Grandiosas Hepburn

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Grandiosas Hepburn

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 01 de septiembre de 2011

Es común escuchar la palabra “diva” para referirse a personalidades famosas, extravagantes y exclusivas;  por ello, ni Katharine ni Audrey Hepburn son divas estrictamente hablando. Su trascendencia, su trabajo, su personalidad van más allá del reconocimiento de popularidad. Dos personajes muy diferentes pero cuya huella en el mundo del cine es símbolo de talento, de dedicación, de pasión, de profesionalismo y de completa disciplina.

Katharine Houghton Hepburn (12 de Mayo, 1907 – 29 de Junio, 2003) fue de aquellas mujeres de personalidad fuerte que no dejaba que se le dijera lo que tenía que hacer. Se desenvolvió en el cine con gran maestría, personificando por lo general a personajes de mujeres decididas e independientes en una época en la que muchos de los papeles femeninos estaban destinados a ser, de alguna u otra forma, damiselas en peligro.

Si se encontraba al lado de productores y actores que entendieran su punto de vista, el proyecto corría sin altibajos, pero de lo contrario, no dudaba en expresar su opinión o descontento. Ello no limitó su gran capacidad como actriz, misma que despertó la admiración y respecto de Hollywood; prueba de ello fueron los numerosos galardones que recibió a lo largo de su carrera, además de la amistad de actores, directores y productores de su tiempo y de la admiración de generaciones venideras. Para el público en general siempre estarán sus películas más representativas como Historias de Filadelfia (EUA, 1940), La reina de África (Reino Unido, 1951) o Adivina quién viene a cenar (EUA, 1967) como ejemplo y testimonio de su fortaleza en pantalla.

De Katharine Hepburn se puede destacar su fuerza, sus marcados rasgos, su firme voz y peculiar acento, su relación con Spencer Tracy, e incluso, su moda alejada de los vestidos tradicionales de la época. Pero más allá de todo ello, se encuentra una mujer que dio paso a la voz femenina dentro de la industria cinematográfica, al papel activo de los actores dentro de los proyectos y a la vocación que esta profesión debe profesar.

Por otro lado se encuentra Audrey Kathleen Hepburn-Ruston (4 de Mayo, 1929 – 20 de Enero, 1993) una mujer con encanto, elegancia, carisma y delicadeza, que combinados con su sencillez frente a la cámara, atrajo el interés de los productores para trabajar con ella y del público por verla en pantalla.

Audrey Hepburn siempre fue de aquellas mujeres que vieron la vida con optimismo y pasión. Entrenada como bailarina desde pequeña, incursionó en el mundo del cine y el teatro después de una infancia aún atormentada por el movimiento Nazi, en lucha perenne por seguir adelante, acudiendo a círculos de baile y de modelaje. Estas disciplinas le dieron gracia, disciplina y madurez, mismas que supo trasladar en pantalla a sus papeles cinematográficos.

Productores y directores la eligieron para grandes proyectos en una época en la cual los nombres y las estrellas del cine eran el mayor atractivo de las películas. Así se forjó una carrera de éxitos, dentro de los que destacan Vacaciones en Roma (EUA-Italia, 1953), Sabrina (EUA, 1954), Diamantes para el desayuno (EUA, 1961) o Mi bella dama (EUA, 1964).

A pesar de su elegancia, fue su estilo más casual y natural el que la caracterizó y la llevó al estrellato. Es su accesibilidad y buen humor lo que la hacían tan agradable; características que se demuestran en su largas labores humanitarias y de apoyo social, mismas que fueron su prioridad después de la época de los sesenta, años en los que se alejó de la pantalla grande.

Si bien estas dos mujeres no se encuentran relacionadas entre sí (Hepburn es el apellido de la abuela materna de Audrey), ambas fueron y serán ejemplo de grandes damas. Dentro del cine su carrera estará siempre al alcance de los seguidores, una carrera que demuestra que los papeles femeninos son complejos, completos y de gran importancia, cuya voz y relevancia en la historia va más allá que el decorativo y complemento visual. Dentro de su legado en la sociedad y en la historia, su porte y gran presencia demuestran que los buenos modales y una voz propia son esenciales para sobresalir y trascender en un mundo al que hace falta originalidad y frescura.

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