Ruby, la chica de mis sueños

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Los sueños, como concepto, son algo importante para el individuo, hablando de ellos como sinónimo de anhelo, ya que tienen que ver con desear o querer algo, aspirar a tenerlo y trabajar para que suceda. Lo importante es no perderse en ellos, es decir, que sean un motivador y no una excusa; soñar para trazar metas y realidades concretas, no permitir que nos hagan olvidar qué es posible y qué no, hasta creer neciamente en algo que obstinadamente decimos ‘debe’ ser, pero que en realidad no lo es.

Soñar nos permite crear, pero también nos puede servir para destruir. La película Ruby, la chica de mis sueños (EUA, 2012) reflexiona sobre el poder del creador sobre su creación, la sensación de control y la falta de él, las relaciones humanas ligadas a esto y la forma como volcamos nuestras frustraciones en anhelos imposibles; o peor: sueños frustrados que se convierten en desilusión y fracaso.

Está dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris y escrita por Zoe Kazan, quien coestelariza al lado de Paul Dano, Chris Messina, Annette Bening, Antonio Banderas y Elliott Gould. Drama romántico con tintes de comedia y realismo mágico (género artístico que combina lo real con lo imaginario, presentando la fantasía como un elemento natural que no está fuera de la lógica), la historia se centra en Calvin, un escritor en pleno bloqueo creativo, consecuencia de la presión para terminar lo más rápidamente su segundo libro, compromiso con la editorial encargada de su obra. La primera, escrita siendo un adolescente, fue una novela muy celebrada y exitosa, lo que eventualmente lo ubica en un pedestal literario; situación que ahora lo abruma, pues se ve presionado a escribir por obligación y no por gusto, lo que limita su capacidad creativa, provocando angustia e inseguridad.

A raíz de esto Calvin se ha vuelto un hombre solitario e incapaz de relacionarse socialmente; su última pareja romántica por ejemplo lo dejó por su evidente egocentrismo y sus ansias de controlar toda la narrativa de lo que sucede a su alrededor. En su frustración anhela absolutamente todo lo que no tiene: felicidad, compañía e inspiración. Esto se vuelca en su subconsciente y cuando duerme comienza a aparecer en sus sueños una joven llamada Ruby, a quien eventualmente convierte en personaje clave de su nuevo manuscrito, justo cuando la imagen de Ruby se vuelve nítida en su cabeza.

En papel, Ruby es espontánea, libre, decidida y creativa, pero como personaje de ficción, Ruby también tiene otras características que la definen y que Calvin le adjudica, por ejemplo, la describe como hija única, pintora de profesión pero no de formación, interesada en hombres mayores que ella (no está claro si por iniciativa o de manera circunstancial) y consecuentemente envuelta en relaciones sentimentales pasajeras. 

Cuando Ruby, el personaje en el manuscrito, se materializa en una mujer real, las cosas cambian radicalmente para Calvin, quien inicialmente piensa que está alucinando, pero luego confirma que, asumiendo mágicamente y queriendo creer que es producto de su autodenominada genialidad, Ruby es ahora una persona de carne y hueso, con quien, siguiendo lo que el mismo Calvin escribió, tiene una relación sentimental.

Ruby se convierte en su musa e inspiración y él se enamora de su creación, muy acorde con del mito de Pigmalión, escultor que se enamoró de la estatua de mujer que esculpió y a la que consideraba perfecta. La pregunta aquí es, ¿en qué momento una musa se vuelve prisionera de su creador? Según Calvin, Ruby es la mujer ideal, pero no es ‘perfecta’ por sus características, sino por el hecho de que lo elige a él; será perfecta mientras cubra sus anhelos, necesidades, expectativas y caprichos. De forma que, en cuanto comienza a exigir independencia, sintiéndose sofocada por no poder evolucionar ni ser más que ‘la novia de alguien’, siempre en casa atendiendo a su pareja, escuchándolo, cocinando y cumpliendo un rol femenino tradicional y conservador, entonces Calvin lo resiente. 

El escenario es una atinada analogía de las relaciones románticas, romantizadas pero tóxicas, específicamente aquellas marcadas por una inclinación machista en donde se espera que la mujer cubra un molde específico que el hombre ha creado en su cabeza, anhelando que ella sea lo que él quiere que sea, no lo que ella es. Una reflexión que, por cierto, no se limita a relaciones entre hombres y mujeres. Calvin piensa en su felicidad, pero no en la de ella y trata a Ruby como alguien a su servicio, sin autonomía, sin deseos propios, transitando siempre detrás de él, nunca a su lado. 

El recelo hacia Ruby surge cuando ella ya no quiere limitarse por esas ideas conservadoras, cuando el personaje evoluciona y se convierte en alguien en busca su propia vida independiente. No debe ser sorpresa que tras esto lo que Ruby anhela no siempre empata con lo que Calvin quiere, tomando en cuenta que el mismo Calvin la describió como una persona de espíritu libre, ávida por nuevas experiencias y leal a sí misma. Es irónico cómo, algunas personas, Calvin en este caso, creen querer algo y, cuando lo tienen, ya no les satisface; también se da el caso de creer amar a alguien cuando sólo se idealiza el amor, que equivocadamente definen como afecto devoto que denote veneración, como si la libertad de su pareja fuera un privilegio atado a su voluntad y decisión.

La independencia de Ruby rápidamente hace que Calvin resienta la posición en que esto lo deja, tal como muchas personas hacen con sus parejas cuando se dan cuenta que una relación estable tiene que ver con permitir al otro crecimiento, mientras, al mismo tiempo, avanzan por la vida juntos, no a merced del otro. Si la conexión se rompe, si ya no hay compatibilidad ni comunicación, la relación se quiebra. A veces, no obstante, las personas hacen todo por forzar para que su vínculo continúe, más por beneficio personal que para el bien de ambos, moldeando, o intentando hacerlo, al individuo a su lado; un ejercicio que cuestiona tanto dinámicas de poder como de roles sociales. La pareja ideal no va a querer cambiar a su contraparte, pero tampoco quiere que se estanque.

Una vez que su ‘chica perfecta’ ya no es tan perfecta, una vez que Ruby se centra en actividades propias como clases de pintura, cuando comienza a conocer gente nueva y a socializar, cuando la invaden otras emociones que no son euforia y apego, entonces Calvin regresa a su máquina de escribir para cambiar y modificar a su antojo aquello que define a Ruby. Es decir, Calvin literalmente tiene el poder de moldear y manipular las emociones, acciones o personalidad de Ruby, sin darse cuenta del efecto que esto tiene en ella, de que, en el momento en que la obliga a hacer lo que él quiere, trunca la posibilidad de una relación honesta y genuina, porque no se da entre ellos una conectividad real, sino una impuesta. Calvin entonces la vuelve dependiente, ya no simplemente leal y enamorada, sino obsesionada, obediente y sumisa; la obliga a amarlo, lo que eventualmente crea nuevos conflictos, porque no hay forma de hacer que alguien haga exactamente lo que queremos que haga, no es ni correcto ni moral.

Calvin no quiere alguien a su lado a quien amar, sino alguien que lo adore, lo idolatre, alguien a quien termina tratando como un objeto, sin valorarla o respetarla, sin permitirle libertad, incluyendo la libertad de amarlo. Él se asume como su creador y la ve a ella como su inferior, no su igual. No hace falta magia en el mundo real para que este escenario se haga presente hasta corromper valores, principios y virtudes humanas. ¿Existe el amor verdadero en un mundo así? ¿Buscamos a alguien que nos acepte tal como somos o a alguien con quien podamos llevar una vida en paz? ¿Aceptamos a las personas por quienes son o las toleramos hasta que hay algo en ellas que ya no podemos soportar?  ¿Hacemos todo por cambiarlas o preferimos claudicar? ¿Por qué no pensar en cambiar uno mismo?

Al principio de la película, Calvin alega que su inhabilidad para encontrar pareja recae en que las mujeres no lo buscan por quien es, sino por la imagen mediática y arquetípica que se ha hecho de él, convertido en un personaje más: joven y exitoso escritor que logró la cima gracias a sus ideas que rompían con el canon. Según dice, las mujeres usualmente no se sienten atraídas hacia él, sino hacia esa imagen prefabricada que se ha hecho de él. Esto lo hace sentir inseguro, necesitado de afecto, pero, además, enfrentándose a una serie de expectativas que lo rebasan.

Curiosamente esto es lo mismo que hace con Ruby; espera algo de ella que no se basa en la realidad sino en la ilusión. Elige la fantasía frente a la realidad. Lo cual no es tampoco algo ajeno a la cotidianidad; esperamos de la gente algo específico, una imagen concreta que creamos en nuestra mente y queremos que sean tal como los idealizamos o imaginamos, pero si ellos aceptaran cubrir esos moldes, sería a merced de su propia libertad o voluntad. 

La gente no puede ni debe ser lo que nosotros queremos que sean. No podemos reescribir a las personas a nuestro capricho; no van a decir lo que queremos que digan ni se van a comportar como queremos que lo hagan, harán, más bien, lo que ellos decidan. Queremos que el mundo cumpla nuestras expectativas, pero la persona perfecta o la mujer o la pareja ideal no existen. El problema es que el contexto social y las ideas conservadoras sobre lo que representan el hombre y la mujer en la sociedad contemporánea conducen a conductas autoritarias y excluyentes de lo que no se ajusta a esos estereotipos.

Dicha situación puede ser conflictiva para muchos, o más bien, podría crear crisis o frustración específicamente entre los acostumbrados a mandar, pero también entre los quisquillosos, inseguros y egocéntricos, porque la falta de control se traduce en incertidumbre, un elemento natural de la vida misma pero no siempre aceptado por todos, por lo que ello implica. Parte de nuestra esencia humana es adaptamos. Si no lo hacemos se puede hablar de inmadurez, arrogancia, indecisión o narcisismo; pero también, si no lo hacemos se traduce en inmovilidad, estancamiento, degeneración de la vida. Y recordemos que la vida es movimiento, o se muere.

En el caso de Calvin, la raíz del problema nace de una marcada falta de confianza en sí mismo, así como una necesidad inmensa de aprobación y validación. Quiere que su novia lo necesite, lo admire y lo obedezca; entonces no importa quién sea ella sino el rol que cumple en su vida. Su bloqueo creativo viene exactamente del mismo punto de partida; vive en un constante estado de ansiedad porque no puede controlar la percepción que el mundo tiene de él, no puede frenar la presión por cumplir una expectativa, un molde de ‘escritor genio’ que no sabe cómo llenar, teme fracasar y se decepciona porque ha dejado de recibir halagos. Sólo escucha el eco de su voz porque nunca ha aprendido a escuchar la opinión de los demás. Por eso no sabe cómo lidiar con la realidad frente a él; por un lado, la Ruby que idealiza, la que cubre un molde que en sí mismo no es una visión realista de lo que significa ser mujer; por otro, la Ruby que ella quiere ser: independiente, curiosa y audaz, que, como cualquier persona, a veces sufre y llora, y otras ríe y siente dicha.

Ruby está inicialmente construida en un arquetipo de mujer con el que muchos hombres fantasean y muchos escritores, equivocadamente, encasillan cuando escriben personajes femeninos; el de ‘manic pixie dream girl’, término acuñado por el crítico de cine estadounidense Nathan Rabin, que describe a una joven con personalidad peculiar, vivaz pero superficial, que, como interés amoroso del personaje protagonista, su única función es levantar el ánimo a hombres como él: sensibles, intelectuales y tristes. Esto explica su trazo unidimensional, y de eso se trata aquí con Ruby, de notar cómo el hombre tan repetidamente desdibuja así a la mujer, no sólo en la ficción, también en la realidad. 

Con el tiempo, cuando Ruby elige el libre albedrío, poco a poco va desarrollando su propia personalidad y trazando sus individuales intereses, llevándola a tener matices, contradicciones e imperfecciones, haciéndola, en esencia, más humana.  Su anhelo de ser libre choca inevitablemente con el afán de control que ejerce Calvin. Aquí lo interesante es que así sucede cuando conocemos a alguien nuevo; la imagen que tenemos de ellos se basa inicialmente en la primera impresión que nos dejan, para luego ir descubriendo las otras capas de su personalidad. O aceptamos que como humanos no somos perfectos, o nos encaprichamos en la desilusión de que las personas no cumplen nuestras expectativas, a veces más ficticias que objetivas. 

Es entonces cuando Calvin ya no sabe cómo lidiar con estos cambios; Ruby ya no es lo que él creó, ya no es sólo un personaje en una historia inventada, ni una posesión a la que pueda manipular como quiera. Cuando intenta hacerlo su actuar se torna particularmente cruel, pues Ruby se ha vuelto su marioneta, su prisionera y la está hiriendo sobremanera, porque no sólo le niega independencia, tampoco tiene poder de decisión, visión, libertad, identidad propia o posibilidad de interiorización y crecimiento. 

Hacemos planes, soñamos con desenlaces, pero reescribimos nuestra historia día a día, decisión tras decisión, porque las personas son cambiantes y el mundo en que vivimos también. La vida misma no es una idea predeterminada, no somos clichés ni estereotipos; y sí, la película pone especial énfasis en esto cuando hablamos de mujeres, tan comúnmente observadas, pero no siempre apreciadas.

Ficha técnica: Ruby, la chica de mis sueños - Ruby Sparks 

Fotos más vistas en 15 días