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Cultura

Expresiones que gritan: ¡Basta!

El arte como combate del feminicidio

DANIELA RAMÍREZ / EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAH, lunes 23 de septiembre 2019, actualizada 12:26 pm

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En el 2012, veintisiete artistas holandeses trazaron en lienzos una realidad que ocurría en México. Una familia fue trastocada por la misma cuando una de las suyas fue asesinada a sangre fría en Ciudad Juárez. El dolor traspasó la frontera y Arsène Van Nierop fue la madre que perdió a su hija. Ese hecho violento y doloroso vivió su catarsis a pinceladas y se trasmutó en la subasta Arte de la esperanza, que fue ideada por una víctima colateral de la violencia quien, aún en este tiempo, sigue viviendo en tierra azteca.

Van Nierop convocó, por medio de la Fundación Héster, a creadores holandeses para que retrataran a través de su arte los feminicidios ocurridos en el norte de México. Su intensión era obtener fondos mediante una subasta para ayudar a la asociación Casa Amiga, que se centraba en la atención de mujeres de Ciudad Juárez que vivían la violencia, un escenario que, en su caso, paralizó la vida de su hija.

El tema de los feminicidios en México no era conocido en Holanda hasta que la desgracia tocó la puerta de la familia de Arsène. “En 1998 mi hija mayor, Héster Van Nierop, fue asesinada en Ciudad Juárez, por eso las mujeres de allá son compañeras en mi dolor”, declaró la madre de familia durante la subasta realizada en el 2012.

Actualmente, en 2019, los feminicidios siguen siendo una epidemia que cada año va en aumento. Siete mexicanas son asesinadas cada día, y sólo un 25 por ciento de los casos son investigados como feminicidios, esto según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio.

Es ante este panorama tan desolador, que el arte ha entrado como medio de expresión, de denuncia y como un arma para continuar en una lucha contra el olvido y que sigue buscando la no impunidad de los asesinatos ocurridos a mujeres catalogados como feminicidios.

EL PANORAMA

Según la Real Academia Española (RAE) un feminicidio es el asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo o misoginia. Lo interesante aquí es que, según la escritora mexicana Silvia González Delgado, el término se dio de alta en la RAE a consecuencia de la matanza de jovencitas en Ciudad Juárez.

La palabra, dice González Delgado, “saltó a la escena en 1970, con un libro en inglés: Feminicide, pero fue Marcela Lagarde, una antropóloga mexicana que… (y ¿por qué no inventó este término un hombre?, no lo sé, o ¿sí lo sé?)… la cosa es que ante las horripilantes muertes de mujeres que suceden desde 1990 en nuestra ciudad fronteriza, Marcela y muchas otras luchadoras lograron incorporar este conjunto de letritas al Código Penal Federal mexicano en 2007”.

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Arsène Van Nierop sostiene fotografías de su hija asesinada hace once años en Ciudad Juárez, México. Desde entonces lucha contra la violencia hacia las mujeres. Foto: Mieke Meesen/nrc.nl

Según ese código, comete el delito de feminicidio quien prive de la vida a una mujer por razones de género. Se considera que existen razones de género cuando concurre alguna de las siguientes circunstancias: la víctima presenta signos de violencia sexual de cualquier tipo; a la víctima se le han infligido lesiones o mutilaciones infamantes o degradantes, previas o posteriores a la privación de la vida, o actos de necrofilia; existen antecedentes o datos de cualquier tipo de violencia en el ámbito familiar, laboral o escolar, del sujeto activo en contra de la víctima; ha existido entre el activo y la víctima una relación sentimental, afectiva o de confianza; existen datos que establecen que hubo amenazas relacionadas con el hecho delictivo, acoso o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima; la víctima ha sido incomunicada, cualquiera que sea el tiempo previo a la privación de la vida o el cuerpo de la víctima es expuesto o exhibido en un lugar público.

Pero que se haya integrado en el Código Penal mexicano, no quiere decir que se aniquilara la impunidad en la que han quedado miles de casos, y ya no sólo los ocurridos en Ciudad Juárez, sino alrededor de la República Mexicana.

Simplemente del 2007 al 2016 fueron asesinadas 22 mil 482 mujeres en las 32 entidades del país, revelaron en su momento cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Según una nota publicada en El Universal, hasta el pasado 25 de agosto se habían registrado 540 feminicidios en México durante el presente año; en el mismo periodo del 2018 se contabilizaron 494. Por otro lado, un artículo publicado en el portal Expansión expone que en los primeros ocho meses de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador se registraron 637 feminicidios, es decir, en promedio cada día mueren tres mexicanas, tan sólo por el hecho de ser mujeres.

“Lo peor es que si se considera el número total de mujeres que fueron asesinadas, la cifra se elevaría a 1 mil 835 mujeres tan sólo este año; es decir, crece a 7.9 por día. La diferencia responde a que no todas las fiscalías de los estados clasifican la muerte de una mujer como feminicidio.”

En el mismo texto se da a conocer que de los 311 asesinatos de mujeres que tienen registrados las autoridades, 76 se cometieron sólo en abril y 87 en marzo, siendo este último el mes con mayor violencia feminicida en lo que va del año.

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la violencia contra las mujeres y las niñas es una de las violaciones de los derechos humanos más graves, extendida, arraigada y tolerada en el mundo. Es tanto causa como consecuencia de la desigualdad y de la discriminación de género.

/media/top5/4636mjpg.jpg De la serie Tus pasos se perdieron con el paisaje (2006) del fotógrafo Fernando Brito, expuesta en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO) de Madrid, España. Foto: EFE/FernandoBrito

Para Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora Ejecutiva de ONU Mujeres, “el feminicidio, el asesinato de mujeres por el mero hecho de ser mujeres, arroja cifras cada vez más escalofriantes. Este tipo de violencia no conoce fronteras y afecta a mujeres y niñas de todas las edades, de todos los estratos económicos, de todas las razas y de todos los credos y culturas. Desde las zonas de conflicto hasta los espacios urbanos y los campus universitarios, se trata de violencia que nos obliga a todas y todos a actuar como agentes preventivos de esta pandemia y a tomar medidas ahora”.

Las formas de agresión se han dado a conocer a través de los medios de comunicación nacionales e internacionales y van desde asfixia, disparos, atropellos, golpes, entre muchos más. Varios países se han solidarizado con la situación que se vive en México y las expresiones artísticas no se han hecho esperar. Desde performances montados en medio de la calle, hasta exposiciones pictóricas, fotográficas o cantos, se manifiestan bajo el discurso de que los actos violentos contra las mujeres no queden impunes ni, mucho menos, en el olvido.

Al fin de cuentas, el arte representa una vía de escape que el ser humano ha utilizado a lo largo del tiempo para expresar una visión sensible acerca del mundo. Por medio de diversos recursos plásticos, lingüísticos o sonoros, permite expresar ideas, emociones, percepciones y sensaciones. Y en el caso de los feminicidios, las manifestaciones han sido vastas.

EL ARTE COMO DENUNCIA SOCIAL

En el artículo Feminicidio en México: de la Agenda Pública al arte contemporáneo. Casos y consideraciones, su autora Aida Carvajal García explica que desde mediados del siglo pasado el arte se transformó, en palabras de Theodor Adorno, en una “industria cultural” en la que las agendas empezaron a estar regidas en su mayoría por el circuito artístico (galeristas, curadores, críticos, artistas, mecenas y compradores, medios especializados, ferias, exposiciones, bienales, convocatorias y académicos).

Carvajal García escribe que en este capitalismo artístico, la oferta y la demanda generan, desechan y reciclan temáticas, artistas y agendas. En la década de los noventa y ante el cierre de los circuitos mainstream, muchos artistas, en un acto de resistencia, abrieron circuitos alternativos e independientes así como nuevas agendas al margen de esa racionalidad imperialista cultural.

“Una de las agendas que cobró gran notoriedad fue la denuncia social, en la que los artistas (en algunos casos) activistas y militantes, utilizaron diversos medios de expresión (pintura, instalaciones, fotografía, performance, video y las nuevas tecnologías emergentes) para evidenciar desde problemáticas recogidas en agendas de la ONU, como la hambruna, hasta cuestionamientos sobre la igualdad de género, sexualidad, religión y fundamentalismos, entre otros”.

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Rostros de Fuego es un performance político contra el machismo latente en Estado de México, donde también se han presentado numerosos casos de feminicidios. Foto: Roberto Gloria Rivas/kajanegra.com

Aida Carvajal puntualiza que en primera instancia, estas manifestaciones tenían un fuerte carácter moralista y fueron reforzadas por el nivel de implicación ideológica de sus autores. La denuncia social, debido a su alto impacto, llamó la atención del circuito, el cual la engulló, recicló y finalmente, desechó. A principios del 2000, esta agenda tuvo gran presencia en ferias de arte contemporáneo de todo el mundo. En la actualidad, se redujo a un porcentaje mínimo. En el caso del México contemporáneo, existe una agenda social marcada por la desigualdad, la migración y en fechas recientes, la violencia de género y los feminicidios.

Actualmente, es precisamente la agenda de denuncia social la que dicta el genio de los artistas contemporáneos, que más que una propuesta de intelectualidad, buscan manifestar la inconformidad de la época en la que viven. Se adentran al contexto y dejan registro de los fenómenos sociales que laceran al país. Sobre todo, empeñan su trabajo a que los hechos violentos, como el asesinato de mujeres, no queden en el olvido.

OBRAS QUE RECLAMAN JUSTICIA

Las cruces de color rosa representan ya un símbolo de los feminicidios en México. Son miles las que se encuentran enterradas en Ciudad Juárez. Permanecen quietas, marcadas con los nombres de las que alguna vez fueron madres, hermanas, tías, profesionistas, estudiantes, amas de casa, esposas, novias. Mujeres.

Fue en la exposición temporal Feminicidio en México ¡Ya basta!, que se montó en el Museo Memoria y Tolerancia en el 2017, donde resultaron ser una imagen recurrente durante el recorrido que fue ideado para evidenciar la terrible realidad de la violencia contra la mujer en el país.

En su momento, la curadora de la muestra Linda Atach Zaga expresó que hablar del feminicidio desde el dato duro y la estadística podría resultar muy impactante, pero aseguró que el número a veces no dice nada. “En cambio el arte es una herramienta de emoción, [...] se buscó materializar cada temática y acercar al visitante a una experiencia estética y a una experiencia sensible para que entendiera mejor el tema”.

La muestra fue una colaboración del museo con el Observatorio Ciudadano Nacional de Feminicidios, y surgió a partir de un encuentro con el Instituto Nacional de las Mujeres, el Programa Universitario de Equidad de Género de la UNAM, ONU mujeres y la asociación Católicas por el Derecho de Decidir.

Las imágenes de Mayra Martell, fotógrafa mexicana conocida por sus trabajo sobre desapariciones en América Latina, fueron justamente parte de esta exposición. En su obra Ensayo de la identidad, ciudad Juárez 2005-2015, comenzó a documentar los espacios y objetos personales de mujeres desaparecidas en 2005, esto a partir de los reportes de desaparición encontrados en las calles del centro de Ciudad Juárez.

Por medio de un escrito colgado en su sitio web, la fotógrafa relata que los primeros casos de mujeres que registró, curiosamente, tenían su edad. Compartió que visitar sus habitaciones la hacían recordarse a ella misma, en ese entorno de soledad y de vacío. Martell relata que platicaba con las madres de las víctimas mientras disparaba su cámara por los rincones de la habitación de una mujer que jamás volvería.

“Quisiera decir 'lo siento profundamente'. Repetirlo tantas veces casi como una plegaria para que la tristeza se vaya, pero sé que no sucederá nada. Así que sólo encuentro esta manera de acompañar a las mujeres que compartieron conmigo los últimos recuerdos de sus hijas. Quisiera decirles que he aprendido a extrañar con ellas, que desde hace tiempo me siento incompleta, que me han hecho entender lo que es amar en la profundidad de la memoria. Y que ya no pienso en la palabra 'muerte' porque supe que el extrañar, cuando se ama, es mucho más eterno que morir”, concluye el escrito que da pie a una serie de fotografías en las que se observan parte del mundo de algunas mujeres que un día salieron de casa y que nunca más regresaron.

ZAPATOS ROJOS

La artista plástica mexicana Elina Chauvet también encontró su manera de reclamar las muertes de las mujeres víctimas de violencia de género. Su arma: decenas de zapatos de mujer teñidos de rojo esparcidos sobre explanadas. La instalación se montó primero en México y luego cruzó la frontera para hacer consciencia en varios países latinoamericanos y europeos.

Durante una entrevista que le realizaron en Argentina, nación hasta donde se trasladó la pieza artística, la creadora mexicana explicó que la exposición no era más que un llamado de esperanza, porque el rojo sí representaba la sangre derramada, pero también el amor.

“El amor no muere con la persona, el amor continúa. Es una instalación que invita a que tengamos corazón, que expresemos que somos capaces de querernos como seres humanos”.

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Instalación Zapatos Rojos de Elina Chauvet en la Corte de Apelaciones de Valparaíso, Chile. Foto: fotoblogs.soychile.cl/Raul Goycoolea Dinnigan

Claro y directo, sin ornamentos, como requiere el tema a tratar. El objetivo de un trabajo de esta naturaleza es que cualquier viandante que se tope con él, aunque desconozca el proyecto, pueda percibir su esencia. En este caso, sentir el sobrecogedor crujido del alma al estar visualizando la ausencia, escribe el doctor en historia del arte Marc Montijano Cañellas en su artículo Zapatos rojos de Elina Chauvet: la acción en Málaga.

La artista comenzó con 33 pares donados, pero la cantidad aumentó conforme la muestra iba cambiando de sede. Contemplar los zapatos rojos en silencio resultó ser un acto que invitó a la reflexión, a observar más allá del hecho de la muerte, porque lo cierto es que las mujeres asesinadas dejaban huecos, proyectos, familia. La obra justamente dejaba pensando en ello, al observar quietos a los zapatos que ya no serían usados por una mujer a la que le arrancaron los sueños.

PESQUISAS, TERESA MARGOLLES 2016

Uno de los trabajos de la artista conceptual, fotógrafa y videógrafa Teresa Margolles que tiene que ver con los feminicidios, se vincula con los carteles que las familias de las desaparecidas cuelgan por la ciudad con los datos generales por si alguien tiene información que pueda servir para dar con su paradero.

Esas hojas o cartulinas con la fotografía de una mujer que no ha regresado a casa, fueron capturadas por la cámara de Margolles, quien evidenció el paso del tiempo de esos anuncios, algunos ya amarillentos y agrietados. Luego, como una muestra de denuncia, la artista juntó los rostros para crear la exhibición Pesquisas en 2016, que se conformó de 30 carteles de mujeres desaparecidas en los que editó las imágenes y las amplió de tamaño para formar un collage de gran dimensión que evidenció la impunidad y exigió que esos casos no quedaran en el olvido.

En el 2017, la obra de Margolles se expuso en la galería de arte ARCO Madrid. En el artículo Feminicidios en México y el arte que combate al olvido de Karla Gasca Macías, se escribe que dejando de lado el texto que acompaña el retrato de las mujeres desaparecidas, Margolles presta especial atención a los rostros y los estragos que el clima y el tiempo han hecho sobre ellos, pero sólo a través del papel, ya que algunos se quedarán atrapados en los márgenes de la juventud.

Este collage fotográfico también alude a la espera y la memoria; expone la delgada línea que existe entre la muerte y la evanescencia, así como la dimensión atemporal en la que se encuentran las familias de las mujeres que continúan sin ser localizadas.

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Pesquisas, de Teresa Margolles, en la 36 edición de ARCO. Foto: EFE/Emilio Naranjo

“La condición efímera de los objetos, lugares, personas y sus relaciones, es tema recurrente en la obra de Teresa Margolles, quien también señala la marginación y la vulnerabilidad en la que viven las mujeres en zonas de guerra como Ciudad Juárez”.

ACTOS DE RABIA IMPROVISADOS

Las actuaciones improvisadas en medio de una plaza, un parque o una explanada también han sido utilizadas para denunciar el hecho de los feminicidios. Son varios los artistas que han montado algún acto para exigir justicia y detonar la solidaridad de quien los observa.

Una reflexión activa, espontánea y efímera se presentó en el 2017 en la explanada del Palacio de Bellas Artes en CDMX. Las protagonistas fueron la artista española Jil Love, y la guatemalteca Julia Klug. Ambas aparecieron en el lugar envueltas en cita adhesiva, amordazadas y simulando estar ensangrentadas. En sus bocas se podía leer la palabra silence (silencio). Tiradas en el suelo bajo una cartulina que decía “Nada que ver aquí, sólo una víctima más de feminicidio en México. Siga andando!!!”, llamaron la atención de los espectadores, quienes se vieron involucrados en el performance.

Es claro que la finalidad de la obra era buscar la empatía del observador a través de la interacción. Esta expresión artística experiencial logró romper la barrera con los espectadores, involucrándolos con la problemática casi como un juego de rol en el que los obligó a ver y dimensionar para salir de la indiferencia.

LETRAS DE UNA REALIDAD LATENTE

La literatura también ha sido utilizada como una vía de expresión y de denuncia. Varios autores se han centrado en la problemática y, en torno ha ella, han narrado sucesos reales o ficticios de una o varias mujeres asesinadas bajo este concepto.

Frida Guerrera es una activista que se centra en la investigación de feminicidios en México y la autora del libro Ni una más, mismo que ofrece un panorama de lo que se vive en el país y que lanza las siguientes cuestiones: “el problema no sólo ocurre en las clases más necesitadas del país: el mal trasciende y aparece en todos los estratos de la sociedad. ¿A quién acudir? ¿Qué hace al respecto la autoridad? ¿Qué opinan los organismos de derechos humanos o feministas?”.

Por otro lado, el compendio Feminicidio. El asesinato de mujeres por ser mujeres, es otro ejemplo de la necesidad de dejar registro. Este material pretende contribuir a conocer este fenómeno, sus causas, el contexto que lo cultiva y, sobre todo, las medidas que se requieren para prevenir y hacer frente a esta realidad.

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La activista española Jil Love y la activista guatemalteca Julia Klug actúan durante una protesta contra los feminicidios en México. Foto: AFP/Jorge Núñez/EFE

En su introducción se puede leer que se incluyen datos actualizados, pero no para ocultar la crueldad detrás de los números, sino con la intención de visibilizar las dimensiones de una problemática que la administración no conoce. Esto, junto con las aportaciones de Ana Messuti, Elena Laporta, Beatriz Gimeno e Irene Ballester, configura una radiografía del feminicidio que permite profundizar en la complejidad de una realidad que no puede dejar de parecernos escalofriante pero también evitable. Su edición se realizó en el 2015 y se publicó en España.

Los anteriores textos (así como muchos otros) surgen como una necesidad de describir la realidad que en la contemporaneidad nos carcome. Pero cabe mencionar que este tema no sólo ha servido para que nuevos autores lo aborden desde una perspectiva de investigación. También, plumas clásicas como la de Jorge Luis Borges han inmiscuido el feminicidio en sus tramas, tal es el caso de “La intrusa”, un cuento publicado en 1970 dentro del libro El informe de Brodie, que narra la historia de Cristian y Eduardo Nilsen, hombres que se enrollan en la convivencia con Juliana Brugos, mujer a la que comparten sexualmente y que luego venden a un prostíbulo, al que regresan para llevarla de nuevo a casa sólo para asesinarla, sin darle ni siquiera un entierro.“'A trabajar hermano. Después nos ayudaran los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no haré más perjuicios'. Se abrazaron casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla”.

Así mismo, el escritor argentino Juan José Saer en su novela Cicatrices, se centra en un feminicidio: la historia de un hombre que asesina a su esposa. Era 1963 y la trama se ubica cuando el primero de mayo Luis Fiore, exdirigente sindical peronista, sale de caza y luego mata a su mujer de dos disparos de escopeta en la cabeza. Un suceso que actualmente se parece a los expuestos en los diarios del país.

A través de los relatos de sus cuatro narradores, de sus entrecruzamientos en trayectorias y espacios comunes, pero sobre todo del feminicidio y el tiempo histórico en el que se desarrolla la trama, es posible apreciar la violencia de género invisibilizada en la vida de los personajes, y cómo esa violencia crece hasta que detona la escopeta.

Lo anterior solamente es una muestra de que la literatura también funge como medio que ha servido desde años atrás para visibilizar una problemática, que aunque parece haber tomado fuerza en los últimos tiempos, lo cierto es que se presenta desde épocas atrás. Erradicar el feminicidio no se trata de una lucha actual.

Así pues, el arte juega su papel en este panorama tan desolador que se vive en México. Infinidad de manifestaciones artísticas encuentran lugar en la mayoría de los estados del país y hasta creadores internacionales toman partida en esta lucha y vinculan al feminicidio como centro de su obra, la cual al ser expuesta denuncia y se contrapone a que los actos violentos queden impunes y en el olvido.

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