
El tiempo lo es todo, e importa por el papel que juega en la vida, no sólo humana sino del universo. Nos permite entender el mundo, nuestra existencia y trascendencia, lo que vivimos, pensamos y hacemos, cómo cambia y se mueve todo a nuestro alrededor o cómo percibimos pasado, presente y futuro tanto en nosotros mismos como en las cosas.
También transforma nuestras ideas, pensamientos, sueños y metas, en esencia, porque el tiempo nos cambia; no vemos la vida igual hoy que ayer o mañana y, por ende, influye en nuestro entendimiento de conceptos como amor, fracaso, belleza, éxito, crecimiento, dolor, vida o muerte, entre muchos otros más.
Así, por un lado, es una unidad de medición que cuantifica y ordena magnitud, duración y separación de secuencias de hechos o acontecimientos. Por el otro, desde una mirada más filosófica, el tiempo está relacionado con la existencia, movimiento, memoria, posibilidad, orden, dimensión y perspectiva. Es lo que le da sentido a todo, precisamente porque nos permite ser conscientes de nuestro existir y temporalidad en una eternidad que no es lineal ni podemos contener o encapsular.
Esto es parte de lo que se reflexiona en la película Viejos (EUA, 2021), escrita y dirigida por M. Night Shyamalan y protagoniza por Gael García Bernal, Vicky Krieps, Rufus Sewell, Alex Wolff, Thomasin McKenzie, Abbey Lee, Nikki Amuka-Bird, Ken Leung, Eliza Scanlen, Aaron Pierre, Embeth Davidtz y Emun Elliott.
Su narrativa está primariamente construida en el suspenso y el drama y trata de un puñado de personajes, todos hospedados en un mismo hotel, que son invitados a pasar el día en una playa donde les prometen relajación y descanso. Sin embargo, en cuanto llegan y aparece un cadáver, van dándose cuenta que no están ahí ni por casualidad ni por iniciativa propia. Fueron seleccionados prácticamente sin que se dieran cuenta, aislados a propósito y retenidos por una fuerza sobrenatural que no les permite cruzar más allá del perímetro inmediato.
Sus sospechas de que hay algo inusual se confirman cuando los tres niños presentes crecen de un instante a otro, tomándoles minutos lo que deberían haber cambiado en años. Deducen entonces que el tiempo en esta playa no transcurre igual o, más bien, que las células de su cuerpo se mueven tan apresuradamente que envejecen un año en apenas media hora, lo que significa que la mayoría de ellos estará muerto para cuando se ponga el sol.
No hay forma de contactar con el exterior, pedir ayuda o escapar, sea por agua o por tierra, además de que, aparentemente, no hay forma de evitar el destino que les depara: su muerte. Una realidad que, notoriamente, nos depara a todos los seres vivos por igual; la diferencia es que aquí se ha acelerado.
Con el misterio como motor narrativo, lo que el argumento y desarrollo proponen son reflexiones relacionadas con cómo vivimos la vida en función de algo tan simple como las horas, minutos y segundos. El planteamiento es más análogo que literal, porque si bien la ficción crea un conflicto dramático al colocar a los personajes en busca de una solución para su supervivencia a contrarreloj, de lo que habla es de cómo el tiempo nos da una perspectiva de vida que inevitablemente cambia.
Parte de lo que nos hace humanos es nuestra mortalidad; saber que hay un principio y un fin hace que le demos valor a cada momento de forma única, dependiendo de muchas variables no siempre constantes. En la película, por ejemplo, niños, adultos y ancianos ven el día a día de forma distinta porque sus experiencias y decisiones de vida han sido muy diferentes según sus propias circunstancias. Trabajo, ocio, salud, dinero, compromiso o responsabilidades tienen significados diferentes conforme nuestra edad y contexto.
A propósito de ello, en una escena muy simbólica, los más pequeños entablan amistad y a partir de ello se juran compañerismo ‘para toda la vida’; viviremos, jugaremos y moriremos juntos, se dicen entre sí, porque así percibe su mente infantil el mundo por venir, como una posibilidad sin limitaciones ni repercusiones ni obstáculos. Para cualquier niño la idea de una promesa ‘para siempre’ es real, no imposible, porque su mundo entero se limita a un círculo pequeño que no puede dimensionar más allá de su burbuja. Crecer implica madurar y para madurar se necesita tiempo.
Efectivamente, para los adultos, en contraste, el futuro representa más un reto que una expectativa, porque muchas otras cosas entran en juego. Prisca, la madre de dos de los niños que visitan la playa, les insiste, camino a hospedarse, que disfruten del momento y vivan el ahora; que miren hacia fuera desde la ventana del auto y se maravillen con lo que hay a su alrededor, sin quejarse por lo que no están haciendo, sino más bien aprovechando y gozando lo que sí. Irónicamente, mientras les dice esto, ella misma está secretamente trabajando a distancia, mirando su tableta en lugar del paisaje por donde transitan, priorizando una gama de cosas que para ella son en ese momento imprescindibles u obligatorias.
Ahora bien, el dilema aquí es que la dicotomía es muy propia del mundo actual y no exclusivamente para el adulto. Prisca tiene que trabajar y ganarse un salario para sobrevivir. E idealmente en su tiempo libre puede pausar todas esas actividades laborales que tiene por cumplir. Sin embargo, una vez que como sociedad priorizamos productividad, rendimiento y rentabilidad, qué pasa cuando, tal como le sucede a Prisca, hasta su tiempo de descanso y reposo se ve interrumpido por obligaciones de otra índole que le exigen respuestas inmediatas. Tiene que trabajar mientras está de vacaciones, porque de lo contrario, pierde el empleo que paradójicamente le permite costearse esas vacaciones y el salario que hace posible su supervivencia y modo de vida.
Esta contradicción es sólo la punta del iceberg. Cuántas personas no usan sus días de descanso para cubrir otras exigencias y necesidades propias de la vida, como reabastecer su despensa, cumplir con sus citas médicas o realizar trámites burocráticos. Si el tiempo libre también se usa para ‘hacer algo’, cuándo ejercemos nuestro derecho a no hacer nada.
Una frase popular dice que ‘el tiempo pasa en un abrir y cerrar de ojos’, lo que habla de la rapidez con que a veces se mueve el mundo, algo que, por cierto, se ha acelerado con las nuevas tecnologías. A veces para bien, pues los trámites en línea técnica y teóricamente sirven para agilizar procesos, a veces para mal, considerando que la vida acelerada, llena de estímulos, nos empuja a consumir bienes y momentos, en lugar de vivirlos, respirarlos y sentirlos.
Cuando Prisca y su esposo Guy descubren que sus hijos han crecido de un momento a otro, esa frase que ella les dice al principio de la película sobre valorar cada instante y apreciar el presente, toma más fuerza. Voltear y ver que los niños han crecido sin que se den cuenta es una alegoría que hace referencia a las personas que se pierden de tantas cosas (importantes) por estar centradas en otras muy distintas (menos importantes). Padres, por ejemplo, tan enfocados en su trabajo u otras prioridades que en su momento creen relevantes o vitales, que no disfrutan de los tantos otros momentos igual o más significativos, como lo es ver a sus hijos crecer.
En efecto, esto sucede porque a lo largo de nuestra vida priorizamos diferentes cosas según contexto, tiempo y circunstancias, de forma que lo importante hoy, puede no importar mañana y viceversa. El análisis no se limita a familias, padres e hijos; lo que el filme en el fondo pregunta es cómo podemos ver la vida pasar frente a nuestros ojos si no tomamos consciencia de nuestra propia existencia; si trabajamos tanto que no disfrutamos la recompensa por nuestro esfuerzo, si miramos tan insistentemente pantallas que olvidamos relacionarnos con las personas en nuestro entorno, si dejamos todo para mañana, hasta que el mañana nunca llega.
En la película, aquello que cada personaje prioriza más que nada en el mundo, cambia radicalmente cuando su perspectiva del tiempo también lo hace. Vivir 2 años enteros en el lapso de una hora significa muchas vivencias perdidas, oportunidades desperdiciadas, futuros deseados que nunca se concretan, e instantes que desaparecen o se olvidan, casi tan rápido como suceden.
En esencia, el sentido de la vida cambia conforme nuestra mortalidad toma otro significado. ¿Qué haríamos si supiéramos que tenemos los días contamos? ¿Cómo se modifica la visión de vida para quien tiene una enfermedad terminal? ¿Qué pierde valor y qué lo gana cuando entendemos que cualquier instante puede ser el último de nuestra vida?
Saber que no habrá un mañana obliga, a los personajes del filme, a repasar sus decisiones de vida. Sus preocupaciones inmediatas, como el dinero, la belleza, el reconocimiento, su carrera profesional o los problemas matrimoniales, dejan de tener peso, hasta desaparecer una vez que queda claro que, para ellos, ya no habrá un mañana. Todo el tiempo invertido en enojarse, reclamarse, exigir y sacrificar, queda enterrado, haciéndoles sopesar porqué invirtieron tanto (tiempo incluido), en algo que nunca fue realmente tan relevante como pensaban. De qué sirve el éxito, la fama o la gracia física, ante la inminente muerte, que inevitablemente nos llega a todos. Cuánto tiempo perdido en algo que, al final, es intrascendente.
Prisca y Guy, por ejemplo, antes de llegar a la playa discuten sobre su matrimonio y cómo la enfermedad de ella cambiaría las dinámicas familiares. Una vez que son conscientes de su inevitable final, ellos mismos confiesan que esas discusiones ahora se les hacen insignificantes y absurdas, frente a cosas que de pronto adquieren mayor valor. Para qué pelear, cuando podrían haber usado ese valioso tiempo en algo amable y trascendente, como amar, convivir y disfrutar.
Otro ejemplo está en Sedán, un artista reconocido, para quien la fama que hasta entonces gozaba, en su calidad de celebridad, pasa a segundo plano luego de descubrir que padece una enfermedad grave. El dinero, los lujos, los excesos son eclipsados por la perspectiva de un futuro muy diferente y breve. Ahora, en esta playa, todo eso también sobra; lo que le queda, como a los otros, es apreciar lo que aún tiene.
Por su parte, para Chrystal, una joven que cuida en exceso su imagen y belleza, saber que todo lo que atesora puede desaparecer en cuanto termine el día, es una realidad que pesa. No esperaba envejecer tan pronto, creía que tenía tiempo para cuidar, más bien prevenir el deterioro de sus huesos, producto de un padecimiento que afecta sus niveles de calcio, y había dejado para mañana muchas cosas en favor de la superficialidad de su imagen exterior. Así que, cuando ese exterior es removido de la ecuación, entra en conflicto, añorando algo que el tiempo mismo le ha arrebatado de las manos.
Cuando la inevitabilidad de la muerte se ve más cercana que lejana, los personajes se ven forzados a enfrentar el miedo a envejecer y el temor a ver la vida pasar de una forma tan mundana como insignificante, por lo rápido que sucede. Es imposible sanar, evolucionar o conocer y vivir cosas nuevas, porque el tiempo en sí mismo se agota aceleradamente. Y esto también se traduce en ver la decadencia de su cuerpo, salud y vida correr a un ritmo apresurado en medio de una impotencia por no poder hacer nada para evitarlo. ¿No es esa la vida misma para el resto de nosotros? De forma que no se trata de frenar el tiempo, sino de aprender a vivirlo, disfrutarlo, de hacer que valga la pena cada instante.
Finalmente, la película también plantea relevantes cuestiones éticas, a veces ignoradas, alrededor de la experimentación científica. El sacrificio de unos cuantos en favor del resto de la humanidad. ¿Justificado o poco ético? Aquí, un grupo de científicos de una compañía farmacéutica que conoce bien lo que sucede en la playa, envía adrede a personas enfermas para probar medicamentos que les administraron en secreto. Los ensayos clínicos podrían tomar años; en la playa, los resultados favorables o desfavorables se conocen en un solo día.
La justificación tras la que se esconden sus acciones recae en que se convencen que hacen un mal necesario, porque, por muy inmoral que resulten, permite aterrizar la funcionalidad y viabilidad de medicamentos y tratamientos que más tarde puedan ayudar a miles personas; sin olvidar, claro, lo redituable que para la empresa significaría esto.
Se trata pues de una actitud arrogante de parte del humano que juega a ser Dios, el que espera resultados al instante sin la paciencia del proceso de adaptación, desafiando las leyes de la naturaleza por el mero deseo de manipularlas a su antojo. Sin embargo, controlar el tiempo es un imposible que el humano ha anhelado por miles de años. Es una búsqueda desesperada por frenar enfermedades, detener la muerte, conservar la juventud y ser testigos de todo lo que algún día vaya a ocurrir. Irónicamente, así como el tiempo nos da espacio, vivencias y posibilidades, también crea limitantes, restricciones y obstáculos.
Así como el pasado recolecta las experiencias que nos forman, el futuro nos invita a planear, crear, imaginar, construir y transformar. Lo importante es no perder de vista el punto en que convergen pasado, presente y futuro, porque si nos perdemos en el laberinto del ayer o del mañana, el peligro es que olvidemos vivir el presente. Pero también, si vivimos el presente sin perspectiva y memoria histórica, el riesgo es vivir en lo inmediato, superficial y banalidades sin fin.
Ficha técnica: Viejos - Old