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Nacional

Azul tirando a negro: 19 de septiembre

YEUDIEL INFANTE
TORREÓN, COAH, jueves 19 de septiembre 2019, actualizada 4:17 pm

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La tarde del 19 de septiembre de 2017, mi ciudad se estremeció por un terremoto de magnitud 7.1. Funesta coincidencia que millones vivieron como reencarnación de la negra mañana del verano de 1985, que en la misma fecha dejó un estimado superior a las 40 mil víctimas. Aunque nací varios años más tarde, llegué muy joven a vivir a la capitalmexicana. Siempre escuché vívidas historias de sismos, impresionantes y terribles vivencias de aquel distante año y otros más. Ni ante el genuino terror de la memoria ajena supe lo que podía llegar significar un temblor sobre esta ciudad de corazón lacustre. Hasta hace dos años. En la misma fecha que la generación anterior.

El rugido del suelo me sorprendió en mi casa en la colonia Narvarte, junto con mi novia, mi hermano y mi perra. No sin reconocer aflicción y desconcierto al reencontrarme con mi propia experiencia, retomo hoy las palabras que escribí en octubre de ese año, dos semanas después del temblor.

Alrededor de la una de la tarde estaba al piano. El suelo de Gabriel Mancera se cimbró como con las grúas que llevan maquinaria. Dinosaurios metálicos para las eternas nuevas construcciones de mi colonia gentrificada.

El tiempo comenzó a dilatarse.

Se escuchó como si cayeran piedras medianas dentro de un hueco en la pared. Me pareció raro. No escuché el motor de la monstruosa grúa. El suelo inició una discreta danza.

Flor se despertó en el cuarto de al lado. Dijimos al mismo tiempo: “¡Está temblando!”. Salí y me encontré la misma frase en boca de mi hermano. La cajonera fuera de su sitio. La elíptica sombra del candelabro. Sí está medio fuerte.

Caminé pronto a la escalera. Bajé dos escalones. La danza ya no era discreta. Perdí el equilibrio y me recargué con una mano en la pared. Me rechazó con energía. Terminé en el barandal.

El barandal hizo lo mismo. Bajé apoyando mi cuerpo torpemente entre uno y otro. Había otro elemento cíclico; el “no mames, no mames” que susurraba para mi. Sí está muy fuerte.

Planta baja. Aún había luz en casa. Llegué a la puerta de salida y no pude abrir. Tenía llave. Miro atrás y Flor va saliendo a pocos metros. “¡No traigo llave!”.

Se regresa. No logro mantenerme en pie. Sí está muy pin... fuerte.

Aparecen en mi mente las primeras imágenes de escombros. Se escuchan gritos de la calle.

Dios gana relevancia popular. Nos pienso entre escombros si no salimos justo ahora. Mi hermano llega con mi perra Lyla en brazos y Flor con la llave. Ya no hay luz. El tiempo completamente dilatado.

Un millón de pensamientos por segundo. Las manos son más lentas. El sismo es eterno.

Por fin la llave. No podemos abrir. La puerta está atorada. Me dan ganas de subir a un árbol ridículamente pequeño que tengo al lado.

“¡Salgamos por la cochera!”. Quito cuatro cerrojos, empujo.Mi hermano me repite por tercera vez que me falta uno. Lo quito. Tampoco abre esta puerta. Es eléctrica. Flor oprime el botón que debe liberarnos de la casa que no para de crujir. No hay luz. No abre. Todo cruje.

Escucho la explosión de un gran transformador.

No era un transformador. Esos explotaron antes. Días después entendí que era el sonido del edificio que cayó en calle Torreón y Viaducto. Sigue temblando. Todo cruje. No hay luz.

Golpeamos con el cuerpo una y otra vez la maldita puerta eléctrica. La maldita puerta traduce en estruendos los silenciosos gritos de nuestra desesperación. Más pensamientos de escombros. Todo cruje.

Cada sentimiento en ese instante. Cada sentimiento posible. Todos a la vez.

Dice Flor que miramos hacia arriba. En silencio. Como esperando ver caer el techo. Todos los sentimientos se convierten en ninguno. “¡Ya valió madre!”. Súbitamente entendí que moriría.

No sentí nada. Sólo lo entendí. Intentamos de nuevo con la puerta. Logramos abrirla. Afuera las personas lloran y rezan. Gritan sus rezos para que Dios escuche. Para que atienda de inmediato.

Por fin afuera. Sigue temblando muy poco. Hay nubes de polvo. Un silencio imposible abraza rezos y llantos. Siento frío y calor. Flor está en silencio.Mi hermano inicia frases que no acaba. Yo perdido. Todos ausentes. Todos atentos.

Dan ganas de llorar. No lloramos. El llanto no pudo abrir la puerta. Nos le desplomamos.

¿Dejó de temblar? Nadie está seguro. Nos lo preguntamos unos a otros. El silencio más grande y más largo que haya tenido lugar en la Ciudad de México en al menos 34 años.

Luego abrazos. Más llanto donde sea. Por un segundo todos acabamos de nacer. Nadie sabe qué decir. Nadie sabe qué hacer ahora. Inmóviles olvidamos por inútil la palabra. Volvemos al inicio. Nada tiene nombre; ninguno alcanza. Todo es nuevo. Cada cosa sorprende. Cada cosa espanta.

Nadie tiene señal. Nadie sabe cómo está su gente. Nadie sabe cómo está su casa. Nadie sabe nada.

Caminamos a la esquina. Como si aquello existiera, buscamos una calle más segura. Recorremos Gabriel Mancera viendo edificios. El de 11 pisos en el número 33 está inclinado hacia el asfalto. El cristal de las ventanas en el suelo. Corremos al pasarlo. Llegamos agitados a la esquina. La gente no está distinta. También en Obrero Mundial olvidaron el verbo. También indefensos como nosotros. También neonatos.

El cielo invadido por el humo. Azul tirando a negro. A la vista calculamos incendios y al menos un edificio menos. No falta mucho para conocernos.

En minutos autos, bicicletas y camiones rompieron el silencio. Antes de saludarnos, levantábamos escombros. Ancianos, jóvenes, hombres, mujeres. Recordamos la palabra con las manos.

Entre el peso de la aguda roca y la cadena humana nos encontramos.

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