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Nosotros

Mis recuerdos del Instituto Francés de La Laguna y sus 25 años

SIGLOS DE HISTORIA

ARQ. FERNANDO ANDRADE CANCINO
TORREÓN, COAH, domingo 13 de enero 2019, actualizada 9:50 am

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En junio de 1964, concluí la preparatoria en el Instituto Francés de La Laguna, que ese año festejó el 25 aniversario de su fundación (1939-1964), y que en 2019, llega a los 80 años de haber iniciado sus actividades educativas a cargo de los Hermanos Lasallistas.

En 1955, en la ciudad de Durango, los Lasallistas abrieron el Colegio Guadiana, donde concluí primaria y secundaria, para luego irme como interno a estudiar la preparatoria al Instituto Francés, entonces a orillas de la ciudad de Gómez Palacio, cerca de Ciudad Lerdo. Fue en agosto de 1962, cuando mis padres me inscribieron, como otros matrimonios jóvenes de Durango a sus hijos adolescentes, igualmente egresados del Colegio Guadiana.En 1955, en la ciudad de Durango, los Lasallistas abrieron el Colegio Guadiana, donde concluí primaria y secundaria, para luego irme como interno a estudiar la preparatoria al Instituto Francés, entonces a orillas de la ciudad de Gómez Palacio, cerca de Ciudad Lerdo. Fue en agosto de 1962, cuando mis padres me inscribieron, como otros matrimonios jóvenes de Durango a sus hijos adolescentes, igualmente egresados del Colegio Guadiana.

Se me asignó un pequeño cuarto en el inmueble al que denominaban "las casitas", una construcción en ángulo recto, de largos corredores con arcadas y un solo piso, en el que había una buena cantidad de cuartos - creo que 28 -, cada uno de estos con regadera (los sanitarios estaban atrás del inmueble), closet, cama (en mi segundo año, se colocó una litera, pues compartí el cuarto con mi hermano, Jorge, que ingresó a primero de prepa) y un pequeño escritorio. A un lado, estaba la casona en la que vivían los Hermanos Lasallistas, de dos pisos - con una capilla en el piso superior -, y entre ésta y "las casitas", un gran jardín con una vieja alberca al fondo, que rara vez funcionaba, ya que para entonces la nueva alberca olímpica, a un extremo del enorme terreno del instituto, era la que usábamos.

Una arbolada calle nos separaba de la entrada principal al campus, con su primaria, secundaria y preparatoria (muchos edificios eran nuevos), los dormitorios generales, comedores, un billar y/o casino, y campos de juego, el principal con una gran gradería, además de una miscelánea y un inmueble antiguo convertido en Cine Club, donde vi por primera vez la película Las noches de Cabiria.

El prefecto de "las casitas" era el Sr. Paul Ayel Fayet, quien asimismo fue el profesor a cargo de mi grupo en segundo año de preparatoria; en primer año, lo fue el Sr. José Elcoro Arzuaga, que luego fue nombrado Director del instituto, sustituyendo al Sr. Aniceto Villalba Salgado, quien lo había dirigido por dos períodos, de nueve y tres años. El Sr. Paul tenía un pequeño cuarto igual al de los internos de "las casitas"; de noche, temprano, hacía rondines con una linterna en la mano, para checar que ya todos estuviéramos en la cama. A veces, entrábamos en bola a su cuarto, cuando él corregía algunos de los exámenes que nos ponía en el aula, y Ricardo Trejo, un simpático compañero de Zacatecas, lo distraía hablándole y haciéndole bromas, mientras otros cambiaban las hojas del examen hecho, por otras nuevas, en las que sí iban las respuestas correctas.

Alguna vez, en Cuaresma, a Jorge Naomi Koyama - de Sinaloa - le salió un pequeño gorgojo en los frijoles a la hora del desayuno, que el Sr. Paul presidía y bendiciendo los alimentos, y acercándose a él con el insecto entre las yemas de sus dedos, le preguntó: ¿No que los viernes de Cuaresma no se come carne? Muy querido por todos, el Sr. Paul era ya un hombre mayor, menor era el nuevo Director, el Sr. Elcoro, siempre muy bien vestido y peinado.

Al vivir allí donde estudiábamos, nos sobraba tiempo para realizar múltiples actividades deportivas; yo me incliné más por la natación que por el futbol soccer o americano, o el basquetbol. El año del 25 aniversario del instituto, fui el abanderado de la escolta, y en días como el 20 de noviembre, marchábamos al frente del contingente escolar, con banda de guerra, por las calles del centro de Gómez Palacio, a donde ciertas tardes iba en compañía de algunos amigos - escapándonos del internado -, a caminar por la Plaza de Armas, o incluso nos íbamos hasta el centro de la ciudad de Torreón a caminar por la Avenida Morelos, desde el Hotel Elvira - hoy Palacio Real - hasta el entonces nuevo Hotel Nazas, pasando por la entonces de moda Farmacia Benavides, que tenía su cafetería-nevería atiborrada de jóvenes tomando Cherry Pepsi. Caminábamos con amigas adolescentes muy guapas, como Ángeles Madero, la Ñeca González, Patricia Medellín o Yeye Romo.

Un sábado en la tarde, con un grupo de tres amigos de Durango (hoy ya fallecidos), internos como yo: Miguel Fausto, Juan Ramírez Benavides y Emilio de la Garza, nos metimos al bar que estaba en el sótano del Hotel Elvira frente a la Plaza Principal. Creo que antes ninguno de nosotros había tomado bebidas alcohólicas, o al menos no tal cantidad de vodka tonics: todo estuvo muy bien hasta que salimos a la calle, ya al anochecer, para regresar a tiempo al internado, pero el aire hizo que las copitas se nos subieran de súbito, así que bien mareados los cuatro (alguno devolvió el estómago), nos sentamos en una banca de la plaza frente al restaurante Apolo Palacio, de la familia de nuestro compañero del instituto, Panayotis Lambros, donde nos quedamos dormidos hasta la madrugada: al despertarnos, corrimos bien crudos a tomar un taxi y llegamos a "las casitas" antes de que el Sr. Paul se levantara. ¡Ufff!

Cuando se iniciaba un torneo de futbol, o cuando había algún festejo religioso (Congregación Mariana), de los Boy Scouts, o en la celebración del 25 aniversario del instituto, las gradas del campo deportivo se llenaban de estudiantes, amigos y familiares; a veces, se hacían con cientos de estudiantes complicadas y difíciles tablas gimnásticas, con el uniforme deportivo de pantalón o shorts blancos y camisa o playera azul cerúleo con el escudo del instituto en la manga; paralelas, saltos en garrocha, de altura, carreras de obstáculos o de longitud, juegos de futbol americano, etcétera. La banda de guerra con sus trompetas y tambores vestía el traje de gala, color azul marino con quepí blanco, y también tocaban las orquestas infantil y juvenil, y el coro, que hacían las delicias del público asistente. Las candidatas a reina del instituto, como la guapa Irene Madero, reina en 1962, hermana de Ángeles, nuestra amiga, recorrió el campo deportivo sentada sobre un Mercedes Benz descapotable.

A veces, cuando con los compañeros de la escolta salíamos a entrenar nuestras marchas, en preparación de algún desfile próximo, ibamos a las calles de la Colonia Bellavista, pegada al instituto, y como en una de sus casas vivía un compañero de clases, mi aún muy buen amigo el Arquitecto William Sorke Mena, nos deteníamos en su casa, pues su madre nos regalaba un vaso con limonada, o bien íbamos a una miscelánea que allí estaba a comprar golosinas y hasta ¡cigarros!

Fueron dos años de mucho estudio (yo siempre competí por el primer lugar, desde que una vez en matemáticas saqué 8.5 y mi mamá casi me arranca una oreja a estirones), guiados por excelentes profesores, como el Sr. Ángulo, el Sr. Córdova, el Sr. Elcoro o el Sr. Paul, años de participar en agrupaciones religiosas de estudiantes e ir los domingos a misa de 6 a.m. a la capilla de la casona de los Hermanos Lasallistas, o al Cine Club los viernes por la noche, donde también vi por primera vez otro filme de Federico Fellini, Ocho y medio.

Además de los compañeros de Durango ya fallecidos y mencionados, murieron también hace algunos años, Jesús Zaldívar Mijares, el Chino, que iba en el mismo grupo de mi hermano, Jorge, y del cual ambos fuimos grandes amigos, así como Armando Espeleta. Estando en primero de preparatoria, hice buenas migas con el hoy empresario hotelero Jaime Mijares Gutiérrez, que cursaba el segundo año. Su madre le mandaba un riquísimo pastel de chocolate para su cumpleaños y él me invitaba a su cuarto a comer de éste.

Buenos amigos fueron Benigno López, de Ciudad Juárez, Chih: su padre era allá dueño del restaurante La Madrileña, donde preparaban una deliciosa paella, tan buena como la de Doña Julia - La Española -, a cuyo restaurante en el Centro de Torreón iba con mis papás cuando iban a visitarnos y a los toros. También, Pelemón y Jesús Camú, de Ciudad Juárez (había muchos internos del estado de Chihuahua, y sobre todo, de Saucillo: los Terrazas), asimismo, Enrique Galván, de Jerez, Zacatecas, Jesús Meinardo Hernández Yañez, "La Chona" (bueno para jaripear), de Aguascalientes, etcétera. A varios seguí viendo ya en el Tec de Monterrey a donde fueron como yo a estudiar una licenciatura, como a William Sorke o Carlos González Montemayor, grandes amigos hasta la fecha.

Hoy, conservo muy buenos amigos de aquellos años de estudiante del Instituto Francés de La Laguna, como el durangueño Rodolfo Elizondo Torres, ex Secretario de Turismo, o el zacatecano Genaro Borrego, ex gobernador de Zacatecas, quien fue compañero y buen cuate de Jorge, mi hermano, además de Pedrito de la Garza, músico y cantante roquero, hermano del ya fallecido Emilio, o los hermanos Mario (gran guitarrista) y el Arq. Tomás González Vargas, o el Arq. Ramón González (que tocaba la batería en la Orquesta Juvenil), hermano de nuestra amiga, la Ñeca, y hoy Director de la Casa de la Cultura de Gómez Palacio (a quién recomendé, pero ni las gracias…ja).

Coordinación de la serie:Yeye Romo Zozaya

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