Si pudiera, te patearía

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

¿Puede alguien estar verdadera y completamente preparado para tener hijos? No hay un manual ni una guía, tomando en cuenta que la vida misma son decisiones e incertidumbre. Hay, en cambio, necesidad de responsabilidad, consciencia y decisión. Padre, madre o tutor, tienen que tener claro que acogen entre sus brazos a un ser que inicialmente va a depender completamente de ellos y a quien, eventualmente, hay que darle las herramientas para que encuentre su propio camino. En el transcurso ambos crecen, maduran, se adaptan, aprenden y descubren. El proceso no es fácil para nadie, pero si hay que hacerlo solo, menos. 

En la película Si pudiera, te patearía (EUA, 2025), Linda es una madre de familia a cargo de demasiadas cosas y con mucha gente dependiendo de ella, al grado que eventualmente no puede evitar tocar fondo, más emocional que físicamente hablando. Escrita y dirigida por Mary Bronstein, la cinta está protagonizada por Rose Byrne (nominada al Oscar por su interpretación), Conan O'Brien, Danielle Macdonald, Christian Slater, ASAP Rocky y Delaney Quinn. Terapeuta de profesión y con una variedad de pacientes entre los que destaca Caroline, una madre primeriza con inquietudes sobre su rol y una ansiedad que podría tratarse de depresión posparto, Linda centra sus prioridades en su hija pequeña, quien tiene un desorden alimenticio que la obliga a llevar una sonda gástrica y a tener que visitar el hospital a diario para ser evaluada.

Charles, el esposo de Linda, es capitán de un barco y a raíz de esto pasa largas temporadas fuera de casa, por lo que es ella quien tiene que estar al frente de todo lo relacionado con su hija, su casa, su matrimonio y su familia. La situación es demandante y, aunque es dedicada, su realidad reclama paciencia y estrategia al extremo. El problema es que si Linda cuida de todos, ¿quién cuida de Linda?

La pila de exigencias que tiene que manejar comienza a tambalearse cuando una fuga en su departamento causa una inundación que la empuja a mudarse con su hija, temporalmente, a un motel. Todo lo cotidiano se vuelve de inmediato en una fuente de presión; si Linda ya se veía acorralada por sus actividades diarias, ahora se ve inmersa en un caos en el que no parece haber nadie a quien pedirle ayuda. 

Las semanas pasan y los empleados encargados de arreglar su casa no avanzan, entre excusas y falta de explicaciones, como si no la tomaran en serio sólo por ser mujer. La actitud de estas personas parece evasiva e indiferente, como indicando que no están interesados en hablar con ella o responder a sus solicitudes sólo por el hecho de no ser ‘el hombre de la casa’, el que está al frente y a cargo; una teoría que toma fuerza cuando, apenas Charles regresa y les pide terminar el trabajo, ellos cumplen inmediatamente. Como si el canon socialmente aceptado impusiera roles conservadores y machistas, donde el padre trabaja y provee y la madre tuviera que dedicar todo su tiempo al hogar. El problema es que incluso si Linda fuera ama de casa tiempo completo, eso no deslinda a su esposo de sus responsabilidades ni eso la hace a ella menos capaz para estar a cargo de las gestiones familiares. 

Para Charles es muy sencillo llamar por teléfono y reclamar a Linda que no hayan arreglado aún la tubería, lo que no ve es que ella sí ha estado exigiendo a los trabajadores la reparación, pero ellos no hacen caso, pese a ser un trabajo bajo contrato. Asimismo, la actitud de Charles provoca que Linda le reclame en más de una ocasión, ya que él no nota o valora que ella está dedicando toda su energía a cumplir con sus muchas actividades, incluyendo su rol de madre, esposa y ama de casa. Por el contrario, él está fallando a sus seres queridos al estar ausente cuando ellas más lo necesitan. Linda asume la responsabilidad y lidia con la situación lo mejor que puede, sin embargo, no es madre soltera, el peso total de estas vicisitudes no tendría por qué caer el cien por ciento sobre sus hombros, cuando se supone que su compañero de vida debería estar ahí para apoyar.

Él recalca la necesidad de tener un poco de tiempo para cuidar de sí mismo, distraerse o desestresarse, así que cuando puede, lo hace. En contraste, Linda le explica que ella también necesita de vez en cuando una pausa para velar por su salud física y mental, sin embargo, no tiene el lujo de dársela porque de hacerlo, quién cuidaría de su hija y se haría cargo de los muchos otros asuntos que salen adelante sólo porque ella toma la batuta. Charles es más inclinado a desaparecer excusando su trabajo, pero Linda también tiene un empleo que la absorbe gran parte del día y aún así saca adelante las cosas.

El problema es que todo ese peso sobre sus hombros se ha estado acumulando hasta llevarla a un punto límite. La gente a su alrededor puede contar con Linda, pero ¿ella en quién puede confiar? La doctora que supervisa el caso de su hija le exige estar más pendiente, pero, finalmente, no mira más allá del expediente frente a ella. Las circunstancias particulares de cada familia tienen que entenderse con flexibilidad. Si Linda no puede cumplir con los requisitos del tratamiento que recibe su hija, entonces tiene que buscar alternativas; agradecería más comprensión en lugar de críticas que la hagan sentirse culpable por no poder cumplir con las expectativas que se exigen de ella.

En una reunión con otros padres, la doctora invita a los presentes a desahogarse, subrayando que nada es su culpa, ellos hacen su mejor esfuerzo y a veces ese esfuerzo es insuficiente. Aunque la intención de sus palabras no es totalmente equivocada, es curioso cómo la doctora dice no culpar a los padres, sin embargo, es la primera en reclamar cuando alguien no cumple con los lineamientos al pie de la letra.

En ese sentido, Linda no se equivoca cuando en un arrebato de desesperación insiste que sí es su culpa, de ella y de los demás reunidos ahí, porque su rol como padres y tutores es cuidar, guiar y procurar a sus hijos. Si hay una insuficiencia alimenticia, si no mejoran o no cumplen con los parámetros del tratamiento (la hija de Linda tiene que llegar a cierto peso para poder remover la sonda gástrica), no es algo que dependa de los menores de edad, sino de ellos como adultos atentos a esta responsabilidad.

Para Linda la importancia de hablar con claridad de su papel como padres en la vida de sus hijos es vital, nadie quiere errar o ser señalado, pero tampoco pueden desviar o eludir el compromiso que tienen para con su familia; de eso se trata ser padres. Desde esta perspectiva, zafarse de este deber es como decir que tener hijos es algo circunstancial, como si cuidarlos fuera opcional o velar por ellos fuera algo a lo que le pueden decir que no.

Los padres necesitan prepararse, adaptarse, escuchar y planear. Cada día es un reto y sacar las cosas adelante a pesar de ellos es precisamente lo que implica la crianza. No es por cierto tampoco una responsabilidad ‘de la mujer’ o de la madre sólo porque socialmente esa sea la estructura (conservadora) impuesta. Además, Linda no sólo es madre, es una mujer con muchos otros intereses, inquietudes, necesidades y responsabilidades bajo el brazo.

Si trabaja y cuida a su familia todo el día, ¿cuándo tiene tiempo para ella? Como terapeuta está ahí para sus pacientes, para escucharlos y entenderlos, pero no tiene a nadie que tome este rol en su vida. Tiene un terapeuta propio, al que termina pidiéndole ayuda como amigo y confidente, ya que es su compañero de trabajo, pero esto resulta en un conflicto de intereses que obligan a su colega a terminar la relación médico-paciente, porque, o está ahí para escucharla, o para darle su opinión, no puede ambas ni tampoco puede decirle qué hacer. Linda ansía un compañero, alguien que la oiga, con quien comparta un punto de vista y la acoja en sus momentos de debilidad, desesperación, tensión o preocupación. Su terapeuta no puede ser esa persona; lamentablemente, aparte de él, parece que no hay nadie ahí para Linda, no en casa, no en el trabajo, ni el grupo de padres de familia en la escuela o el hospital, tan inclinados a criticarla por todo lo que no ha podido lograr, en lugar de hacerle notar todo lo que sí. 

Una perspectiva interesante llega en Caroline, una madre que, igual que Linda, quiere proteger a su hijo pero nadie la escucha pidiendo ayuda. Caroline no le ha dicho a su esposo que va a terapia ni se siente capaz de cumplir con las atenciones y el cuidado de un recién nacido. Sólo piensa en los errores que puede cometer como madre, en las decisiones equivocadas que seguramente en algún momento tomará o en las veces que quizá le falle a su bebé, temiendo dejar una huella negativa irreparable o repercusiones impensables. Linda la escucha, pero como terapeuta no puede decirle cómo resolver sus problemas, de los que eventualmente Caroline, sintiéndose impotente, ansiosa, temerosa y poco preparada, comienza a huir, en su momento muy literalmente al dejar a su bebé en la oficina de Linda.

Así como ella, Caroline tiende a centrarse en todo lo negativo, incapaz de ver lo positivo e incluso eventualmente cuestionándose su rol como madre. El punto es que no hay una persona que no se sienta así en algún momento respecto a sus hijos. Caroline necesita tiempo para sí misma como para su bebé, pero su esposo no la apoya y se ve yendo en picada ante la más mínima duda o traspié; que es exactamente como se siente Linda, constantemente preocupada, ansiosa, inquieta, insegura, expectante y nerviosa. La cuestión es, ¿no es así como se sienten los padres gran parte del tiempo, luchando por dar lo mejor a sus hijos, pero sin la certeza de que así sucederá?

Ser un ‘buen’ padre no tiene que ver con resolverlo todo exitosamente, encontrar la perfección o nunca quejarse ni dudar, sino con afrontar los momentos difíciles y aun así sacar adelante a sus hijos, a los que se protege y cuida siempre, pero, eventualmente, hay que dejar ir.

Linda también tiene que entender que no se puede enfrascar en lo que no puede controlar ni esperar que las cosas sean perfectas cuando tal cosa es imposible. La salud de su hija es lo que es, no puede calificarla como un problema o un inconveniente, porque en el fondo es una realidad de vida como todas las otras por las que se atraviesa. El tubo gástrico no va a resolver su situación actual ni mejorará mágicamente sus vidas; con tratamiento o sin tratamiento, el desorden alimenticio está ahí, es real y hay que sobrellevarlo todos los días. Linda ve el tubo como su enemigo y cuando lo remueve le parece enorme, incluso eterno, porque para ella lo es; lo mismo sucede con el hoyo en el techo de su departamento, lo percibe gigantesco y aterrador, lo cual es algo más simbólico que real pues ambas cosas, tubo y hoyo, representan todas sus preocupaciones y fuentes de presión. ¿Son enormes o se sienten enormes? Para Linda lo son, lo interesante aquí es que, para cualquier persona, las vicisitudes de la vida, no importa cuáles sean estas, también pueden sentirse así.

Cuando el techo de su departamento se desploma, su mundo entero hace lo mismo, colapsa en un instante, dejándola sola y rodeada de dificultades. Una vez que Charles regresa y los trabajadores reparan la casa, esto no es más que señal de la realidad misógina de nuestro mundo, que olvida que es ella la que ha estado ahí día a día, constantemente lidiando con todo, resolviendo y afrontándolo todo. Ahora bien, la película no está intentando victimizarla, sino expresando una realidad de vida que atraviesan miles de personas, madres o padres por igual, que crían a sus hijos lo mejor que pueden, entre temores, incertidumbre y las muchas fallas en el sistema, de las que es infructuoso quejarse, porque finalmente hay que sobrellevar y superar.

La audiencia por cierto sólo ve el rostro de la hija de Linda hasta la última escena, en parte porque así evita poner sobre ella una culpa, cuando de lo que se trata es de verla por lo que representa en la vida de la protagonista. En parte también, porque, basándonos en ello, Linda se la había pasado viendo a su hija como un problema, en lugar de por lo que es. “Es la primera vez que Linda puede verla como un ser humano y no como una obligación”, explica Mary Bronstein sobre esta escena. 

La crianza es una carrera constante de obstáculos, retos y sorpresas, lo que significa que también está llena de alegrías, es sólo que, no sólo hay alegrías, como algunos que no miran más allá del espejismo podrían pensar, sino también sinsabores. Ese caos, ese agotamiento, es parte de lo que significa ser padres y la responsabilidad que implica tener y criar hijos. Lo más interesante es que la película habla de esto en general, no sólo respecto a la crianza. “¿Quién no ha sentido que todo el universo está en su contra? Como si estuvieras caminando contra el viento e intentando sobrevivir”, comenta también al respecto Bronstein, reflexionando sobre cómo vivir la vida se traduce en desafíos diarios que nadie quiere ni puede sobrellevar solo, especialmente en los momentos difíciles o en los días más complicados.

Ficha técnica: Si pudiera, te patearía - If I Had Legs I'd Kick You 

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