Paradas continuas

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Escrito por Paola Astorga 13 de mayo de 2016
Crónicas de mis viajes en camión, autobús, transporte público, vehículo de ocho ruedas

La lotería de la vida nos lanzó por los  caminos de terracería a la mayoría de los laguneros. Pero quién podría presumir que con hábiles subterfugios se ha escapado de la realidad económica (sino es político, claro).

         Debo admitir que mi situación económica se encuentra en un punto gravoso y el hecho que mi indispensable vehículo automotor me dejará varada, no ayudó mucho. Diagnóstico: agonizando, necesario cambiar una pieza carísima. Solución: Irme a trabajar en camión, colectivo, vehículo público, transporte de la muerte, etcétera. Acepto que mi postura no es muy halagadora. Mi presupuesto es  de dieciocho pesos diarios para movilizar mi persona. La locura empieza a tocar a mi puerta como en “algún lugar de la Mancha”.

         Noventa pesos a la semana  transportan a un trabajador promedio a sus labores, increíble, si en promedio tres miembros de la familia tienen que utilizar este medio para ir a trabajar. Si hacemos cuentas resulta que les saldría mejor irse de mosca, no es seguro pero barato, sí.

        La primera mañana que me levanté como “mexicana ahorrativa”, desperté mas temprano de lo acostumbrado, mi lógica me indicó que el tiempo de llegada a mi trabajo se duplica si hay que parar en cada esquina. Me hice colocar mi reluciente armadura. Cargué con todos mis aditamentos laborales que antes tenía desparramados prodigiosamente en mi carro; bolsa de mano gigante, maletín de papeles, mi lonche, si alguien que no sea lagunero lee esto, se refiere a un pan francés, no bolillo, relleno comúnmente de lo que tengas en el refrigerador.

     Me dirigí a la parada de camión. Ya me había informado previamente cuál era la indicada para llevarme  por el rumbo de Galerías, el Jacarandas- bulevar. Me planté bajo un angosto tejaban  y un banco del mismo material, no hecho para humanos, no es natural que mida veinticinco centímetros, no en este país de mujeres sabrosas. El horizonte me mostró el colectivo indicado, las letras pequeñas en su frente no dejaban duda, que necesito lentes. Me posicioné casi en medio de la calle cuando me di cuenta que no bajaba la velocidad. Me sentí como Don Quijote  moderno esperando atacar al gigante que se venía sobre mí y a quién no parecía intimidarle mi gallarda estatura, un metro con cincuenta y seis centímetros. Pase saliva con un ademán previamente imitado hice la señal indicada en estos casos. La mole de metal freno a unos escasos cincuenta centímetros de mis pies pero a diferencia del caballero español, fui engullida por el gigante.

           Puede una persona espantarse y al mismo tiempo poner cara de no pasa nada, debí tragarme la expresión de susto al sentir el movimiento telúrico del vehículo. Increíblemente el chofer responsable de mi seguridad o inseguridad recibía los nueve pesos de pago, mientras aceleraba las ocho ruedas y obviamente me dejaba a merced de la gravedad, que en ese momento buscaba darme un ósculo. Pensaba que una de las cualidades de los Laguneros era su sentido del humor, rectifico, es la capacidad de caminar en un vehículo en movimiento. Sin gramo de vanidad, es una lista que encabezaríamos aparte de las ciudades más inseguras, más contaminadas, con más baches, más endeudadas, por eso es el sentido del humor, creo.

          Busqué el primer asiento que me alejara de la lujuriosa gravedad. La ventanilla abierta me recordó respirar y me alejó de sentir claustrofobia en movimiento, registraré ese concepto, lo pondré en mis pendientes: escribir para el blog, escribir algo decente en el blog, aprender a escribir y registrar concepto de claustrofobia en movimiento.

         Cuando me acostumbré al temblor y aún más a las paradas continúas del camión. Me dediqué a observar a los demás pasajeros, en términos catedráticos es un microcosmos cultural, los investigadores deberían trasportarse en esta multi-ideología rodante y hacer la tesis que la cultura mexicana cabe en una lata.

         Por el precio del pasaje la música va incluida. Reconozco que soy una persona que se jacta de escuchar todo tipo de música pero a las siete de la mañana, es mentada de madre. La rica mezcla que el DJ, chofer, cobrador, trasportador de reses, aleja hasta los adormecimientos más celosos. Los conocedores de este comunismo musical, cargan sus aparatillos loco fónicos de su gusto lírico, excelente recomendación.

        El camión se rellena con embutido humano al gusto, pásele, pásele marchanta todo lo que quiera a su gusto tenemos  de todas las tallas, tenemos estudiantes al por mayor dormidos o despiertos, viejitos que pasean su hastío, adultos que van o regresan del trabajo nocturno y dejan el sueño colgado del asiento. De escuela, oficina, maquila, servicio domestico, pásele escoja, barato, barato nomás un rato.

      Todos los pasajeros se vuelven espectadores al no traer un volante en las manos.  Registró mi bolsa y decido sacar mi libreta de ideas al ver un niño subir con su abuelo al camión, y tomo apuntes para escribir un cuento de esa escena. Sacó el libro que estoy leyendo, leo dos párrafos y levanto la mirada previsora para no pasar mi parada. Una curva me recuerda que faltan dos cuadras. Guardo mis aditamentos, la pluma se me cae, rueda. Pienso, no vale la pena perder la vida, compraré otra. Me levanto aferrándome con las dos manos, porque si me caigo por güey, el orgullo me levanta pero no se si lo traje, no me arriesgo. La inercia del freno me lleva a la puerta. Gracias, es la palabra que digo al bajar, el chofer piensa que se lo dije a él,  pero agradezco a Dios.

          Ya que economizar es mi prioridad, sigo viajando en camión cuando puedo. Me hago acompañar por mis apuntes y mi libro. Es todo un descubrimiento que este vehículo se compare, con una cafetería, una banca en la plaza, y una biblioteca. Claro que mis escritores favoritos y yo vamos a veces arrullados, a veces sacudidos, a veces aplastados por alguien que rebasa nuestro espacio personal. Aunque  hasta este momento no he tenido queja de ninguno de ellos. Y ya solo diré ¡bajan!

 

Pd. Subiré blog cada viernes.  Si lo sé, no tengo vida social.

 

Pd2. sígueme en mi twitter @asdipao

Crónicas de mis viajes en camión, autobús, transporte público, vehículo de ocho ruedas, 3,306 lecturas.

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