La confesión

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La confesión

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 16 de abril de 2015
Cine, La Confesión
La confesión

Presión, engaño, mentiras y falsedades. Costa Gavras dirige este proyecto que habla tanto de las injusticias como del abuso del poder; la implantación de ideas, de evidencia y la tortura humana  llevan a las personas a declararse (e incluso creerse) culpables de lo que, sin fundamento, se les acusa.

Ambientada en la época del Estalinismo, en Checoslovaquia, una serie de miembros del Partido Comunista son encarcelados por sus propios compañeros, acusados de promover el trotskismo y de ser espías para el gobierno de Estados Unidos; entre ellos está Artur London, quien más tarde, y ya en libertad, se encuentra con uno de los encargados de su arresto y tortura, sólo para entender que las excusas de éste y las razones reales por las que todo sucedió son causa del miedo, la presión y la falta de entendimiento de lo que significa el poder, el liderazgo y la solidaridad. Instrumentos y victimas del mecanismo de represión desatado en busca de una falsa pureza ideológica que lleva a inventar traiciones para justificar anhelos de poder hegemónico.

La Confesión (Francia-Italia, 1970) trata precisamente del proceso de tortura y crueldades físicas y mentales por el que los acusados pasan con el fin de forzarlos a declarase culpables; sus reuniones y labor a favor del partido, previo al arresto, es información utilizada en contra de ellos, manipulada a modo que parezca que, por ejemplo, haber recibido dinero para una operación política sea un acto de traición por haber sido recibido de otro miembro también acusado de espía.

“Emplearemos todos los medios”, dice una de las principales figuras a cargo de forzar confesiones, incluyendo, desde luego la tortura; y así es como ellos operan, haciéndoles creer a los injustamente acusados cosas que no son ciertas, amenazando su vida, teniéndolos sin comida y sin dormir por largos periodos de tiempo, presionando su estado físico y su percepción de la realidad, todo con el fin de implantar crímenes imaginarios en la mente de estas personas, hasta que ellos mismos se convencen de que son ciertos.

El ejemplo presentado en la historia demuestra la debilidad presente dentro de un círculo u organización de poder; las conveniencias de algunos provocan la represión hacia otros y la gente crítica, la débil de carácter o la fácil de manipular es el primer blanco de estas personas.

El escenario demuestra, no los errores de pensamiento de un partido, sino la forma en la que se corrompe así mismo cuando pierde perspectiva, cuando desespera de obtener resultados ante el levantamiento de otro tipo de movimientos sociales, cuando se busca culpables antes que aprovechar fuerzas y oportunidades; la superioridad de poder y el miedo a perderlo, la inestabilidad interna resultado de un totalitarismo que desemboca en técnicas extremas de engaño, manipulación, tortura y control.

“Los héroes de antes, ahora son traidores”, reflexiona un compañero de trabajo de la esposa de Artur, quien tras la captura de su esposo se ha quedado sin nada, despojada de su casa y bajo la sugerencia (amenaza) del partido de que emigre a Francia. La lógica del hombre es que si los principios por los que se regía su partido, en los  que creía y compartía, se han corrompido, la legitimidad y futuro de él, de su partido y del país son inciertos. Su deseo de claudicar es una más de las consecuencias de los hechos; en contraposición con la fuerte lealtad de muchos otros miembros que siguen convencidos que el partido no se equivoca. Se aprecia aquí la enajenación ideológica que lleva a asignar cualidades semireligiosas o atributos divinos a una organización social (el partido) que constriñe al ciudadano y al militante a una función de simple transmisor de la “voluntad” colectiva encarnada precisamente por el partido.

Artur señala que incluso cuando sus captores fueron a su vez acusados y sentenciados, la eventual libertad de éstos fue inminente. Al final los autores intelectuales de los crímenes cometidos nunca fueron juzgados y el partido se vio debilitado, corriendo difamaciones alrededor y en relación a éste (la gente dejó de creer); sin embargo lo peores consecuencias no son esas, sino que el partido pierde terreno, poder, credibilidad y legitimidad por movimientos de poder exteriores interesados en promover un sistema económico político distinto al socialismo. Hay un trabajo interno lleno de corrupción dentro de la agrupación política, de delación de camaradas y amigos, de simulación de justicia legal, de engaños y traiciones, hasta la tortura para forzar confesiones inventadas, como presenta la película, pero ello no la excluye de ser blanco fácil (al contrario, lo acrecienta) del resto de las luchas por el poder que otras naciones, otros pensadores y otros líderes planean simultáneamente.

La historia es un reflejo (e incluso condena) del totalitarismo y autoritarismo de un régimen inflexible: un Estalinismo diseñado para acelerar un tipo de gobierno y organización social, que, en su afán de triunfar, ignoró las cualidades humanas de quienes lucharon, incluso con las armas en la mano, para dar cauce a una sociedad basada en la solidaridad y el bien común, por el contrario, se convirtió en un sistema burocrático, autoritario y represor con violencia exagerada, demostrada en la historia a través de las vivencias de Artur London y del resto de sus camaradas de partido.

El guión, escrito por Jorge Semprún, se basa en el libro escrito por Lise y Artur London, (militantes comunistas, miembros de las brigadas internacionales y él alto funcionario del gobierno y del partido comunista de Checoslovaquia) en el que se narran las experiencias durante la captura y juicio de Artur en el llamado Proceso de Praga, en Checoslovaquia durante 1952.

Ficha técnica: La Confesión

Cine, La Confesión, 3,552 lecturas.

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