In the loop

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In the loop

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 23 de septiembre de 2021
In the loop, Cine
In the loop

Quien haya jugado alguna vez ‘teléfono descompuesto’, sabe que la dinámica trata de un mensaje que al pasar por tantos participantes se distorsiona y cambia, pues cuando cada oyente modifica con sus interpretaciones lo que cree escuchar o entender, el mensaje mismo poco a poco pierde sentido. Lo ‘divertido’ del juego es ver cómo una idea se tuerce y se retuerce, muchas veces haciendo trampa y otras por simple traspiés en el flujo de la información, cuando viaja de un punto A hacia un punto B; pero el principio también sirve como ejemplo para reflexionar sobre la comunicación y su distorsión; sobre cómo un mensaje cualquiera puede fácilmente comenzar como una idea concreta y terminar en un sinsentido, según el ‘ruido’ (obstáculo, distorsión) que enfrenta pasando de un emisor a un receptor.

Usando el ‘teléfono descompuesto’ como muleta narrativa y cómica, aplicándolo al mundo de la política actual, se desarrolla la película In the loop (Reino Unido, 2009) –se podría traducir como En el aro, para resaltar la idea de que estás atrapado en un círculo-; dirigida por Armando Iannucci, que coescribe junto a Jesse Armstrong, Simon Blackwell y Tony Roche. El trabajo recibió una nominación al Oscar en la categoría de mejor guión adaptado y en la cinta actúan Peter Capaldi, Tom Hollander, Gina McKee, Chris Addison, Mimi Kennedy, Anna Chlumsky, James Gandolfini y David Rasche, entre otros.

Se trata de una sátira que se burla de la relación política entre Estados Unidos y Reino Unido, en este caso trabajando en conjunto para conseguir a su favor la votación en las Naciones Unidas para invadir Irak en 2008, una intervención militar que realmente sucedió. En la narración ficticia, cuando Simon Foster, el Ministro de Desarrollo Internacional de Reino Unido, hace un comentario aparentemente inocente, más bien ignorante, avecinando la guerra -“creo que la guerra es imprevisible”, dice el político-, se convierte en una marioneta del Director de Comunicaciones del Primer Ministro, Malcolm Tuker, así como del Secretario de Estado de Estados Unidos, Linton Barwick, ambos interesados en impulsar la guerra en Irak.

Simon abre la puerta a la conversación al mencionar descuidadamente la palabra ‘guerra’, especialmente en el momento en que afirma que es ‘imprevisible’, pues, para fines prácticos, está diciendo que se aprecia venir. La falta de atención al uso del lenguaje, lo dejan en el absurdo predicamento de si debe retractarse o no. Cualquier cosa que haga será motivo de crítica, ya sea que reafirme o niegue la declaración, pues si dijera que la guerra es ‘previsible’, contrario a sus comentarios, básicamente estaría declarando la guerra, pues está diciendo que sucederá, pero si sostiene que es imprevisible, está diciendo que es casi inevitable. Lo gracioso aquí, según aborda la película, es que Simon habla sin pensar realmente lo que dice, habla por hablar, lo que es suficiente para que otros medios de comunicación, políticos o estrategas, tergiversen y malinterpreten a su favor sus palabras.

Entonces comienza una serie de dimes y diretes conforme a intereses, no de cada nación, sino de cada político dentro del sistema gubernamental, burocrático y piramidal que opera en cada país en cuestión. Reuniones falsas, comités inventados, investigaciones científicas sin verdadero fundamento y demás acuerdos a conveniencia entre los muchos departamentos implicados de ambos gobiernos, son sólo algunos ejemplos de cómo opera el aparato político, que la película ridiculiza, pero que sólo exagera una realidad constante del contexto moderno: la falsedad detrás del sistema de administración y mando en el gobierno.

El Secretario de Defensa de Estados Unidos, George Miller, y la Asistente del Secretario de Estado de ese país, Karen Clarke, están en contra de la guerra, por lo que deliberadamente sus compañeros, Linton principalmente, los tienen al margen de lo que sucede, proponiéndoles para hacerse cargo de actividades que los distraigan y ocultando información para que no indaguen más a fondo sobre los planes de guerra. Teniendo que abrir camino propio para descubrir la existencia, que todos niegan, de un ‘Comité de Guerra’ secreto, que los involucrados insisten se llama ‘Comité de Planeamiento Futuro’ -evidentemente para esconder su creación, propósito y registros del ojo público, de los medios de comunicación y hasta de los propios gobiernos-, Karen y George ven en Simon no un aliado, sino un escudo para proceder con su presión de frenar la guerra. No es que trabajen con él, es la apariencia de que lo hacen, con lo cual esperan se preocupe, desconcierte, distraiga y propicie al bando contrario para cometer errores.

A su vez, la popularidad mediática de Simon comienza a tomar fuerza, no sólo porque sus declaraciones se convierten en alimento perfecto para el círculo mediático que tiene material para especular y así crear un ‘espectáculo político público’ (que de paso distrae al público del debate importante), sino porque su actitud, además despistada e incompetente, lo hacen fácil de controlar o manejar; lo cual puede usarse a favor para cualquiera que sepa manipularlo a su conveniencia, lo que no es difícil, por su torpeza en la política y hasta falta de sentido común en la cotidianeidad, que es como la historia presenta ridículamente al ‘político tonto’, útil y maleable, aquel que ha llegado a un puesto importante no por su capacidad, sino precisamente por la falta de ella, para ser usado al gusto de quien tire de los hilos de las marionetas.

En el fondo, aquí no se trata de gobernar, ni siquiera de proceder con estrategia inteligente, sino de jugar el juego de las confusiones, las declaraciones contradictorias, los favores a conveniencia, la desinformación, el engaño y las apariencias. La película se burla del sinsentido que es el manejo de poder entre gobiernos, políticos, medios de comunicación y hasta ciudadanía, exagerando la realidad de vida para señalar los absurdos con que se toman las decisiones que guían el destino de las naciones.

Por un lado, Simon cree que crece dentro el sistema de gobierno para el que trabaja, sin darse cuenta que su mera presencia en reuniones diplomáticas es, o de relleno para aparentar una supuesta unidad y fuerza en número, o como engaño hacia los que puedan pensar que Simon tiene verdadero poder como político, algo que hasta él mismo está convencido, sin entender, sino hasta que es demasiado tarde, que su aparente importancia no existe porque él lo quiera, sino porque alguien con más poder que él, quiere que así lo parezca. La ignorancia con que Simon procede y la arrogancia en su actuar -pues la atención alimenta su egocentrismo-, es una clara burla de los políticos más preocupados por su imagen y ascenso en la escalera piramidal burocrática, que por su papel dentro del sistema de gobierno democrático en que se mueven, e incluso de su responsabilidad hacia la ciudadanía, por quienes se supone velan.

La historia lo señala crítica y sarcásticamente en forma por demás evidente cuando, en medio de las negociaciones respecto al plan del ‘Comité de Planeamiento Futuro’, Simon tiene que regresar al Reino Unido para cumplir con atender las necesidades de sus constituyentes. Luego de disfrutar ser el centro de atención -no porque su opinión fuera importante, sino para mantener la polémica asociada a su nombre-, luego de los viajes y estancias en hoteles de lujo -que Simon y su consejero Toby toman más como unas vacaciones que como trabajo-, la idea de regresar a la normalidad rutinaria que es su trabajo, una labor no glamurosa, sino dedicada al prójimo, que llega con los problemas de la vida cotidiana del ciudadano promedio de clase media y baja, parece ser tomada por éste como sinónimo de caída en picada, en cuanto a una potencial carrera política llena de exclusividad, alabanzas y reconocimiento; lo que resulta curioso porque, técnicamente, ayudar a la ciudadanía es su trabajo, su función, su responsabilidad, su labor y su meta; e irónico, porque Simon siempre insiste que entró a la política para ayudar al prójimo, aunque hace todo menos eso.

Así como Simon, nadie es imprescindible o indispensable, especialmente en la política. Todos son finalmente simples peones en el astuto juego de las apariencias y las manipulaciones. Así como él, la mayoría de los políticos, o aspirantes a una carrera en este ramo -al menos en la película-, actúan guiados por el beneficio propio, el egocentrismo y la conveniencia. Importa qué pueden ganar a favor y a partir de ahí eligen con quién se alían, a quién apoyan, o en qué o quién creen. No es lealtad o convicción lo que importa, sino saber apostar al ganador, para sacar provecho de su triunfo y crecer a partir del otro, esperando, eventualmente, sustituirlo. Así que se preparan no para gobernar, sino para ser moldeados a imagen y funcionalidad de la persona arriba que ellos.

Al final, Simon ni siquiera es ‘sacrificado’ sino ‘desechado’, engañado para creer que es importante y despedirlo, para que ante el ojo público no sea visto como un ser pensante independiente, sino como alguien que se atiene a las decisiones de los demás. Esto significa que en la política no hay espacio para hacer lo correcto, cuando las esferas en el poder son las que deciden qué es lo que la gente debe percibir como correcto.

El triunfo de Linton y Tuker, por su parte, es resultado de saber lograr que la oposición se autodestruya por inercia propia, por sus tropiezos y errores. A veces sus mentiras ni siquiera están disfrazadas de verdades, pues proceden con un cinismo y corrupción descarado, que no necesitan esconder cuando controlan todo el bloque político, económico y mediático. Así, ante un documento filtrado que revela que hay más argumentos en contra que a favor de la guerra, se encargan de desprestigiar y/o alinear a los responsables, con amenazas y chantajes, órdenes y presión social o directa; luego desvían la atención hacia una noticia más escandalosa, para que el público y los medios amarillistas se ‘entretengan’ con una nota polémica; y finalmente reescriben el documento y lo presentan como sustento oficial de su causa, tras borrar lo que no conviene a sus intereses e incorporar las mentiras o falsedades que sí, haciéndolas pasar como la verdad, aprovechando que el documento ‘es oficial y está avalado por una investigación respaldada’, no importa por quién, mientras el escrito sea mencionado tantas veces que por repetición misma sea tomado como cierto, con validez absoluta. La vieja idea de que de tanto repetir una mentira la gente la creerá verídica.

Esta es la política que se critica, se ironiza en la película: la política absurda, engañosa, falsa, traicionera, que alinea, negocia, influye e impone. Un escenario no forzosamente distante de la realidad, pues toda sátira tiene su grado de verdad, y no hace más que exagerar risiblemente aquello que critica, ridiculizando para señalar aquello que desaprueba.

Ficha técnica: In the loop

In the loop, Cine, 1,126 lecturas.

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