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EDITORIAL

Paremos el odio

JORGE ISLAS
domingo 20 de octubre 2019, actualizada 8:45 am


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De Noruega a Nueva Zelanda, de Charlotte a Pittsburgh pasando por el reciente suceso de El Paso, Texas; en todos estos casos hay un patrón similar: han sido masacres perpetradas por homicidas solitarios que decían sentir o tener una motivación de odio en contra de las víctimas, aunque ni siquiera conocieran o supieran de qué personas se trataba, de si eran en lo individual buenos ciudadanos, gente normal e inocente que llevaba una vida sin contratiempo alguno. Todo como producto de una manipulación previa, en la que se anidó la reticencia y el coraje, como parte de un proceso en donde ganó el estereotipo que indirectamente medios, redes sociales, líderes políticos, y en casos extremos, grupos supremacistas, han fomentado irresponsablemente en la sociedad.

En la Alemania nazi, por medio de la propaganda, les hacían creer que había una raza superior y de paso, señalaban a otros como adversarios por profesar una religión, con usos y costumbres diferentes. Así nació el antisemitismo en su versión moderna, como producto del odio a lo diferente. Al mismo tiempo, aprovecharon para enterrar a la república de Weimar, la que ofrecía una democracia con derechos universales.

Claramente la mezcla odio e ignorancia ha dado como resultado, en algunos casos, crímenes masivos que deben ser considerados con el agravante de terrorismo, porque pone en riesgo la vida y patrimonio de las personas en plural, así como la seguridad e integridad del Estado en donde se lleva a cabo. Agregaría que también vulnera la convivencia e integración social que está sustentada en los valores de la tolerancia, inclusión, pluralidad y diversidad que son propios de una democracia liberal en donde la libertad e igualdad de oportunidades son algunos de sus bienes más preciados.

Así que los crímenes de odio son cosa seria porque ponen en riesgo varios derechos fundamentales con los que se conforma una sociedad libre y abierta, así como la forma de organización e integración política de una democracia, que es el otro lado de la moneda, en donde toda diferencia entre particulares se puede resolver por medio de la ley, y no por la violencia que detona la animadversión por la raza, edad, género, orientación sexual, discapacidad, etnicidad, religión o color de piel.

Qué ironía que sea la propia democracia por medio de sus libertades, como el derecho a la libertad de expresión, la primera forma de permitir actos que van en su detrimento y en la polarización de una sociedad que aspira a vivir en paz y segura.

Pero el error no está en el derecho, sino en el hecho, en los actos de irresponsabilidad de ciertos actores, que promueven directa o indirectamente y sin medir consecuencias, el odio de unos contra otros, sin reparar que en muchos casos son ciudadanos de un mismo país, que comparten en principio los mismos valores e intereses, como nación.

En las que son consideradas sociedades abiertas, el ciudadano sea de donde sea, es respetado porque forma parte de un acuerdo llamado ley, del cual se desprenden derechos fundamentales que aplican por igual a todos. A cambio, le piden al mismo ciudadano que respete los valores con los que se conforma toda la sociedad política en la que se está integrando. Es un buen acuerdo, para que todo migrante pueda tener opciones y mejores oportunidades de vida en otro lugar, siempre y cuando se adapte al nuevo sistema, y no a la inversa.

En años recientes, este modelo ha cambiado y se ha vuelto más rígido, por decir lo menos. En las aspiraciones de todo migrante no documentado, comparto el sueño de Martin Luther King, con un futuro en donde las niñas y niños sean observados por el contenido de su carácter y no por el color de su piel, estatus migratorio o el estereotipo con el que nos quieran etiquetar.

Paremos la discriminación y el odio.

Twitter: @Jorge_IslasLo
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