espera que el amor apasionado surja de esa cercanía, casi mágicamente ya que nunca hace méritos por conquistarla o cortejarla. Nikki le pregunta directamente si él tiene sentimientos hacia ella y él lo niega; una deshonestidad, engaño, traición o mentira que, extrañamente, dentro de la cultura popular, incluso hasta se romantiza, como si el apego obstinado, compulsivo e insistente fuera una señal de lealtad y fidelidad, cuando más bien denota necesidad de control, afecto condicionado, pensamiento compulsivo, actitud dominante y desestabilidad emocional.
Pero si de entrada Bear no se arrepiente de lo que hace, si decide ignorar las consecuencias pese a que se da cuenta de que algo no encaja, ¿qué clase de persona es?, ¿cuáles son sus valores, ética y moral? Lejos del enamorado, respetuoso y amigable, como inicialmente se presenta, pronto se revela como un depredador disfrazado, dispuesto a sacrificar la libertad y felicidad de Nikki con tal de conseguir lo que quiere, manifestando su cobardía y falsedad.
Bear no acepta que ella no lo ame y entonces elige el camino en que se le obliga a hacerlo. En la narrativa sucede a partir de un elemento sobrenatural, pero funciona como una alegoría que en el mundo real puede referirse a la violencia doméstica, masculinidad tóxica o agresión y abuso sexual, sin que hablemos exclusivamente de hombres hacia mujeres.
Es perseguir una tergiversada noción de amor platónico, aparentemente sano, sensible y tierno, que se convierte en un verdadero cuento de terror; tomando la película como ejemplo, porque conlleva despojar a Nikki de su autonomía, ahora obligada a amar a alguien desmedida, complaciente y adictivamente. Lo peor es que ya ni siquiera es ella la que habita en su cuerpo, sino una versión alternativa de su propia persona cumpliendo con todo lo que Bear anhela; algo que precisamente emula a las relaciones tóxicas, donde el control, la manipulación y la pérdida de la identidad hacen sentir a la persona como alguien ajeno dentro de su propia piel, una vez que su yo de la superficie se dedica a complacer y seguir órdenes.
Lo irónico es que, cuando Bear obtiene lo que desea, la obsesión que siente hacia Nikki se le revierte. La nueva Nikki le hace plática, le coquetea y lo prioriza, pero no tarda para que también se vuelva dependiente y controladora de una forma impulsiva e irracional, celosa de cualquiera que hable con él, buscándolo a cada instante, queriendo saber qué hace en todo momento y exigiendo que no le ponga atención a nadie que no sea ella. El resultando es un afecto enfermizo y posesivo, ejemplo perfecto de relaciones disfuncionales, poco sanas y destructivas, ya que amar no es pertenecer a alguien o dominar al otro, sino compartir.
El problema es que eso es lo que Bear pidió con su deseo; técnicamente, no es controlar a Nikki, sino que ella se comporte de la forma como él cree que alguien enamorado lo haría, es decir, de la forma como él se comportaría con Nikki si ella aceptara sus afectos, o sea, obsesivamente.
En lo que Bear se equivoca desde un principio, es asumir que amar significa unilateralidad. El amor verdadero va en ambas direcciones; debe haber conectividad, trabajo en equipo, comprensión, compromiso, comunicación y equidad. No significa cuidar del otro y menos excesiva o compulsivamente. Pero eso es lo que la otra Nikki hace cuando el deseo de Bear se vuelve realidad: amar como Bear la amaría.
Esto provoca un lazo nocivo, absorbente y territorial, donde no se le deja respirar al otro, ni tener su espacio o tomar sus propias decisiones. En la película este aspecto se exagera, con una Nikki demandante, violenta e invasiva, pero es precisamente para dejar este punto claro: la fijación por amar a alguien de una forma absoluta y categórica es dañina para ambas partes.
Empeora cuando, en casos como éste, fidelidad y devoción son tratados como un premio, hasta el punto en que Nikki misma es vista, simbólicamente, como un trofeo; reflejo de una visión misógina del hombre hacia la mujer. Bear está dispuesto a mantenerla a su lado pese a que la verdadera Nikki no quiere estar ahí. Cuando ésta logra por un instante hacerse escuchar, le pide que la mate, pero en lugar de respetar lo que ella implora, en lugar de liberarla de su deseo, Bear responde indiferente, no queriendo cambiar aquello en lo que Nikki se ha convertido, es decir, el molde del ideal machista de la mujer como pareja: sumisa, complaciente, atenta, colaboradora, obediente y dócil.
También hay que sopesar cómo parte del problema proviene de que Bear esté esperando encontrar la felicidad a través de alguien más. Piensa que si Nikki lo amara, entonces sería feliz. Así que mide sus sentimientos en función de los de otros; o dicho de otra forma, vive de la opinión de terceros.
En consecuencia, Bear deja de vivir objetivamente en el mundo real; se pierde en sus sueños sin notar lo demás que le rodea. En ese sentido, hasta la muerte de su gato es simbólica, porque puede ser una forma de representar cómo es que para Bear el resto del mundo desaparece a raíz de su obsesión, al grado que ni siquiera es capaz de cuidar de su mascota; y para fines prácticos, hasta de sí mismo, o de entender y empatizar con aquellos (seres vivos en general) a su alrededor. ¿A qué aspira, más allá de ‘estar con Nikki’? ¿Qué tan solo o inseguro se siente como para convencerse de que su afecto es verdadero, cuando está claro que no? ¿Teme más tener que lidiar con el mundo real y el rechazo, que con las secuelas de un deseo mal planteado? ¿Qué representa realmente ella para él? ¿Por qué ella y no, por ejemplo, Sarah, otra de sus compañeras de trabajo, alguien con quien está más en sincronía que con Nikki, a quien, en el fondo, en realidad no conoce?
El deseo en sí es una trampa, un atajo para llegar a algo de manera fácil pero incorrecta, pues el sacrificio no es propio sino de los demás, no implica compromiso ni responsabilidad y premia el egoísmo, indiferencia, pasividad y desidia de Bear, que en parte provienen de una insatisfacción e infelicidad con su vida y consigo mismo. Si Nikki actúa como él quiere que ella lo haga, perturbadoramente, intrusivamente, obsesivamente, es porque Bear no sabe lo que quiere, no es suficientemente maduro ni toma responsabilidad de sus actos, no piensa en las consecuencias de sus decisiones, en lo que significa el concepto de amor, en lo que implica obligar a alguien a hacer lo que le dé la gana.
Lo interesante aquí es que Bear sólo es alguien confundido, solitario y relegado, que quiere ser amado; alguien más impulsivo que racional, más egoísta que solidario y más interesado en lo que quiere que en el efecto que esto tiene en el mundo que le rodea, un mal de la sociedad actual que dificulta tanto desarrollo personal como dinámicas e interacciones en el colectivo o el orden dentro de la comunidad. ¿Qué pasaría si a todos se nos cumplieran todos nuestros deseos?
Anhelamos lo que no tenemos, creemos que la felicidad es un destino en lugar de un camino y nos aferramos tanto a una idea concreta de plenitud, realización, estabilidad o éxito, que vivimos recluidos en ella, enfrascados en nuestros sueños e ideas, incapaces de vivir el mundo real, enfrentar retos reales o hacer que las cosas sucedan, en lugar de sólo desearlas.
“La caja está llena de advertencias”, dice el vendedor de la tienda donde Bear compró el sauce de un deseo, ante el reclamo sobre los caóticos resultados. Lo curioso es que la vida es así; ¿por qué tomamos decisiones dañinas o equivocadas, si estamos conscientes de las consecuencias y sus advertencias? ¿Seríamos capaces de corromperlo todo, con tal de no soltar aquel sueño o deseo del que no podemos dejar de aferrarnos? ¿Nos convencemos de que algo es cierto, sólo porque queremos que así lo sea? ¿Y es la obsesión, irremediablemente, el camino a la destrucción?
Ficha técnica: Obsesión - Obsession