Evacuación sardina

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Evacuación sardina

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Escrito por Alfonso Villalva P. 04 de agosto de 2016
Evacuación sardina

Evacuación sardina

 

Alfonso Villalva P.

 

¡Alerta verde, amarilla! Luego fue naranja y roja. Hay que evacuar !Ya! El ominoso Earl está a toda leche. Viene de Dominicana donde ya mató a nueve; viene hacia acá. Hay peligro en toda la región del antiguo mundo Maya. Las islas de Belice, toda la costa norte de Honduras, Quintana Roo, luego Yucatán, Campeche y Tabasco. !Jolín!

Nada... Muy poca gente se movilizó, a no ser por aquéllos que formábamos el contingente de forasteros y acabamos en los medios de transporte que aseguraban una tabla de salvación, a cambio de dedicar muchas horas actualizando el concepto de auto sardina, compartiendo sudores y humores con perfectos desconocidos.

Pero los locales no se la creyeron. Como siempre, como cada vez que se aproxima un meteoro a nuestras tierras mesoamericanas. La capacidad destructiva de la naturaleza potenciada geométricamente por nuestra necedad, por nuestra obcecación a tener mejores argumentos que los centros meteorológicos, las agencias de protección civil. Es una especie de desafío al gobierno, al azar, siempre, así es.

Nadie se mueve. Nos creemos más listos que el propio huracán. Unos con un miedo indescriptible a la rapiña, otros porque consideran que evacuar es un signo afrentoso al machismo acendrado, un signo de debilidad ante vecinos, esposas y amantes. Otros, simplemente no se la creen...

Hay quien llegó al extremo de afirmar ante mi cara que es una artimaña estadounidense que prepara el terreno de sus elecciones para mantener el miedo de Centro América y seguirnos explotando.

Hay de todo pues, y quizá sea nuestra tradición ancestral, milenaria; nuestra manera chocarrera de asumir los avatares de la existencia misma, coyunturalmente mezclada, hace quinientos años, con la acendrada desconfianza peninsular a todo lo que no de muestras de verdad, con sangre en las manos, con clavos en la cruz.

No sé qué sea, en realidad, lo que nos lleve a sacar nuestras propias conclusiones por encima de datos que gracias a la tecnología nos podrían ayudar a prever desgracias humanas y daños mayores. No sé si será el exceso de confianza en la solidaridad latinoamericana, en la existencia de los United Way, Cadena, Cáritas y, a veces, hasta la Cruz Roja internacional.

No sé si sea esa resignación asombrosa -y exasperante- a la voluntad de Dios, aunque no siempre sea, o se haga, en los bueyes de mi compadre, sino con fiereza y brutalidad, a manera de ventisca o inundación, en la humanidad de un hijo, una madre, o las escasas pertenencias de los muy marginados moradores de los sitios en donde la naturaleza comúnmente se ensaña.

La naturaleza ya parece muy cabreada y azota acaso con mayor ímpetu cada vez. Cambio climático, nuevo orden de cosas, lo que usted quiera entender. La verdad es que con mayor fuerza destructiva y reiteración, nos llegan los vientos, las inundaciones, los deslaves y las crecidas de los ríos. La mar colérica, el oleaje violento. Estadísticamente las mayores desgracias de la fuerza de la naturaleza tienen su origen en nuestra incredulidad, falta de prevención, desprecio al medio ambiente y a los cauces naturales del agua y del viento. Tienen su origen en creernos más, pero mucho más listos que un vórtice enfurecido que se aproxima a nuestro hogar a más de cien kilómetros por hora.

En estos días Earl se pasea por Mesoamérica apuntando hacia el Golfo de México, donde amenaza tomar fuerza para impactar a Chiapas, Oaxaca, Veracruz, quizá. Ivette se regodea por el Pacífico y Howard también. Y los que faltan en la diabólicamente llamada temporada de huracanes.

Sumando una vez más nuestra necedad y soberbia a la ya de por sí maldita herencia que nos ha dejado la corrupción y el abuso que permiten asentamientos humanos en cuencas de ríos secos y laderas húmedas. Construcciones fuera de norma, para seguir, por lo visto, seguir contando desgracias, hasta la saciedad, en esta ecuación perversa que parece no tener final.

 

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