Josie and the Pussycats

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Josie and the Pussycats

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 16 de septiembre de 2021
Cine, Josie and the Pussycats, Josie y las Gatimelódicas
Josie and the Pussycats

Hay películas cuya intención puede llegar a ser incomprendida y su mensaje crítico-cómico ser asumido como una falla en lugar de un acierto. Ese es el caso de Josie y las Gatimelódicas (EUA-Canadá, 2001), una comedia ligera, pero acertada en su crítica social al medio del espectáculo, la fama efímera, la cultura del consumismo, la mercadotecnia y la banalidad del ser. Se trata de una sátira envuelta tan atinadamente en el sarcasmo, que de pronto podría parecer que se toma en serio de lo que se burla, pero esto no es más que el inteligente desarrollo de guión y de historia. Escrita y dirigida por Harry Elfont y Deborah Kaplan, la película está protagonizada por Rachael Leigh Cook, Rosario Dawson, Tara Reid, Alan Cumming, Gabriel Mann, Paulo Costanzo, Missi Pyle y Parker Posey.

Basada en los personajes de Archie Comics, la historia sigue a una banda de rock local de Riverdale, conformada por Josie, Valerie y Melody, que encuentra fama de la noche a la mañana cuando un productor musical, Wyatt, les ofrece un contrato con la disquera MegaRecords, sin siquiera haber primero escuchado su música, apuntan ellas analíticamente. Wyatt en realidad no está en busca de un potencial talento artístico, sino de un sustituto para la última banda pop comercial que representaba. Su estrategia: seguir la fórmula bien maquinada de ‘creación de estrellas’, efímeras, superficiales, intrascendentes y, en su momento, desechables, no forzosamente hablado de su persona, sino en su creación y halo. La idea clave es saber ‘vestir’ el producto de una forma que lo que importe no es el talento, sino la imagen pública; la sensación y el sensacionalismo alrededor de ella, para venderla a los fanáticos y seguidores creados por la misma empresa, en simultáneo proceso.

Su plan a la vez responde a la dinámica que rige la corporación capitalista para la que trabaja, una vez que su jefa, Fiona, está a punto de entrar en un negocio patrocinado por el gobierno, centrado en ganar, ganar, ganar; específicamente dinero, a través de la venta y posicionamiento de productos enfocados en el público juvenil, al que atraen y convencen por medio de una estrategia de publicidad subliminal, insertada en la música popular que ellos mismos (la industria) administran y promueven.

La película en realidad señala burlonamente el engaño mercadotécnico detrás de las grandes empresas y monopolios, que crean necesidades y las explotan, para vender productos; de igual manera también se mofa de las estrategias del medio para crear ídolos vacíos, sin sustancia, que existen para explotar el mercado al que se dirigen. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, dice el dicho, y eso es lo divertido aquí, que aunque exagera, en efecto, el medio del espectáculo y en general el sistema mercantil capitalista llegan a crear contenido banal y superfluo para engatusar la mente, especialmente la del adolescente y adulto joven, a fin de manipularla e influir en sus decisiones, plagándola con información falsa, imágenes llamativas y absurdas sin verdadero contenido crítico o productos vistosos que distraigan su atención de lo verdaderamente importante a su alrededor.

No es que todos los artistas, cantantes, actores, deportistas o figuras públicas sean parte de esta estrategia dirigida, o que su existencia sea vacía, dice la película, es sólo que muchas veces, o su presencia pública están maquiavélicamente manufacturada así, ‘a propósito’, o son ellos mismos maleados al gusto e interés de alguien con mayor poder, sin que se den cuenta. Lo que refleja la cinta es una sociedad del espectáculo que celebra no la capacidad de la persona, sino a partir de qué, realmente, en el fondo, puede sacar provecho la persona hasta arriba de la escala piramidal; en este caso, usando estrellas públicas como marionetas, un beneficio reducido a dinero, ganancia, popularidad y poder, a partir de la explotación del otro, de su imagen, planeada, orquestada y pensada para atrapar una mente predispuesta a seguir tendencias, en lugar de pensar por sí misma.

En algún punto Wyatt se encuentra con una joven con libre albedrío y opinión propia, quien reflexiona que la música comercial, hablando del producto banal, cualquiera que sea, está diseñada para que los jóvenes no se den cuenta que forman parte de un ‘rebaño’, pues son instruidos a no ser más que peones que siguen normas o lineamientos impuestos, sin analizar de qué se trata o por qué lo hacen. Wyatt no tarda en ‘sacarla de la jugada’, llevándola a un ‘lavado de cerebro’, una forma simbólica como la película señala cómo es que la gente que se atreve a criticar, a denunciar al sistema, sus fallas, o al orden establecido, es silenciada o forzada a cambiar de opinión.

La cinta exagera, porque es una sátira, pero en ello critica una realidad presente en todo momento en toda sociedad: un gobierno que controla gracias a que maneja el contenido mediático, informativo y educativo disponible para su ciudadanía; una sociedad acostumbrada a no pensar, debido a ese contenido muy superficial y menos crítico que encuentra a su alrededor, ya sea en la televisión, la música, los medios informativos, las figuras públicas y demás espacios de comunicación. Lo que se recalca aquí es además que todos esos instrumentos son sólo los muchos brazos como opera un sistema capitalista que no piensa en más que la forma de continuar con la dinámica costo-beneficio, engañando al público con que hay variedad de opiniones, cuando en realidad toda, o casi toda la ‘diversidad’, está manejada por el mismo monopolio. Uno que, en caso de la película, opera hombro con hombro con el gobierno; sector público y privado unidos por un mismo objetivo en mente: ganar a costa de sacrificar lo que considera prescindible o insignificante, la cultura, la educación y las personas en sí.

De esta manera, la película se burla también de las teorías de la conspiración y de qué tanto estas ideas puedan parecer ciertas o no, cuando existen para esconder realidades más abruptas. Aquí, el gobierno financia el operativo dirigido por Fiona, que esconde mensajes subliminales incitando a las personas a elegir una marca, tendencia o producto específico, cambiante cada semana para mantener bien aceitada la máquina de ventas. En el fondo, la historia no sólo recalca lo aparentemente absurdo que pueda parecer esto, sino que, aunque no siempre tan ‘conspirativamente’, lo cierto es que la mercadotécnica, institucional, gubernamental, de empresas privadas, medios de comunicación y ahora redes sociales, opera así, escondiendo sus estrategias de venta de forma casi imperceptible. ¿Mensajes subliminales? Quizá no, pero sí a través de muchos tipos de técnicas que consideran, por ejemplo, cuándo es mejor lanzar un producto, qué artista es mejor que lo promueva, a través de qué medios digitales es mejor circularlo, en qué punto de venta es mejor ofertarlo, etcétera. Entrevistas guiadas, presentaciones pactadas, contratos amañados, apariciones pagadas u otras, son sólo algunos de los muchos caminos de que se sirven los agentes publicitarios y expertos en relaciones públicas para ‘vender’ su ‘producto’, ya sea una marca o un político, un artista, una canción o una película, por mencionar algunas facetas.

Todo es cuestión de mercadotecnia, que es la técnica de comercialización de un producto que juega no sólo a la oferta y la demanda, sino a la creación de la oferta y la demanda, estudiando el comportamiento del mercado, para abalanzarse sobre él con la mayor sutileza posible. En el caso de la historia en cuestión, ese ‘producto’ son Josie, Mel y Val, abriéndose camino en el competitivo medio artístico y encontrando una oportunidad, independientemente de su talento y preparación, por la mera suerte de hallarse ‘en el lugar adecuado, en el momento adecuado’; una casualidad casi risible, porque así es muchas veces la fama en la actualidad, un ‘tropiezo’, un éxito momentáneo, un estrellato por el mero acto de ser y estar, cuando la cámara (el ojo de la mercadotecnia del siglo XXI) apunta en su dirección.

Su fama sube como espuma, pero más que por la calidad de su sonido musical, por la campaña bien planeada que hay detrás, manejada por MegaRecords, ydirigida por Fiona, quien rápidamente ve la forma de vender, no a Josie, Mel y Val, sino a Josie and the Pussycats como marca y todo lo relacionado a ella, traducido en ropa, fragancias, mochilas, canciones, cosméticos, álbumes discográficos, bebidas, publicidad impresa y digital, entrevistas exclusivas y demás, hasta culminar con un evento ‘exclusivo’, pero en realidad masivo, que se transmitirá por paga en internet.

El medio aprovecha todo a su alcance, demuestra la película, vende el éxito del artista, pero también su fracaso; vende, finalmente, apariencias, demostrando la ambición y avaricia (el capitalismo), mediante un modelo que establece, irónicamente, repetir moldes, sin creatividad o imaginación, lo que crea sociedades estancadas, temerosas, pasivas, controladas y homogéneas, donde la persona no puede nunca estar contenta consigo misma ni decidir por sí misma, porque vive en un ambiente de falsas expectativas que disuaden la iniciativa.

Si la estrategia funciona, es porque las personas permiten que así sea, pues les es más fácil vivir en la comodidad y el camino fácil, que apostar por esforzarse y proponer. Las protagonistas mismas lo ejemplifican, cuando creen ‘ligeramente sospechoso’ que la fama llegue tan pronto y tan grande, pero la aceptan mientras el precio a pagar no sea tortuoso o evidente. Su despertar llega cuando esta forzada y apresurada realidad, el éxito, el crear ‘estrellas efímeras’ que llenen vacíos mercadotécnicos al instante, para fines prácticos, un ‘circo distractor’, impacta en su vida personal, en su amistad específicamente. Tanto Fiona como Wyatt apelan a la manipulación que se inclina por presionar emocionalmente, hasta hacerles olvidar sus principios y valores. El camino para ‘quebrar’ a las chicas y controlarlas viene de separarlas, ‘divide y vencerás’, dice otro dicho, creando resentimiento y duda entre ellas.

Esa es la idea de fondo sobre cómo se mueve este sistema de control pensado en vender: exaltar las inseguridades, confundir los sentimientos y distorsionar la realidad. La persona no desea el artículo de moda, el peinado, la marca o el evento que es tendencia, porque ‘lo necesite’ vitalmente, sino porque otros lo tienen y él o ella no. El mercado alimenta ese deseo de tener, de poseer, independientemente de su utilidad. Tampoco la persona quiere algo tangible y real, pues la imagen frente a sus ojos ha pasado por tantos filtros que la esencia del mensaje es casi ya imperceptible. De ahí el éxito del ‘influencer’, por ejemplo, perfecta máquina para este sistema, pues el contenido que ofrece es exclusivo, moderno, actual y prioritario, haciendo a la persona detrás un referente ‘esencial’ para el individuo que lo ve, pues aspira a lo que tiene y lo que representa, sea esto más manufacturado y patrocinado que real.

Eso es lo que Wyatt y Fiona hacen, en otra escala, a través de bandas musicales que moldean según la necesidad mediática, corporativa y mercadotécnica que desean en ese específico momento. El camino que se trazan se llena de falsedades y prejuicios, vacío disfrazado de contenido, o superficialidad disfrazada de sustancia; algo de lo que la película también se burla con un personaje aparentemente ingenuo y bobo, Val, quien termina siendo la persona que apunta con mejor tino las reflexiones más existenciales, subrayando así, más evidente y claramente, la lección de que ‘las apariencias engañan’.

El mensaje final en la narrativa es aceptarse uno mismo, para dejar de ser definido por la marca que se viste, las cosas que se compran o los gustos que se copian (Wyatt y Fiona hacían todo por esconder su verdadero yo con tal de encajar), porque, finalmente, como también presenta burlonamente la película (el gobierno niega estar involucrado, pues han encontrado una forma mejor de divulgar sus mensajes: las películas), el sistema nunca podrá ser absolutamente derrocado, ya que siempre encontrará nuevas maneras de controlar e influir, adaptándose, modernizándose y ajustándose a la realidad de su nuevo contexto.

Toda referencia en la película es simbólica, pero la alegoría está precisamente para, al representar satíricamente la cultura popular, describir la forma como la sociedad se rige por los intereses de las corporaciones internacionales y la avasallante publicidad por emplazamiento (conocida también como posicionamiento de producto, -en inglés: product placement-; que consiste en la inserción de un producto, marca o mensaje dentro de otros medios, como la televisión o las películas). Criticar a la sociedad consumista porque cambia constantemente de tendencias, modas, estilos o hábitos, es porque así funciona el sistema, en explotación de las marcas, sobrexplotando al mercado. Así que si la película de pronto parece un comercial publicitario gigante, es porque está diciendo, demostrando, que el mundo mismo, en cualquier momento, en casi cualquier rincón del mundo, también lo es.

Ficha técnica: Josie and the Pussycats - Josie y las Gatimelódicas

Cine, Josie and the Pussycats, Josie y las Gatimelódicas, 1,015 lecturas.

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