Los agentes del destino

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Los agentes del destino

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 14 de abril de 2011

La semana pasada, al hacerle la parada al camión, no sólo uno sino dos conductores decidieron ignorarme, lo que no sólo hizo que tuviera que esperar otro camión sino que también provocó que llegara tarde a mi destino, pero después de haber visto Los agentes del destino (EUA, 2011) me pregunto si aquello se trató de un “ajuste” para acomodar mi “plan” o si se trató de una mera casualidad, algo que simplemente pasó.

De acuerdo con esta película, existen agentes encargados de escribir y delinear nuestra vida para lograr orden en la humanidad. El trabajo de estas “personas” es vigilar que esos lineamientos, previamente escritos en un plan maestro, se cumplan; pero mientras la mayoría de las personas sigue su camino, otros luchan contra corriente para alcanzar sus ideales. En este caso Elise (Emily Blunt) y David (Matt Damon) pondrán a prueba una relación imposible y no destinada a ser, o por lo menos  así será hasta que David entienda la situación, las consecuencias, las posibilidades, y tome una decisión.

Una historia de amor con cierto toque de misterio y ciencia ficción cuya base está bien solidificada. Tomemos en cuenta que el guión está basado en la historia corta del escritor Philip K. Dick, autor de otros títulos como Minority Report (EUA, 2002) o Blade Runner (EUA-Hong Kong, 1982); la premisa básica funciona, pero el desarrollo de la misma se ve caracterizado por embrollos y nudos que quedan al aire en áreas de historia y personajes.

Cuando las personas no saben por qué hacen lo que hacen es culpa del desarrollo de personajes y, en esta película, muchas veces no sabemos la intención ni motivación de los protagonistas.

En una entrevista Blunt y Damon hablaban sobre la importancia de las escenas entre ambos, en especial las de principio de la película, porque ahí está  la base de la relación entre ambos, para que el espectador se embarque en el viaje y entienda la conexión entre los personajes. El problema no recae en la historia de amor, o en la química entre los actores, sino en su pasado; ¿por qué dejar todo por amor cuando no sabes qué es ese todo? No sabemos los verdaderos deseos e ilusiones de Elise ni comprendemos el móvil y trascendencia de la carrera de David, por tanto, no nos interesa otra cosa que no sea el final feliz, lo que contradice a toda la película.

El mensaje esencial es que las personas son lo que quieren ser, que tomamos nuestras propias decisiones, que tenemos libre albedrío y con ello tomamos responsabilidades y consecuencias porque ello nos hace humanos; así que mi principal molestia y decepción recae en el final de la película (el cual por cierto, por lo que he leído, no era el final original que se tenía planeado) y su sinsentido ante un conservadurismo que básicamente dice: Existe un todopoderoso que escribe nuestro destino, pero al final con la fortaleza necesaria la gente puede rebelarse y ser libre, eso claro si dejamos que el destino siga haciendo su trabajo con el resto de los no-rebeldes.

Ante esa moraleja pensé que entonces la película tiene un mensaje que rompe con lo que me intentó decir por una hora y media y que, una vez más, el amor lo salva todo. Así que, si finalmente  quien escribe mi destino es tan inseguro, indeciso e inflexible como yo y como la vida misma, entonces al parecer todo es y debería ser un caos, de donde, supongo, lo “correcto” es aceptar que tu vida transcurra como está en tu destino. Un mensaje enajenador, inmovilizante y defensor del status quo.

Los agentes del destino es un buen intento de y para salir de la caja, para salir de aquellas producciones aburridas que nos venden conceptos pobres. Nos encontramos ante una historia interesante, buena para pasar el rato. Su mayor atributo es el tratamiento de posibilidades que, nos explican, tenemos en  la vida, pero sus contradicciones, predisposiciones y clichés la hacen caer en el más puro cine hollywoodense tieso y seco, al contrario de lo que la película predica. El mismo concepto aplica para cada detalle de la misma, comenzando porque lo que desata todo el meollo del asunto es una vez más una casualidad de la vida, un error de hombre. Si la idea es que cada acción crea una reacción, ¿por qué no seguir con esa línea?

Lo cierto es que salí del cine pensando en el destino, la fe, la libertad, las decisiones. Y si cada cinéfilo sale reflexionando sobre su proyecto de vida, entonces aplaudiré la película; aunque creo que nos encontramos ante un filme al que le falta algo que nos convenza y amarre, un giro que logre superar su contenido profundamente conservador. Yo digo véala, pero al final es su decisión (a menos que su agente del destino se lo impida, porque no es parte del plan).

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