El Karate Kid

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El Karate Kid

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 15 de julio de 2021
Cine, El Karate Kid, The Karate Kid
El Karate Kid

El karate es más que un arte marcial de defensa personal; es también una disciplina y filosofía de vida, que enseña concentración, esfuerzo, equilibrio y orden, entre otros factores. De origen japonés pero combinando estilos de artes marciales chinas y otras disciplinas asiáticas, ‘karate’ viene de las palabras japonesas ‘kara', que significa ‘vacío', y ‘te’, que significa 'mano'. Está enfocado a una educación física y emocional que se sostiene en la fuerza de concentración e inteligencia como motor para actuar. En ello habla sobre moral y respeto, ya sea que se ponga en práctica durante el combate, ya bien que se adopte en la cotidiana vida de quien practica este arte marcial. La idea es que se evite la impulsividad y la violencia como efecto reactivo y, en su lugar, se elija la observación, la planificación, el análisis y la estrategia, la perseverancia y la decisión prudente. En corto, engloba mantener un equilibrio de salud en cuerpo y mente, que mantenga ese balance de armonía en ambos, sobre uno mismo en su vida diaria, pero también respecto a los demás y en las relaciones sociales.

Las enseñanzas están claramente planteadas en la película El Karate Kid (EUA, 1984), escrita por Robert Mark Kamen y dirigida por John G. Avildsen, protagonizada por Ralph Macchio, Pat Morita, Elisabeth Shue, William Zabka, Randee Heller y Martin Kove. Morita por su parte recibió una nominación al Oscar como mejor actor de reparto por su trabajo aquí. La historia se centra principalmente en Daniel LaRusso, un adolescente que se acaba de mudar a Los Ángeles con su madre, por una oportunidad de empleo para ella, que se vuelve blanco de las burlas y el acoso de un grupo de sus compañeros de escuela, y liderados por Johnny, quien lo percibe como un extraño y una amenaza para su ambiente escolar, principalmente por su relación con Ali, su exnovia, ahora interesada en Daniel.

Johnny y sus amigos tienen una aparente ventaja: practican karate y poseen fuerza y destreza que ahora usan para molestar y golpear a Daniel, quien por más que intenta defenderse con las mismas habilidades e intenciones, poco sabe realmente de este arte marcial y termina siendo víctima del puño de los otros, al querer contrarrestar, pero sin el conocimiento de cómo realmente hacerlo, porque se mueve con impulsividad y emociones, no con razonamiento y técnica; uno del que flaquea por inmadurez emocional y el otro del que carece porque nunca ha practicado karate, y asume que toda pelea se responde lanzando golpes.

Eventualmente el señor Miyagi, un maestro en artes marciales, nota la desventaja de Daniel, alguien con buenas intenciones pero no siempre buen juicio ni habilidad para enfrentar a los otros chicos, y acepta enseñarle a Daniel, mientras poco a poco va introduciendo el karate como algo más que lo que el chico asume, que es responder a la violencia con la misma cara de la moneda. Lo importante que Miyagi quiere hacerle entender a Daniel es que no puede elegir el karate como un medio para la venganza, ni como instrumento para agredir y golpear, porque esa no es la esencia de la disciplina, no es la filosofía que transmite. No se aprende karate para poder pelear, se estudia y aprende para absorber las enseñanzas implícitas: concentración, autodisciplina, método, meditación, defensa y orden, y con ello aprender a formarse un carácter.

Según Miyagi lo ve, el objetivo de que Daniel enfrente a los alumnos de Cobra Kai (la escuela donde aprenden karate Johnny y sus amigos) durante un torneo, que servirá para medir ‘quién es el mejor’, no es, para fines prácticos, ganar como tal, sino participar para demostrar su habilidad en el dojo, vencer sus miedos y ganarse el respeto de los demás, pues así dejarán de molestarlo. En esencia, gane o pierda la competencia, la experiencia es ya significativa por la dinámica misma, que lo coloca como un igual ante los otros, pero añadiendo lo que Daniel pueda aprender en el camino, especialmente de sí mismo, del reto, la técnica, el régimen que adopte respecto a la competencia y cómo puede poner en práctica todo ello en su vida.

El recorrido no es sencillo, por lo que antes de enseñar golpes y patadas, Miyagi se concentra en inculcar en Daniel lecciones sobre paciencia, concentración y autocontrol; porque como ha dicho el maestro, lo importante es aprender a sopesar y asumir la responsabilidad de la situación, la competencia, la enemistad o la pelea, incluso reconocer cuándo, o cuándo no es indicado enfrentarse al otro, metafórica o literalmente hablando, porque la lección también aplica para los altibajos de la vida, hasta aprender a saber ser constante y analítico, en todo y para todo.

De la misma manera, inicialmente ávido por saber cómo pelear, porque Daniel asume, como sus compañeros, y en general la sociedad a su alrededor, que el karate es sinónimo de fuerza y, por ende, genera respeto; su entusiasmo no es por esta disciplina específica, sino por lo que percibe que puede ser o de lo que puede tratarse: aprender a moverse y noquear al oponente, o golpear hasta ganar, para así demostrar superioridad, de fuerza, talento, presencia y demás. Al principio Daniel asume el karate como un arma, en el sentido de que implica no más que saber devolver el golpe. Lo que aprende con el tiempo es que, a veces, la mejor elección a la violencia no es responder a ella, sino evitar que suceda. Daniel no aprende karate para poder pelear, aprende para no tener que hacerlo. Porque el karate no es lanzar o responder a los golpes, es darle un significado propio al concepto ‘mano vacía’.

Miyagi entiende que lo primero es guiar a Daniel hacia la comprensión de que el karate es ante todo, equilibrio, literal y metafóricamente hablando, con armonía, igualdad y sensatez. Le regala al chico un árbol bonsái, para que en su cuidado, aprenda de calma, paciencia y perseverancia; lo pone a lavar autos, lijar pisos y pintas aceras, siguiendo siempre la misma serie de movimientos, para que en la repetición su cuerpo se acostumbre y aprenda por memoria la acción, para luego aplicar todo esto en el karate.

La técnica de Miyagi se nutre de la practicidad, del acondicionamiento físico con base en tareas de la vida diaria, del control de emociones a partir de actividades de distracción o divertimento, de forma tal que el entrenamiento no repita la rutina de enseñanza que parece impuesta, para, al romper con el molde, invitar a Daniel a ver la vida, y el karate, desde una nueva perspectiva. Más que el deporte, más que la fuerza, más que la competencia o medirse con el otro (u otros) conforme a disputas de poder y dominio, se trata de reconocer cómo es posible aplicar la enseñanza a la vida misma, para, al mismo tiempo, aprender de ella.

Las instrucciones de Miyagi son completamente opuestas a las del senséi de Cobra Kai, John Kreese, quien asume el karate de una forma muy contraria a lo que es su esencia. Kreese instruye a sus estudiantes en la competencia desleal, a la pelea como vehículo de violencia, a pasar por encima del otro y, en lugar de respetar al oponente, verlo como un rival que debe ser superado, humillado. El resultado son alumnos iguales a él, que dan el primer paso con agresividad, para pisotear, en lugar de honrar al adversario.

Si Daniel aprende de respeto, por Miyagi, Johnny y compañía aprenden de rivalidad y rudeza, por Kreese, quien en un punto del torneo, luego de ver el nivel deportivo de Daniel y temiendo que pueda ganar, da la orden de sacar a toda costa al otro de la competencia, incluso si la única forma sea hiriéndolo en la pierna, al margen de la normas de competencia. Lo que Kreese enseña con esto es una rivalidad malsana, el pasar por encima del otro, el ganar a cualquier precio, el superar al de enfrente en lugar de respetarlo y reconocer sus habilidades, o el ganar como la única meta importante. La presencia del maestro como figura de autoridad pesa entre sus estudiantes, cuando para algunos la orden entra en conflicto con sus propios valores éticos y morales. Hacer trampa para triunfar, en lugar de aceptar con honor la derrota, que no debería ser una caída, sino aceptar con conciencia al contrincante que destaca, es visto por Kreese como el único camino hacia la gloria, o el éxito, el triunfo o la valoración, cuando no es así. Y esto es lo que inculca en sus estudiantes como única idea de comportamiento. ¡Sin piedad! Es la consigna.

Tampoco es que los chicos de Cobra Kai sean ‘malos’ como tal; no son crueles y vengativos como parte de su naturaleza, pues más bien son producto del contexto que los moldea y la voz de autoridad que les enseña, ya sea en parte Kreese, ya sea también el círculo familiar, educativo y social en que se mueven.

En algún momento, Miyagi se vuelve una figura paterna para Daniel; esa persona que le apoya y es confiable, que también le recalca la importancia del juicio de valores y el actuar ético en su día a día. Pero así como Daniel tiene a Miyagi, Johnny tiene a Kreese, y el alumno aprende lo que el maestro enseña. Si los modelos a seguir de Johnny están marcados por el prejuicio, la envidia, el desprecio y el ataque en lugar del diálogo, es lógico que Johnny repita y en consecuencia actúe igual, retando en lugar de ayudando, atacando en lugar de conciliar.

Los jóvenes son el resultado de la gente con la que conviven, los valores que se les enseñan y las reflexiones que les obligan a racionalizar. Por ejemplo, Johnny y Ali tienen sus propias historias de vida, unas, se ve en la película, plagadas de constantes modelos que arrojan una actitud de discriminación hacia la posición social o nivel socioeconómico del otro; pero mientras que esto es algo que él asume por inercia, ella lo hace más críticamente, tras conocer a Daniel, que es cuando comienza precisamente por eso a cuestionar la división que los separa y que, en efecto, inicialmente ve como un traspié que la avergüenza.

Afortunadamente, como adolescentes en proceso de formación, también saben identificarse y reconocerse con el de enfrente; entenderlo y empatizar, conforme aquello en lo que coindicen o divergen. Un ejemplo es cuando Bobby, otro de los estudiantes de Cobra Kai, en algún punto le insiste a Johnny que deje de molestar a Daniel, no sólo porque esa fue la orden que se les dio, dejarlo en paz hasta el torneo, sino porque hacerlo no tiene más motivo que los celos sin fundamento de alguien resentido por el rechazo, Johnny; pero cuando llega la semifinal y Kreese le indica que ataque a Daniel en forma ilegal, Bobby lo hace, incapaz de desafiar una orden y a una autoridad; no obstante el chico se arrepiente apenas lanza el golpe, pues logra dimensionarlo, éticamente, para inmediatamente ofrecer disculpas, al entender que en el enfrentamiento se presentan él y Daniel, no Kreese, no Miyagi, no Johnny, y que querer ganarle haciendo trampa, o querer vencerlo deshonestamente, no lo hace mejor a él, porque no le permite realmente demostrar su capacidad como karateca, ya que en el acto, Bobby es descalificado por su acción anti-deportiva.

Incluso el propio Johnny también demuestra otra faceta de sí mismo, en relación a sus valores y motivaciones, cuando, finalizando la película, al perder el torneo, el título y el trofeo, celebra el triunfo de Daniel y lo felicita, cumpliéndose lo que Miyagi había dicho, que la fuerza de carácter que su alumno demuestra entrenando para la competencia y asumiendo cada combate con profesionalismo deportivo, son lo que vale, y el mismo Johnny lo entiende cuando, aunque pierde, sabe que lo hace frente a alguien con grandes habilidades, ‘tan bueno como él’, en el terreno que tiene más valor para él: el dojo, el karate.

Así, la película habla de que no se trata de avanzar tropezando, o de golpear para avanzar, sino de entender que cuando de karate y de la vida se trata, lo crucial es no abalanzarse, sino detenerse a pensar; así mismo, lo importante no es golpear y ser el más violento, sino evitar todo golpe innecesario. Como bien lo recalca Miyagi, hablando de este arte marcial, las cosas se hacen con el corazón en la mano y el cerebro bien despierto, pero nunca porque las entrañas lo pidan (visceral e irracionalmente). Y Miyagi no se equivoca, le lección es valiosa, porque también aplica para la vida misma.

Ficha técnica: El Karate Kid - The Karate Kid

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