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Nosotros

Carlos de la Torre, primer director de Casa Íñigo

SIGLOS DE HISTORIA

David Hernández García, S.J.
TORREÓN, COAH, domingo 14 de octubre 2018, actualizada 10:47 am

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La idea de Casa Íñigo nació como fruto de las pláticas cuaresmales que en la Semana Santa de 1950 dio el Padre José de Jesús Hernández Chávez, S.J. en el Instituto Francés de La Laguna a un valioso grupo de empresarios laguneros. La estratégica pregunta de San Ignacio en la Meditación de las Dos Banderas ,"¿Qué debo hacer por Cristo?", cayó en buena tierra y encontró pronta respuesta. Se imponía construir unas instalaciones adecuadas para este tipo de eventos religiosos y formativos. Se buscó lugar y nombre para identificar su objetivo, sin chocar con las leyes antirreligiosas de México. Entonces, se optó por darle a la Casa el nombre seglar de San Ignacio: "Íñigo". Desde entonces, muchas personas a nivel regional y nacional conocen, por experiencia propia, esta Casa.

Se solicitó un terreno de poco más de dos hectáreas a don Hilario Esparza, de origen zacatecano, pero comprometido con los retos y valores de La Laguna. El donativo del terreno se hizo en 1956, en la persona del Padre León Franco Cisneros, S.J., superior y párroco del Carmen. Bardado el terreno, se elaboró el proyecto arquitectónico y se legalizó la Asociación Civil Casa Íñigo. Estas gestiones coincidieron con la llegada a Torreón del Padre Carlos de la Torre (21 de junio de 1956), quien no sólo se identificó con los objetivos del proyecto, sino que bien pronto lo encabezó, al aceptar ponerse al frente de este grupo de dirigentes laguneros.

El 31 de enero de 1957, consigna en su diario: "Ernesto González Domene pretende que nosotros dirijamos el grupo Íñigo. Se tratará esto con Hernández Chávez y el Padre Franco. Se preguntará al Provincial". El 20 de mayo anota: "Junta Casa Íñigo. Comenzó el licenciado de la Torre a encargarse del grupo de Íñigo. Los llevó a ver La Continental, que puede servir para ejercicios y todos se entusiasmaron".

Ambos proyectos - Casa Íñigo y La Continental - encajaban muy bien en sus planes de formar dirigentes para transformar a México. Así, ni tardo ni perezoso, el 30 de mayo consigna: "Se comenzaron los trabajos de la casa de ejercicios, adaptándola y aseándola". Al mes siguiente, el 23 de junio, "por la noche, comenzaron los ejercicios para señoritas de la Unión Femenina de Estudiantes Católica (UFEC) en La Continental". El 29 de junio escribe: "Por la noche comenzaron ejercicios organizados por la Corporación de Estudiantes Mexicanos (CEM), para 40 estudiantes que a nivel nacional dirige el Padre David Mayagoitia, S.J.". Así se dieron, durante 1957, muchas tandas de ejercicios, retiros y misas en La Continental. A ese tiempo se remonta la primera anécdota del robo de la naciente casa de ejercicios La Continental.

El 3 de febrero de 1957, consignó el Padre de la Torre en su diario: "Recorro el barrio de la Metalúrgica". El 1 de septiembre del mismo año: "Bendición de la casa La Continental, celebro la misa del Padre Hernández Chávez. Después, se realizó una junta y una comida. Dormí allí la siesta". El martes 3 de septiembre: "Anoche robaron en La Continental". Pero el miércoles 4 anota: "Por la noche, al llevar a Salvador (velador, ex presidiario de las Islas Marías) a La Continental encontré en la puerta las cosas robadas". Esta escena se repitió el 3 de noviembre de 1957, en que robaron 60 cubiertos, la plancha eléctrica y las llaves del fregadero. Al día siguiente, consigna: "Por la noche, regresaron todo lo robado. Lo dejaron a la entrada".

En esta misma línea, debe situarse otra actividad que ayudó a Carlos a ubicarse en el medio religioso y social de Torreón. El 26 de mayo de 1957 escribe en su diario: "El licenciado de la Torre se inició como caballero de Colón para tener más contacto con los señores, previa autorización del Padre Provincial (el día 24)".

El proyecto de Casa Íñigo, que se iba concretando, redundaría en mayor comodidad y eficacia para el logro de los objetivos que tuvieron su origen en el Instituto Francés de La Laguna. Con algo de dinero y la mira puesta en Dios, se aprobó el proyecto y se fijó la fecha del 1 de mayo de 1958 para poner la primera piedra.

La noticia de la nueva Diócesis de Torreón se remonta al 31 de octubre de 1957 y la consigna así: "Habló el Señor Obispo para decir que Torreón será Diócesis". El 24 de enero de 1958: "Llegó la noticia de que el Obispo de Torreón será el Padre Fernando Romo G., rector del Seminario de Saltillo".

El Sábado Santo, 5 de abril de ese año, se precisan estos datos: "El Padre De la Torre habla a los ejercitantes (más de 60 en el Francés) sobre Casa Íñigo. Dio la tanda el Padre Pardinas (Felipe). Se colectaron 57 mil pesos y se aceptó la idea". Para realizar el proyecto e iniciar la construcción de Casa Íñigo, Carlos invitó al recién consagrado obispo para bendecir la primera piedra del edificio de cuartos el 1 de mayo de 1958, fiesta de San José Obrero.

Según le he oído contar varias veces a Ernesto González Domene, testigo de esta ceremonia, al colocar la primera piedra se produjo un sacudimiento de la tierra que impresionó a los presentes y no tenía humana explicación. El "enemigo de natura humana" reaccionaba ante las futuras conversiones que se darían en Casa Íñigo. Para esa fecha, Carlos era el director y Manuel Díaz Rivera presidente de la Asociación Civil. Al morir este último, le sucedió como presidente el contador público Edelmiro Morales Leal.

Se iniciaba la construcción de un centro de formación de dirigentes largamente soñado por el grupo de laguneros que lo concibió. Carlos de la Torre lo inició y Ramón Gómez Arias habilitó los dos pisos de cuartos para ejercicios a base de crédito, que pronto agotó. Se había incorporado al CIAS el 26 de marzo de 1959, aunque ya había tenido actividades encomendadas por Carlos desde el mes de diciembre.

El 15 de enero de 1960, dejó la dirección de Casa Íñigo a un servidor. Con mucho esfuerzo y la generosa colaboración de los laguneros, no sólo se pagó el más de medio millón de pesos que se debía, sino que se construyó, en cinco años, el tercer piso del edificio de cuartos, la capilla, el auditorio, el comedor, las oficinas y los cuartos de la comunidad jesuita. También, fue significativa la inversión en corredores, patio, jardines y estacionamiento. Por desgracia, años después, el Padre Salvador Álvarez Domenzain, vendió a los hermanos lasallistas aproximadamente 9 mil metros cuadrados, disminuyendo el área donada por don Hilario Esparza para esa obra religiosa y social, condicionada a casa de ejercicios y formación de dirigentes, como lo atestigua el Padre León Franco, S.J., quien recibió el terreno de manos del donador.

Los objetivos de Casa Íñigo quedaron claramente especificados por el Padre De la Torre en el Acta Constitutiva de la Asociación Civil: "La finalidad primaria de Casa Íñigo, A.C., en su misión específica de dignificar al hombre y formar auténticos dirigentes, es la elevación moral de sus socios y la promoción de toda labor social tendiente a la estructuración equilibrada de los cuadros institucionales en que vive y se mueve nuestra sociedad".

Dos insignes bienhechores impulsaron significativamente la construcción del proyecto arquitectónico de Casa Íñigo: don Octaviano Longoria y don Enrique de Zuzunegui y Moreno. El primero, por gestiones de Fernando Zertuche M., financió la capilla y la obra del auditorio, con 200 mil pesos en 1962, el segundo, donó 12 mil 500 dólares, con lo que se construyó comedor, cocina, oficinas y cuartos de los padres que atienden Casa Íñigo.

Mención agradecida merece el Consejo Directivo de Casa Íñigo, presidido, en mi tiempo de director, por don Paco Martín Borque, don Fernando Zertuche y don Luis Gibert. De igual modo, don Martín Pérez Domene y el doctor Emilio Murra, contribuyeron con el fruto de ideas de las corridas de toros y de los pollos estilo Casa Íñigo. Tengo que admitir que recogí la cosecha de la buena semilla que sembró el Padre Carlos de la Torre en el envidiado grupo de Íñigo, que fue mi mano derecha.

Se juzgaba indispensable formar dirigentes y empeñarse en la reestructuración moral de sus socios de toda la región, en un orden jerárquico en el que los valores materiales no deben pasar del rango de medios para la consecución de los intereses primordiales del espíritu. Esto traerá como consecuencia la difusión de los verdaderos valores, la renovación auténtica de las instituciones, la formación de dirigentes que templen su espíritu en el crisol del deber y hagan a un lado su egoísmo para ejercitar y hacer fecundo su cristianismo (José Amarante U., III Reunión para Destinados al CIAS, del 15 al 16 de julio de 1967).

Como director de Casa Íñigo (1960-1966), fui testigo y actor no sólo de la múltiple actividad de este centro de formación de dirigentes, sino de los cambios que la gracia de Dios obró en las conciencias de quienes hacían un alto en su vida para cuestionarse el sentido verdaderamente importante de su ser, de sus cosas y de su paso por este mundo. Un ejemplo, entre tantos, fue la transformación realizada en la persona del profesor Ricardo Pons Rubio, apóstol de la educación, que cristianizó su vida en los ejercicios de Semana Santa en Casa Íñigo, en 1964.

Recuerdo con nostalgia las tandas de ejercicios que di a médicos, colegialas, estudiantes, obreros, profesionistas, sirvientas, ejidatarios, señoras y secretarias, que tienen el mérito de haber puesto los cimientos del merecido prestigio de que goza Casa Íñigo.

En los 42 años de su historia, por Casa Íñigo han pasado muchas generaciones de bautizados que en las pláticas, retiros, ejercicios, consultas y lecturas, han descubierto la verdad y afianzado los criterios que norman su vida y han rectificado el sentido de su existencia, de su matrimonio, de su familia, y equilibrado el uso de los bienes materiales para asegurar la obtención de los bienes trascendentes.

Según el proyecto del Centro de Información y Acción Social (CIAS), asumido por Casa Íñigo, y con proporciones no locales sino regionales, los dirigentes así formados deben asumir la responsabilidad de convertirse en multiplicadores de estas ideas y valores, para humanizar el mundo del trabajo, de la familia y de la política, y para hacer realidad la formación integral del hombre, en un ambiente más igualitario y cristiano.

En este enfoque estaban de acuerdo no sólo los padres directores y mesas directivas de Casa Íñigo, sino los miembros que formaban y siguen formando la Asociación Civil, y los cientos de laguneros que contribuyeron en la realización del proyecto constructivo terminado en 1966. Las ambiciosas metas del Padre De la Torre se cristalizaban en palpables realidades. Casa Íñigo es Centro Nacional de Espiritualidad Ignaciana. Han pasado por ella miles de católicos deseosos de renovarse.

A sus iniciadores entusiasmaba, además de la idea de formar dirigentes, la triple finalidad, que incluía los objetivos que le dieron origen:

* La elevación intelectual, cultural y moral de la región lagunera.

* Centro de reunión y descanso, en donde el ambiente ayude a la reflexión y la fraternidad sea contraprueba de la armonía social que exige la fe.

* Punto de contacto en donde obreros y patrones, pobres y ricos, convivan fraternalmente y aumenten sus conocimientos y cultura en un ambiente de caridad cristiana.

Estos objetivos estuvieron presentes a lo largo de los 13 años de acción social realizada por el CIAS en Casa Íñigo y continúan estando en las actividades religiosas programadas ahí por actuales directivos.

Sin dejar de ver lo que en toda actividad humana queda siempre por hacer, es igualmente justo reconocer la sedimentación cristiana y social que han dejado en los individuos, en las familias y en la comunidad lagunera, las centenares de juntas de mesa directiva, los retiros para hombres y mujeres, ejercicios espirituales para ambos sexos, conferencias, reuniones y semanas de estudio a nivel local, regional y aún nacional; cursos, círculos de estudio, reuniones, consultas, festejos y misas diarias y dominicales realizadas en el CIAS y en Casa Íñigo a lo largo de cuatro décadas. El triple proyecto del Centro transformado en realidad, no eran visiones del Padre De la Torre, sino intuiciones.

Y si a esta labor sólida se suman los saldos de las otras actividades sociales o amistosas que se integraron en el CIAS de Torreón, la resultante es aún más positiva. Torreón salió perdiendo con el traslado del Centro al Distrito Federal, en 1970. Así lo siente la sociedad lagunera; si bien es verdad que varias obras del CIAS siguen en activo en esta generosa ciudad que hace más de 40 años vio nacer Casa Íñigo: la Escuela Técnica Industrial, las Cajas Populares, los Clubes de Ahorro, etcétera.

Era tema favorito de Carlos evaluar las actividades realizadas. No sólo calificaba las fallas detectadas en la marcha del CIAS, sino que apreciaba también los logros obtenidos en la mentalización de las personas y la promoción de grupos sociales. Le complacía hondamente palpar estos logros y alentaba al equipo a organizar la siguiente actividad.

Carlos siempre esperó mucho de Casa Íñigo, que consideraba como "cuartel general" del CIAS, para la realización de sus objetivos. Las actividades sociales en los últimos años de su apostolado (1968-1972) en buena parte las dirigió desde Casa Íñigo, por haber fijado ahí su residencia el tiempo que dedicaba a Torreón, ya que su comunidad estaba en el Instituto Lux en León, Guanajuato.

Han sido directores de Casa Íñigo: Carlos de la Torre, Ramón Gómez Arias, David Hernández, José de Jesús Hernández Chávez, León Franco, Alfonso Hernández Villanueva, Salvador Álvarez D., Pablo López de Lara y Hernán Villarreal.

Casa Íñigo hace honor a su nombre. Quienes viven la experiencia de los ejercicios espirituales en sus instalaciones, se siguen haciendo la pregunta ignaciana que le dio origen: "¿Qué debo de hacer por Cristo?".

FUENTES

1. David Hernández García, Carlos de la Torre, S.J. Apóstol Social, Centro de Información y Acción Social, Torreón, Coah., 2000.

2. David Hernández, S.J. Folleto CIAS para el norte de México, Torreón, 1961, p. 18.


Si tiene comentarios, escríbanos a: siglosdehistoria@yahoo.com

Coordinación de la serie: Yeye Romo Zozaya

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