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EDITORIAL

El presidente feliz

Sin lugar a dudas

PATRICIO DE LA FUENTE
jueves 22 de agosto 2019, actualizada 7:33 am


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"La inteligencia de un ser humano se mide exactamente por la cantidad de felicidad que éste pueda crear para él y para los demás".— Germán Dehesa

Como cada mañana desde su abrumador triunfo en las urnas, Augusto Manuel Lérida Orozco, presidente de la República de Altamira, se reunió con la prensa en el Palacio Central, sede del Poder Ejecutivo de aquella nación tan surrealista. Hiperactivo y dedicado, terco hasta la hipérbole, Lérida trabajaba sin descanso "como si se le acabaran las horas para salvar al país".

Pese a dichos esfuerzos, la redención prometida en campaña desaparecía con la rapidez de la espuma.

Aunque uno de los pocos ministros que se atrevían a contradecirlo sugirió, antes de ser despedido del gabinete, espaciar dichos encuentros con los medios -terminarás cansando a todo el mundo, le había dicho- Lérida apostaba a construir su propia narrativa. Lo preocupante era que en el ínter, él mismo terminaba creyéndosela.

Desdeñando a los especialistas, el termómetro presidencial para medir el humor social se basaba en las frecuentes giras por el interior de la República, giras en las que era vitoreado por quienes veían en él al redentor de los destinos de la patria. Y sí, el presidente era muy querido por el pueblo, al tiempo que otros sectores lo veían con meditado optimismo o profunda desconfianza según fuera el caso.

Desde su temprana irrupción en la arena de lo público, Lérida Orozco generaba pasiones encontradas como pocos políticos en la historia moderna.

Y en efecto, Lérida Orozco representó un giro de ciento ochenta grados. Se trataba de un hombre escrupuloso y honesto que sentía aversión por los dispendios y excesos del pasado. Sin embargo, la urgencia por cambiar las cosas lo llevaba a escuchar cada vez menos y a tornarse irritable cuando osaban decirle que la vida nacional y los pronósticos del futuro no eran precisamente color de rosa.

Lérida había heredado un país roto, mucho de lo que acontecía trascendía su ámbito de responsabilidad, pero también comenzaba a exasperar el hecho de que el nuevo presidente llevara tanto tiempo sin advertir que el presente era suyo, sólo suyo, y la hora de echarle la culpa a otros llegaba a término.

Pese a ser un hombre de izquierda con buenas intenciones y enorme popularidad, en términos de comunicación política Lérida imitaba la fórmula que tan bien le había funcionado a Donald Trump: estridencia desde el estrado, construcción de realidades paralelas, desdén por las cifras y los datos duros. Además, el presidente sentía una profunda desconfianza hacia los medios que no eran afines a su proyecto y visión de país. Sí, en Altamira había libertad de prensa, pero a Lérida Orozco le amargaba leer los periódicos. "Pasquines del neoliberalismo financiados por la derecha y los intereses mezquinos de la clase alta", sostenía.

Aquél lunes el titular del Ejecutivo, un animal político que dado su carácter tropical iba del buen humor a la furia en cuestión de minutos, se encontraba de muy buen ánimo.

Deseoso de informar a la nación los detalles y pormenores de lo que serían los festejos de independencia -una ordalía vernácula de bailables, garnachas típicas y aguas de sabores - Lérida sentía que por el simple hecho de haber ganado, con eso y desterrando la corrupción, exhortando al pueblo a portarse bien y siendo optimistas, por antonomasia todo sería mejor.

Con cautela y midiendo los gastos, pero debemos tirar la casa por la ventana y organizar una verbena por todo lo alto, justificaba en privado el presidente. "Vuelvan a invitar a María, la princesa de la Cumbia, para que cante", suplicaba. La fiesta ha de ser acorde a la inmensa alegría que trajo consigo la Cuarta Transmutación de la República de Altamira, repetía hasta el cansancio a su ya muy curtido y avejentado consejo de ministros.

Al apersonarse en el salón donde transcurrían las cada vez más largas conferencias mañaneras, Lérida miró a los ojerosos reporteros desde el estrado y hablando lento y pausado, como era su costumbre y estrategia muy bien calculada para acaparar el todo y la nada, comenzó:

"Lo voy a decir, se los adelanto, el pueblo está feliz, feliz, feliz, hay un ambiente de felicidad, el pueblo está muy contento, mucho muy contento, alegre. Entonces, no hay mal humor social", lanzó el mandatario, dejando boquiabierto a cierto periodista -uno de los pocos personajes críticos y pensantes que todavía acudía a las conferencias del mandatario- y que se disponía a preguntarle, entre otras cosas, sobre las cifras de violencia y secuestro que iban a la alza.

Por desgracia, dicho personaje fue interrumpido por uno de los reporteros de utilería que habían sido colocados estratégicamente en las primeras filas y que a últimas fechas servían de porristas del gobierno y le alegraban la mañana a Lérida.

¡Efectivamente, señor presidente Augusto Manuel Lérida Orozco! El pueblo entero está feliz como nunca en la historia y nosotros, la fuente que cubre sus republicanas actividades, no podemos sino aplaudir y respaldar la loable intención de darle a Altamira una fiesta de Independencia a la altura de la felicidad nacional! ¡Que viva Altamira, que viva Augusto Manuel, que viva la Cuarta Transmutación!, ¡Por otro sexenio que engrandezca su obra y conduzca a la ciudadanía a niveles de felicidad aún mayores!, gritó tan curioso y lambiscón sujeto ante la sonrisa franca y abierta del primer mandatario.

Esos sí son prensa, no como los otros, pensó el presidente feliz, extraviado en su propio laberinto de alegría.

Twitter @patoloquasto
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