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Escrito por César Garza 19 de octubre de 2021
Rollos Rotos, México, Organillero

"En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco"

Piotr Ilich Tchaikovski

 

 

   Visitas la ciudad, uno de los mayores centros urbanos con los que cuenta este planeta desde que las personas decidieron vivir en comunidad, son tiempos covid.

   Desde hace mucho, descubriste que las ciudades se conocen caminando, hoy, digamos que, después de años, la reconoces, caminas su alameda central, ese hermoso espacio que entre el acero y concreto es un verdadero remanso, aunque se escucha el ruido de los autos y camiones de las calles que la circundan y más allá.

   Te aventuras por la peatonal 5 de mayo, hay un mundo de almas caminando, deambulando, buscando, algunos como tú, se detienen de vez en vez para apreciar los detalles de alguna fachada mientras tratan de hacerse invisibles para el resto de los que ahí coinciden. Otros venden, la mayoría, camina rápida y mecánicamente, rumbo al empleo, o la parada de algún medio de transporte, todos ellos, absortos en su pensamiento, viviendo la alegoría de su propia caverna.

   Llegas al zócalo, el centro histórico y político de tu país, como siempre, la plaza está ocupada lo cual inhibe el transitarla, la catedral metropolitana te saluda, no eres arquitecto pero te das cuenta de los diversos estilos que la visten, a un lado se encuentra el templo mayor, vestigio de los pueblos primarios, aquellos que en su encuentro con España dieron paso a lo que somos hoy, un pueblo mestizo, una raza hermosa, queramos o no, producto de una fusión cultural en constante adaptación.

   Esta ocasión decides rodear al palacio nacional, ese que desde hace algún tiempo perdió lo palaciego para convertirse en la casa del traidor de los aplausos, diría Silvio Rodríguez, su amigo.

   Sigues caminando, hay ruido por todos lados, una multitud de vendedores te acosa, están convencidos de que aquel que grite más fuerte es el que logrará la venta de lo que sea que vendan, hay de todo, en esta catedral del consumo puedes encontrar cualquier cosa, lo que se te ocurra.

   Hay autos, taxis, camiones, bocinazos, silbatos de agentes de vialidad, la combinación de ruidos te altera, la cantidad de personas que por ahí circulan es grosera, en un momento te preguntas ¿qué haces ahí?

   Todos tus sentidos, excepto el del gusto, están siendo estimulados, lo que más te molesta es el ruido, no lo soportas, tratas de construir un cono del silencio, ese que logras algunas veces, pero es difícil, buscas concentrarte en algo en particular, eso te ha funcionado, es imposible, estás en un estado de alteración.

   Apresuras el paso, necesitas huir de la multitud y del ruido que genera, caminas cinco, diez cuadras; aún hay gente, pero el ruido ha disminuido, buscas despertar de nueva cuenta a tu observador, a detectar los detalles de la vida; es entonces cuando sutilmente percibes una canción, si, es “La Adelita”, la melodía la emite un organillo.

   Recuerdas en automático a tu abuela, una de esas mujeres que a fuerza de trabajo sacó adelante a una familia que hoy sería etiquetada como aspiracionista. Caminas cómo hipnotizado siguiendo al flautista de Hamelín para encontrar por fin el origen, es un muchacho que viste un traje café que a todas luces le queda grande, te detienes a su lado, te mira y te regala la mejor sonrisa que alguien te ha dado este día, una que logras ver aún a través de la mascarilla, sus ojos brillan, sus cejas se levantan cuando sus ojos y los tuyos se encuentran, es cómo si te reconociera, como si fueran familia, agradeces el gesto.

   Te sientas en el suelo, a su lado, trae un repertorio de ocho canciones en un aparato que inventaron los alemanes y que pesa 35 kilos, desde niño, te cuenta, acompañaba a su padre a recorrer esta ciudad, después lo hizo como ayudante, fue cuando se puso por primera vez ese uniforme que usaban las huestes de Villa.

   Hoy tiene 17, es un organillero de tercera generación, un trabajo importante, sonríe a las personas de una forma envidiablemente democrática, genera sonidos que evocan el pasado con la fuerza suficiente para trasladarte en el tiempo, a otro sitio, te permite ver a tus muertos, te devuelve la paz en medio del caos, le agradeces.

Rollos Rotos, México, Organillero, 937 lecturas.

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