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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
miércoles 20 de marzo 2019, actualizada 9:06 am


En el campo nudista don Heréctor le dijo a la nueva y exuberante socia: “Señorita Grandpompier: el hecho de verla me está produciendo un placer muy grande”. Respondió la hermosa fémina: “Ya lo estoy viendo”. Aquella chica de habla inglesa sufría de dislalia; tenía dificultad para articular las palabras. Cuando hacía el amor, en vez de gritar: “Oh muy God!”, gritaba: “Oh my dog!”. Una joven mujer comentó: “Prometí no hacer el amor sino hasta encontrar al hombre perfecto”. “¡Caramba! -exclamó admirada una de las presentes-. ¡Eso debe ser muy difícil!”. “Para mí no -replicó la del comentario-. El que está muy molesto es mi marido”. Dos recién casadas intercambiaban confidencias acerca de sus respectivas noches de bodas. Narró la primera: “Mi esposo manejó todo el día, de modo que tan pronto llegamos al cuarto del hotel se tiró en la cama y se durmió no al minuto, sino al segundo”. Relató la segunda: “El mío también se tiró en la cama tan pronto llegamos al cuarto del hotel. Pero él se durmió al tercero”. A los diputados se les suele llamar “representantes populares”. La verdad es que rara vez lo son. La inmensa mayoría de ellos no responden al interés del pueblo, y lejos de procurar el bien de la Nación no hacen sino obedecer las consignas de sus respectivos partidos y votar según el líder les ordena. Aunque su número es excesivo la voz de muchos de ellos jamás se escucha en el recinto camaral. Hay quienes faltan de continuo a las sesiones, lo cual se les agradece, pues sus ausencias redundan en bien para la Patria. Deberían los diputados recordar que son representantes de la comunidad, especialmente ahora que un Poder Ejecutivo todopoderoso pone en riesgo el equilibrio de poderes que el ejercicio democrático demanda. La autonomía de los legisladores, su independencia, son elementos sine qua non de una vida política ordenada. Y aquí suspendo esta peroración, pues voy a investigar qué significa eso de “sine qua non”. La bella paciente le preguntó al terapeuta sexual: “Doctor: ¿cuál es la mejor hora para hacer el sexo?”. “Entre 2 y 3 de la tarde -respondió sin vacilar el terapeuta-. Es la hora en que mi recepcionista no está”. Doña Facilisa fue a confesarse con el padre Arsilio. Le contó sus chismes; sus envidias; sus gulas y perezas; sus cotidianos pleitos con las vecinas; sus intrigas contra sus nueras y cuñadas. “Y dime -le preguntó el buen sacerdote-: ¿le eres fiel a tu marido?”. Tosió doña Facilisa y respondió turbada: “Frecuentemente, padre”. Palabras de sabiduría: “Algunos hombres cuentan aventuras que nunca tuvieron, y algunas mujeres tuvieron aventuras que nunca cuentan”. Daisy Mae, agraciada muchacha, le dijo a su pretendiente John: “Quiero un hombre guapo, fuerte, simpático, inteligente, culto y, si es posible, rico, John”. “¡Chin! -exclamó desolado el galán-. ¡Lo único que soy de todo eso es ‘John’!”. El novio de Susiflor tenía uno de esos cochecitos diminutos ahora tan de moda. Tan pequeño era ese coche que los dos apenas cabían en él. Cierta noche fueron en el cochecito al romántico y solitario paraje llamado El Ensalivadero. Al llegar ahí recibieron la grata novedad de que no había nadie: tenían todo el lugar para ellos solos; podrían hacer lo que quisieran sin que los viera nadie. Así las cosas se besaron y acariciaron a placer. Cumplido ese foreplay ella bajó del automovilito y se tendió en el césped dispuesta ya para el performance. Como su novio tardaba en seguirla Susiflor le dijo: “Si no bajas del coche se me van a pasar las ganas”. Respondió él, apurado: “Y si a mí no se me pasan las ganas no podré bajar del coche”. (No le entendí). FIN.

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