En las alturas de su edad el caballero sevillano tiene muchos recuerdos y pocos remordimientos.
Sus culpas son todas de amor, y eso les quita bastante culpabilidad. No fue un burlador, según lo describió Tirso de Molina con sañuda envidia clerical. Fue un seductor. A incontables mujeres encantó; a ninguna engañó nunca.
En este momento Don Juan está pensando en aquella hermosa dama de pálida tez y rubia cabellera. De edad mayor que la de él lo quería para esposo. A fin de enredarlo -a fin de meterlo en la red- le permitió libertades de manos y boca que el galán disfrutó cumplidamente. Luego escapó de la mujer, y con eso escapó del matrimonio.
Ninguna promesa le hizo nunca a ella, así que no se le puede tachar de falso o desleal. Fue fiel a su naturaleza: amar.
Pese a sus años Don Juan tiene la gran fortuna de no filosofar. Si lo hiciera pensaría que no hay nada más natural que el amor. Ni más sobrenatural.