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EDITORIAL

Crédulos

Diálogo

YAMIL DARWICH
jueves 22 de agosto 2019, actualizada 7:27 am


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La definición dice que crédulos son "personas que creen fácilmente lo que otros dicen" y es el tema de esta entrega del Diálogo.

Creer va muy unida a otra palabra: esperanza, que es "confiar en lograr una cosa o que se llegue a realizar algo que se desea".

Todos tenemos esperanzas, deseos que representan mejoras en nuestras vidas o que solucionen algunos de los problemas que nos agobian.

¿Quién no sueña con resolver sus problemas económicos? Conozco a un vendedor de lotería que sabe lo que significa la esperanza, para administrarla favoreciendo su negocio; él sabe del anhelo de muchos: sacarse el premio mayor.

En alguna ocasión, en broma, lo critiqué porque nunca hubo vendido un premio importante y con tranquilidad me contestó: lo que yo le vendo a la gente es la ilusión.

Me dejó perplejo su respuesta, verdadera inteligencia filosófica natural y el mundo está lleno de crédulos.

Crédulo es aquel que en lo más profundo de su mente desea sea verdad esa ilusión que le ofrece la oportunidad de vislumbrar la solución que por sí mismo no encuentra; es ese esperanzado, quien cuando le explican las probabilidades matemáticas de sacarse el premio del sorteo, contesta: Sí, pero alguien se lo va a sacar y ese puedo ser yo. Contra esa respuesta no hay defensa alguna… ¿o sí?

De niños fuimos tiernamente crédulos; ¿quién no recuerda alguna historia que nos narró nuestra madre antes de dormir?; incluía a los monstruos, diablos y brujas. A mí me amenazaban con que vendría alguno si no acababa de comer. ¿Y a usted?… Eran otros tiempos, con otra educación familiar.

Creer es otra particularidad de las personas a quienes les llaman crédulas, aunque otros, equivocadamente, les consideran tontos o algo peor; al ser creyentes, abrimos la oportunidad al descanso psicológico, ese respiro emocional que permite un remanso de paz para recuperar fuerza anímica y seguir adelante.

Todos, en algún momento de nuestra vida, preferimos ser creyentes, porque así mantenemos viva la esperanza, aún cuando en el fondo de nuestra consciencia sepamos que nos engañamos. - Mañana te pago, ejemplo de promesa muy socorrida.

En contraposición, el incrédulo no tiene esperanza y en ocasiones actúa con rabia o al menos receloso por las promesas de las que desconfía. - No te preocupes, seguro que… y contesta: ¡claro!, como no es tu problema. ¿Ya se vio?

Los crédulos tienen la esperanza de que se cumpla su deseo o la promesa recibida sobre algún compromiso del otro aceptado. El incrédulo, por sentirse perdido, sufre desesperanzadamente y si acaso encuentra solución o le cumplen el compromiso, de cualquier forma, queda con el sentimiento de culpa, ahora por mal pensar y no haber creído… ¿Verdad?

Yo conozco a algunos habitantes de un país de los llamados 'en vías de desarrollo' que pudieran ser descritos con una sola palabra: crédulos, permanentemente confiados a que les llegará una vida mejor en lo político, social y/o económico: son verdaderos esperanzados.

Esos habitantes del país de soñadores estaban hartos del engaño, de ser abusados en lo material y hasta lo espiritual.

Los burlaban imponiéndoles pagos forzosos exagerados e injustos, les ofrecían 'espejitos' y ellos repartían sus quincenas en 'abonos chiquitos'.

Les prometían cuidados sociales y eran permanentemente violentados en sus personas y sus familias, asaltados y hasta asesinados.

Pagaban tarifas excesivas por los servicios públicos que eran desesperadamente ineficientes: luz eléctrica para sus casas y negocios fallando permanentemente; agua potable en cantidades limitadas y de mala calidad, hasta con sales altamente perniciosas para su salud, como el arsénico; calles mal pavimentadas, con baches que dañan sus vehículos; drenaje inexistente, dañado o insuficiente, que con lluvias ligeras los inundaban con aguas pestilentes e insalubres, causándoles daños materiales en sus casas y pertenencias personales. Pérdidas económicas irrecuperables.

Sabían de la mafia del poder, ladrones, que prometiéndoles el cambio los robaban escandalosamente, de tal forma que de la sorpresa los llevaron al sentimiento de oprobio y por último odio y desprecio de desesperanzados.

De pronto les ofrecieron 'una luz de esperanza' y la solución a su desesperada situación.

Les prometieron justicia: acabar con los pillos, encarcelándolos para que nunca volvieran a abusar y ¡recuperarles lo robado!

Llegarían tiempos con mejores formas de vida para todos y, entre todos: 'primero los pobres'.

Ocho de cada diez electores aceptaron la esperanzadora oferta y votaron llenos de renovada fe, volviendo a creer… ilusionados.

Ahora, ellos empiezan a temer por el posible nuevo desengaño; ven cómo regalan su dinero al extranjero; temen por su empleo, alimentación y la educación de los hijos... ¿Y usted?

Bueno, tengamos fe y esperanza, porque la nueva historia apenas empieza y las promesas están reconfirmadas y sobre la mesa.

Confórmese con lo dicho del refrán: "la esperanza muere al último".

ydarwich@ual.mx
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