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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 19 de noviembre de 2015
Cine, Ikiru, vivir
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La existencia del hombre se ha visto rodeada de preguntas filosóficas afines a su propósito en la vida; una serie de cuestionamientos que hablan de la capacidad de razonamiento del ser humano, dando pie al análisis de su existir y su trascendencia, de su pasado, presente y futuro por igual. Reflexiones variadas y hasta cambiantes que han fungido como base de corrientes de pensamiento, teorías y doctrinas. Una pregunta que, estrictamente, no tiene una respuesta única.

Este proyecto de Akira Kurosawa invita a reflexionar sobre la problemática existencial. Ikiru – Vivir (Japón, 1952), trata de la vida de un hombre (Takashi Shimura) con una vida monótona, inmerso en el mundo burocrático del gobierno en donde trabaja, quien se entera que tiene cáncer en el estómago y pocos meses de vida. De las pocas personas cercanas a quienes intenta decirles su condición sólo recibe demostraciones de avaricia, desprecio o menosprecio, por lo que finalmente decide mantener la información en secreto. Al principio intenta digerir lo que le sucederá y se muestra molesto consigo mismo por haber perdido tanto tiempo y tantos años haciendo cosas que no le interesaban, en un trabajo de escritorio que no le gusta y sacrificándolo todo por su hijo, tras la muerte de su esposa, hasta que, finalmente, la convivencia con algunos personajes, ajenos a su círculo cotidiano, le hace darse cuenta que necesita algo que lo haga sentirse feliz, útil, trascendente, decidiendo tomar como proyecto propio resolver un problema de un grupo de ciudadanos, quienes se quejan de un estancamiento de agua en su zona de vivienda. El hombre toma la decisión de hacer de la ayuda algo significativo: construir un parque, una labor que obliga a trámites burocráticos, a brincar de departamento en departamento, hasta poder lograrse.

Lo que pudo convertirse en una historia triste del fin de una vida, la tragedia de una muerte inminente, se mueve hacia una dirección más trascendental, hacia el terreno de la reflexión, gracias a un discurso propositivo. No es la decadencia de un enfermo lo que importa, sino su contexto y la forma en que aquellos ambientes lo llevan al punto en el que se encuentra. El protagonista no tiene ni disposición ni iniciativa en su trabajo, (al decir de sus compañeros) y no sólo porque su personalidad sea pasiva, más bien porque el sistema en el que vive así lo dictamina, lo condiciona.

Para entenderlo hace falta encontrar los puntos de conexión cíclicos entre la primera y la última secuencia de la película. Un grupo de mujeres, al inicio de la historia, a nombre de los que viven en el mismo barrio que ellas, tratan de resolver su problema de espacios públicos, siendo enviadas de departamento en departamento sin ninguna respuesta, una institución gubernamental que no las ayuda y sólo las mantiene dando vueltas. La burocracia retratada con objetiva crudeza en donde la ineficiencia y la sobrerregulación imperan sobre las necesidades humanas. Es una combinación entre que nadie puede hacer nada, que nadie quiere hacer algo y que nadie está dispuesto a intentarlo. La enajenación que genera el sistema capitalista sumiendo al individuo en apatía, indiferencia, conformismo y egoísmo.

Algo parecido se advierte hacia el final de la película; irónicamente, luego de que los compañeros de trabajo del protagonista, durante su funeral, dieron un discurso muy decidido entre colegas sobre cambiar las cosas y hacer algo para que cambien, a favor de la sociedad, en nombre de este hombre que ha muerto y su última acción, la construcción del parque, las palabras se van al vacío porque algunos sólo hablan por hablar pero pocos realmente se convencen de lo que dicen. La situación que abre y cierra el relato es la misma. Pero, ¿puede una persona por sí misma realizar un cambio? ¿Hasta qué punto puede realmente luchar si todo, incluido el sistema, está en su contra? ¿Es que se lucha solamente, se percibe más decisión, cuando no se tiene nada que perder? La respuesta está en uno mismo, en la forma en que se es consciente de la realidad y se define una forma de ser y existir en el mundo. La narración lo apunta, aunque deja el detonante en un factor impactante: la certeza de la cercana muerte.

De esto se convencen los colegas del protagonista mientras, durante su funeral, especulan si el hombre sabía o no de su enfermedad, tomando en cuenta que nadie más tenía conocimiento de ella, ni siquiera su hijo. Habríamos hecho lo mismo, se dicen ellos; se convencen de que si estuvieran en los zapatos del otro, enfermos a morir y en posición de realizar un proyecto social, habrían presionado lo suficiente como para hacerlo realidad, tal como lo hizo su compañero. Se preguntan entonces, sin realmente encontrar respuesta, si es que sólo sabiendo que morirán harían algo por cambiar y/o mejorar el mundo. Como no saben cuánto tiempo les queda de vida y por lo tanto tienen otras prioridades, entonces no hacen nada. La respuesta es sólo un escudo y sus cabezas bajas hacen notar que lo saben. Falta de decisión, falta de coraje, comodidad o falta de solidaridad; ellos como mucha gente prefieren permanecer en la cotidianeidad y el estancamiento porque les resulta lo más fácil, lo más cómodo.

La historia se llena de este tipo de momentos, pequeños detalles significativos que permiten explorar la posición humana respecto al por qué las personas hacen lo que hacen (comportamiento social). “No sé para qué he vivido todos estos años”, se pregunta el protagonista tras enterarse de que va a morir, justo antes de decidirse irse de fiesta como nunca antes lo había hecho, en su búsqueda por cambiar él mismo, no para evitar su muerte, sino para descubrir todo aquello a lo que nunca se atrevió.

La narración inicial lo deja claro, el hombre estaba acostumbrado a su propia nada, trabajando sin trabajar, comiendo, bebiendo y hablando sin ninguna verdadera intención y goce. La noticia de su enfermedad cambia su vida y la de otros, descubriendo así qué vale la pena y quién vale la pena. Después de pasar varios días acompañado de una de sus antiguas empleadas, una risueña joven, se da cuenta que gusta de pasar tiempo con ella porque es diferente, porque decide ver lo bueno de su vida; sin suficiente dinero y viviendo en difíciles condiciones, la joven renuncia a su puesto en el aburrido departamento donde trabajaba para encontrar un empleo construyendo juguetes. Eso es lo que hago ahora, pero me gusta, se explica ella, dando la información necesaria al hombre para que éste entienda que esa es la clave que le hacía falta: encontrar algo que le guste, algo para él y no sólo para complacer a otros. Una idea complementada con otra conversación con la chica, quien le responde, cuando él le dice que estuvo en ese trabajo por treinta años por su hijo, que esa decisión fue en realidad de él y no de su hijo. Es claro que está mal que el hijo demuestre desagradecimiento y superioridad hacia su padre, que sólo piense en el dinero y en su herencia en lugar de su lazo familiar, pero lo cierto es que las palabras de la chica cargan con toda la verdad.

La película es una mirada inteligente a conflictos existenciales, al malestar personal que provoca la cultura enajenante y el sistema de producción que esclaviza al hombre,  es también una reflexión sobre comportamientos sociales y respecto a las personas que pierden su identidad ante la subyugación de su entorno, de la sociedad misma, o de terceras personas, trabajo o familia.

Dirigida por Akira Kurosawa, el guión está coescrito por éste junto con Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni y cuenta con una recurrente canción japonesa de 1915 titulada “La canción Gondola”, que dice así: la vida es breve, enamórense doncellas, antes de que el barco se aleje sobre las olas, antes de que la mano apoyada en el hombro se vuelva frágil, para aquellos a los que nunca se les verá aquí de nuevo.

Ficha técnica: Ikiru - Vivir

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