Cristina Rivera Garza, hilos de una autobiografía, El Siglo de Torreón

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Cultura

Cristina Rivera Garza, hilos de una autobiografía

Escritora tamaulipeca presenta libro sobre el algodón

SAÚL RODRÍGUEZ/EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAHUILA, lunes 20 de septiembre 2021, actualizada 1:52 am

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“Es una historia del algodón como creo que el algodón la habría escrito”, comenta la escritora e investigadora Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964), quien ha arribado a la galería del Teatro Isauro Martínez para presentar su libro Autobiografía del Algodón (Literatura Random House, 2020), como parte de las extensiones de la Feria Internacional del Libro Coahuila 2021.

Es domingo por la tarde. Dos ejemplares del libro se yerguen sobre el mantel oscuro de la mesa. Allí la profesora es acompañada por el historiador Carlos Castañón, quien reconoce y presenta su trabajo. El lagunero enfatiza en la labor de investigación, en el ejercicio de memoria para poder contar una historia, en la vocación social para poner en el mapa a la localidad neoleonesa de Estación Camarón y en su capacidad para describir el entorno. Cristina Rivera Garza lo escucha atenta, con la palma izquierda en el mentón, luego juega con un bolígrafo y hace apuntes en una hoja de papel.

La reciente ganadora del Premio José Donoso toma el micrófono. Pide que la sesión no sea unidireccional, que se nutra de comentarios, que se dialogue, que se compartan testimonios. La plática fluye con la naturalidad de un escritor instruido. La autora comparte su experiencia: sus abuelos paternos llegaron a Tamaulipas provenientes de San Luis Potosí, sus maternos (de origen coahuilense) fueron expulsados de Estados Unidos tras el Crack del 29. Mientras tanto, en México, los políticos apostaban por el monocultivo del algodón para sustentar su nuevo proyecto de nación.

Autobiografía del algodón es un viaje por la historia de este cultivo en el noreste del país. Comienza con la referencia de José Revueltas, quien llegó a caballo hasta Estación Camarón para presenciar una huelga agraria. Así nació su novela El luto humano, cuyas letras surcaron las dudas de la mitología hasta que Rivera Garza comprobó que Revueltas sí estuvo en ese sitio. La prueba fue un telegrama almacenado en las entrañas del Archivo de Monterrey.

Pero también es un viaje por la historia familiar de la autora, hacia un pasado inquieto redactado por los pasos de sus abuelos migrantes. Una travesía a la que se adentró con sólo una pregunta que después le reveló más grietas de cuestiones. La familia suele ser un lugar lleno de huecos, de secretos empolvados, ¿cómo abordar tanto silencio? Habría que hacerlo con tinta e imaginación, amalgamar lo que ya fue, afrontar las verdades incómodas y tener el suficiente ojo crítico para escribir con pulso ante la ventisca de revelaciones.

Aquí el algodón no es el héroe que le dio auge económico a una región. La visión empresarial que predomina en los relatos sobre este cultivo es remplazada por una voz más humana. Si esta narración fuera una orquesta, sería dirigida por las manos encallecidas de aquellos que pizcaron el llamado “oro blanco” y arribaron Estación Camarón por alguna razón. Porque sí, siempre hay alguna razón, más cuando hay que tejer hilos como un telar para entender de dónde se proviene.

- Al inicio de su libro aparece la figura de José Revueltas. Él refería a esa relación entre el territorio y el escritor. ¿De qué manera siente usted ese arraigo por Tamaulipas, por la tierra que la vio nacer?

Qué pregunta tan interesante. Utilizas la palabra ‘arraigo’, Revueltas utilizaba la palabra pertenencia. Él decía finalmente que la pregunta más importante que tenemos que hacernos los escritores y los no escritores era de la pertenencia. Pero él entendía la pertenencia como una operación de ubicación; decía que todos los que tenemos cuerpo, presencia física, ocupamos un lugar en el espacio, un lugar en el territorio. El gran problema es que el territorio nunca es una tabula rasa. La tierra como tal es radicalmente compartida desde sus inicios, con seres humanos y con seres no humanos. Él decía de manera muy hermosa que los hombres y las mujeres tienen un lugar, los animales tienen un lugar, las plantas, las rocas tienen un lugar. Pero ese lugar es un lugar de disputa y de allí es donde viene toda su energía radical.

Yo estoy más interesada en eso, en ese sentido de pertenencia al menos en la liga, que de una manera casi histórica nos puede mantener adheridos, que de una manera ideológica más que concreta nos pueda este sentido de identidad fija. Me interesa más esta cuestión de seguir interrogando los espacios que ocupamos en territorios específicos, para ver cómo en cada caso vamos resolviendo que no estamos pisando por primera vez en ningún lado, que siempre vamos sobre las huellas de otros.

- En este contexto, ¿de qué manera siente que la formó el algodón? ¿Existe una conciencia desde la infancia?

Esta trata de ser esa historia macroeconómica del algodón como una fuerza de la frontera entre México y Estados Unidos, desde Mexicali hasta Matamoros. Y por otra parte es una historia muy concreta, muy personal, que es la historia de mis abuelos paternos y maternos. Yo finalmente vine a nacer y pasé un par de años en la región donde ellos vinieron a asentarse después de muchas expulsiones, de muchos recorridos y de muchas caminatas.

Y en efecto, el algodón que vi de chica tuvo una presencia, un ser que tuvo muchísimo que ver no solo en mi generación, sino sobre todo en estas generaciones que estoy tratando de invocar en el libro. Personalmente nunca he pizcado algodón, no tengo esta relación de trabajo con el algodón, pero definitivamente es una parte fundamental de las historias de la familia, era parte de conversaciones que nunca se me aclaraban del todo y creo que con el libro estoy tratando de ver cuál es realmente ese lugar del algodón. Lo que he encontrado es que es un lugar central.

Es tan central que el algodón es un personaje que ocupa su lugar, que tiene su conflicto, que tiene su agencia y que propone también su historia. No nada más es una planta que pasa por ahí. Entonces quería ver la manera cómo el algodón afectó a varias generaciones de mi familia y cómo se vio afectado también con las políticas, específicamente las cardenistas de los años treinta.

- Para ir al pasado hace falta una pregunta que detone el viaje, pero en el camino suelen aparecer otras cuestiones. ¿Cuáles fueron las más importantes para usted y de qué manera se enfrentó a ellas?

Eso es muy cierto. Lo que te acabo de decir era lo del inicio, lo que me interesaba. Pero conforme fui haciendo la investigación, lo que me sorprendió mucho y que se convirtió en parte estructural del libro fue descubrir dos cosas: Revueltas escribe El luto humano sobre Estación Camarón, a quince minutos de la frontera con Estados Unidos, y siempre está hablando de poblaciones indígenas. Cuando yo la leí primero dije: “Esta es una proyección mesoamericana de Revueltas. Este es el chilango en Revueltas que no sabe ver el norte”. Y después, conforme fui haciendo la investigación, encontré que mi propio abuelo paterno, en su acta de nacimiento y de matrimonio, se le describe y clasifica como indígena. Entonces la pregunta era cómo alguien que es descrito o llamado indígena en San Luis Potosí, ya no lo es una vez que empieza su caminata hacia el norte, hacia la frontera.

Un poco de lo que argumento en el libro es que Revueltas sí estuvo en Estación Camarón, su novela es muy etnográfica en ese sentido. Me parece que esa presencia indígena no es algo que él haya proyectado mesoamericanamente, sino que es una visión de la radiografía de estos hombres y mujeres pobres que estaban trabajando en sistemas de riego establecidos por el gobierno callista y después cardenista. Por ejemplo eso, de cómo una denominación étnica, racial, se va transformando con los años. En los documentos civiles posteriores mi abuelo es escrito como labrador o como un trabajador. Es decir, ya no hay una relación étnica, al estado ya no le interesa ese tipo de énfasis. La otra posibilidad es que alguien viviendo en un país racista puede, tras el proceso de migración, borrar las características que puedan facilitar esa explotación. Entonces esa pregunta se convirtió en algo muy importante. El recorrido, el proceso migratorio y la producción de algodón me hicieron llegar a una pregunta que al principio no pensé que fuera a ser tan relevante y lo es.

- Es curioso como la familia, el origen de uno mismo, es lo que a veces está más oculto.

Sí, y fíjate que lo más curioso es que a los escritores les dicen: “Escribe de lo que sabes”. Y a veces la gente empieza a escribir ¡imagínate!, de uno mismo o de la familia, que usualmente son de las cosas que menos sabemos. Nunca he creído en eso de escribir de lo que uno sabe, creo que para escribir siempre hay que hacer mucha investigación, creo que la investigación es una forma de cuidado. En este caso, lo que me permite escribir esta historia no es que yo sea nieta de estos señores y señoras, sino que hice una investigación. No hay ningún conocimiento que haya digerido mágicamente, sino que es un proceso lento, muy poco glamuroso, de ir cuidando todos estos aspectos de la historia.

- En esta historia, ¿cómo se construye la narración con las mujeres?

Seguir la línea del ombligo fue lo más difícil en esta historia. Hay poca información, como bien sabemos, de hombres y mujeres que no saben escribir. Siempre se privilegia los registros que han dejado los que saben escribir y leer. Muchos de los personajes que están aquí, incluidos mis abuelos, no saben leer ni escribir. Incluso me enteré de muchas cosas gracias a que José Revueltas escribió una novela sobre el sistema de riego número 4. Es decir, introduce al universo de la letra a una comunidad analfabeta. Imagínate, si en ese sentido es difícil encontrar registros, es todavía más difícil hacerlos en relación a mujeres pobres que no saben leer ni escribir. Entonces hay que investigar mucho más y es una de las razonas por las que tuve que emplear estrategias de la ficción. Hay mucho trabajo de no ficción, trabajo de campo, pero la anfitriona del libro es la ficción, es la que va a ir llenando estos espacios de silencio, de no decir, de no registrar, de ir más allá del alcance del Estado y traer a colación estas experiencias que el Estado mismo no registra o que expulsa.

- Hoy se encuentra en La Laguna, una región que a principios del siglo XX tuvo su auge económico debido al algodón. Pero la mayoría de los relatos han sido abordados del lado de la ciudad que se benefició y no de los campesinos que se dedicaban a la pizca. ¿Qué le provoca estar hoy en este lugar con estas conexiones sobre el algodón?

El libro se mueve con mayor facilidad hacia el noreste, en el bracito de Tamaulipas. El recorrido que va de Anáhuac, Nuevo León a Tamaulipas es el que más me interesa. Eso no quita el conocimiento de que la producción algodonera es central para los gobiernos postrevolucionarios, en crear y defender una idea fronteriza. Y en los treinta una manera de ofrecer trabajo a los deportados que venían de Estados Unidos. La producción de algodón que se hace en el noreste de México es únicamente y mayoritariamente, para exportación. La de La Laguna es un recorrido distinto, es un algodón que se utiliza para consumo local, para consumo nacional. Creo que eso da como resultado historias diversas. Por supuesto se comparte el comportamiento de un cultivo cuando existe el monocultivo, esta forma industrial de la agricultura que le corresponde al antropoceno con todas sus consecuencias lamentable. Pero bueno, la cuestión aquí para mí es, en términos de la literatura, de la escritura, cómo le hacemos para… los escritores casi siempre vivimos en las ciudades, entonces es qué tipo de investigación hay que hacer para poder sacar a la novela de la ciudad y que entre dignamente al campo y sin estereotipos, sin tomar verdades dichas como si así lo fueran. Por un lado también crítico, creo que ese es el gran reto de lo que algunos llaman “la nueva novela rural”, que es parte de las discusiones importantes que tenemos hoy.

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