Francisco Villa, violentador sistemático de mujeres durante la Revolución
Nada insulta más la memoria de las mujeres violentadas que izar una bandera en nombre de quien las hirió. Resulta profundamente inapropiado e insultante que el Congreso de la Unión haya decidido asociar el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres con la figura de Francisco Villa, ordenando izar la bandera a media asta en el aniversario de su muerte. Esta decisión ignora los crímenes de lesa humanidad cometidos por Villa y sus tropas, entre ellos violencia sexual, saqueos, ejecuciones sumarias y asesinatos contra mujeres y niñas; no se trata de opiniones aisladas, sino de hechos documentados por la historiografía, archivos y múltiples testimonios que persisten en la memoria de comunidades enteras y de familias que guardan un recuerdo doloroso.
A lo largo de su trayectoria militar, Pancho Villa recurrió sistemáticamente a la violencia sexual contra mujeres y niñas como táctica de guerra, con el propósito de someter comunidades enteras, infundir miedo y castigar cualquier forma de resistencia.
El 2 de diciembre de 1915, en San Pedro de la Cueva, Sonora, él y sus hombres pasaron la noche violando mujeres de todas las edades, luego de haber asesinado a sus padres, esposos y hermanos; entre las víctimas estaban las niñas Virginia y Carmen Encinas, y las viudas Carmen Romero, Concepción Quijada Moreno y María de Jesús Córdova.
Meses más tarde, en abril de 1917, el caudillo duranguense ordenó -y participó en- la violación masiva de más de cien mujeres en Namiquipa, Chihuahua, después de que los integrantes de la Defensa Social se negaran a enfrentarlo para evitar represalias contra sus familias.
Cuando los hombres no eran fusilados, Villa ordenaba que fueran amarrados con cuerdas y obligados a presenciar, impotentes, cómo sus madres, esposas e hijas eran violentadas; así ocurrió en Casas Grandes, en junio de 1913, donde los sobrevivientes fueron condenados a presenciar el horror.
Años después, hacia 1916, en Cusihuiriachi, Villa ordenó el rapto de Felipa y Josefina Delgado, y de Aurelia Mata; las tres fueron víctimas de abuso sexual por el propio caudillo. Y en 1917, en la hacienda de Ramos, Durango, tras asesinar a los varones, dispuso que todas las mujeres fueran violadas, sin importar si eran niñas o ancianas; él secuestró y violó a María Arreola, de 16 años, a quien posteriormente asesinó y sepultó clandestinamente, después de arrebatarle su hijo.
En Rosales, en 1918, el caudillo secuestró y violó a otras tres mujeres, que poco después fueron encontradas muertas; ese mismo año, en Satevó, mientras sus hombres combatían contra la Defensa Social, Villa secuestró a Esther Márquez Chávez, de 15 años, y la encerró en un cuarto donde abusó de ella repetidamente.
Resulta inevitable detenerse en la ferocidad con la que Villa decidió el destino de muchas mujeres: la profesora Margarita Guerra y una viuda de 19 años, Guadalupe García, fueron atadas y dinamitadas vivas; la octogenaria Lugarda Barrio, en Satevó, y la viuda Celsa Caballero, en Jiménez, perecieron en la hoguera en 1916. No menos sobrecogedores son los asesinatos de cinco mujeres -Coleta y Evarista Reyes, Antonia y Sahara González- en su casa en Jiménez, Chihuahua; la menor, Eva Isaura Bazán, tenía apenas nueve meses de edad. Y en Valle de Olivos, una anciana de 86 años postrada en una silla de ruedas, Luz Portillo, y su nieta Luz García viuda de Sánchez, fueron torturadas y quemadas dentro de su propia casa.
MÁS DE 90 MUJERES ACRIBILLADAS
No obstante, el episodio más escalofriante ocurrió en Camargo, Chihuahua, donde el 12 de diciembre de 1916 fueron acribilladas más de 90 mujeres -entre ellas varias menores de edad-, algunas con sus hijos en brazos, por órdenes directas de Villa. En esa misma localidad, meses antes, dos mujeres habían sido incineradas junto con sus pequeños únicamente porque sus esposos eran de origen chino; y en Parral, el caudillo ordenó la ejecución de varias mujeres por el simple hecho de ser gitanas. Entre los crímenes más atroces destaca también el de Carlota Bastida en Menores de Abajo, Durango, en 1917: tras haber llamado a Villa "bandido, asesino, violador, incendiario, valiente con las mujeres", la señora Bastida fue entregada a la tropa, que la violó masivamente; no satisfecho, el caudillo ordenó llevarla al monte, donde fue empalada viva.
Diversas fuentes coinciden en que muchas de las relaciones de Francisco Villa con las mujeres estuvieron marcadas por el secuestro, la intimidación y la violencia sexual, incluso entre aquellas reconocidas socialmente como sus "esposas".
En 1913, Guadalupe Coss, de 16 años, fue raptada a punta de pistola, retenida durante una semana en un vagón de tren y violada repetidamente por el caudillo; dos meses más tarde, al tomar Torreón, Villa obligó a Juana Torres, una empleada de 16 años, a casarse con él en una ceremonia fingida, tras amenazar con fusilar a su padre si se oponía. Soledad Seañez, originaria de Allende, Chihuahua, afirmó que Villa había mandado asesinar a su prometido y luego la forzó a casarse con él bajo amenazas de muerte contra su familia; algo similar sufrió Austreberta, quien fue secuestrada por los villistas y entregada a Villa, que la mantuvo retenida y abusó de ella durante semanas, antes de llevarla a casarse a Parral.
En 1920, Paula Alamillo declaró que, cuando tenía 14 años, Villa intentó sobornar a su padre con 30 mil dólares para obtenerla; al negarse, lo amenazó de muerte y la obligó a participar en una boda simulada en abril de 1914. Un mes después, Otilia Meraz, de 18 años, fue llevada con engaños a Paredón, Coahuila, encerrada en el vagón Pullman del caudillo y violentada durante una semana, hasta que pudo huir con su madre hacia Estados Unidos. También está el caso de Isabel Campa, de apenas 12 años, quien en 1915 tuvo una hija de Villa en Huichapa, Durango; otras jóvenes fueron capturadas durante operaciones militares, como Concepción del Hierro, secuestrada en Chihuahua y trasladada hasta Zacatecas, donde Villa la violó en su vagón privado.
En marzo de 1920, en La Estancia, Durango, Villa atacó el poblado, asesinó medio centenar de personas -hombres, mujeres y niños- y abusó de varias mujeres sobrevivientes, entre ellas Sabás Guerra. De María Arreola se sabe poco, salvo que fue madre de un hijo del caudillo y que habría sido asesinada hacia 1921, luego de negarse a entregarle al niño; algunos relatos sostienen que Villa la quemó viva y ocultó sus restos en una cueva. Incluso retirado en Canutillo, Villa continuó con sus abusos: en El Mimbre, Coyame, violó a Gabriela Viescas, a quien abandonó con una hija.
El 25 de noviembre no es una fecha para celebrar caudillos ni para reforzar mitologías heroicas; es una jornada para nombrar, denunciar y combatir la violencia que millones de mujeres siguen padeciendo. Vincular esta conmemoración con la figura de un hombre cuya trayectoria incluyó prácticas reconocidas como crímenes de guerra es un acto simbólicamente devastador, que transmite la inquietante idea de que la violencia contra las mujeres puede ignorarse, minimizarse o justificarse cuando proviene de personajes útiles para la narrativa nacional. Los símbolos importan: el Estado educa mediante las figuras que honra, las fechas que resignifica y los silencios que mantiene; honrar a Villa justamente ese día perpetúa patrones de impunidad simbólica que han normalizado la violencia de género durante generaciones. Más que insistir en homenajes contradictorios, los senadores de la República deberían impulsar reflexiones profundas acerca de la violencia, preguntándose qué relatos perpetúan la desigualdad, qué símbolos consolidan la impunidad y qué figuras históricas obstaculizan una cultura de no repetición.