
"El universo está lleno de cosas mágicas esperando pacientemente que nuestro ingenio se agudice."
Eden Phillpotts
Estás en Bolivia, en Uyuni, un sitio que más allá de ser un paisaje, se convierte en una pregunta.
Hace miles de años, un inmenso lago cubría este territorio. El agua se retiró lentamente, pero no se llevó su memoria. La dejó escrita en millones de cristales que, juntos, forman la superficie salina continua más grande del planeta. Cada hexágono que dibuja la sal es el resultado de un orden silencioso, de una geometría que fue diseñada por una inteligencia superior.
En ese espacio inmenso, la escala pierde sentido. El cuerpo se descubre pequeño, pero no insignificante. Al contrario: cuanto más vasta parece la naturaleza, más evidente resulta que pertenecemos a ella. La inmensidad no nos reduce; nos recuerda nuestro lugar.
Has tenido la fortuna de caminar muchos desiertos, sentir cómo se hunden tus pasos en la arena infinita, casi siempre cobijado por un sol del cual hay que protegerse. Hoy, en el salar de Uyuni te encuentras con otro desierto, uno blanco, cuando caminas, tus pasos no se hunden pero sientes y escuchas un breve crujido producto del rompimiento de los pequeños cristales, la sensación de infinitud es la misma cómo cuando volteas tu rostro al océano, aquí, el sol también te acompaña, no hace tanto calor, pero la luz reflejada en el suelo vuelve imprescindibles los lentes oscuros, cómo en los caminos de la alta montaña.
Aquí el movimiento y susurro del mar o de las dunas está ausente, pero hay un silencio que pudiéramos declarar como profundo, algunos lo llamarían el sonido del universo.
El guía que te acompaña dice que te dará una hora para que tomes fotos y hagas lo que quieras antes de avanzar a la siguiente locación. Pongo en el teléfono una alarma de media hora y comienzo a trotar alejándome del equipo, así, hacia ningún lado, cualquier dirección es la misma, el sol en el cenit no da información, cuando me comienzo a cansar, me detengo, tomo un descanso y realizo unos ejercicios de respiración mientras mantengo los ojos cerrados, estoy solo, me gusta estar así, sin interferencias, recupero el aliento, recuerdo mis lecturas de Castaneda cuando era joven y decido iniciar una “carrera de poder”, claro, sin las piedras, arbustos y obstáculos que existen en los desiertos del norte de México. Comienzo a correr, primero tímidamente, el hacer el ejercicio con los ojos cerrados es al principio difícil, tengo que superar el bloqueo que me conmina a abrirlos, comienzo a cambiar de dirección, derecha, izquierda, nuevamente izquierda, adónde mis piernas me lleven, adónde sienta que debo ir, las señales son sutiles y hay que estar atentos, aguzo el oído, mi principal sentido orientador de este momento, no hay estímulos en el entorno, me comienzo a cansar, entonces, decido hacer un último esfuerzo corriendo lo más rápido que pueda, el sprint de los atletas.
Me detendré hasta que no pueda dar un paso más, cada segundo me acerca más a ese momento. A pesar del frío, estoy sudando, comienzo a jalar aire por la boca, llega el momento en que lo retengo menos de un segundo para en el siguiente dejarlo ir, voy lo más rápido que puedo, con los ojos cerrados y unas botas que me acompañan desde la montaña, me siento libre, estoy por parar cuando suena la alarma, es tiempo de regresar.
Nos movemos a un sitio más bajo, vamos a una parte donde el salar tiene una ligera capa de agua, la primera impresión es poderosa, el efecto visual es mágico. Es un espejo donde la Tierra, deja de hablar de sí misma para reflejar el cielo. Allí el horizonte desaparece y queda únicamente la experiencia de caminar entre dos infinitos.
El Salar de Uyuni nos recuerda que la belleza no siempre nace de la abundancia. A veces surge de la ausencia. Del agua que ya no está. Del árbol que nunca creció. Del sonido que el viento decidió guardar para sí.
Y entonces comprendemos que el vacío no siempre significa que falta algo. En ocasiones, el vacío es el espacio indispensable para que podamos encontrarnos con aquello que llevábamos dentro desde siempre, tal vez, solo necesitemos estar dispuestos a abrir nuestra percepción y confiar y correr.