Vanidad

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

La vanidad fácilmente deriva en arrogancia y presunción; en consecuencia del excesivo amor por uno mismo, el individuo tiende a adjudicarse cualidades que no siempre posee, al grado que ya no sólo pretende apreciación y valoración personal, sino alcanzar atención, elogios y alabanzas de otros para alimentar su ego hasta convertirse en soberbia y narcisismo.

Si bien es normal que busquemos lo mejor para nosotros mismos, no siempre se puede tener todo, ni todo camino para conseguirlo es ético o correcto, especialmente cuando se tiñe de ambición, oportunismo, desprecio, conveniencias, individualismo o traición. Todo lo cual entra en juego cuando hablamos de éxito, bienestar, realización y plenitud, porque conlleva preguntarse qué es realmente lo que valoramos y anhelamos en la vida: ¿lujos, dinero, estabilidad, amor, compañía, reconocimiento o tranquilidad, por ejemplo?

La película Vanidad (EUA-Reino Unido, 2004) no sólo explora este concepto a partir de cómo define a una persona y sus relaciones interpersonales, reflexiona también sobre las diferencias sociales a partir de estatus y poder adquisitivo, la lucha por sobrevivir en una estructura jerárquica excluyente y elitista o la situación económica como elemento determinante en múltiples circunstancias de vida, como matrimonio, educación, vivienda y alimentación, en el esfuerzo interminable por salir adelante a pesar de obstáculos y vicisitudes provocadas por el sistema, incluyendo pobreza, guerra o cánones sociales.

Dirigida por Mira Nair, escrita por Julian Fellowes, Matthew Faulk y Mark Skeet, a partir de la novela homónima de William Makepeace Thackeray, la cinta está protagonizada por Reese Witherspoon, Romola Garai, James Purefoy, Rhys Ifans, Jonathan Rhys Meyers, Gabriel Byrne, Eileen Atkins, Jim Broadbent y Bob Hoskins. La historia se ambienta a principios del siglo XIX en Londres y se centra en Becky Sharp, una huérfana hija de un pintor y una cantante de ópera, profesiones artísticas entendidas como liberales y poco respetables, quien precisamente por el rechazo a partir de prejuicios, desdeña las normas sectarias que la han convertido en paria.

Sin dinero, respaldo o patrocinio de alguien de renombre, o un legado ‘respetable’, prácticamente la única forma como podría encontrar estabilidad es casándose, porque en aquella época esa era de las pocas opciones que tenía una mujer para trazarse un camino, y ni si quiera propio, sino al lado de un hombre. Su intento por hacer pareja con el hermano de su única amiga, la mucho más callada, sumisa y tradicional Amelia, se ve frustrado cuando el prometido de ésta, George, desaconseja el matrimonio, haciendo notar el pasado humilde de Becky, juzgada no por lo que sabe, el tipo de persona que es o las habilidades que pueda demostrar, sino por el nivel socioeconómico al que pertenece y la falta de jerarquía de sus antepasados.

Su otra oportunidad viable para sobrevivir es convertirse en institutriz, donde hace lo necesario por hacerse indispensable para la familia Crawley, con la esperanza de que eso le asegure un hogar y un medio de vida a largo plazo. Ahí se enamora del hijo de su empleador, Rawdon, si bien mucho influye que él sea el heredero de su adinerada tía, de forma que una vez que ésta se traslada a Londres con Becky como dama de compañía, seducida y encantada con su inteligencia, habilidad observadora y astucia mental -a pesar, señalan, de su cuna y educación-, Becky se casa en secreto con Rawdon.

En parte por amor, en parte por conveniencia, más para ella que para él, los prejuicios sociales sin embargo existen y no desaparecen y, por consiguiente, la tía de Rawdon lo deshereda, rechazando el enlace, hecho en secreto, y específicamente a Becky por no proceder de una familia cercana a los círculos de la nobleza. Esto quiere decir, en esencia, que ante los ojos de la alta sociedad, Becky no es nada ni nadie, por lo que el matrimonio no es benéfico sino perjudicial, sobre todo para los Crawley, ahora asociados como familia con una mujer mal vista según los cánones sociales: pobre, trabajadora, hija de dos artistas, criada en un orfanato y sin respaldo económico propio.

Becky nunca podrá estar a la altura de los lujos y riquezas de la clase privilegiada a la que aspira entrar. No tiene una herencia ni capital que la avale, no tiene contactos a su favor ni prospectos para un crecimiento económico-social; entonces, donde opulencia es validación y la clase menos favorecida es tratada con desdén y menosprecio, Becky va a ser siempre considerada como inferior. Ella no se da cuenta que no importa lo que haga o qué tanto se esfuerce, las cosas no van a cambiar, salvo que, por alguna circunstancia imprevista, adquiera riqueza monetaria. Porque en ese contexto jerárquico, tajantemente dividido entre nobles y plebeyos, el sistema está diseñado para que sea casi imposible adentrarse al círculo social de élite; es decir, la posición dentro de la nobleza se hereda y con dificultad, aunque no imposible, alguien podía amasar una fortuna tan vasta como para elevar su estatus comprándose un título.

Una vez que la respuesta para quien quería ascender de estatus era asegurar un matrimonio privilegiado, las personas como Becky eran rápidamente catalogadas como ‘trepadoras sociales’, alguien que busca escalar social y económicamente a partir de apariencias, relaciones interesadas, a conveniencia, convenciendo por medio de engaños, adulación, persuasión y alarde. Alguien que, por tanto, nunca será visto como un igual, porque, ante los ojos de esta élite, se ha insertado en una esfera a la que no pertenece.

El arma de Becky es afianzarse a sus cartas fuertes y conquistar con su personalidad e ingenio, ya que esto, por lo que ha visto, atrae a las personas; seducción y persuasión son su distintivo. Sin embargo, los favores que consigue sólo alcanzan hasta cierto punto; para la tía de Rawdon, por ejemplo, las cualidades de Becky la hacen idónea para entretenerla o para estar a su servicio, pero no para medirse como su igual y menos para casarse con su heredero. La anciana la invita a su casa para que la divierta, le cuente cosas, cotilleen y comparta ideas con alguien con el suficiente nivel de cultura, conocimiento y opinión crítica. Pero la sociedad en la que viven no valora lo que Becky sabe sino cuál es su posición social de origen, así que sus cualidades le permiten sobresalir, pero no lo suficiente como para ser bienvenida o respetada. 

La capacidad para sobrevivir aquí recae en qué tan ingenioso se es para manipular e influir con sutileza, intercambiar favores, pedir mucho pero dar poco. Becky es bastante capaz para esto, con lo que no contaba es que ella no es la única con estas mañas. Lo curioso es que aun sabiendo que no hay manera de escapar a estos prejuicios convertidos en la norma social, Becky busca independencia. La pregunta es si puede realmente encontrarla en un ambiente histórico que limita sus oportunidades, tanto por discriminación de género como de clase social. 

Consigue libertad y autonomía hasta cierto nivel al tener que valerse durante muchos años por sí sola, primero como institutriz, luego como la esposa de un militar que sobrevive con lo poco que tiene, endeudada y rechazada, pero esquivando carencias significativas, ignorando desprecios y esperando, con cierto orgullo, que su suerte cambie. Al verse obligada a sobrevivir cuesta arriba e incluso a conformarse, Becky también aprende las normas implícitas bajo las que vive la clase burguesa dominante: exclusividad, dinero, acuerdos, negocios, caretas, oportunismo y pretensión. 

Al principio, cuando se enamora de Rawdon, esto parece lo único importante, por encima del deseo de ascender socialmente, pero, en algún momento, el amor deja de ser relevante. Influye que sus difíciles condiciones socioeconómicas la regresan a una vida de carencias, toda vez que la familia de su esposo les da la espalda debido al engaño orquestado (el cortejo, más bien seducción, que tuvo lugar entre sombras y caprichos) y la subsecuente impulsiva decisión de casarse en secreto, que socialmente representa un escándalo en sí mismo, porque desafía el orden de las reglas aceptadas, resultando en un matrimonio que no eleva el estatus del apellido Crawley, más bien lo rebaja. 

Rechazada, despreciada, harta de ser tratada como insignificante por su linaje, su familia o su esposo y catalogada como vividora, Becky no encuentra más que optar por una actitud arrogante, prepotente, banal, falsa y, claro, vanidosa, a fin de abrirse nuevas oportunidades con astucia, seducción y caretas, notando el mérito que hay en lograr esto ante las adversidades del contexto. Sus métodos no serán ideales, pero no cualquiera es capaz de hacerlo; en su caso tomando en cuenta que carga con un esposo que es realmente inepto, que vive de los demás. Rawdon no es el hijo mayor, así que no recibirá nada una vez que su padre muera: ni su título ni dinero ni casa. Además es un apostador, por ende, no aporta nada y más bien se la pasa limosneando y luego malgastando dinero que no es suyo, esperanzado en que Becky resuelva las cosas por ambos.

Siempre en busca de más, idóneamente estatus, riquezas, prestigio y poder, Becky hará todo por conseguirlo, incluso si esto representa venderse a sí misma. Lo que inevitablemente hace una vez que se gana el favor de su vecino, el Marqués de Steyne, quien, gracias a su renombre entre la burguesía, obliga a que otros, comenzando por su esposa y nueras, le abran camino a Becky con un gesto de aceptación que se extienda en todas direcciones.

No obstante, el Marqués quiere exactamente lo que la tía de Rawdon quería: entretenimiento a expensas de Becky. En el caso de él, además, con favores sexuales sugeridos en el acuerdo. El Marqués paga las deudas de Becky y de su esposo, envía a su hijo a una escuela privada y provee todo lo que ella necesita para encajar, en apariencia, en sociedad: atuendos, joyas, accesorios, relaciones y demás; a cambio, Becky se vuelve un objeto decorativo, sexualizado y trivializado, que baila cuando le piden bailar, canta cuando le sugieren cantar y habla cuando la incluyen en conversaciones. Como consecuencia los hombres la alaban, buscan, desean y adoran, mientras las mujeres la rechazan, desprecian, castigan y apartan, pues Becky se ha convertido en un títere que recalca la forma como un hombre puede denigrar a su antojo a una mujer.

La trágica ironía es que así Becky se aleja de toda oportunidad de libertad para, por el contrario, convertirse en esclava de alguien, presa de sus antojos y a merced de sus órdenes. En lugar de ganarse el respeto de la gente, se vuelve la burla de una clase social que no ha dejado de percibirla como irrelevante y desechable.

Lo significativo es que esa sociedad del siglo XIX tiene muchos paralelismos con la actual, toda vez que ambas se mueven alrededor de la superficialidad humana, las apariencias y la vanidad, donde importa más la fachada que la sustancia, aplicado a las cosas, situaciones y personas, en donde ambición y dinero corrompen todo y la estabilidad, éxito, felicidad o realización se ligan a una jerarquía de clase social.

Ni Rawdon, ni el Marqués, ni George, ni Amelia ni Becky misma son capaces de huir de una actitud interesada y en la que se ignora lo correcto, lo ético y lo honorable, con tal de sacar algún beneficio. A veces la situación los obliga, por ejemplo, circunstancias externas y extremas como la guerra; en otras, sus intereses, narcisismo o propia supervivencia es más apremiante que las convicciones o su moral. Todos también en algún punto se mueven atraídos por la deslumbrante soltura que proporciona el dinero, a pesar de la presión de cargar con lo que su posición social puede significar, incluyendo sacrificios y obligaciones con las que no siempre se sienten cómodos.

Becky viene de la nada y a pesar de ello se adentra en una sociedad que disfruta de su presunción y arrogancia, porque a fin de cuentas ella refleja lo que ellos son. No pretende ser honorable, porque el círculo social con el que coquetea tampoco lo es. Y así como Becky hay muchas personas que hacen exactamente lo mismo. Después de todo el título original del relato se traduce como ‘la feria de las vanidades’, frase que a su vez describe frivolidad, superficialidad, alarde y ostentación.

Así que al parecer nunca dejará de haber quien viva, explote o se afiance de otros para escalar, destacar o sobrevivir, por mucho que ello los haga egocéntricos, banales, desleales y codiciosos. La pregunta es qué tanto lo aceptamos si a cambio ganamos reconocimiento, bienes materiales, aplausos o validación, en un mundo tan acostumbrado a vanagloriar a ciertos grupos y personas sólo por su jerarquía y a explotar, o aprovecharse, de los demás, por la misma razón. Si la vanidad puede verse y volverse costumbre, necesidad, gusto, apreciación, inseguridad o supervivencia, ¿es defecto o una virtud? ¿Puede ser debilidad o podría convertirse en fortaleza? ¿Hasta dónde los principios morales son ignorados en una sociedad egocéntrica que funciona con base en el dinero, la riqueza y su ostentación?

Ficha técnica: Vanidad - Vanity Fair 

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