
Imagen Enrique Terrazas.
Acarrea la maleta, se escuchan las llantas rozar el mosaico del Aeropuerto Internacional Francisco Sarabia. El escritor Leonardo Padura (La Habana, 1955) documenta su equipaje en un caluroso domingo al mediodía, pues está a punto de tomar junto a su esposa un vuelo para retornar a Mantilla, su barrio en la capital cubana. Se muestra cansado, desmejorado. Su rostro tras las gafas se asemeja al de Liborio, aquel personaje que se imprimía en La Política Cómica y escenificaba la situación de la isla.
Torreón fue el último embarcadero de su gira mexicana, un lugar de viento árido y sofocante, como aquel que describe en la primera página de Vientos de cuaresma (2013). Aquí presentó su libro Ir a La Habana (Tusquets, 2024) en el Teatro del Instituto de Música de Coahuila (INMUS) y ofreció la conferencia “Cómo escribir una novela” en el Aula Magna de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), donde pronunció: “Sin ambición y sin reto no hay gran arte”.
—¿Dónde quieres que hagamos la entrevista?
—Puede ser en el café. ¿Gusta algo?
—No, gracias. Ya comimos.
La nostalgia invade el pasillo con esos abrazos en forma de adioses y los souvenirs exhibidos en las tiendas de recuerdos. Abruma el vaivén de la gente que pasa como palabras errantes alrededor de una idea. Padura toma una silla del restaurante, habla a la grabadora y ríe irónico cuando la voz bilingüe que anuncia las llegadas y salidas lo interrumpe. También se escucha la cafetera al encenderse. En este mundo mal sonorizado, el escritor está envuelto por los ruidos de la cotidianidad, pero lucha por encontrar silencio en sí mismo y ser pasajero de sus respuestas.
Ir a La Habana es un ticket impreso a Cuba. Sus 324 páginas se dividen en dos secciones. En la primera se albergan memorias del escritor y citas de sus novelas, donde el personaje de Mario Conde suele ser protagonista. En la segunda radican algunos de sus textos periodísticos y da cabida a los habitantes de Mantilla, su barrio natal al sur de La Habana. Mientas tanto, la bandera cubana ondea inerte en la portada y el libro es completado por las fotografías de Carlos T. Cairo sobre la urbe que Alejo Carpentier bautizó como “la ciudad de las columnas”.
Padura tiene el alma de pelotero. Aficionado al beisbol, se enorgullece al hablar de su compatriota Martín Dihigo, quien llevó al Unión Laguna a su primer campeonato mexicano en 1942. En Máscaras (2009), Mario Conde presencia un partido callejero, como si respirara la ilusión de un tiempo inexistente. “La novela tiene que partir de la libertad”, dice el autor. Libertad también es esa calle de Mantilla donde él solía jugar de niño a la pelota.
Su origen en la escritura lo ha compartido en reiteradas ocasiones: decidió ser escritor cuando leyó la novela Desayuno en Tiffany’s (1958), de Truman Capote. Padura vuelve a recalcarlo mientras observa una edición de Debolsillo y no reconoce a Audrey Hepburn en la solapa. En esa historia, Holly, la protagonista, sufre una crisis de identidad en medio de la caótica Nueva York. Tal vez los latinoamericanos tenemos mayores lazos con nuestros barrios y pueblos, se le comenta al escritor. Él contesta que eso pasa en todo el mundo, pero lo cierto es que en América Latina es más evidente porque somos muy apasionados.
Sí, tan apasionados como el lector que le cuestionó un día antes por qué razón nunca nombra a políticos como Fidel Castro en sus novelas. Y tan apasionados como su respuesta: “Están implícitos”. Leonardo Padura forma parte de una generación cubana a la que se le prometió un progreso, la generación de aquellos que fueron padres durante el Periodo Especial. La de “aquella con resaca de esperanzas y frustraciones”. ¿Algún día la historia absolverá a Cuba? El Odiseo caribeño prefiere no hacer predicciones y esperar su regreso a Ítaca, mientras sus ojos siguen en busca de aquel futuro luminoso proyectado en la sala de un cine extinto y en una frase que Mario Conde recita en la novela Vientos de cuaresma: “Aquella nostalgia inesperadamente pausada valía la angustia de ser vivida”.
Ir a La Habana me parece una especie de himno a la identidad. Al contrario de Holly en Desayuno en Tiffany’s, ¿los latinoamericanos sabemos mejor cuál es nuestro lugar en el mundo?
Yo creo que es universal la relación de pertenencia con determinados sitios. Tal vez en el caso de los latinoamericanos lo hacemos más evidente, somos más pasionales, somos más tremendistas y a veces somos bastante trágicos. Sobre todo, es muy notable en estos momentos por el hecho de que hay un gran movimiento migratorio en América Latina (también a nivel universal, pero en esta región es muy constante). Y son gentes que por lo general dejan familia atrás, dejan un pasado, raíces, tradiciones, costumbres, y tienen que renunciar a ellas para encontrar una vida mejor. Pero a la vez tratan de no renunciar a ellas para que esa vida mejor tenga un sentido mucho más complejo. Su libro está poblado de anécdotas. En un documental lo filmaron frente a la casa de Hemingway en La Habana y usted dijo: “Un escritor sin su memoria no es nada”. Sin memoria ningún escritor puede funcionar y eso fue lo que afectó mucho a Hemingway. Él recibió un tratamiento de electrochoques en la clínica de los hermanos Mayo, y eso afectó la capacidad de recordar el almacén, las memorias de cualquier escritor. Sufrió mucho reescribiendo una versión nueva de Muerte en la tarde y por eso también dejó inconclusas varias novelas, entre ellas Islas en el golfo, que me parece es una de sus mejores novelas. En general, el escritor sin la memoria no puede funcionar. Es como pretender que una persona que haya perdido los dos brazos pueda pintar como Rembrandt, como Goya o como Picasso. Se ha visto que unos pintan con los dedos del pie o con la boca, pero bueno, no es lo mismo. La memoria son los brazos del escritor y sin ellos funcionar es prácticamente imposible. Hablemos de su barrio.
¿A qué ha sonado y suena Mantilla?
Siempre sonó a bolero y a radionovelas, sobre todo en los años cuarenta o cincuenta. Cuando ya tuve uso de razón, en los sesenta, se seguía oyendo mucha música. La música fue cambiando, llegaron ritmos nuevos y la televisión empezó a tener más espacios. Aunque había pocos televisores en mi cuadra, realmente era una época donde había dos: uno en casa de unos vecinos y otro en mi casa. El de mi casa funcionaba y el de los vecinos estaba roto. Cuando el de los vecinos estaba “frost” nos alternábamos los dos sitios. Y la música de los televisores se fue haciendo lo que se oía: música de la novela en turno, de las aventuras y tal. Hoy en día, el sonido de la ciudad, en general, y muy especial de mi barrio, es el reguetón. El reguetón se ha adueñado del espacio sonoro cubano de una manera muy invasiva y muy falta de urbanidad, porque se escucha a unos volúmenes que los medios de reproducción modernos hacen posible, cosa que no existía antes, y la gente abusa de esa posibilidad y
Gracias a este libro el mundo puede conocer su barrio. ¿Cuál ha sido su metamorfosis?
En mis novelas, las del personaje de Mario Conde, él vive en un barrio que nunca se menciona, por donde pasa una calzada que tampoco nunca se dice su nombre, pero que en esencia es Mantilla. Es mi barrio, donde yo nací, donde vivo, donde siempre he escrito. Y a veces, en algunos textos, sobre todo periodísticos y ahora en Ir a La Habana, Mantilla, la Mantilla real, ocupa un espacio. Es un barrio de la periferia de La Habana, con una historia muy breve y muy normal. No es un lugar donde haya habido grandes acontecimientos, donde la vida ocurría muy normalmente, donde llegó el proceso de la Revolución y lo sufrimos como en cualquier otra parte del país. Se fue transformando el barrio, el ambiente, el funcionamiento y el fin de nuestras instituciones. Y sobre todo desaparecieron y han ido desapareciendo muchísimas cosas. Por ejemplo, en mi barrio, en un tramo de 300 metros había tres estaciones de gasolina. Ahora no existe ninguna de las tres. Existía un círculo social donde la gente se reunía, había actividades, incluso baile, y ese círculo social ya no existe. El paradero de Mantilla, que era una de las estaciones de autobuses más importantes de La Habana, pues desapareció y con él desapareció el club de los conductores de autobuses que había allí. Entonces, el barrio se ha ido transformando y no creo que para mejor, creo que para peor. Y lo que ha ido apareciendo son estos pequeños negocios, muy precarios, muy tercermundistas, con un aspecto que trata de parecer refinado y lo que resulta es kitsch. Eso le está dando la imagen actual al barrio.
Menciona también el barrio de La Víbora. Pienso en el Cine Alameda y me aborda una reflexión: ¿los recuerdos son ese cine que pasa por detrás de nuestros ojos?
Los recuerdos son imágenes, imágenes y sensaciones que vamos conservando y, a veces, cuando los evocamos, se reproducen como una película; le das play a una tecla y se reproducen como una película. Esa zona de La Víbora tenía, entre otras muchas virtudes, varios cines que estaban muy bien montados. Estaba el Cine Tosca, el Alameda, el Mónaco, el Santa Catalina, Los Ángeles, el Mara, el Moderno, el Apolo. Mira todos los cines que te he dicho, y me faltan algunos; ninguno funciona, ninguno existe. Ese es también uno de los procesos de deconstrucción que está sufriendo la ciudad. Tal como lo menciona en una frase de Vientos de cuaresma, ¿la nostalgia vale la angustia de ser vivida? Creo que sí, porque significa que has vivido, que has vivido momentos que te resulta importante evocarlos. A veces la nostalgia es muy dolorosa, a veces es satisfactoria, pero creo que uno se alimenta mucho de sus nostalgias, de esa posibilidad de rescatar momentos vividos y asimilados, que por alguna razón se han quedado estacionados en tu mente para que en algún momento los puedas evocar.
¿Y qué tan contemporánea es la nostalgia cubana?
Es una nostalgia muy desmejorada, porque hay, por ejemplo, una generación que puede tener hasta casi 40 años y sus nostalgias son de pobreza: nacieron en los años ochenta, tomaron conciencia en los noventa, y ahí comienza una crisis que ya va por 25 años. Lo único que recuerdan son momentos complicados, con algunas alegrías por supuesto, porque tampoco la vida es tan trágica, pero con muchas ausencias, con mucha pérdida en todos los sentidos: pérdida de gente que se ha ido, y pérdida de cosas que se han perdido. Para una generación como la mía, los padres de la anterior generación, la nostalgia tiene que ver con los años de juventud, donde creíamos que íbamos a alcanzar el futuro. El futuro estaba ahí, era luminoso, estaba prometido y fuimos avanzando, avanzando y caímos en el vacío, y el futuro se fue alejando, alejando, hasta difuminarse y perderse, porque nos quedan diez o quince años de vida y en esos años no va a llegar el futuro que nos prometieron. Evidentemente no va a llegar.
¿Recuerda a Liborio? El personaje que se imprimía en La Política Cómica y que siempre se lamentaba por la situación política y social de Cuba. ¿Qué rostro tendría ante la actualidad cubana?
Tendría que tener un rostro bastante desmejorado, porque Liborio era la representación del pueblo de Cuba. Y la sociedad cubana fue una sociedad que hasta los años ochenta, noventa, era muy homogénea. En los años noventa esa homogeneidad entró en la crisis y la vivió homogéneamente, pero en los últimos diez o quince años ha empezado a dilatarse ese tejido social, y ahora hay un diez por ciento con más posibilidades que el resto de la población, veinte por ciento con algunas posibilidades y un setenta por ciento que la está pasando muy mal. Ese setenta por ciento son la mayoría de los Liborios que hay en Cuba, así que tendrían que tener una cara de bastante disgusto con respecto a la realidad que están viviendo.
En la conferencia que ofreció en la UAdeC alguien le cuestionó por qué en sus novelas no se nombran políticos como Fidel Castro, Raúl Castro o Miguel Díaz-Canel. Usted respondió que estaban implícitos. ¿No nombrarlos es una especie de protesta?
No es tanto de protesta. Yo no quiero contaminar ningún texto que hago con una demanda política explícita, porque eso colocaría el texto en una situación muy coyuntural. ¿A quién voy a acusar ahora? ¿A Fidel Castro por lo que hizo hasta hace 30 años? ¿Al Gobierno de Cuba ahora? ¿Al presidente del Poder Popular? En fin, no tiene demasiado sentido. Creo que la situación que ocurre en Cuba y el deterioro de La Habana son un problema sistémico; es el sistema. Y no tiene tanto que ver que hables de una persona como que hables de un sistema incapaz de lograr económicamente la eficiencia que necesita un país como Cuba, y que tampoco haya hecho planes de inversión, desarrollo, preservación que merecería una ciudad como La Habana, sobre todo en los momentos en los que hubo dinero para hacerlo. Y ahora ese dinero se emplea en construir grandes hoteles, mientras el resto de la ciudad que rodea a esos hoteles se deteriora cada vez más.
En la presentación de Ir a La Habana comentó que, por la crisis económica, los cubanos no suelen tener acceso a las obras de grandes autores de la isla. ¿Cuál es la situación con sus libros? ¿Se venden en Cuba?
Muchos de mis libros se han publicado en Cuba. Algunos tienen más de una edición, con dos o tres ediciones. Los de Mario Conde tal vez han sido de los más favorecidos. Y los últimos libros no han salido, las últimas tres novelas no han salido. No ha salido el libro de ensayos Agua por todas partes y este libro de Ir a La Habana no tiene esperanzas de salir. Entonces la gente tiene acceso a mis libros por vías muy alternativas, muy marginales: hay a quien alguien le trae el libro del extranjero, quien consigue el libro en un PDF pirata o quien lo puede bajar de Internet y ponerlo en un lector. En fin, llegan por vías muy alternativas, pero de manera muy limitada, porque todas estas alternativas que te he dicho sólo las pueden cumplir un grupo determinado de personas. Y para mí es muy lamentable el hecho de que estos libros estén en todas las librerías en lengua española, menos en las librerías cubanas, que todos los lectores de lengua española tengan un acceso normal a mis libros, menos los lectores cubanos.
¿Por qué Ir a La Habana no tiene esperanzas de publicarse en territorio cubano?
Porque ahora la situación económica es peor que nunca. Se está viviendo una situación económica tan difícil. Lo dije y lo utilizaron como cintillo en un periódico de España: “Si no hay papel para limpiarse el culo, es cierto que no hay papel para imprimir libros”.
Recordada es la frase de Fidel Castro, luego de ser arrestado tras los asaltos a los cuarteles de Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en 1953: "La historia me absolverá". ¿Cree que algún día la historia absolverá a Cuba?
El destino y las historias son muy diversos. No hago predicciones al futuro. Ojalá que el futuro de Cuba sea mucho mejor de lo que es este presente, de que la gente pueda vivir dignamente de su salario. Ese siempre es mi reclamo fundamental: la dignidad de las personas, que decentemente puedan ganarse la vida y tener la dignidad necesaria que merece un ser humano.
Está a punto de tomar un vuelo, ¿volver a Mantilla es su regreso a Ítaca?
Siempre estoy regresando a Ítaca. Vivo en muchas partes del mundo porque paso por muchos lugares en el año, pero siempre regreso a mi casa que es mi Ítaca. Esa casa en Mantilla es mi Ítaca.
srodriguez@elsiglo.mx