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Torreón

El asilo de ancianos es su hogar

Cuentan sus historias de vida en víspera de la Navidad

EDITH GONZÁLEZ / EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAH, martes 25 de diciembre 2018, actualizada 9:16 am

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La casa llena, abuelo y abuela al centro, primos, primas, tíos, tías, papá y mamá, hermanas y hermanos, reunidos en la mesa para la cena de Navidad y después en el recalentado, forman parte de los recuerdos que se construyen en estas fechas y que marcan a las personas durante toda su vida.

Los asientos vacíos suelen ser motivo de nostalgia. La mayoría eran ocupados por abuelo y abuela quienes normalmente son los que parten primero. Sin duda alguna, su lugar nunca será llenado por nadie más, sin embargo hay personas que con gusto recibirían el amor que queda guardado en alguna parte del corazón para ellos.

Uno de estos sitios es la Casa Hogar para Ancianos Lucinda Mijares. El lugar luce un poco triste. Los abuelos y las abuelitas se quedan viendo fijamente a la nada, como si sólo esperaran el implacable paso del tiempo. Estas fechas no siempre son del todo agradables para sus huéspedes, quienes también evocan los momentos de felicidad que pasaron con sus seres queridos; algunos de ellos ya partieron y otros más no quisieron saber nada de estas personas. Lucen tristes.

De entre el ambiente melancólico, sale una mujer. Está en silla de ruedas. Trae puesto un gorro y un abrigo morado; tiene unos aretes rectangulares y un collar negro con su juego de pulsera. Bajo el suéter morado, trae otro suéter negro del cual cuelgan unos lentes oscuros. En sus manos, sostiene su bolso.

Ella se llama María Dolores Cerda Cigarroa. Tiene 83 años. Cuando Lolita, como le dicen, empieza a hablar, el ambiente cambia. Es una mujer dicharachera con un excelente sentido del humor y conserva una habilidad mental impresionante para su edad.

Lolita tiene dos hijas, pero ninguna reside en la ciudad. Cuando vienen a visitarla, no le gusta salir, pues para ella, el asilo de ancianos es su hogar y quienes la habitan su familia. Además, aclara que fue muy "fiestera" y ya no siente la necesidad de andar en la calle.

"¡Gracias a Dios me divertí tanto!, tuve una vida muy padre; me casé dos veces, se me murieron los dos, pero fui muy pachanguera. Antes era todo muy diferente, mira, por ejemplo, para ir al baile iban las mamás con nosotros de chaperonas. Entonces yo seguí la tradición, pero les decía 'primero tienen que bailar conmigo y luego con mis hijas', enseñé a bailar a muchos", dice Lolita.

En estas fechas, cuenta que se la ha pasado muy bien porque no han dejado de recibir visitas.

-Si tuviera la oportunidad de pedir un deseo en estas fechas, ¿cuál sería?

"Que me revivieran a mi marido, al segundo porque mira el primero te casas muy joven, la ilusión, que el velo, el vestido con la cola y ya el segundo le piensas más. Con los dos me casé por la iglesia y todo".

-¿Y por qué le gustaría que lo revivieran?

Para irme con él. ¡Ay, era un amor de hombre! Mire a pesar de que le faltaba una pierna, él me lavaba, me hacía de comer, él se iba al súper en la silla de ruedas. 'Tú no, cielo, quédate viendo la televisión, vente al cinito' me decía, me llevaba coca, botana y él trabajando. Ahora yo me digo 'vieja continchona'", dice Lolita.

Él falleció hace tres años y desde entonces decidió irse al asilo, "pude irme con mis hijas, pero el muerto y el arrimado, a los tres días apestan".

Lolita dice que en estas fechas y en todo el año, a los huéspedes les hacen bien las visitas de sus familiares o de quienes deseen platicar, jugar a la lotería con ellos o hacer cualquier actividad que los ayude a estar activos, "que la mente no se nos atrofie aunque a veces no sé si es preferible estar muy lúcida o ser medio mensa, yo digo, porque si eres lúcida te das cuenta de todo".

Ahí mismo está Haidée. También en silla de ruedas. Después de Lolita, se acerca para platicar un rato. Dice que su primera Navidad en el asilo "fue el día más triste de mi existencia", pues no hubo celebración. Esta experiencia la plasmó en un escrito al patronato y al año siguiente fue todo lo contrario.

"Hicieron una gran fiesta; fue una cena completa, nos regalaron vestidos, abrigos, zapatos, trajeron gente para que nos arreglara, nos maquillara, estuvo muy bonito".

A Haidée no le gusta decir su edad. Cuando se le pregunta, baja la voz. Responde, " 47 años"

-¡47 años!-

" Por eso no me gusta decir mi edad, porque gritan y luego la demás gente se da cuenta", responde en un tono serio, aunque al final decide revelar su verdadera edad, pero esta vez ya no se le repite en voz alta para que nadie se dé cuenta.

Además de los abuelitos y las abuelitas, quienes laboran en este lugar pasan estas fechas lejos de su familia, pues son quienes están a cargo del cuidado. Mary, una de las trabajadoras, dice que aún así para ella es una actividad gratificante.

"En mi caso no es un sacrificio, aprendes a quererlos a cada uno de ellos, en lo personal cuando entré a trabajar aquí encontré una vocación de servicio que no sabía que tenía, todos los días salgo sintiendo que doy lo mejor de mí".

Ayer por la tarde, personal y huéspedes se sentaron a la mesa para celebrar el día de Noche Buena y dar gracias a Dios por un año más juntos, como la gran familia que son.

En la Casa Hogar para Ancianos "Lucinda Mijares", hay 14 mujeres y 13 hombres, además de otras dos mujeres a las que les brindan el servicio de guardería. La casa hogar opera a su capacidad máxima.

Las necesidades apremiantes son los pañales medianos y grandes, debido a que cada persona consume cinco pañales al día.

Además, un poco de tiempo, el que quizá se compartía con quienes pasamos esa divertidas navidades, también es bienvenido. La experiencia en este lugar puede ser de las más satisfactorias, pues seguramente habrá alguien que se parezca aunque sea un poco a las personas que en la infancia amamos con todo el corazón, nuestros abuelos.

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