
“Quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno.”
Friedrich Nietzsche
I
Cuando tenías 17 y comenzabas a tomar conciencia política, una llaga estaba abierta en la República chilena; Pinochet gobernaba. En tus años preparatorianos y universitarios, escuchabas a la Nueva Trova Cubana; Pablo y Silvio te tocaban el corazón.
Al final, Pablo y Silvio se divorciaron; Silvio eligió quedarse cuidando el mito: admitiendo fallas menores, culpando a los intérpretes, nunca al guion.
Pablo, por su parte, aceptó lo imperdonable: la canción ya no decía la verdad.
Los hombres inteligentes cambian mientras aprenden, por eso aprenden, para cambiar.
Amar a un país no nos obliga a mentirnos.
La historia (quien la escribe) suele premiar a quien es fiel al relato.
La memoria, tarde o temprano, nombra al que se atrevió a señalar los errores.
II
“Yo pisaré las calles nuevamente
De los que fue Santiago ensangrentado
Y en una hermosa plaza liberada
Me detendré a llorar por los ausentes”.
Hoy, casi 50 años después, estás aquí, en Santiago, caminando sus calles, sintiendo a su gente. Es una ciudad hermosa; tiene sus problemas como casi todas las grandes urbes del mundo. Muchos chilenos tienen un gran cariño por México; lo sienten como un hermano lejano, pero al fin, parte de la familia. Amado.
Estás en la Plaza de Armas. Hace unos meses te llegó una historia que hablaba de una persona extraordinaria, un maestro de matemáticas que de 5 a 7 de la mañana daba clases gratuitas a quien lo necesitara. Decidiste conocerlo, no lo encontraste, nadie acá lo conoce; hay historias que son tan lindas que no vale la pena desenmascararlas.
Todos te dicen que el centro de Santiago es peligroso, que debes estar atento a los ladronzuelos que pululan por estas calles; lo haces, tu celular lo mantienes guardado y observas tu entorno; algunos deben pensar que tú eres el ladronzuelo.
Conoces a Wilbur, un policía vestido de civil en la plaza de armas; lo confundes con otra persona y te acercas a charlar un poco. Tiene una mirada dulce, anda en sus cincuentas y te dice que está ahí por los robos que se presentan a turistas especialmente; mete la mano en su bolsillo y te muestra unas esposas. Después de observarte, te dice que sus amigos lo llaman Jesús, ¿por qué? Preguntas. En tiempos de COVID fui entubado —te muestra la cicatriz— estuve tres días en coma, después me dieron por muerto y cuando me iban a meter al freezer, me levanté de la camilla. Ja, le digo, qué buen susto le habrás puesto al camillero.
Que tengas buena vida, Jesús, te despides tú también; estás protegido, te dice.
Te encuentras una calle llena de pequeñas tiendas arabescas; en ellas se encuentran personas que leen el tarot, que son maestras (casi todas mujeres) en las artes de la interpretación de símbolos y arquetipos para ayudar al consultante. En ocasiones las tiendas están vacías, pero alcanzas a escuchar los consejos que se dan mediante un teléfono celular; en estos tiempos ya no es necesario trasladarse a donde se encuentra el tarotista para buscar alguna respuesta.
Caminas, observas los rostros de las personas, de los jóvenes, de los viejos, de los mendigos, de los niños, de los que del sexo han hecho su oficio, de los policías, de los vendedores, de los proxenetas; en ocasiones las miradas coinciden, se sostienen, se sopesan, se dejan pasar.
Estás frente a la catedral metropolitana de Santiago, a escasos cinco metros de ti, un jovencito le arrebata su collar a una señora, corre hacia ti, te enconchas cual jugador de la primera línea de futbol americano y lo embistes. Es un chico joven pero pesado, no lo esperaba; en su sorpresa suelta el collar y se le cae una gorra. Recoges la gorra, se la das a una vendedora ambulante y vas con la señora que sufrió el ataque. Está bien, te dice que el collar no tiene valor, eso no importa, le dices, ellos no lo saben, la vanidad puede costar algo más que unos pesos en estos tiempos.
Llegas a la Plaza de la Moneda, te sientas en una sombrita, abres tu botella de agua y das unos tragos. Cierras los ojos, imaginas este espacio hace medio siglo, lo que debió haber sido: soldados por todos lados, civiles temerosos, mirando al suelo, queriendo pasar inadvertidos, invisibles. Ahora ves jóvenes sonriendo, jugando; sí, la plaza está liberada.
III
En tus años de juventud, Chile vivió bajo la dictadura de Augusto Pinochet.
Fue un régimen de terror político, organizado desde el Estado, con un objetivo claro: eliminar al adversario ideológico. Las cifras que dejó ese periodo son conocidas. Alrededor de tres mil personas fueron ejecutadas o desaparecidas por motivos políticos. Traducido a una métrica poblacional, eso equivale aproximadamente a treinta y tres víctimas por cada cien mil habitantes a lo largo de toda la dictadura. El homicidio común, en cambio, se mantuvo bajo: Chile conservó tasas cercanas a uno o dos homicidios por cada cien mil habitantes al año. La violencia era selectiva, dirigida, concentrada en el aparato represivo del Estado.
El caso chileno conmovió al mundo, especialmente a los hermanos de América.
Chile: 32 víctimas por cada 100,000 habitantes en 17 años
México: 425 víctimas por cada 100,000 habitantes anuales en promedio de los últimos 17 años
México: 104 desapariciones por cada 100,000 habitantes anuales en promedio de los últimos 17 años
La diferencia no es solo cuantitativa, sino cualitativa. En Chile, la violencia tuvo rostro, responsables identificables, una lógica política explícita. En México, la violencia es difusa, cotidiana, fragmentada, y por ello mismo más difícil de nombrar. No hay un solo perpetrador ni un solo discurso que la explique, pero el resultado es devastador: una normalización social de la muerte que convive con elecciones, instituciones, gobierno y retórica democrática.
Comparar ambos procesos no implica relativizar el terror vivido en Chile ni justificar la violencia mexicana. Implica, más bien, observar con honestidad histórica que México ha experimentado, en tiempos recientes y bajo gobiernos civiles, una letalidad social muy superior a la de una de las dictaduras más emblemáticas de América Latina. Mientras Chile recuerda y procesa su pasado como una excepción trágica, México parece haber incorporado la muerte masiva como parte del paisaje.
La pregunta histórica no es cuál tragedia fue “peor”, sino por qué una sociedad acepta como normal lo que, en otra, fue considerado intolerable. Chile dijo “nunca más”. México, hasta ahora, sigue contando muertos y desaparecidos.